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29.04.2021

Ciento dos, ciento uno, cien...

Miro a través del abismo y cruzo el agujero de gusano de la memoria hasta esa fatídica tarde del 26 de abril de 1987. Allí, adulto en cuerpo de niño, me siento en el suelo del lavabo minúsculo lleno de ropa y potes de jabón y empiezo a contar hacia atrás, en voz baja:


Noventa y nueve, noventa y ocho, noventa y siete...

Se abre la puerta de entrada a la casa. Mamá deja el bolso en la mesita del recibidor y cuelga las llaves del llavero en forma de ciempiés. Va a la habitación, deja la chaqueta y, acto seguido, oigo como camina hasta la cocina, abre la nevera y se sirve una copa de vino.


Ochenta y cuatro, ochenta y tres, ochenta y dos...

Llega la llamada de teléfono. Mamá responde y hay un silencio largo y tenso que imagino como un ente viajando entre las líneas telefónicas a la velocidad del sonido o de la luz, igual que yo por el agujero de gusano. El universo se ha doblado, pasado y presente han creado un campo de energía entre ellos y yo he viajado a través. Como el silencio por los cables. La conversación termina con un «De acuerdo» de mamá. Cuelga. Nada se mueve durante unos instantes, está a punto de llegar su grito de rabia.


Setenta y seis, setenta y cinco, setenta y cuatro...

«¡JODER! ¡Otra vez no, Raúl, otra vez no!» Grita mamá. Han vuelto a expulsarme de clase por pegar a otro niño. El imbécil de Juan se lo ha buscado. Oigo a mamá recoger el bolso y después las llaves. Antes de salir de casa duda entre si llamar e informar a papá o no. Decidirá que no, como todos los días. Sé que el pliegue, la pequeña arruga en esta sábana doblada que es el universo y que me va a permitir cambiarlo todo, no es ahora. Falta poco. Suena un portazo. No ha llamado a papá. Se ha ido enfadada.


Sesenta y ocho, sesenta y siete, sesenta y seis...

Salgo del lavabo, voy a la cocina y busco y rebusco entre los productos de limpieza que no deberían de estar al alcance de los niños, pero lo están. Encuentro lo que necesito, lo mezclo con el agua -no tanto como la última vez ni tan poco como la anterior- y, ahora sí, le añado algo para quitar el olor, lo tapo y a esperar.


Cincuenta y siete, cincuenta y seis, cincuenta y cinco...

Ya está: empieza la curiosa efervescencia. Es lenta, casi metódica, como si fueran los dos productos químicos para limpieza los que lo han planeado y estuvieran disfrutando de ello. Lo miro un rato, está funcionando. Hoy sí, en este viaje sí. He modificado el compuesto, he encontrado la fórmula ideal, las proporciones perfectas. Cojo el azúcar de la estantería más alta de la despensa, a la que he tenido que llegar subido a un taburete que está algo cojo y del que nunca he caído por algún milagro. Si con la cantidad de veces que he probado esto no me han pillado, no se ha alterado el futuro ni ha pasado nada, es que alguien o algo quiere que yo consiga llevar mi plan a buen término. Al mezclar los productos con el azúcar, éste los absorbe de una forma química curiosa: salen un par de burbujas espumosas y todo vuelve a parecer normal. Tapo el pote de azúcar.


Cuarenta y cinco, cuarenta y cuatro, cuarenta y tres...

Oigo las llaves de la puerta. Este proceso ha sido más largo y por lo tanto voy peor de tiempo. Resulta gracioso que me queje de no tener tiempo cuando soy su dueño. Bueno, eso es exagerar, digamos que tengo alguna acción en la empresa del tiempo y puedo volver a este instante siempre que lo desee. Devuelvo el azúcar a su sitio en silencio mientras escucho a mi padre meando en el lavabo, ese en el que hace escasos segundos yo me escondía. Cuando tira de la cadena, me oculto tras la puerta de la cocina. Lo lograré y no podré verlo. Siempre he querido poner remedio a eso sin conseguirlo. Pero una vez lo haya hecho, una vez el plan dé resultados, el espacio-tiempo se alterará de tal forma que ya no podré volver nunca. Sin embargo, si algo fallara, tendría que volver, razón por la cual no puedo correr el riesgo de que papá me vea. Si fallara hoy, en el siguiente viaje papá tendría un dejavú, sospecharía y todo al traste, como ha estado a punto de pasar cien veces o más antes. Sí, son tantos intentos que ya no puedo llevar la cuenta. He repetido esta escena, estos ciento dos segundos relativos, infinidad de ocasiones. Son segundos diferentes a los segundos reales; un hecho curioso que no he entendido ninguna de las veces que han intentado explicármelo según el cual el tiempo, cuando se viaja hacia atrás, es como un acordeón y hay segundos que duran minutos y algunos que duran centésimas aunque el viajero los percibe como segundos reales. Pero esta es la última, dará igual si me ve, mientras no sea antes de tomar el café.


Treinta, veintinueve, veintiocho...

Papá entra en la cocina, se golpea la espinilla con el saliente de la mesa, maldice mientras el dolor le hace cerrar los ojos. Aprovecho para salir sin hacer el más mínimo ruido y vuelvo al lavabo, ajusto la puerta, no puedo evitarlo. Sé que es la última y definitiva, no puedo evitarlo: miro por la rendija de la puerta. Papá se calma. Suena el teléfono. Es mamá.


Veinticinco, veinticuatro, veintitrés...

«¡Este niño es imbécil! Ya verá cuando volváis, se va a enterar. No, coño, claro que no estoy tranquilo. Por su culpa tenemos a los servicios sociales encima y a la policía haciendo preguntas, ¡joder! ¿Qué es culpa mía por perder los estribos? Mira, Sonia, no me montes un numerito y menos por teléf... Espera, ¿desde dónde llamas? ¿Qué? Raúl se lo ha contado todo al director y a ti lo único que se te ocurre es... ¡Serás hija de...! Me cago en tus muertos, Sonia, ¿qué has hecho?» Sí, tío idiota. Se lo he contado al director. Le he contado las palizas que me das aquí en la espalda y en la parte interior de los muslos, para que no se vean fácilmente. Y mamá es la valiente, no tú, ella te llama desde el despacho del director con los servicios sociales delante. Ha dado el paso. Luego ella no va a tener más remedio que volver a por nuestras cosas y tú la estarás esperando.


Quince, catorce, trece...

Papá cuelga, cabreado. Mamá le denunciará en unos segundos. A ella solo la ha pegado una vez, por eso creerá que papá no la tocará y pedirá a su acompañante que espere en la puerta para no violentar a papá y poder hablar con él y decidir juntos el camino a tomar. No habrá camino. Papá va a la cocina, abre la nevera, saca la leche; mira en la cafetera si queda café y se lo sirve en una taza. Se siente tan rabioso que no verá que el azúcar está algo pegajoso o lo asociará al mal estado general de la mayoría de alimentos de la casa. Esta casa que nadie cuida y en la que tampoco nadie parece cuidar de nadie. Excepto yo y, ahora, mamá.


Nueve, ocho, siete...

Sé, en el fondo, que achacarte toda la culpa a ti, papá, no es justo. El abuelo te golpeaba a puño cerrado en la espalda, te encerraba en el cuarto de las ratas y te hacía mirar cómo pegaba a mamá y a mi tía Olivia. Murió de cirrosis, este sí era un hijo de perra. Apenas llegué a conocerle. Sé, papá, que las circunstancias han podido contigo y no puedo evitar sentirme en parte culpable, pero es la única manera. Ahora papá espera a que la leche se caliente, soltando improperios y golpeando los estantes de la cocina. Se sirve el café con leche, toma el pote de azúcar, busca una cucharilla...


Seis, cinco, cuatro...

No sé qué futuro me esperará cuando regrese. No sé si se abrirá un futuro alternativo en el que seré feliz junto a mamá y mi hermana. Fantaseo, mientras papá se echa una, dos y tres cucharadas de azúcar en el café, es que no puede ser peor que la alternativa temporal de la que vengo. Detecté que aquí, en el momento cero, está el pliegue, la brecha, el punto de no retorno que lo cambia todo. Me digo a mí mismo que he probado cada una de las alternativas posibles y cada una tantas veces que ya no puedo más. Por eso, por eso he optado por matarte, papá.


Tres, dos, uno...

Papá sorbe el café, se queja de que quema mucho, sopla. Mezcla con la cucharilla. Vuelve a probarlo, un trago más largo. No ocurre nada, es el segundo más dilatado que recuerdo. Entonces se da cuenta de que algo raro pasa. Desde mi rincón en el lavabo veo por la rendija: saca la lengua como si la tuviera seca, emite una serie de ruidos guturales como si quisiera escupir. Se pone las manos en el cuello: le duele, le abrasa por dentro. Cae de rodillas, mira hacia el lavabo y me ve antes de morir. Sabe que yo no debería estar aquí puesto que estoy en la escuela. Pero me ha visto. Mejor, así sabrás quien te ha matado.


Cero, cero, uno...

Salgo con dificultades, mareado y debilitado, de la cápsula. Aquí todo está igual, no percibiré los cambios hasta que pueda encontrar alguna referencia directa con mi personalidad. Noto como si el agujero de gusano que he cruzado se revirtiera dentro de mí cabeza, estoy a punto de desmayarme, pero alguien me sujeta por el brazo. Todos mis recuerdos cambian, toda mi vida se transforma: veo el funeral de papá, veo a la policía interrogando a mi madre, veo como una agente habla conmigo y con mi hermana. No consiguieron probar nada. Mi hermana, mi madre y yo estábamos en la escuela, había montones de testigos. Mi tía Ofelia vivía lejos. No teníamos asistenta, ningún vecino tenía copia de las llaves. La autopsia no fue concluyente, la hipótesis es que papá murió envenenado por una combinación de elementos y por los ácidos de su propio estómago. Algo muy raro que la ciencia de 1987 no pudo aclarar. Caso cerrado. Ha sido un golpe maestro


Dos, tres, cuatro...

Quien me ha sujetado por el brazo es un médico. No, un enfermero. Me mira con preocupación. Le digo que estoy bien, que me recuperaré pronto si puedo sentarme. Pido un complejo vitamínico. «Clar, claro. No te muevas, voy a buscar a la doctora Oban» dice el enfermero cuando se lo cuento, ayudándome a llegar a una silla. ¿La doctora Oban? Recuerdo ese nombre. Mi memoria mezclada y desajustada lo busca. Veo como de adolescentes volvieron a interrogarnos: la policía a todos y a mí unos médicos. Veo como mi madre grita y llora pero no puedo oírla. Veo a mi hermana a través de un cristal opaco.


Cinco, cinco, cuatro...

«Hola Raúl, ¿qué ha pasado?». La doctora Oban. Una mujer que me resulta atractiva: de cuarenta y pocos, alta, de pelo negro y ojos oscuros iguales que un agujero de gusano. «¿Cómo murió mi padre?» le pregunto. Me ha entrado un pánico que no descifro, producto de mi incapacidad de ordenar recuerdos. «Dicen que murió envenenado y nadie sabe quién lo mató, ¿verdad?». La doctora suspira, mira al suelo, pone su mano sobre mi espalda antes de indicarle con movimiento de cabeza al enfermero que proceda. El enfermero lleva un pequeño frasco y una inyección.


Tres, dos, uno...

«Tu padre se suicidó después de matar a tu madre y a tu hermana, Raúl, mientras tú te escondías en el lavabo. Pudiste verlo todo. ¿Lo recuerdas? Has vuelto a tener una huida de la realidad, ¿no es así? Has vuelto a verte cambiando el pasado». Pero no tengo tiempo para responder. Noto el pinchazo en el brazo y me duermo.


Cero, ciento dos, ciento uno...



Este relato lo escribí para el blog dekrakensysirenas el 10 de junio de 2017