A ti, que tanto me has dado

26.08.2020

Me siento (de sentarse y de sentirse) ante ti una vez más, como tantas mañanas, tardes y noches que no pueden contarse, pero en esta ocasión no para contarte las historias que me pasan por la cabeza, las paranoias que acuden a mí a menudo, los sentimientos respeto a lo que me rodea, sino para dedicarte atención plena y exponerte, tan bien como sepa, lo que siento (de sentir) por ti. Lo hago con el lenguaje que ambos entendemos, ese que tan bien sabes plasmar y que cuando tú no entiendes algo, es porque yo no lo he sabido explicar, ese que me ha permitido llorar al comunicarte o reír, maldecir, esbozar una sonrisa maliciosa o bondadosa, casi nunca ser parcial. Acumulas tantos de mis recuerdos, anhelos y pesares que no creo que nadie más se te pueda comparar, ni por asomo se acercaría.

Quizá debería empezar describiendo lo que ha supuesto para mí tu presencia en las primeras horas de la mañana cuando, haciendo el café, has formado parte de mis planes del día desde la primera aparición de la claridad después del sueño. La duda de si despertarte ya o esperar un poco, dejarte dormir mientras dedico un tiempo al cuerpo, a la casa o pequeños recados porque si no lo hago se sentirán abandonadas. Saber que estás allí, con los ojos cerrados, descansando, en sueño profundo o ligero, ya me supone un ánimo para enfrentarme al día con mejor humor. Luego, despertarte con algunas caricias, con unos buenos días acompañados de una mueca de simpatía y, en tantos momentos, emparejado al sentimiento del entusiasmo, la euforia, las ganas que ahuyentan a la pereza y la apatía que, en temas distintos, me han escoltado como moscas a la peste o gaviotas al barco que regresa a puerto.

Sí, a pesar de tal actitud de apasionamiento, no han faltado las jornadas en que frente a ti, de repente, no sabía qué decir y o simplemente he quedado mirándote, viendo tu parpadeo o como, después de un rato de esperarme has pasado a otra cosa, te has ido por las ramas con un "¿recuerdas?" que, al igual que cuando te he hablado, tanto me ha hecho sonreír o llorar. También te he preguntado mucho, cuando no sé qué decirte una alternativa ha sido indagar en tus entrañas, intentar que me hagas memoria de cuándo sí he sabido qué decirte, reflexionar sobre si lo dicho estaba vacío o contenía sustancia suficiente para seguir hablando de ello, quizá no hoy, pero sí mañana (entendido como un futuro indefinido).

Y que inútil me he sentido, que poco empático, que incapacidad de respuesta cuando tú has manifestado malestar, cuando te he visto con impedimentos para seguirme, atenderme o, siquiera, despertar con mis caricias y palabras. Qué torpe tocándote, manoseándote, mirando a través de tus ojos enfermos o cansados sin entender nada, sin saber qué hacer. Me disculpo, desde luego no sé de ti ni una minúscula parte de lo que tú sabes de mí, seguramente. Tú me has reparado (escuchando, transcribiendo, estando aquí sólo) en crisis y tiempos tensos y densos. Has viajado conmigo a todas partes y ha hecho ya 7 (¡siete!) años hace unos días. Te he llevado a sitios viejos y nuevos, hemos jugado y charlado en sofás, sillas, camas, coches, aviones y barcos, hemos visto junto películas en furgonetas mientras fuera diluviaba, has aliviado viajes largos y pesados, has jugado con mis hijos. Y claro, has sufrido las consecuencias. Algunos de los puntos en los que te toco ya no notan nada, en ocasiones tienes pequeños ataques de descontrol y locura, otras te colapsas. Envejeces con más rapidez que el tiempo, como una persona anciana con un móvil nuevo cada día te cuesta más esfuerzo y ciclos estar al día, hay modas nuevas que ya no puedes asumir, ves cómo el mundo gira más veloz que tú. Te agradezco, no sabes cuánto, que a pesar de ello sigas aquí, conmigo, aun sabiendo que podría haberte dejado, aun sabiendo que un día lo haré, porque todo se acaba, absolutamente todo. Cambiamos a las personas cuando ninguna novedad es posible, cuando nos apetece tener lo nuevo que ofrece un renacer de pasiones, ilusiones y esperanzas; sabes que si cambiamos personas, también cambiamos cosas. Ahora, con anexos para suplir tus carencias, con la cabeza tan llena que de su peso te cuesta correr, pero puedes seguir andando, te dedico este espacio a ti que, aun siendo cosa, lo mereces más que muchas personas.