1.000.000 de demonios

21.11.2019

El demonio era un ángel rebelde, según la definición del diccionario. Un ángel que se rebeló contra el sistema y no estuvo dispuesto a seguir las normas y, como castigo, fue exiliado. De ahí ha pasado a ser el malo de la película cuando, en realidad, era el inconformista que quería ser libre. A parte de eso, la definición figurada de demonio hace referencia a aquellas cosas que nos persiguen, que se esconden en nuestros rincones oscuros, que habita en nosotros. Algunas personas los llaman demonios, otras fantasmas y seguro que hay unos cuantos sinónimos más.

A medida que pasan los años y, por lo tanto, pasan las experiencias, nuestros demonios nacen, crecen, se multiplican y mueren por inanición, por aburrimiento o porque un demonio más fuerte les sustituye. Igual que las cucarachas lo primero, igual que los leones lo segundo. Las cucarachas, tan despreciadas, es el único ser que sobreviviría, dicen, a una catástrofe nuclear, gracias a su tolerancia a la radiación. Los leones se están sentados en una roca mientras las leonas cazan. Menudos ejemplos. Supervivencia y supremacía. Los demonios, pues, tienen un poco de ambos animales, de ambas cosas: viven escondidos y salen solamente cuando no corren peligro, entre la humedad y el polvo; a su vez, los demonios se comportan como gobernantes, se sientan en su roca (generalmente un recuerdo) y hacen que aquellos a los que cree sus súbditos (sentimientos, miedos y emociones) cacen por el él, lo alimenten, lo engorden mientras se lame las patas y bosteza. Como los leones, no puede haber dos gallos en un gallinero, así que a la que aparece un demonio joven y fuerte, el rey será retado a un duelo. El problema de que gane el joven, es que habrá rey por mucho tiempo más y, encima, más fuerte; el problema de que gane el viejo, es acabar creyendo que estuvo allí siempre y, por lo tanto, no se le puede echar. O podemos hacer como con los dictadores, esperar a ver si se muere de viejo. Los demonios son ángeles y, por lo tanto, son inmortales. O se les echa o estarán allí toda la vida.

Cuando una persona no puede lidiar con sus demonios, es decir, no sabe cómo evitar que dominen ellos el cotarro, quizá sea cuando enloquece. Aquellos casos que el cine y la literatura han llevado a muchos extremos, algunos de los cuales son muy parecidos a la realidad, de personas con enfermedades mentales del tipo esquizofrénico, que oyen voces que les piden que maten o que hagan ciertas cosas y todas las desgraciadas variables de esa enfermedad incomprendida y, por el momento, sin cura. La mente humana puede soportar a uno, e incluso a unos cuantos demonios, pero no a un millón ni a uno tan dominante que haya sabido aprovechar el momento de mayor debilidad para cometer un golpe de estado e imponer su régimen.

Los demonios son, en definitiva, aquello que valiéndose de nuestros temores nos impiden alcanzar nuestro potencial, o ser como nos gustaría, o mostrarnos libremente. Sí, cosas psicológicas, pero no por eso menos reales. Todas las personas tenemos demonios derivados de cosas del pasado (o del presente) que nos producen unas sensaciones de impotencia o de frustración, yo tengo los míos, personales e intransferibles. También hay demonios comunes, por ejemplo todos los países que vienen de guerras o dictaduras tienen el demonio del fascismo, o el de la muerte, o el del hambre. Igual es cosa mía, un juego de mis propios demonios, pero creo que los peores son aquellos que ni siquiera sabes que lo son, las cucarachas que no sabes que tienes en un rincón de la cocina, en el fondo de un armario, pero que salen a menudo y se llevan algo que es tuyo; es algo que no encuentras, te pones a buscarlo y das por supuesto que nunca lo has tenido, que te lo has inventado. El demonio del fracaso, el del rechazo, el de la decepción y un sinfín más. ¿Toda esa gente que sonríe siempre? También tiene los suyos, pero o bien han aprendido a controlarlos, a mantenerlos a raya, o bien viven tan subyugados por ellos que se han vuelto un demonio en sí y su sonrisa es una máscara. Demonios que vienen de tiempos pretéritos en nuestra vida o que son del ahora y nos aguardan como gárgolas o que han viajado desde el futuro para decirnos que nos esperan allí. No, no voy a deciros como dominarlos, no tengo ni puta idea, pero sí que con algunos es mejor irse de cañas que pasarse el día inquieto por no saber en qué andan ahora. 


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