Aicarcotirem (la meritocracia del revés)

24.11.2019

Hace viento y hace frío. Suerte que el piso es pequeño y se calienta rápido. Me he levantado para hacer ejercicio y estoy sentado frente al ordenador. Escribe, me dice la voz, escribe, idiota. Y ordena los armarios y arregla un poco el recibidor.

Me quedan tantas cosas por hacer. Viajar, viajar mucho, cerca y lejos. Hacer feliz a la gente que me hace feliz. Dejar de fumar. Publicar mis novelas, escribir otra. Leer más. Volverme a enamorar (ya, suena cursi, pero a pesar de que los desenamoramientos son difíciles uno no se cansa de eso). Cursi es una palabra que ya no se usa, ¿verdad? Suena a antigua, a generación de los 70, a persona a la que los niños y las niñas empiezan a llamar señor y a tratar de usted. No tengo pita de ir a quedarme calvo, mi tío con 80 años tiene una mata de pelo envidiable. Mi barba no es espesa y sigo dudando de si me queda bien o mal, depende del estado de ánimo en el que esté cuando me miro al espejo, suerte que me miro poco. Tampoco me hago selfies a pesar de que pienso "no estoy mal" cuando me hago alguna. Me cuesta sonreír en las fotos, no lo haces porque estés contento de verdad, lo haces porque estás posando y una sonrisa queda mejor que poner cara de suficiencia, de tristeza, de enfado o de tonto. Me produce cierta rabia esta moda de las autofotos, de ponerte delante de cualquier paisaje o lugar poniendo careto de "mira dónde estoy", como si fuera más importante contar que has estado que haber estado, enseñar que aprender. No en el sentido pedagógico, sino en el sentido personal. O esa manía de hacer una foto pensando en subirla a las redes, más que para tenerla de recuerdo: rápido, cuelga la foto para que conocidos y desconocidos vean dónde estás, rápido. Me imagino a las personas adictas a las selfies repasándolas luego y buscándose defectos y virtudes, ensayando delante del espejo las siguientes selfies, vistiéndose, peinándose y/o maquillándose para la siguiente selfie. ¿Dónde me la haré, en el metro, en el bus, en el bar con el croissant y el café con leche?

Tengo la sensación que nos hacemos publicidad de nosotros mismos, no tanto de las habilidades que podamos tener (pintar, fotografiar, escribir, hacer el pino, saltar barrancos) sino simplemente de nuestra fachada. Procuramos gustar a los demás pensando que eso nos hará gustarnos más cuando es al revés. Hay gente que ahora se gana muy bien la vida poniéndose delante de una cámara y diciendo cuatro cosas que piensa en plan: buenos días, amigos; hoy he visto en la tele o en las redes esto y mira, que tontería, no me gusta. Y lo aplaudimos. ¡Pero si no ha hecho nada! Otras personas publican libros de calidad cuestionable porque tienen éxito en las redes, no porque sepan escribir o tengan alguna habilidad concreta. Estamos perdiendo el concepto de meritocracia, que tendrá sus cosas malas pero como concepto me parece ideal. Aquello que obtengas vendrá determinado por aquello que hagas, por tus talentos y tus esfuerzos. Unos podrán decir que si estos que tienen éxito haciendo cosas inútiles lo tienen, es por mérito propio. Yo quizá sea un inútil, no lo sé. Pero opino distinto. En igualdad de oportunidades (y debe darse la garantía para ello), debe premiarse a quien mejor lo hace. Es posible que me esté haciendo viejo y cada vez más gruñón, como el hombre sentado en un balancín en el patio que solamente se queja de la juventud, tapado con una mantita y jugando con la dentadura postiza.

Ayer, en la librería del pueblo, sobre el mostrador había el libro de una tuitera. Más de 100.000 ejemplares vendidos, 15ª edición. Ya sé quién es, una vez hice ver que sus tuits no son más que frases de personajes ilustres adaptadas, pero claro, nadie me hizo caso, da igual, tampoco importa. Ojeé el libro y a la que llevaba tres vistazos pensé: pero qué mierda es esta. Yo qué sé, quizá es envidia, quizá me gustaría vivir del cuento, tener la resolución de ponerme delante la webcam y decir lo que opino de diferentes temas casi elegidos al azar; o ganarme la vida por algunas frases sin demasiado ton ni son caídas en gracia. Sí, debe de ser envidia. De hecho nuestra sociedad lleva tiempo rindiendo culto a la improductividad, a la inutilidad y la venta de uno mismo. El éxito de programas como Gran Hermano, Sálvame o cosas así, de gente que en realidad no sabe hacer absolutamente nada y con un nivel cultural e intelectual de lombriz, lo certifica. Igual que miramos con cierta veneración a ladrones y ladronas, explotadores y demás personajes. Puede que en una meritocracia yo viviría debajo de un puente medio muerto de hambre y de frío, quién sabe, pero al menos sería por mérito propio. Tengo la sensación que en muchos aspectos vivimos en una Aicarcotirem (meritocracia al revés).