Amistad rasgada

24.09.2019

El otro día fui al cine a ver la última de Tarantino. Ya nunca voy al cine a no ser que vaya con los niños, ha dejado de ser aquella afición entre mágica y obsesiva de la adolescencia y principios de la edad adulta. Durante muchos años estuve suscrito a revistas de cine, me compraba libros de cine, me regalaban libros sobre dirigir cine o sobre fotografía o sobre escribir guiones. Iba a sala de arte y ensayo o de películas minoritarias como los cines Verdi, en la calle del mismo nombre del barrio de Gracia en Barcelona; o las salas Renoir, que ya no existen o el Méliès, con reposiciones de dos en dos de películas de los cuarenta, los cincuenta, grandes clásicos.

De más niño mi madre me llevaba a ver ciclos de autores, como Hitchcock, en salas en los que era más importante lo que se mostraba que lo se recaudaba. Quizá por eso están casi todas cerradas. Siempre es una noticia triste cuando un cine cierra. Pero tengo parte de culpa pues, como he dicho, ya casi nunca voy al cine. Seguramente tengo diferentes excusas bastante válidas para ello: el precio de las entradas me parece exagerado, todo el mundo come palomitas y bebe refrescos con pajita y, sobre todo, la gente habla. Antes no se hablaba en los cines, ahora, dependiendo del lugar y de lo que se proyecte, parece un gallinero. Nos hemos acostumbrado a ver películas en casa, donde hablamos, paramos para ir a mear o nos levantamos para reponer las patatas o los ganchitos, comentamos la jugada, estiramos la manta para un lado o para otro. Esa comodidad, o quizá me equivoco que sé equivocarme muy bien, nos ha llevado a que la gente esté en el cine como si estuviera en casa: comentan la película, miran el móvil, abren bolsas de ruidoso plástico. Los padres y las madres raramente les dicen a sus hijos que se callen, si el niño habla le responden (este es otro tema, el de enseñar a estar en los lugares antes que enseñar que la respuesta es inmediata, que no debería). Si algún día tenemos el teatro en casa, ¿cuando estemos en platea nos pondremos a hablar y a mirar los móviles?

Otra cosa es mirar la cartelera y tener la sensación de que la mediocridad lo invade todo: por un lado los llamados grandes estrenos que, simplemente, significa película taquillera o, como en el caso de Tarantino, protagonizada y/o dirigida por alguien de mucho renombre; por otro lado el montón de basura que acompaña esos grandes estrenos (que muchas veces también son basura), esos filmes como de relleno, que siguen patrones para hacerte reír o llorar o querer vivir una historia de amor o tener éxito en la vida. Salvando excepciones, estas películas de relleno son de las de vista una, vistas todas. Cuando un cine pide proyectar una película taquillera, está obligado a aceptar una serie de películas menores que van en pac, esto es mafia. También es mafia que te cobren 9€ por entrada o 6€ por unas palomitas. ¿Dónde vamos a parar?, que diría yo de viejo. Espera, que ya lo estoy diciendo.

La excusa real por la que no voy al cine, a parte de las reales de antes, es que ha dejado de ser para mí, en gran parte, lo que era. El interés cultural que me despertaba, la voluntad de verlo como con arte en todas sus consecuencias (el guión, la dirección, las interpretaciones, la fotografía, el mensaje, la puesta en escena...), aunque no se ha ido del todo, lleva tiempo aparcado en pro del camión del entretenimiento, del desconectar, del pasarlo bien un rato. Y al igual que antes si empezaba un libro lo terminaba y ahora ya no, si no me gusta lo cierro y a por otro que tampoco me sobra el tiempo ni las ganas, con el cine lo mismo. Si la película no me está gustando, fuera, que son dos horas de mi vida que podría estar haciendo otra cosa.

Y en el fondo esto me sabe mal. El vínculo entre el cine y yo es como el de una amistad que se ha ido rasgando, como si ninguno de los dos amigos encontrara el tiempo o la manera de volver a pegar lo que se está rompiendo antes de que se separe del todo; y cada uno guarda su pedazo de tiquet en la cartera, por si en alguna ocasión, que no hay que darlo por perdido.