Andaba yo pensando...

11.03.2020

Andaba yo pensando, cosa que me sucede a menudo, casi tanto como pensaba yo andando.

Andaba yo pensando que quizá deberíamos abrir todas las ventanas y dejar que corriera el aire, después de falcar las puertas para evitar estruendosos golpes, que huele a cerrado y un poco a rancio ya. Que la brisa recorra toda la casa, moviendo las hojas de los libros y levantando la del calendario, que quizá este mes no lo has hecho tú y por eso se está estropeando todo, pues cree que vive en el mes pasado. Que airee a las plantas de interior, pues que sean de interior no significa que les guste estar encerradas y juegue con las conchas que recogiste de la playa y que tanto añoran el mar, donde tú vives el aura lleva partículas de sal marina y si escuchas bien quizá oigas el llanto de las ballenas o la protesta de los atunes, incluso puede que, si te quedas quieto, alguna gota que no quiso evaporarse te salpique la piel. Que se oreen las paredes en las que manchas de condensación empiezan a hacer mella, subiendo entre las esporas pintura blanca igual que crece un árbol en busca del Sol. Que llegue también el aroma del sofrito cocinado por algunos vecinos, los gritos de los que ya no se aman, pero todavía no lo saben o los de los que aún no se aman pero ya lo saben, el llanto de un bebé al descubrir que el mundo ya estaba aquí antes que él, el sonido de un beso que nunca llegaste a dar y lleva años volando para parar solamente en bancos de parques o mesas de bares a descansar y escondiéndose del sol en verano y del frío en invierno. Quizá este beso pueda contarte que una vez viajó sobre la flor de un ciruelo de hoja roja o que conoció a otros besos y su historia no es tan trágica ahora que puede compararlas.

Andaba yo pensando que mejor no cerrar ninguna puerta con llave, que es cierto que eso te quita seguridad y hace que ese rectángulo de madera maciza parezca, en días donde el miedo acecha, tan grueso como el papel de fuma, pero que imagina que algo importante quiere entrar y no puede, cuando tú no estás, con lo bonito que sería encontrarte ese algo bonito esperándote en el sofá leyendo, o repasando los lomos de tus libros o admirando las fotos que colgaste en las paredes. Si cierras con doble vuelta, quizá un día tengas prisa por salir y eso te demore y la rutina que te persigue te alcance mientras giras la llave y te vuelva gris, opaco y caduco. O imagina que un día tienes prisa para que alguien, o algo, entre y te pones a dar vueltas a la llave y entonces ese alguien, ese algo, piensa que con alguien tan miedoso no quiere quedarse y cuando abres, el rellano de la escalera está vacío y en el aire solamente queda el eco de sus pisadas al irse y la tristeza, claro, que estará sobre el felpudo poniendo ojos de animal desamparado, qué bribona es.

Anda yo pensando que mejor no tirar ningún zapato, todavía, que no sabes si alguna vez volverás a ponértelos. Un par de zapatos para cada ocasión y, aunque algunos están ya cubiertos de polvo y huelen a pérdida irreparable, uno nunca sabe si otra ocasión igual entrará por las ventanas, cuando las abras todas, o llamará a la puerta, justo después de decidir que hoy no cerrabas con llave. Puedes lustrarlos un poco, que no se sientan abandonados, e incluso ponértelos solamente para que recuerden como era la forma de tu pie y tu pie recupere la sensación de ese calzado, seguro que eso te traerá recuerdos que, ellos también, se sentían olvidados, como los zapatos con los que los creaste.

Andaba yo pensando que hay fotos de las que tienes que deshacerte, que no vale la pena que sigan allí guardadas, en esas cajas antiguas de cartón hundido por el peso de fotografías nuevas y que, además, nunca sabes que las tienes hasta que al abrir el armario y ver la caja te preguntas, por enésima vez: ¿qué había allí dentro? La abres y aparecen de nuevo y frente alguna de esas imágenes te dices que no sabías que guardabas esa foto, pero claro que lo sabías y la miras y remiras y te cuestionas por qué será que la mantienes allí con las demás y, hasta ahora, has vuelto a archivarla pronosticando que la próxima vez la tirarás, igual que pronosticas que la próxima vez te calzarás aquellos zapatos. Así que tíralas, algunas ya están tan amarillentas que apenas se ve la razón por la que en un momento dado fue importante tomarlas; otras te dejan un sabor amargo a cada vistazo y algunas son tan dulces que empalagan, igual que hay determinadas fotos en las que no te reconoces ni a ti ni a ninguna de las personas que salen.

Andaba yo pensando que no debería pensar tanto y andar más. Que andar sin pensar es mucho mejor que pensar sin andar, suponiendo que haya que dejar uno de los dos verbos de lado unos instantes o muchos instantes. Recorrer los senderos de los bosques, o seguir a contracorriente el cauce de los ríos, intentar adivinar qué árboles me acompañan, sortear las olas sobre la arena cuando quieran atraparme, saltar las hileras de hormigas para no pisotearlas, alcanzar la cima de alguna montaña aunque sea bajita, descender al fondo de algún barranco sin perder de vista el camino de vuelta, perderme cuando ya es tan difícil, casi imposible, perderse; que la opción de volver estará siempre, y si no está, es que no hay que volver.