Arriba el telón

24.01.2020

Acto I

Escena II (por @Ordinarylives)

[El autor, visiblemente disgustado, se sienta tras su escritorio, toma uno de los papeles que antes ha dejado encima, al azar].

AUTOR: ¡El número 30!

[Otro hombre mira el número del papel que resalta en negro sobre el blanco, 30. Se levanta, observa al AUTOR y mira la cortina, la abre y observa el escenario, las luces, el micrófono. No sabe qué se espera de él y toma aire. Es un hombre con la barba cuidada y recortada, el cabello le hace un remolino en el lado izquierdo que hace que le caiga un pequeño mechón castaño hacia los ojos y tropiece con las gafas.]

ALONSO: Hola. [La voz le suena más grave y ronca de lo habitual por haber estado en silencio un largo rato.] Me llamo Alonso Duarte, supongo que tengo que hablar y es algo que no sé hacer muy bien en los momentos importantes. [Toma aire de nuevo y observa sus manos ligeramente temblorosas.] Tengo cuarenta años y una vida que no esperaba. [Alza la vista hacia los focos.] Hace diez años imaginaba una vida diferente, creía que a los cuarenta uno debe tener la vida solucionada. Familia, casa, coche, perro, amigos y fotos sonriendo en las estanterías. [Hace una pausa y traga saliva.] Hace diez años me rompieron el corazón, de la peor manera que se puede romper un corazón, mintiendo. No se miente a alguien que te quiere incondicionalmente. [Niega con la cabeza.] Y no, no he conseguido superarlo ni volver a enamorarme de verdad. [Se encoge de hombros.] He ido a terapia, a todas las terapias, creo. Y nada. No soy capaz de olvidarla, ni de curarme del todo. Me levanto por las mañanas, me tomo el antidepresivo, y también por la noche, junto al ansiolítico, para poder conciliar el sueño. [Comienza a hablar apresurado.] Y funcionó, ya superé la fase de quedarme en la cama dejando que pasaran las horas y esperando que el mundo acabara para dejar de sentir mientras lloraba sin consuelo, pero no me he curado. De verdad que no. Y salgo con los amigos y soy capaz de bromear, de ir a un concierto de jazz y sentir los temas a flor de piel, de bailar el maldito rock & roll en una sala de baile, de ir a una comida familiar y abrazar a mis padres y sobrinos. Soy capaz de ser eficaz en el trabajo, de ser buen compañero y de cuidar a un pastor ovejero australiano que necesita salir a correr tres veces al día. [Sonríe al pensar en su perro.] Se llama Watson, por cierto. Siempre me ha gustado Sherlock Holmes, ¿sabéis? Y, bueno, creo que por eso yo me he autodenominado Sherlock y él es mi inseparable amigo. [Traga saliva y cambia el tono de voz, recitando, se nota que va rompiéndose con cada palabra.] Para Sherlock Holmes, ella es siempre la mujer. [Pausa, de nuevo.] Me he condenado a estar solo, porque todo me sigue recordando a ella, y cada mujer que ha intentado entrar en mi vida ha salido huyendo por mi culpa. No puedes haber conocido a Irene Adler y después querer a nadie. No puedes. Simplemente no puedes. [Se coloca bien las gafas y se retira el mechón de cabello, atusándose el pelo hacia atrás.] Creo que no he dicho que soy profesor de música. Doy clases de piano en un conservatorio de grado medio. Hago deporte todos los días, me sirve para no pensar demasiado. Practico frente al piano durante seis horas al día. Aunque mi compositor favorito es Mahler. Por su música, por supuesto, pero creo que también tengo, al igual que él, ese sentimiento permanente de ser un intruso, de nunca estar en el lugar que me corresponde. ¿Habéis escuchado su segunda sinfonía? Resurrección. Es... no tengo las palabras adecuadas para definir todo lo que me genera cada vez que la escucho. Hay una versión dirigida por ese director nuevo, Bernstein. Es imposible no escuchar los últimos minutos y sentir un hormigueo por el cuerpo, y los ojos brillantes. A partir de la hora y veintiseis minutos, cuando comienza el canon del coro y el crescendo de la orquesta, y el metal hace esas llamadas que deben provenir del mismo Dios, o lo que sea que vertebra el universo. [Cierra los ojos, y mueve el mano derecho marcando el compás.] Parece que van a abrirse las puertas del cielo y va a salir el sol para siempre. Moriré para vivir dice el coro. Moriré para vivir. Catarsis. [Abre los ojos. Mira al frente. Se quita las gafas, da media vuelta y baja del pedestal, y desaparece tras la cortina volviendo a su lugar.]