Arriba el telón. Acto I.

04.02.2020

ACTO I

Ocho personajes, un autor. ¿Quién busca a quién?

Escena I (el autor) por @martinsroom1

[Se alza el telón. El escenario está inicialmente a oscuras, empieza a sonar de fondo música de baile de la década de 1950, como si viniera de un gramófono antiguo. Se enciende un foco en el lado derecho, al frente, iluminando un escritorio lleno de folios, con una máquina de escribir de la época, un flexo y un par de libros. El escritorio queda perpendicular a la platea. En frente hay una silla giratoria vacía. Se enciende otro foco que ilumina una cortina de color granate, del tamaño de una doble puerta y, en frente de todo, un micrófono de pie. Entra el AUTOR, tosiendo. Es un hombre de unos 50 años, cabello canoso, pasado de peso, con gafas de pasta oscuras. Lleva unos pantalones color beige sujetados por tirantes; una camisa blanca. El AUTOR deja sobre su escritorio un fajo de papeles que llevaba en la mano, después saca un paquete de tabaco del bolsillo del pantalón, enciende un cigarrillo y al aspirar el humo vuelve a toser con violencia, se seca la boca con un pañuelo que lleva en el bolsillo. Comprueba que todo está en orden (la cortina y el micrófono, los papeles sobre el escritorio), cruza la cortina, con el dedo toca el micrófono que emite un zumbido incómodo. Todos los focos se cierran menos uno de más pequeño que cae sobre el AUTOR.]

AUTOR: [al público] Muy buenas noches, damas y caballeros [Tose en diferentes ocasiones a medida que va hablando], gracias por haber venido, es una grata sorpresa para mí encontrarme frente a un teatro lleno hasta los topes puesto que soy, a fecha de hoy, un autor fracasado a pesar de que todos ustedes me conocen, mi nombre es famoso. Sin embargo, esta ocasión es diferente y no hay duda que tal peculiaridad les ha traído hasta aquí, como el gato que no puede evitar mirar por el agujero. Sí, esta ocasión es diferente. Pero permítanme que haga una pequeña introducción antes de empezar, puesto que dejar esta obra sin más para que sea entendida por algunos y por otros me parece poco adecuado, correría el riesgo de que nadie entendiera nada y por lo tanto no pudiera valorarse la obra en sí misma, si no que se valoraría la falta de comprensión de ésta. Algunos de ustedes pensarán: "pero sí se puede valorar una obra sin entenderla, igual que se puede apreciar la belleza en una pintura sin comprenderla o en un poema sin llegar a conocer su significado". Claro, se puede valorar la estética y la interpretación de los actores y las actrices, se puede valorar si algunas escenas han hecho reír o han hecho llorar. Pero el compendio general de la obra no, ya que no se ha entendido. Verán, como les decía [apaga el cigarrillo tirando la colilla al suelo], yo antes era un autor de éxito. Ya lo saben, logré que mis primeras obras de teatro se representaran y obtuvieran buena crítica, empecé a empujar a los de arriba, me llamaron de teatros más grandes, obtuve algunos premios y dicen, pero creo que es falso, que algunas actrices y actores se peleaban, en el buen sentido de la palabra -si es que existe un buen sentido - para conseguir papeles. Es cierto que en algunas audiciones destinadas a conocer nuevos talentos se presentaron intérpretes de renombre a los que había obviado al disponerme a elegir protagonistas, pero no va más allá. Entonces, cuando creía estar en la cumbre o muy cerca de ella, presenté un proyecto que a mis ojos, a mi entendimiento, era la mejor obra de teatro jamás escrita. Cierto es que era bastante más extensa de lo habitual, incluso más que una ópera larga, cierto que suponía un trabajo interpretativo tan difícil que... Bah, esto les importa un carajo.

[Se agacha y recoge la colilla, sale cruzando la cortina, tira la colilla en una papelera al lado del escritorio, se enciende otro cigarrillo y vuelve a toser con violencia. De nuevo cruza la cortina y se sitúa frente al micro.]

AUTOR: [al público] Vamos a imaginar por un momento que, al contrario que Pirandello, soy un autor en busca de personajes. Imaginemos que soy el típico escritor en crisis, con el pánico de la hoja en blanco, estoy en una clara decadencia creativa y popular y, en un acto casi desesperado, lanzo una propuesta al aire anunciando la obra del siglo, de todos los siglos. Una obra clásica y experimental, una obra que marcará un antes y un después no solamente en mi carrera, sino en la de cada una de las personas que trabajaran en ella: actores, actrices, iluminadores, maquilladores, los de vestuario, los del sonido, la gente de la limpieza del teatro, los acomodadores y las chicas que venden tabaco y goma de mascar, la dueña del teatro, por supuesto también, y cualquiera de los espectadores que como ustedes, damas y caballeros, vendrán a ver la obra. Y nadie, nadie, sabe de qué va. Simplemente lanzo el anuncio de tal forma que consigo lo indispensable para empezar a tener éxito de nuevo: expectación. Mi obra, esa que va a transformarlo todo, no está escrita. Es un farol. Recurro, debido a mi incapacidad creativa actual, a buscar personajes, en lugar de crear una obra para estos personajes espero que los personajes creen la obra para mí. Y ellos, claro, no lo saben. Vienen aquí [van apareciendo los otros ocho personajes, todos vestidos de blanco, llevando cada uno una silla] porque se les ha llamado, personajes en el limbo de la imaginación, flotando en el espacio de la no creación. ¿No se han preguntado dónde estaban los personajes que tanto les gustan de algunas obras? ¿Dónde estaban Yago, Otelo y Desdémona antes de que Shakespeare los creara? ¿Y el Ernesto de Wilde, el tío Vania de Chéjov, la Nora de Ibsen? ¿No existían? Claro que sí, estaban allí, esperando, como contenidos sin continente [Todos los personajes se sientan en sus sillas, al azar, sobre el escenario y se quedan mirando un pequeño papel que tienen en las manos], deambulado por el vacío de lo que todavía no se ha ideado. Porque como la energía, nada se crea ni se destruye, todo se transforma [Ha acabado con los brazos abiertos, como si esperara una ovación que no llega. Su monólogo ha ido aumentando de tono con su ánimo, pero ahora, ante el silencio, lanza un gesto de desprecio al público, sale por la cortina y se sienta en su escritorio después de comprobar que todos los personajes están sentados en sus sillas].

Escena II (Alonso) por @Ordinarylives

[El autor, visiblemente disgustado, se sienta tras su escritorio, toma uno de los papeles que antes ha dejado encima, al azar].

AUTOR: ¡El número 30!

[Otro hombre mira el número del papel que resalta en negro sobre el blanco, 30. Se levanta, observa al AUTOR y mira la cortina, la abre y observa el escenario, las luces, el micrófono. No sabe qué se espera de él y toma aire. Es un hombre con la barba cuidada y recortada, el cabello le hace un remolino en el lado izquierdo que hace que le caiga un pequeño mechón castaño hacia los ojos y tropiece con las gafas.]

ALONSO: Hola. [La voz le suena más grave y ronca de lo habitual por haber estado en silencio un largo rato.] Me llamo Alonso Duarte, supongo que tengo que hablar y es algo que no sé hacer muy bien en los momentos importantes. [Toma aire de nuevo y observa sus manos ligeramente temblorosas.] Tengo cuarenta años y una vida que no esperaba. [Alza la vista hacia los focos.] Hace diez años imaginaba una vida diferente, creía que a los cuarenta uno debe tener la vida solucionada. Familia, casa, coche, perro, amigos y fotos sonriendo en las estanterías. [Hace una pausa y traga saliva.] Hace diez años me rompieron el corazón, de la peor manera que se puede romper un corazón, mintiendo. No se miente a alguien que te quiere incondicionalmente. [Niega con la cabeza.] Y no, no he conseguido superarlo ni volver a enamorarme de verdad. [Se encoge de hombros.] He ido a terapia, a todas las terapias, creo. Y nada. No soy capaz de olvidarla, ni de curarme del todo. Me levanto por las mañanas, me tomo el antidepresivo, y también por la noche, junto al ansiolítico, para poder conciliar el sueño. [Comienza a hablar apresurado.] Y funcionó, ya superé la fase de quedarme en la cama dejando que pasaran las horas y esperando que el mundo acabara para dejar de sentir mientras lloraba sin consuelo, pero no me he curado. De verdad que no. Y salgo con los amigos y soy capaz de bromear, de ir a un concierto de jazz y sentir los temas a flor de piel, de bailar el maldito rock & roll en una sala de baile, de ir a una comida familiar y abrazar a mis padres y sobrinos. Soy capaz de ser eficaz en el trabajo, de ser buen compañero y de cuidar a un pastor ovejero australiano que necesita salir a correr tres veces al día. [Sonríe al pensar en su perro.] Se llama Watson, por cierto. Siempre me ha gustado Sherlock Holmes, ¿sabéis? Y, bueno, creo que por eso yo me he autodenominado Sherlock y él es mi inseparable amigo. [Traga saliva y cambia el tono de voz, recitando, se nota que va rompiéndose con cada palabra.] Para Sherlock Holmes, ella es siempre la mujer. [Pausa, de nuevo.] Me he condenado a estar solo, porque todo me sigue recordando a ella, y cada mujer que ha intentado entrar en mi vida ha salido huyendo por mi culpa. No puedes haber conocido a Irene Adler y después querer a nadie. No puedes. Simplemente no puedes. [Se coloca bien las gafas y se retira el mechón de cabello, atusándose el pelo hacia atrás.] Creo que no he dicho que soy profesor de música. Doy clases de piano en un conservatorio de grado medio. Hago deporte todos los días, me sirve para no pensar demasiado. Practico frente al piano durante seis horas al día. Aunque mi compositor favorito es Mahler. Por su música, por supuesto, pero creo que también tengo, al igual que él, ese sentimiento permanente de ser un intruso, de nunca estar en el lugar que me corresponde. ¿Habéis escuchado su segunda sinfonía? Resurrección. Es... no tengo las palabras adecuadas para definir todo lo que me genera cada vez que la escucho. Hay una versión dirigida por ese director nuevo, Bernstein. Es imposible no escuchar los últimos minutos y sentir un hormigueo por el cuerpo, y los ojos brillantes. A partir de la hora y veintiseis minutos, cuando comienza el canon del coro y el crescendo de la orquesta, y el metal hace esas llamadas que deben provenir del mismo Dios, o lo que sea que vertebra el universo. [Cierra los ojos, y mueve el mano derecho marcando el compás.] Parece que van a abrirse las puertas del cielo y va a salir el sol para siempre. Moriré para vivir dice el coro. Moriré para vivir. Catarsis. [Abre los ojos. Mira al frente. Se quita las gafas, da media vuelta y baja del pedestal, y desaparece tras la cortina volviendo a su lugar.]

Escena III (Gabriel), por @LaBernhardt

[Alonso se ha sentado, algo nervioso y desconcertado y observa a las demás personas del escenario.]

ESCRITOR: ¡Número 12!

[GABRIEL, 47 años, canoso, alto, complexión fuerte, se levanta de su silla, avanza y después de dudar, cruza la cortina. Se cubre la cara con la mano derecha; el foco lo ciega. Duda: no sabe si retroceder. Niega con la cabeza, toma aire, da un paso al frente]

GABRIEL: [Lleva un papel muy arrugado en la mano izquierda, lo mira. Tiene una expresión contrariada, parece sorprendido y asustado pero también divertido con una situación tan surrealista: acaba de salir a un escenario y presupone público en la zona oscura] No tengo muy claro qué hago aquí, a ver... no sé muy bien qué debo hacer ni qué decir [Mira al techo, sonríe pero es sonrisa triste, cansada, más bien] Joder, es que no paro, no paro: miento sin querer y juro que ya no sé cuándo digo la verdad... Acabo de decir que no sé qué decir, ¿verdad?, pues es una puta mentira. Otra más... [Hace una pausa] Sé lo que tengo que decir desde hace 2 años, hará ahora en agosto: soy un mierda y un fraude y ya no me quedan fuerzas para seguir con tanta mentira. Básicamente es sólo eso [sonríe], pero hay más porque, dejad que os cuente, ya que estoy aquí. De entre este montón de mierda en lo que me he convertido queda algo del que siempre fui, en serio. Sé que es difícil creer algo de alguien que va vestido con... [Se mira] esto y que se presenta diciendo que es un mentiroso, lo sé, pero dejad que os cuente mis dos últimos años en 10 minutos. Yo soy un tipo aburrido: oficinista mediocre y padre cabreado de tres hijos de 15, 11 y 9. Supongo que me casé enamorado pero ya no me acuerdo de aquello. Sí recuerdo, me recuerdan, lo jodido del día a día, las peleas y las movidas de cada semana, los suspensos, los aprobados, las pagas extras y lo rápido que se van las cabronas, las comidas con los suegros, que si no se llegamos a fin de mes, que si otras zapatillas, mecagoenDios, pero si las últimas te han durado dos semanas... No sé, esas cosas que te pasan por encima y que a veces te hacen pensar que sí, hostias, que sí que vale la pena tanta pena, pero que muchas otras veces... Recuerdo pocas risas y mucho reproche, pero claro, esa es la vida de septiembre a julio. En agosto, a veces, todo puede ser mejor y también peor porque Elsa y yo llegamos al octavo mes tan cansados de sobrevivir a 11 meses de invierno que cuando ponemos un pie en el pueblo, -en el que veraneamos, en el mismo piso alquilado desde hace 5 años-, nos ignoramos; no es desamor, es necesidad de descansar de nosotros. El tema del sexo es... bueno, pues el sexo que tienes con alguien con quien sobrevives desde hace 21 años: era y es hogar, sí, pero... [Silencio]. Yo siempre he sabido que cuando sale un peroya vas mal... a mí me cambió la vida, joder... es que todo pasó tan rápido y tan lento, de verdad; hubo días que duraron un enero y meses que se me fueron en dos horas. Podría deciros que yo nunca pensé que esto me pasaría pero seguro que no me creeréis. Sólo sé que estaba cansado de mí y me apunté a un club. Empecé a ir a menudo, me reía con las cosas que la gente contaba, leía los artículos que algunos escribían, también venían unos cuantos políticos, algunos famosillos... Y entonces me fijé en una chica. Bueno, por el club venían varias pero había una que me gustaba en especial. Ahora viene la parte marciana porque entiendo que nadie lo entienda: me enganché de ella y no la conocía de nada. Hablábamos cada noche, me contaba su día, me preguntaba por el mío. La cocina de casa se convirtió en mi sitio preferido; Elsa se pasaba el día allí y en cuanto terminaba de fregar los cacharros de la cena, no entraba ni a por agua. Con la escucha de echarme un último cigarro en el lavadero, usaba el teléfono que tenemos al lado de la nevera. La llamaba y hablábamos muchísimo rato. En dos semanas me sabía el nombre de sus sobrinos, el del perro que se le escapó cuando tenía 13 años y el del tío con el que perdió la virginidad. A cambio yo no le contaba nada, lo juro; nada íntimo, me refiero. Yo era feliz escuchándola. A veces le contaba cosas, claro; que tengo tres hijos, que curro en una oficina -le di el nombre-, que mi trabajo es aburrido y que ya he ascendido todo cuanto puede ascender alguien con mi perfil. Ella celebraba esas dosis de información con un entusiasmo que, joder, [Silencio, mira hacia la derecha, se toca la nuca, se aclara la voz] que yo..., yo ya no recordaba lo que era que me escucharan así, que alguien celebrase un buen día en la oficina...[Se cubre la cara, sonríe, parece avergonzado] Hace años que Elsa no me dice que voy guapo, ya ni siquiera que lo estoy porque a los 47 se puede ser muchas cosas, pero guapo... Pero ella me veía, me ve guapo, "su guapo", dice que soy... o decía, ya no sé. Si alguien me hubiera dicho que lo que sientes se puede quedar en un secreto, yo me lo hubiera creído pero me lo dije yo mismo y a esas alturas ya era un mentiroso de la hostia. Claro que nada de cuanto hablamos se quedó en el Club: salíamos y acabamos en un hotel a 45 km de nuestra ciudad. Fue la hostia y juro que morí de feliz y de remordimientos, a la vez y, desde entonces, siempre...[Silencio] Siempre creí que Elsa lo sabría desde el minuto uno, pero no, y durante los primeros meses viví muerto de miedo pero estaba más vivo que nunca y, joder, no sé qué me pasaba pero no podía ni quería parar aquello y cada vez se complicaba todo más; yo me estaba complicando más porque, ¿sabéis?, esa chica quería hacer cosas, cosas que se hacen fuera de un hotel o de un Club privado. Cosas que haces con una pareja. Pero ella no era mi pareja, aunque yo sí era la suya. Y yo le contaba que no podía quedar porque, pobre de mí, tenía a mis hijos casi todos los fines de semana porque su madre -pobre Elsa, convertida en ex mujer capulla- tenía una pareja a la que mis hijos odiaban, y claro, cómo hacerles pasar por eso, teniéndome a mí para estar con ellos. Cómo. Y que tampoco podía invitarla a mi casa porque siempre le he dicho que me avergüenzo de mi piso, que es feo y viejo. Decidlo: Gabriel, eres un miserable. [Levantala mano derecha] Mejor me lo digo yo: soy un miserable. Sé que alguno de vosotros os estaréis riendo; qué, te has liado con la idiota que de tan ciega que está no se quiere enterar de nada, ¿no? [Sonríe pero de repente, cambia el semblante: ahora está enfadado] Pues sí, está ciega porque me ha creído, joder, se cree todo cuanto le digo: que no tengo pasta y por eso no puedo viajar con ella, que mi casa es una mierda, que mi ex es una bruja... soy de manual y ella se lo ha tragado con tapas incluidas. Pero no quiero que penséis que es idiota, no. Ella es maravillosa y me quiere y me lo dice siempre y yo nunca se lo devuelvo porque, creedme, no la quiero. Y Elsa es maravillosa y me quiere pero no me lo dice. [Silencio, Gabriel mira hacia el foco, parpadea, baja la vista] A veces, cuando he vuelto del hotel, -de "nuestro" hotel: sí, porque hemos ido siempre al mismo-, a veces, al llegar a casa y veo la Elsa leyendo, sentada en el sillón de leer deElsa, le digo te quiero. Y se lo digo creyéndolo limpio porque suena en nuestro hogar, en nuestra cama, pero acaba sucio porque antes de dormir, ante mis ojos, cada noche durante casi dos años, ha aparecido la cara de la otra persona dándome un beso de buenas noches que me arrastra al infierno de los hijos de puta mentirosos. [Enseña el papel arrugado que lleva desde que entró en escena]Hace unos días recibí esta carta. La mandó mi chica, la chica del Club... no sé cómo debo llamarla a estas alturas. Me contaba lo duro que es estar conmigo, lo difíciles que se le hacen las semanas que no nos vemos -no siempre puedo escaparme 3 o 4 horas un lunes, un jueves... comprendedme-. La leí abatida y juro que durante un rato sentí alivio: "me va a dejar y se terminó mi problema". [Se acerca el papel y comienza a leer]. "Últimamente te noto triste y enfadado con el mundo y yo ya no puedo hacer nada para que sonrías. Sé que no darás tú el paso así que he pensado en que mi regalo de cumpleaños va a ser irme sin que tengas que pedírmelo tú. Si no das más señal, entenderé que es tu Adiós. Te quiero". [Tose, se aclara la voz] Llegó el lunes a mi oficina. Me pedí el día libre, que me encuentro fatal, debe ser un virus del estómago, dije. La verdad es que lo estaba, incluso vomité y me sentí libre y vacío. Muy vacío. Tanto que, de vuelta a casa, pasé por una agencia de viajes y compré un fin de semana en Roma para Elsa y para mí. Y seguí tan vacío que fui a recoger al pequeño y después, pasamos por entradas para el partido del domingo pero no, nada me llenaba. Hacia las 11 de la noche, el padre de todos los vacíos me recordó que no volvería a verla por el Club. Esa noche pude dormir 6 horas seguidas. Hoy me ha parecido verla a lo lejos, muy cerca de aquí y, huyendo de ella, porque sé que si la tengo delante volveré a mentirle comiéndomela a besos, he entrado en una especie de oficina: ¿Viene a contar algo?, me ha preguntado un tipo con cara de perro. La verdad, creo, he respondido yo.

[Se queda en silencio unos instantes sin mirar al público, doblega la carta y se la guarda. Sigue un rato de pie, dudando, finalmente se gira, traviesa la cortina, mira al escritor que no le devuelve la mirada, y regresa a su silla.]

Escena IV (Ángel) por @incomp_let

AUTOR: ¡El 18!

[Un hombre mayor, con el vientre abultado y los miembros flacos, como si toda la carne se la hubiera estrangulado el cinturón. Las espinas blancas de su barba mal afeitada destacan sobre su piel rojiza de eterno borracho. Desde el público quizá no se huele, pero da la impresión de desprender un olor dulzón, que no sería desagradable si no fuera tan fragante. Es como oler a tierra después de la lluvia pero mal. El atraviesa la cortina con su paso torpe y su balanceo cómico. Encorvado, como no atreviéndose a llenar su propia estatura, sus manos se abrazan entre sí, como si sujetase un cubre cabezas que no tiene.]

ÁNGEL: Bueno, mi nombre es Ángel. Ya ven ustedes. Trabajo en el teatro, limpiando las escaleras. No mucho, gracias a ustedes, que son personas ordenadas, en la mayoría de casos. También trabajo en la parroquia de aquí en frente. Bueno trabajo más en la parroquia; de hecho trabajo en el teatro porque el señor cura es muy bueno conmigo y me consiguió este trabajo extra. El señor cura, Fermín, habló muy bien con la... bueno no la directora, no sé qué cargo ocupa. Creo que es política. Consejera de Cultura, quizá. [Titubea. Niega con la cabeza.] Para hablar de mí [repite como un mantra], para hablar de mí. El señor Marcos es también muy bueno conmigo, es director, o escritor aquí en el teatro. Fíjense en que pocas personas saludan al personal de la limpieza. Somos casi tan invisibles como los mendigos. Es como si al limpiar intentásemos también borrar cualquier rastro de nuestra presencia. Uno entra en un baño y quisiera no saber que hay alguien que meter mano ahí. Como si fuera magia de la de Merlín. Las historias de magia suelen ser bonitas. Este señor alguna vez me invita a tomar café y me pregunta por mi vida, lo cual es extraño, porque yo no tengo una vida destacada. No escribo libros, ni obras, ni soy actor. No soy famoso ni lo seré. Soy lo contrario de famoso. Es muy bueno conmigo, siempre me invita al café. Siempre que puede porque es una persona muy ocupada. En alguna ocasión le he oído gritarse con los actores, pero a mí me parece muy buena persona. Muy ocupado quizá, pero humilde. Nunca le he visto hablando de sí. Es verdad, perdone. Perdonen. Mil disculpas, tengo que hablar de mí [carraspea y hace una pausa], para eso me han traído. Yo no sé para qué quiere que hable de mí, pero de alguna manera a él le parece que a ustedes les parecerá interesante saber de mí. Yo no tengo una vida de famoso, de las del cine. No tengo coche ni siquiera. Tampoco lo necesito, porque mi vida se desarrolla en cuatro manzanas. No soy un deportista, ni salgo con actrices. Soy todo lo contrario de lo que sale en la pantalla. A este señor le gustan las anécdotas que le he contado y piensa que a ustedes también les van a gustar. Pero no son chistes, [se viene tormenta en sus ojos, pero no parece decidirse a llover] son cosas feas. Mi amigo Félix murió por sobredosis de alcohol, no sé si eso tiene un nombre propio. El caso es que cuando yo vivía en la calle, Félix y yo siempre estábamos juntos. Bueno siempre no, porque el oficio de la mendicidad requiere muchas horas. Félix tenía la garganta quemada por el alcohol y el tabaco y ya no podía beber ni fumar, así que compraba tampones... Sí, tampones de mujer, de chica. Compraba tampones y los metía en el whisky primero, y después en su culo. Lo que no sabíamos es que se puede beber más alcohol por el culo que por la boca, o se absorbe peor, o más, o no sé. El caso es que Félix murió. Murió también. Porque le explotó el hígado. [Hace una pausa. Se le arrugan los ojos un momento, con fuerza, como cuando se quiere contener el llanto. Su rostro se vuelve rojo, y niega tensamente con la cabeza. Finalmente abre los ojos con furia.] Yo acabé viviendo en la calle... No sé por qué Félix acabó viviendo en la calle, nunca se lo pregunté. Pero yo tenía una mujer y una hija, y se murieron. Se murieron porque sí, porque se desprendió una cornisa de un edificio. Una de esas muertes en las que no es posible culpar a nadie, ni a ellas siquiera. Y eso es terrible. En mis tiempos no existían los psiquiatras ni las pastillas de la felicidad; uno simplemente agarraba una botella. Una botella no, muchas botellas. Uno perdía su trabajo con dignidad, y se convertía en el borracho del pueblo o del barrio con dignidad, perdiendo su trabajo, su cabeza, sus amigos, pero sin dar pena. Uno simplemente se moría sin perder la vida. Se moría para las gentes de bien. Pero no se crean, [deja ver cierta malicia] que eso sirve para que otros se sientan bien con ellos mismos dando limosna. Dando limosna pero no abrazos, ni ducha, ni nada. No es raro que se pregunten por qué estoy vivo, por qué no me he matado. No me he matado por lo mismo que ustedes. Uno siempre encuentra una excusa para no matarse, un programa de televisión que quiere ver, un chiste que le quiere contar a Félix, una botella medio llena que le dan unos jóvenes juerguistas. Una vez, a la puerta de la iglesia, un turista me dio la comida para llevar que se estaba comiendo y el cigarrillo que se estaba fumando. Ya no me duele. Ya casi he olvidado sus caras. El caso es que el cura me ayudó a dejar de beber, aunque ya beber tampoco tenía mucho sentido tampoco. El cura ha sido muy bueno conmigo. Y este señor también. Yo siento que Dios nunca ha dejado de estar conmigo. Aunque muy locamente. En los momentos de vacío, en el frío del suelo en mi cara. Cuando sentía que el alcohol estaba a punto de dejarme inconsciente y que las grietas de la cara de la gente tenían su propio mensaje. Por algún motivo este señor piensa que esto les puede resultar interesante. Yo creo que no. Yo creo que prefieren seguir con sus vidas. Y olvidarse de todo, como yo.

[Con tranquilidad, Ángel cruza la cortina, dirige una mirada cómplice al escritor y vuelve a su silla.]

Escena V (Úrsula) por @Pequenho_Ze

AUTOR: ¡Número 2!

[Se levanta una mujer de ojos cansados y piernas temblorosas. Es ÚRSULA, una camarera asustadiza e insegura que acaba de quedarse sin trabajo. Se acerca a la cortina y con manos dudosas la abre muy despacio, como no queriendo abrirla. Cuando se ve en el otro lado, se encuentra rostros serios observándola, ojos clavados en ella, y un micrófono sobre una pequeña tarima. Se acerca y le da dos toques suaves con un dedo. Resuenan los dos golpes por toda la sala. Resignada, cierra los ojos y, sin entender muy bien por qué, de repente siente la necesidad de liberarse de algo que le pesa demasiado por dentro. Abre los labios y su voz empieza a sonar.]

ÚRSULA: Atardecer veraniego en el frondoso bosque de la memoria. [Mira al público, ninguna reacción. Intenta alzar la voz para cubrir su miedo.]

Atardecer veraniego, en la memoria.

Estoy sentada frente a mi balcón.

Hay decenas de ventanas abiertas en las soledades

agarradas a los pies.

El suelo quema de añoranza.

[A ella le arden las entrañas de sentirse tan vulnerable en ese escenario. Sin embargo, sigue hablando. El nudo en la garganta la empuja a seguir haciéndolo.]

El aire ha traído tres años de recuerdos a mis ojos.

Tres años de verano que abrigaron de golpe todos mis inviernos

y los hicieron soleados.

Recuerdo,

me enveneno de memoria,

y un temblor me sacude el pedazo de corazón que me queda

en algún lugar.

Miro el cielo,

el azul del silencio arremete contra todo mi cuerpo,

me hace pequeña.

Sin darme apenas cuenta,

la copa de vino resbala de mis manos

y el estallido me recuerda el último alarido que salió de mi garganta

antes de quedarme muerta.

Pero aún respiro,

a pesar de clavarme los cristales en el alma,

aún respiro.

[Sin querer, un suspiro resuena por toda la sala. Una lágrima parece resbalar por cada una de sus mejillas. Con un gesto demasiado brusco, se seca el rostro con el brazo. Mira al suelo, moviendo nerviosamente uno de los pies. A pesar del miedo, su voz prosigue.]

Las ventanas siguen abiertas

a lo largo y ancho de mi palmo de mundo,

pero ya no veo nada.

Una capa gris se ha colocado sin permiso

ante mis pupilas.

Del agua del último beso se ha hecho un charco helado.

Me rodea los pies.

Crece empapándome las piernas hasta las rodillas.

Pero poco importa.

La noche y yo sabemos

que el coma emocional siempre acaba en muerte.

Y me sé muerta.

Desde hace mucho tiempo.

Me sé muerta.

El sol se refleja en las aceras sucias que dijeron que debían alegrar mi vista,

paradas de flores, niños correteando al salir de la escuela, perros paseando.

Si me acordara de sonreír, lo haría,

pero tengo la boca seca por falta de labio,

repleta de grietas

cansada.

Escribí siete historias de ese amor,

y ahora,

entre mis manos,

sólo tengo un epílogo quebrado.

Aterrada me doy cuenta que aún siento;

me doy cuenta que en mis pulmones

todavía resuena la misma canción.

-¿Cuántas eternidades pueden caber en una canción,

hasta convertirse en silencio?-

Nuestra eternidad hecha de instantes frágiles

sigue sonando en mis adentros.

Suspiro de sangre en cada una de las palabras

que nos cuentan.

La luz la dejé escrita en todos los poemas

y ahora son epitafios de nuestros sueños paralelos.

Siento la herida temblar en las venas.

[Vuelve a alzar los ojos, los rostros siguen impasibles con la mirada fija en ella.]

Es puñal lento la memoria y de mí quisiera arrancarla,

pero la llevo como una carga

que adoro tanto...

Sólo podría pedirle al amor que sobreviviera,

que se hiciera tormenta...

pero a duras penas,

soy corazón latente

bajo la tierra.

[Se hace el silencio. Mira al frente. Se siente abierta en canal, y todavía no entiende porqué ha contado todo esto a tantos rostros desconocidos. Baja la cabeza. Baja de la tarima. Da media vuelta. Huye.]

Escena VI (el anciano) por @Macon_InMotion

AUTOR: El 47.

[La voz resuena por todo el teatro. Un anciano se levanta de una de las sillas muy lentamente al escuchar el número y, con una leve cojera, se acerca al estrado. Viste de blanco de los pies a la cabeza y esto contrasta con su piel morena y gruesa.]

ANCIANO: [Tose ostensiblemente]. Tengo 307 años. ¿Qué están mirando? [un murmullo recorre la platea]. Estoy plenamente en mis cabales y en disposición de considerar que están... [le interrumpe la tos] que están ustedes completamente locos. ¡Un anciano tricentenario les está tachando de locos! ¿En que lugar les deja eso a ustedes? Yo solo quiero volar. Igual que lo hacía cada día, desde la cúspide de mi faro. [Levanta la voz] ¡El mundo está enfermo! ¿Porqué sigo aquí? [hace aspavientos con los brazos]. Debería haber sido pasto de los peces hace más de 200 años... [Baja la cabeza. El tono ahora es completamente abatido] No lo entiendo. Durante siglos... fui literalmente la luz cuando esta desaparecía. Refugio durante la tormenta, esperanza... y ahora sólo soy un viejo decrépito. [Se rasca la cabellera, abundante y blanquísima, del mismo color que la barba]. ¿Dónde estoy? ¿Qué extraño lugar es este? Mi faro está demolido. Lo sé. Así es como lo siento. Lo siento. Ya no hay café, ni salitre, ni gaviotas, ni libros, ni mi maldita bicicleta. Todo se fue pero yo sigo aquí. ¡Desamparado! [Vuelve a gritar]. Esta cicatriz que cruza mi pecho [se levanta la camiseta , de blanco impoluto] es todo lo que me queda. No es bonita. Nada en esta vida lo es. ¡Estoy en mis cabales! [vuelve a gritar. Se trastabilla]. ¡Todo son cicatrices! ¡No os fiéis de los cuerpos impolutos! [alza el brazo, señalando al frente. Escupe, fruto de la vehemencia con la que habla]. Quiero ron. ¿Dónde está mi caballo? [el discurso ha perdido cualquier ápice de aparente coherencia]. Vale. Discúlpenme. Estoy alterado. Yo solo quería morir. ¿Es que acaso no es eso lo que queremos todos? Este escuálido cuerpo no sirve, pero sigue funcionando. [vuelve a levantarse la camiseta. Se le marcan las costillas. Además de la larga cicatriz que va del hombro izquierdo al costado opuesto, lleva tatuado un tosco ancla desde el tórax al ombligo]. He vivido infinidad de revoluciones, demasiados amores y demasiado pocas amistades. Siempre me he sentido solo. Creo que tiene que ver con vivir a ras de mar. Y a la vez por encima. Lo justo como para vislumbrar la inmensidad y tomar conciencia del verdadero tamaño de uno mismo. Es como si... [nuevamente le interrumpe la tos]...es como si el mar fuese el universo y yo lo viese desde fuera. Si el infinito es infinito... entonces es irrelevante lo grande que sea uno, puesto que siempre será polvo en el aire. [el anciano calla durante casi un minuto]. El caos reina. La anarquía ordena. [de nuevo el silencio]. ¡Están ustedes locos! Nunca debió pasar lo que pasó y aún así... [susurra] ...pasó. Solo soy un hombre. Un peón en un tablero de ajedrez infinito donde no hay más piezas. Compadézcanse porque yo he vivido tanto que anhelo morir y ustedes, que temen a la muerte, apenas saben lo que significa la vida. [le interrumpe un violento acceso de tos]. Que este anciano no les amargue el jaque a la vida. Solo soy un hombre. Yo... [tartamudea] ...yo tenía un faro.

[Llora en silencio al tiempo que gira sobre si mismo y, con su cojera, vuelve a su sitio, corriendo la cortina tras de si].

Escena VII (Alberto) por @EvaLopezM

AUTOR: El siguiente... el 91.

[Un hombre de edad indefinida, joven con aspecto de cansado o mayor intentando parecer joven, según se mire, se levanta, echa un vistazo a los demás y tarda un rato en dirigirse hasta el escritorio. El autor lo mira como si el hombre le causara entre asco y fascinación y con un gesto despectivo de la cabeza le señala la cortina. Él la cruza, ve el micrófono, duda de si volver atrás y, finalmente, se decide a hablar.]

ALBERTO: Lo cierto, es que no sé muy bien cómo he llegado hasta aquí, porque lo último que recuerdo es desear, con todo mi ser, olvidar. Olvidarlo todo. Y beber. Beber hasta conseguir que mis penas flotaran en el whisky con el que me tragaba las pastillas, y que mi memoria se deshiciera al mismo tiempo que los cubitos de hielo y se largaran hasta el fondo del vaso o del precipicio. Pero no, el alcohol no borra nada, ya lo sabemos, como tampoco el tiempo lo cura todo, como mucho cicatriza. Así que aquí sigo, sin morir en el intento. Ahora que lo pienso, creo que mi vida siempre ha tenido un poco de cuento. Pero uno de Poe, de esos que te enganchan por el terror, el desastre y la intriga, y, en mi caso, más que por el misterio, por la desgracia. Y cómo él, al final, con lamentables consecuencias. Pero qué maleducado, yo aquí, delante de todos vosotros, desconocidos, contándoos a tientas mis pretendidos y frustrados olvidos, sin ni siquiera presentarme. Disculpadme, soy Alberto. Mi mujer Sara, me dejó hace ya un año, pero no, no es por eso por lo que he llegado hasta aquí y hasta ésto. O no solo por eso. Nuestra pesadilla empezó cuando intentamos incansablemente ser padres durante 12 años. Sufrimos y pasamos por el trance de cinco abortos. Sí cinco, los podéis contar con una sola mano. No es mi intención que me compadezcáis, pero... ¿Alguien piensa en el padre cuando se produce un aborto? Sed sinceros, pensadlo fríamente. Casi nadie. Sé que Sara se llevó la peor parte, lo sé. La veía apagarse un poco con cada una de las pérdidas, hasta hacerse prácticamente invisible en el espejo. Se le transportaba la pena por las venas. Pero a mí también, con ella. Por ella. Por un nosotros que aspiraba a familia pero que al final se quedó en ninguno. Por cada uno de los bebés que no llegaron a nacer, pero que quisimos como una parte de nuestro cuerpo, concretamente la del corazón, y que con cada uno que se iba nos lo iba rompiendo y encogiendo poco a poco, hasta dejarlo en los huesos. Los médicos no nos daban una explicación lógica para aquellos desgraciados hechos. Tampoco ninguna solución a la que pudiéramos aferrarnos con uñas, razón y dientes, y no únicamenente con toda nuestra desesperación, angustia e impaciencia. Que si, posiblemente, fuera porque tenía obstruidas las trompas. Que si, posiblemente, mis espermatozoides no tenían la suficiente fuerza. Que si, posiblemente, nuestra sangre no era compatible. Que si, posiblemente, las hormonas. Y mientras, pruebas, y más pruebas, y que, bla bla, bla bla bla, bla bla bla, bla bla bla, me cago yo en Satanás. Y cada uno, era un mazazo en el alma y en el estómago. Que a veces están en el mismo sitio. Y pueden llegar a doler no igual, sino el doble. Los tres primeros llegaron a tener nombre y latido. Les imaginábamos el color de ojos: al primero verdes como los míos; al segundo achinados como los de Sara. A los tres la piel de su madre, los rizos de su abuela, la risa contagiosa de su tía Enriqueta; los pies fríos, y, a todos, los destinos cargados de sueños. Los dos últimos nos hacían tantísimo daño, que como si lo pudieran intuir, se fueron sin apenas hacer ruido... (En este momento, se apaga la luz del foco que ha estado iluminado a Alberto, el micro parece carraspear, hay una calma sepulcral entre el público, se vuelve a escuchar únicamente su voz entrecortada )... se fueron, y solo nos dejaron silencio.Hasta aquí. Mi lamentable vida, reducida a recuerdos.

Escena VIII (Rocío/Martina) por @javilimonysal

AUTOR: Vamos a ver... ¿El 37?

[Se levanta de la silla una mujer, arreglada, joven, vestida con algo de extravagancia. Respira hondo y con cierta seguridad, avanza hasta la cortina, respira hondo y la cruza. Se sitúa frente al micrófono.]

ROCÍO: [Mirando al suelo] Hola, me llamo Rocío. No esperaba tal recibimiento. Buenas tardes. No estoy segura de por qué estoy aquí, no me he arreglado, supongo, para la ocasión. Pero es cierto, que en 27 años que tengo, no es la primera vez que me pasa. [Levanta la cabeza y mira a la última fila] Soy artista. [Respira hondo durante varios segundos] Vivo en un hotel y cada tarde, piso las tablas. Me maquillo como un payaso, me enfundo mi uniforme, me coloco la peluca, trago un nudo en mi garganta, que aparece siempre 10 minutos antes de salir, Y Rocío desaparece y en ese momento, dejo que me invada mi personaje. [Continúa hablando, con la voz a medio gas, nerviosa, como si nunca antes hubiese pisado un escenario] Llevo 10 años interpretando a Martina. Martina y yo, somos personas o personajes, o simplemente, caracteres, absolutamente antagónicos. Empecé, como muchos artistas, actuando en la calle. La calle es dura; la función ha de salir bien, aunque llueva o haga frío (The show must go on), sea lunes o Domingo, aunque el público sea hostil. Muchas noches, interrumpí la función, porque no todo el público sabe de respeto y no todo tiene un precio. Cada bolo en el barrio, alimenta el boca a boca, de pronto te da vergüenza cruzarte con gente en el portal, porque la fama es para el que la sabe llevar. Pero un día, sucede, venía a verme gente que había escuchado hablar de mi talento. Cuando llevaba dos años llevando a Martina por calles, esquinas, bares y pus, me llego la gran oportunidad: Un productor que regentaba un local, donde se programaban actuaciones diariamente, me ofreció dejar la precariedad de no tener caché ni escenario y unirme a su compañía. Y dejé de "hacer la calle", que es como los artistas llamamos al trabajo al raso. Las cosas habían cambiado, el público pasaba por taquilla, y a mi Martina, la acompañaban música, luces de fantasía y actores secundarios. Pero seguía siendo Martina, todo lo que detesto en la vida. He de confesarles que no me dedico a este oficio por vocación. Y me ha sido muy difícil compaginar el ritmo que exige este trabajo, con una vida normal. Ni siquiera sabía que podía interpretar un personaje, aunque sea solo uno. Me arroyó mi tiempo, mi vida, mis circunstancias. Martina vive de noche y enamora a su público. Rocío, el día que empezó a actuar, era una niña de diecisiete años, con una hija de dos en su país. Rocío, yo, inventó a Martina, porque no pudo estudiar, no tuvo oportunidad ni tiempo. No podía trabajar, no tenía experiencia en nada, ni los permisos que requiere un contrato. Así que, de tripas corazón. En este oficio, es habitual no dormir, no sentirse nunca en paz, no perdonas a tu persona, el daño que le hace tu personaje. Ustedes no lo saben, pero la vida que llevamos los que damos vida a otra persona, termina pasando factura, a veces no perdono a Martina, los malos ratos que ha sufrido Rocío. En este entorno, es frecuente no dormir o dormir poco... La farándula corrompe, a veces, el alcohol y la cocaína, son medicina por necesidad, para anular a la persona y que el efecto toxicológico, deje fluir al personaje. Otra cosa que se hace mucho entre bambalinas, es fingir, erguirnos orgullosos de una carreara que nadie sabe que ha arruinado nuestro existir. [Brotan lágrimas y la voz se entrecorta] A veces, verán, pienso que, aunque el oficio sea digno, me duele hablar a mi hija con la misma boca con la que me dirijo a mi público. Y ese sentimiento, se convierte en un asidero, en dónde Rocío se agarra con fe de no haber sido ya absorbida por Martina. Tras diez años de carrera, mi única aspiración, es quitarme los tacones, las pestañas, la peluca, la mentira, el asco y el dolor. La vergüenza. He visto a gente morir aunque siguen respirando. No quiero morir en el escenario. La primera vez que lo hice, pensé que sería breve, sólo para solventar una crisis, para sobrevivir... Con 17 años, sin estudios ni experiencia en nada, me arroyó la inexperiencia, la inocencia, la puta vida. El miedo a verme en la calle, me hizo salir a hacer la calle. Buenas tardes, tengo 27 años, me llamo Rocío y soy Martina, prostituta desde hace diez.

Escena IX (Mikel) por @aquinomires

AUTOR: Y por último, el 4. Número 4.

[Un chico de unos 12 o 14 años se levanta. Se le ve nervioso pero a la vez resuelto, como si tuviera prisa, camina hasta la cortina y después de mirar al autor esperando su aprobación, cruza la cortina. Delante del micrófono, se aclara la garganta y durante unos segundos intenta poner el micrófono a su altura, hasta que lo consigue. Lo toca con los dedos, para comprobar si funciona.]

Hola, disculpen si no dejo de moverme pero estoy un poco nervioso, llevo un rato esperando ahí detrás y lo último que me esperaba es tener que hablar ante tanta gente, no sé qué hago aquí ni lo que esperáis de un niño de 13 años, pero la verdad es que me da igual. Mi nombre es Mikel, bueno... En realidad tengo varios nombres, o al menos eso llevan años intentando explicarme, los mismos que llevo sin lograr entenderlo. Hay días en los que mi cabeza vuelve todo lo que me rodea amenazador y no soy capaz de levantarme de la cama, aunque en realidad, mi madre, que dice tener mucha paciencia, discrepa conmigo y me persigue gritando: ¡Joan! ¡Deja esas tijeras ahora mismo y vuelve a tu habitación! Después, cierra la puerta con llave y pone muy alta la música, pero yo sigo sin entender porqué, es como un sueño recurrente y bastante incómodo. Otras veces amanezco eufórico, deseando bailar en el jardín con el sol y entonces, todos los colores de mi armario, me parecen pocos, así que cojo el vestido favorito de Marian, así se llama mi madre, uno de sus sombreros y me calzo sus bonitos zapatos de charol. Pero antes de que me pueda pintar los labios, suenan sus pasos detrás de mí, y una extraña voz que regaña a una tal "Raquel! No puedes coger mi vestido cada vez que te venga en gana, ya tiene demasiados zurcidos por tus tonterías; sé que te duele la cabeza, toma, esta pastilla te ayudará a descansar y despertarás mucho mejor". Pero yo no quiero dormir. Quiero bailar y bailar con la hierba fresca entre los dedos de mis pies sin que nadie me vigile. Mi hermana vive mucho mejor que yo, y eso que tan sólo tiene 10 años, pero le dejan hacer de todo, de hecho, tiene un pestillo, pero no como yo, claro, ella lo tiene por dentro y lo puede usar cuando le apetece, ¿os parece justo? Pues eso. Y encima, dicen que es por mi culpa ¡Ja! Bueno, por mi culpa no, la de un tal Jaime, que parece ser que le gusta jugar con ella y enseñarle a hacer cosas divertidas. Algunas me las contó y yo jamás me hubiera enfadado así, pero ya sabéis como son las niñas, aburridas. ¿A quién no le gustaría comprobar cuántos minutos es capaz De aguantar sin respirar debajo del agua?¿ O la resistencia al calor que puedas tener dentro de un horno? Solo así se descubre si tienes super poderes, si lo sabré yo que he enterrado un montón de pajaritos que luego han vuelto a volar como si nada... El problema es que las personas se asustan sin razón cuando algo a lo que ellos llaman diferente o peligroso. Eso le pasó a mi padre, que la verdad, poco recuerdo de él, algún grito entre sollozos mientras me llamaba monstruo y mi madre besaba su barba pidiéndole silencio. Y silencio hubo, porque un día cogió la puerta y se llevó todo el ruido. El del corazón de mi madre también, sospecho, que sin saber muy bien lo que es la soledad, habla de ella con miedo mientras me achaca a mí su pérdida y desgracia. Pero no. Yo no me fui. Nosotros nos quedamos y es lo que cuenta. Hablando de cuentas, ¿Alguno de vosotros ha tenido un amigo "raro"? Así me llaman a mí, voy a un colegio de "raros" en el que hay chicos de lo más divertido y siempre nos reímos mientras cantamos: ¡Qué les jodan a los normales! Por ejemplo, mi amigo Arthur, que no sabe hablar pero conoce los números mejor que sus propios lunares y siempre que discutimos en el número de canicas cuando apostamos, él coge su palito y distribuye en la arena el botín como si llevara haciéndolo toda la vida. Claro, solo nos queda asentir y callar. Luego está mi amigo Raúl, que sabe volar pero como nadie le cree, no le dejan. Pero yo lo he visto, el secreto es intentarlo muchas veces, que no parezca que te duele al caer y recuperarte muy rápido. Sara es mi única amiga, es muy bonita y lo único que ha hecho para estar aquí es no comer, parece ser que también está mal no tener apetito, sus padres lloran y lloran cada día, pero yo la ayudo a esconder su ración cuando ya no puede más, porque para eso están los amigos. A veces pienso que, a los mayores les asusta demasiado la personalidad y como no la saben gestionar, la llaman trastorno, que más de una vez les he escuchado detrás de la puerta. La verdad, que ya no sé qué más os puedo contar, quizá tenía que haber venido Jaime, que es mucho más ocurrente que yo, o al menos, eso dicen.

[Con una sonrisa de satisfacción, el chico deja atrás el micrófono, cruza la cortina, mira al autor con cara contenta y se va hacia su sitio. Todos los focos, salvo el que cae sobre el AUTOR, se apagan. Se ve a los encargados del atrezzo llevarse la cortina y el micrófono. El autor se levanta para dejar que se lleven también el escritorio. El autor pasea entre los personajes con un manojo de hojas en su mano, se enciende un cigarrillo, tose un par de veces. Va tocando a los personajes en la espalda y cada vez que lo hace, el personaje tocado se levanta, coge su silla y sale discretamente del escenario, mientras el autor pasa una hoja de las que lleva encima cada vez, comprobando lo que hay escrito. Cuando todos los personajes han salido, el autor se queda solo mirando sus papeles y fumando. Entonces, como si tuviera una idea, va rápido hasta dónde estaba el escritorio, se da cuenta de que ya no está y después de dudar un rato, se sienta en el suelo y se pone a escribir sobre las hojas, poseído por un ataque de inspiración.]

Fin del primer Acto