Arriba el telón (Acto II)

06.02.2020

ACTO II

Escena I (el autor) por @martinsroom1

[En el escenario un banco blanco en el centro. El suelo cubierto de hojas escritas de libreta y folios también escritos, estos folios caen del techo, como si lloviera. Entra el Autor, enfrascado en los papeles que lleva consigo, lleva un paraguas en la mano que no lleva papeles. Se detiene, de pie. Al cabo de unos instantes se da cuenta de que llueven hojas, abre el paraguas y se sienta en el banco. Está en silencio un rato, leyendo. Con un gesto de desesperación, enfadado, lanza las hojas que estaba leyendo al aire y se queda quieto mirando hacia arriba. Finalmente, cierra el paraguas. Al azar, toma una de las hojas que cae y la lee. Esto despierta su curiosidad, mira a su alrededor y empieza a tomar y leer hojas con cierto desorden y urgencia.]

AUTOR: [a medida que los va nombrando, los personajes entran a escena y se sitúan, uno al lado del otro al fondo del escenario, completamente vestidos de blanco.] Martina, la prostituta; el anciano de 307 años; Mikel, el niño de múltiples personalidades; Gabriel, el mentiroso; Alberto, el marido de la mujer que abortaba; Úrsula, la camarera poeta; Alonso, el pianista frustrado y Ángel, el trabajador del teatro. Son mis personajes y... [Sigue cogiendo hojas del suelo], mis ideas, también mis ideas, las que tuve, las que aproveché y las que deseché. ¿Y todos estos? Claro, también descarté personajes, tenía demasiados, yo... yo [le interrumpe una tos estridente, por unos instantes parece que se ahoga. Mikel se separa del resto de personajes del fondo, se acerca al Autor y le ayuda a levantarse, acompañándole a sentarse en el banco. Allí el autor se calma, Mikel se sienta a su lado. Al cabo de unos momentos el Autor se levanta y mira a sus personajes] Qué mal os he tratado, con qué frialdad y falta de escrúpulos, disponiendo de vuestra vida y vuestra muerte, convirtiéndoos en felices o infelices a mi antojo. Pero... pero hay algo, algo que [tose de nuevo, no tan abruptamente] no encaja. Es como si me sintiera igual que vosotros y vosotras, quizá no soy más que una idea plasmada sobre un papel, la imaginación de alguien. No, claro que no [deja de mirar a los personajes, vuelve hacia el banco], eso es absurdo, yo os he creado y un personaje inventado no puede ser tan complejo como yo. Pienso, luego existo. ¿O no? [Mira a Mikel, se sienta a su lado] Y tú, te pareces tanto a mí de pequeño, con toda esa imaginación que te desborda, con unos padres que no te entienden. Yo me pasaba los ratos de estudio escribiendo, imaginando seres nuevos que salían de mis lápices y mis bolígrafos y, más adelante, al cumplir los 14, me regalaron una máquina de escribir [los de attrezzo entran una pequeña mesa de ruedas con la máquina encima]. Sí, igual que ésta. Mi padre se enfadó porque consideraba que yo ya perdía demasiado tiempo en mis mundos inventados como para encima tener una herramienta, mi madre defendió el regalo argumentando que el psicólogo... El psicólogo. El psicólogo dijo que yo necesitaba concentrar mi creatividad. Me pusieron horarios: podría escribir siempre que antes estudiara. Y claro, estudié, porque si no escribía me moría, como tú, Mikel, que necesitas a tus otros para ser alguien completo. [Mikel sonríe, le abraza y se levanta para volver a su sitio; entonces se adelanta Gabriel, tímidamente, y alarga la mano para saludar al autor que se la da titubeando un poco]. Tú no te pareces en nada a mí, me molestas, eres lo que nunca he querido ser, lo que más odio del ser humano, lo que... [Le suelta la mano, se queda pensando, mira las hojas, luego a Gabriel, tose ligeramente, se levanta y habla rodeando al personaje]. No es cierto. Un escritor no deja de ser un mentiroso con talento. [Se enciende un cigarrillo] Y yo miento, miento mucho. [Tose durante un rato, Gabriel intenta calmarle pero el autor lo rechaza]. ¿A quién pretendo engañar? A mí mismo. Quizá de pequeño inventé a un personaje que ahora soy yo, producto de mi propia imaginación, y como realidad ya no existo. Estoy aquí, encima de un escenario, en mi presente, recitando letras que alguien ha escrito, interpretando un papel, mi papel. Soy una mentira. Y una mentira no puede decir nunca la verdad. A pesar de esta audiencia, a pesar del presupuesto del que dispongo y de la fe depositada en mí, no dejo de ser un fraude. Me pregunto [directamente a Gabriel] qué será de ti, que será de mí. [Abatido, se sienta de nuevo en el banco. Dejan de llover hojas y empieza a soplar un viento lateral que las levanta suavemente. Gabriel vuelve al fondo y en su lugar se adelanta el Anciano, con lentitud, hasta que se sienta en el banco. El autor está mirando al vacío, tira la colilla al suelo. Se gira y ve al anciano, durante unos segundos no lo reconoce, luego se levanta de golpe y se pone a toser frenéticamente]. No, eso sí que no, dice entre espasmos, señalando al viejo. ¿Qué se supone que es esto? ¿Un cuento de Dickens? ¿Tú eres mi fantasma de las navidades futuras? Solo que no es Navidad. No, yo te creé a ti, igual que he creado al niño y al mentiroso. [Se toma unos instantes para recobrarse del ataque de tos, luego, más tranquilo, le habla al anciano que le mira]. Moriré solo. Viviré mucho más de lo que quiero vivir, veré morir a mis seres queridos y al final, habiendo perdido la luz que me guía, que me guiaba, me sumiré en la penumbra de vejez y pasaré los últimos años, que pocos serán demasiados, intentando encontrarle sentido a la vida que he vivido. Repasando mis obras y mis creaciones, pensando en lo que pudo ser y no fue. No, no puede ser eso. ¡Espera, ya lo entiendo! [El anciano se levanta y vuelve a su posición, empieza a sonar música de baile de la década de 1950, los de attrezzo se llevan el banco y la máquina de escribir y también barren las hojas del suelo.] Ya sé qué es, claro, es mi obra. Son mis personajes y cada uno de ellos tiene su pasado, su presente y su futuro, de alguna forma... Ya sea en sueños o... No, al final Scrudge, asustado por el futuro que le espera y apenado por el pasado que tuvo decide cambiar su presente, y yo sigo aquí. Quizá para siempre. [Silencio. Los de attrezzo entran una barra de bebidas y un tocadiscos y los dejan a un lado, la música de baile se va apagando lentamente. El autor mira al público] Me he dejado llevar, disculpen. Como les dije antes, estoy en una profunda crisis creativa y ahora, aprovechando mi debilidad, mis personajes creen que tienen el control [tose], pero yo tengo el control, yo tengo el control. [Se gira a sus personajes y sube el tono de voz] ¿Me oís? ¡Yo tengo el control!

[Se va. Los de attrezzo tapan con sábanas el decorado festivo.]