Arriba el telón (Acto II)

13.02.2020

Acto II

Escena II (Ángel) por @incomp_let

[El escenario se transforma en un callejón oscuro, lleno de basuras y restos. Una farola al final ilumina tenuemente. Entra Ángel con su andar patizambo y las mejillas sonrosadas, cantando y desentonando. Lleva una botella sin etiqueta pegada al pecho, que no se sabe si quiere ocultar o abrazar. A medida que va cantando, el resto de personajes se pone a deambular por su alrededor, en silencio. A un lado, el AUTOR se queda garabateando sus folios, como si corrigiera]

ÁNGEL: [Cantando]

TRES cosas hay en la vida

Salud, dinero y amor

El que tenga estas tres cosas

Que le dé gracias a Dios.

Pues con ellas uno vive

Libre de preocupación,

Por eso pido que aprendan

El refrán de esta canción.

[Deja de cantar, hace una pausa] Pues nada, Inesita, hija, si tú me lo pides yo me lo aprendo. Faltaría más, guapa. Menuda cachonda la Inesita. [Se dirige a ALONSO, que pasa cerca de él en ese instante] Oiga, Alonso, usted es músico, ¿no? ¿A que yo podría ser cantante si no fuera por la voz? [Su risa se entremezcla con la tos. Da un trago y se enjuaga, traga y carraspea.] Mire, esto no es música de la de ponerse esos trajes de urraca para ir al Teatro Real, pero hay que reconocer que es pegadiza. Y pica, ya ve usted que pica. Es pegadiza y tiene ese ritmillo de bailar. Inevitable. Como la siguiente frase, que no se sabe cuándo pero va a venir: el que tenga un gran amor que lo cuide; ya le decía yo que pica, licenciado. Como si cuidar un amor fuera cosa de uno, nada más; como si no existiera nada más en el mundo que uno. Está el gran amor dentro de un nido y uno se sienta a empollar, y fuera del nido no existe nada; solo tú, el nido y un cielo de color violeta infinito. Sin estrellas, ni nubes, ni nada. Tú y el huevo, que no va a eclosionar nunca. Sentado, dándole calorcito con el culo. No llore, que yo tampoco voy a llorar, que somos hombres, no gallinas. Somos hombres de verdad. De los buenos. Bueno, aquel de allí no [señala a Gabriel con la botella, que se queda parado y le mira], aquel es un canalla. Un canalla confeso, eso sí. Dice el cura que hay que perdonar, pero yo no tengo claro que tengamos que perdonar nosotros. Yo creo que es Dios el que va a perdonar, pero los hombres... Los hombres no perdonan nunca. Te caes pues te has caído y ahí te quedas. No te perdonas tú, te va a perdonar el vecino. Ay, la pobre chica que se va a quedar ya para vestir santos. Yo te entiendo, cualquier hombre te entiende. Porque las flores están ahí, tan frescas, con los pétalos tan suaves... Y claro, ser hombre es tener ganas siempre de tirarle un bocao a las flores, pero ser cristiano es no comérselas. Ser decente es no comerte las flores, hombre. También dice el cura que no hay que juzgar, pero bueno. ¿Qué has pensado tú cuando me has visto? Porque yo me juzgo. Me juzgo, me defiendo y me condeno solo. Y eso que soy yo mismo y me duele. ¿No me vas a juzgar tú que no te duele? Pues eso. Yo también juzgo. Aunque tumbado en el suelo, normalmente. Que se está más cómodo. Yo te entiendo, hombre. Si yo mismo esta mañana me he levantado y he sentido el amor. Hoy me he levantado pensando en ella y por más que he querido hacer otras cosas, me ha estado martilleando la cabeza su perfume. He sentido su llamada, ya sabe usted a lo que me refiero. Ella me esperaba en la tasca y yo ya me imaginaba la mirada de juicio de su padre, el dependiente. Me he imaginado ir hasta ella, y como me miraba todo el barrio mientras caminaba hasta su casa. Uno da un paso tras otro para llegar a sus deseos y se va haciendo más y más pequeño. No crean, que yo he parado a llorar en una esquina, así de pequeñito y con la cara colorada. Porque uno tiene la sensación de que si no alcanza lo que quiere se va a quedar de ese tamaño toda la vida. Lloraba en el callejón, pero luego me he dado cuenta de que la vergüenza se pasa. Al final, después del primer beso la vergüenza se pasa y ya no importa nada lo que piensen los vecinos. Y aquí nos ve, yo y ella abrazaditos, bailando a Inesita en la fiesta. Este soy yo, este es mi nuevo gran amor y aquí estoy yo empollándolo hasta que se me acabe la botella. Porque hay que abrir el huevo, porque somos hombres y es inevitable. [Hace una pausa, observa a los personajes que deambulan y cuando ALBERTO pasa cerca, le detiene con un gesto y se dirige a él]. A usted le tengo mucho coraje, Don Alberto. Le he visto ir y venir de los médicos y he visto como crecía el silencio y las malas caras con Doña Sara. Y fíjese que soy yo nada, pero he sentido misericordia. Lo mío se arregla con lo que lleva suelto en el bolsillo, o lo que pueda echar en el cepillo. Pero lo suyo no lo tiene nadie en el bolsillo. Nadie. Yo sería menos nada si no fuera por mi Inesita. Sí, se pueden reír, pero a mi mujer y a mí nos gustó ese nombre por la canción, y yo mismo me he condenado. Cuando la sostuve por primera vez en brazos, con su carita arrugada, ¡tan feita, la pobre! Pero era inevitable de querer. Tan perfecta, con sus dos bracitos y sus dos piernecitas, y todo en su sitio. Hay mucha tristeza en los recuerdos felices. Mi mujer y yo ya estábamos estables, y pudimos comprarnos un cochecito. El primer viaje lo hicimos a Cádiz, a casa de mi hermana. Su marido trabaja en el faro. No sé por qué, pero uno siempre imagina al vigía del faro con un gorro de capitán de barco, y eso que no está ni en el agua. Íbamos a la playa, e Inesita jugaba con la arena, y me decía "mira, papi, un castillo". Aquello era una birria, un cubo de arena dado la vuelta y la puerta dibujada con una ramita. Pero era el mejor castillo del mundo. Recuerdo que me preocupaba por sus hombritos rojitos y ahí la tengo en la memoria. Con el sol reflejado en su piel húmeda, como si fuera un Sorolla. Tanta luz. [Alberto sigue deambulando, el ANCIANO se queda parado mirando a Ángel] Fuimos al faro y no quisimos despertar a la niña, así que la dejamos dormir en el coche. A veces sueño que salgo del faro y la niña está jugando a que conduce. Por accidente quita el freno de mano y el coche va hacia el acantilado. Yo corro todo lo que puedo, pero no lo alcanzo, y entonces me despierto. Me despierto y ella no está. Ni mi mujer. Y siento que el acantilado se lo ha llevado todo. Siento que se han caído por el acantilado y sé que no es así. Pero es igual porque no están. [Otra pausa, el Anciano sigue andando, Ángel da un par de vueltas y su mirada se queda en ROCÍO, a quien habla] Hija mía, si yo pudiera te quitaría todo ese maquillaje y te sostendría en brazos. Te cuidaría. Por desgracia, tendría que hacerte una cuna de cajas de cartón y eso es intolerable. Yo sé que tú, yo y el chaval [Señala a MIKEL, que se acerca a ellos con cara de pocos amigos] estamos en la misma página del libro. Un día se cansará de los animalitos y vendrá a buscarnos. Te prometo que intentaré ser yo. [Les deja, se dirige hacia el AUTOR a un lado del escenario apartado del resto. Le habla pero el Autor no le mira en ningún momento] Me podías haber escrito como un loco o un poeta. Ser borracho tiene la mala costumbre de tirarte a la cara momentos de lucidez. Podrías haberme hecho todo ausencia. Pero yo te perdono. Te perdono todo lo que puede perdonar un hombre.