Arriba el telón (Acto II)

18.02.2020

ACTO II

Escena IV (Alberto) por @EvaLopez_M

[Justo en medio del escenario hay una cama de hospital, quejumbrosa y triste, con las sábanas revueltas, como si en ella se estuviera librando una guerra sin tregua. Se intuye a Alberto dentro, está inmóvil, con unas gafas de oxígeno y un tubo por la garganta. Todo el personal sanitario se mueve deprisa alrededor de él. Aún no saben qué es lo que ha fallado en su organismo, están descartando todos los posibles diagnósticos, pero su estado empeora por segundos. Y entre pruebas y más pruebas, el tiempo corre en dirección contraria a su destino. De repente, se apagan todos los focos y una potente luz ilumina directamente a un hombre que está mirando desde afuera, ajeno a todo el ajetreo. No muestra ningún tipo de gesto compasivo, y sin embargo, sabe que su futuro depende de cómo se desarrollen allí los acontecimientos.]

ALBERTO: Ese de ahí [comienza a decir despacio], el que está hundiéndose cada vez más en esa tumba-cama, soy yo. Me veo, me reconozco, y sin embargo, no puedo hacer nada más por mí [le da un trago largo a una botella que lleva en la mano]. Lo cierto es que creo que llevo haciendo eso, agonizando, muchísimo más tiempo del que en verdad me muero. Con cada sacudida de la vida, con cada disparo a bocajarro en el estómago cada vez que se nos escapaba la esperanza de un hijo. He ido perdiendo con todos ellos las pocas fuerzas que me quedaban.

[Se apaga el foco y vuelven a encenderse todas las luces del plató. Todos corren frenéticamente hacia la cama con un carro que lleva un desfibrilador; parece que ha entrado en parada. Un médico y dos o tres enfermeras lo destapan y le colocan las paletas en el pecho, se escucha un grito.]

VOZ: ¡Apártense, carga!

[Consiguen reanimarle, vuelve a latirle el corazón, aunque no lo suficiente como para devolverle el alma al cuerpo.]

ALBERTO: Echo la vista atrás, y corro a buscar al niño que fui. Ahora lo necesito más que nunca. Creo que es el único que me ha sostenido y querido incondicionalmente siempre. El que ha sabido en todo momento cómo me sentía. El que de verdad comprende mis ganas de compartir, de jugar, de enseñar, de aprender, de abrazar, de luchar. Y ese niño, a pesar de lo mal que lo estoy tratando últimamente, quiere volver a reír siempre conmigo, a bañarse en el río, a contar historias de miedo alrededor de una hoguera, a quemarse la espalda con el sol y embadurnarse de arena en la playa. Le doy la mano, me susurra al oído que aún podemos darle una patada en el culo al destino. Que aún podemos volver a ser amigos. Aprieto los manos alrededor de la botella, quiero creérmelo, pero para eso necesito a Sara. Sin ella no soy nada. La sigo necesitando tanto... Pero se ha ido.

[ÁNGEL se acerca hacia la cama de Alberto pero no se detiene a su lado. Mueve los labios, parece que siempre esté tarareando algo. Alza una copa imaginaria y hace el gesto de brindar por él, aunque Alberto no lo ve, sigue en coma inducido. Pasa de largo. Camina hasta llegar junto a GABRIEL, que también está en la sala de espera del hospital, aunque parezca mentira]

ALBERTO: Yo, que siempre me he imaginado de anciano rodeado de mis hijos y mis nietos revoloteando alrededor; que intenté construir con mis propias manos un hogar al que siempre desearan y pudieran regresar. Que todo lo que soñamos Sara y yo fue formar una gran familia que se perpetuara en el tiempo y tuviera un futuro. Y lo único que nos queda ahora es una soledad tan dolorosa, que ya ni mirarnos podemos sin reprocharnos en silencio toda esta tristeza.

[ALONSO aparece en escena, no está solo, ha entablado una bonita relación de amistad con ÚRSULA. Los dos son almas solitarias deseando encontrar el amor. Se acercan a los médicos, preguntando si Alberto saldrá de esta. Ni ellos lo saben todavía]

ALBERTO: Pero yo sí sé qué es lo que me está matando. Es la culpa. Esta puta culpa me está devorando el corazón poco a poco, me está comiendo por dentro. Los médicos tienen que escucharme para poder darme una cura. Tienen que saberlo. Pero no soy capaz de hablar con ellos. Tengo unas manos invisibles sujetándome a esta maldita cama y presionándome los pulmones y la garganta; me tapan la boca y me impiden respirar. También sé que si Sara volviera a mi lado, dejaría de lado la bebida, la cobardía y la angustia. Si volviera... es a la única persona que necesito en mi vida. Ojalá vuelva.

[Mikel también ha acudido al hospital, o quizá ya estuviera allí, lo frecuenta bastante. Se acerca a la cama de Alberto; parece que hable en voz baja con varias personas a la vez, pero no hay nadie más junto a él.]

ALBERTO: Sara, éste niño podría haber sido nuestro hijo, empezar a formar con él una familia, y aún podríamos serlo, si todos nos pusiéramos de acuerdo, por una vez, en nuestra corta vida.

[De nuevo se apagan casi todas las luces. El escenario se ha quedado en silencio. Solo se escuchan los pitidos de las máquinas que mantienen estable el ritmo cardíaco de Alberto. Pequeñas lucecitas parpadean en la oscuridad. Aparece el ANCIANO. Pero no está mirando hacia la cama. Lleva toda la calma del mundo reflejada en la cara, como si con su sabiduría de 307 años fuera capaz de ver y conectar con otras dimensiones. Y mira directamente a los ojos de Alberto, y éste le mantiene firme la mirada. Sabe que es el único que puede devolverle el aliento, porque junto a él, de la mano, viene Sara.]