Arriba el telón (Acto III)

11.04.2020

ACTO III

Escena III (Ángel), por @incomp_let

[Se abre el telón, una vez más. El foco suena como un chasquido seco, la clave violenta de un hipnotizador iluminando la mesa. El AUTOR se sienta elegantemente y se toma su tiempo para arreglar su camisa, imitando su gesto interno de atusar sus ideas. Cuando considera que está listo, dirige su mirada hacia el infinito y hace un gesto con la mano. De la oscuridad surge ÁNGEL. Sus manos sujetan una gorra desgastada de fieltro gris. Su camisa de blanco envejecido evidencia la joroba ficticia de un hombre que no llena su estatura, un hombre que se agacha para pasar por los quicios del mundo. Un hombre que no cabe ni se atreve a llenarse a sí mismo. La vieja camisa alba hecha evidentemente para otro. El Autor le invita a sentarse frente a él con un gesto. Ángel toma asiento frente a él y le mira expectante.]

AUTOR: [con tono paternal] Ángel, necesito ordenar mis ideas. No sé si tengo demasiados personajes. Dímelo tú, ¿crees que debes estar en la obra? ¿Cómo encajas tú con todo esto?

[El rostro de Ángel se baña de una luz terrible. Sus ojos se abren hasta alcanzar el asombro y se vuelven a cerrar hasta la incredulidad. Entonces su boca y su frente se arrugan por la indignación y viene la rojez de repente.]

ÁNGEL: ¿Qué clase de pregunta es esa? ¿Que por qué debo quedarme? Pero [con lágrimas acudiendo a los ojos], ¿cómo eres capaz? Me lo has quitado todo, la familia, la casa, la dignidad... Todo. ¿No te basta? Me lo has cambiado todo por botellas de vino barato y temor a beberlo. No me abandones tú también. Soy una idea ejemplar, un ángel caído. No me abandones, por favor. Mira que sobrio soy plena humildad cristiana y borracho soy la sabiduría sin trabas. Beberé más, no me eches al barro otra vez, por favor. Puedo volver a la calle, dejar de trabajar en la parroquia y el teatro, pero no me saques de la obra. Si me sacas de la obra dependo de la memoria de la gente y eso nunca ha funcionado. Esta vida de cartón piedra es todo el refugio que conozco. Estas idas y venidas de la imaginación, estos momentos de foco frente al público son mi única lumbre. Todo lo demás es oscuridad. Mira bien que soy un recurso estupendo, soy un ahorro de tinta considerable, puedes hacer dos personajes en uno. Tres, si me apuras; arrepentido de beber soy tres personajes. Como el padre, el hijo y el espíritu santo. ¿No es eso lo que querías? Querías alguien para hablar por Dios cuando me creaste; yo puedo ver la intención primigenia de mi propia creación, ¡la he visto en la borrachera! ¿Es por eso? ¿Es porque no te digo todo lo que veo borracho? Pero tú tampoco escribes todo lo que piensas; sería terrible si lo hicieras. 

[Ángel se levanta furioso, empujando la silla con la parte de atrás de las rodillas. La silla parece que va a volcar, pero tras una pausa suspendida en dos patas -como un caballo encabritado- cae sobre las piernas del hombre que hace ademán de caerse por la pequeña patada de retorno de sus propias acciones. Finalmente, la silla y el hombre se asientan sobre su contacto programado con el suelo. Ángel mira con furia al autor.]

ÁNGEL: Yo no te necesito a ti [con furia contenida], tú me necesitas a mí. Tú necesitas mi silencio y mi humillación. Tú necesitas que yo hable de lo que no te atreves a decir. Has hecho esta boca, este cuerpo porque no eres capaz de expresar tu idea irreverente de Dios y necesitas un borracho para que lo cuente. Yo soy tu sentimiento de culpa. Soy esa relación sin remedio entre la humildad del insecto y el orgullo del dios. Soy el marco cultural represivo en el que te has criado. Soy tu miedo a no triunfar como escritor y acabar en la calle siendo el más listo de los borrachos. Me quieres hacer pasar como una mirada a los olvidados pero yo te conozco hijod...

[Hace una pausa, mira al suelo y luego la mesa. Busca a tientas el reposabrazos de la silla. Con descuido la arrastra hacia sí haciendo ruido breve y desagradable. Se recoge sobre su asiento como un cangrejo ermitaño sobre su concha. Se echa hacia atrás tapándose la cara con la gorra de fieltro y se desliza sobre la silla hasta que sus rodillas tocan la mesa. Se incorpora en el asiento, aún ciego, y se alza un instante para dejar su cabeza caer sobre la mesa lentamente, asemejando un árbol víctima de la tala. Tras un momento con la cabeza entre los brazos, aprovecha la gorra para secarse la cara. Se alza y apoya los brazos sobre una silla que tampoco es de su medida y que hace que su espalda se curve una vez más para mantener los codos apoyados.]

ÁNGEL: No tengo nada más, mátame, pero no me eches.