Arriba el telón

23.01.2020

ACTO I

Escena I (el autor) por @martinsroom1

[Se alza el telón. El escenario está inicialmente a oscuras, empieza a sonar de fondo música de baile de la década de 1950, como si viniera de un gramófono antiguo. Se enciende un foco en el lado derecho, al frente, iluminando un escritorio lleno de folios, con una máquina de escribir de la época, un flexo y un par de libros. El escritorio queda perpendicular a la platea. En frente hay una silla giratoria vacía. Se enciende otro foco que ilumina una cortina de color granate, del tamaño de una doble puerta y, en frente de todo, un micrófono de pie. Entra el AUTOR, tosiendo. Es un hombre de unos 50 años, cabello canoso, pasado de peso, con gafas de pasta oscuras. Lleva unos pantalones color beige sujetados por tirantes; una camisa blanca. El AUTOR deja sobre su escritorio un fajo de papeles que llevaba en la mano, después saca un paquete de tabaco del bolsillo del pantalón, enciende un cigarrillo y al aspirar el humo vuelve a toser con violencia, se seca la boca con un pañuelo que lleva en el bolsillo. Comprueba que todo está en orden (la cortina y el micrófono, los papeles sobre el escritorio), cruza la cortina, con el dedo toca el micrófono que emite un zumbido incómodo. Todos los focos se cierran menos uno de más pequeño que cae sobre el AUTOR.]

AUTOR: [al público] Muy buenas noches, damas y caballeros [Tose en diferentes ocasiones a medida que va hablando], gracias por haber venido, es una grata sorpresa para mí encontrarme frente a un teatro lleno hasta los topes puesto que soy, a fecha de hoy, un autor fracasado a pesar de que todos ustedes me conocen, mi nombre es famoso. Sin embargo, esta ocasión es diferente y no hay duda que tal peculiaridad les ha traído hasta aquí, como el gato que no puede evitar mirar por el agujero. Sí, esta ocasión es diferente. Pero permítanme que haga una pequeña introducción antes de empezar, puesto que dejar esta obra sin más para que sea entendida por algunos y por otros me parece poco adecuado, correría el riesgo de que nadie entendiera nada y por lo tanto no pudiera valorarse la obra en sí misma, si no que se valoraría la falta de comprensión de ésta. Algunos de ustedes pensarán: "pero sí se puede valorar una obra sin entenderla, igual que se puede apreciar la belleza en una pintura sin comprenderla o en un poema sin llegar a conocer su significado". Claro, se puede valorar la estética y la interpretación de los actores y las actrices, se puede valorar si algunas escenas han hecho reír o han hecho llorar. Pero el compendio general de la obra no, ya que no se ha entendido. Verán, como les decía [apaga el cigarrillo tirando la colilla al suelo], yo antes era un autor de éxito. Ya lo saben, logré que mis primeras obras de teatro se representaran y obtuvieran buena crítica, empecé a empujar a los de arriba, me llamaron de teatros más grandes, obtuve algunos premios y dicen, pero creo que es falso, que algunas actrices y actores se peleaban, en el buen sentido de la palabra -si es que existe un buen sentido - para conseguir papeles. Es cierto que en algunas audiciones destinadas a conocer nuevos talentos se presentaron intérpretes de renombre a los que había obviado al disponerme a elegir protagonistas, pero no va más allá. Entonces, cuando creía estar en la cumbre o muy cerca de ella, presenté un proyecto que a mis ojos, a mi entendimiento, era la mejor obra de teatro jamás escrita. Cierto es que era bastante más extensa de lo habitual, incluso más que una ópera larga, cierto que suponía un trabajo interpretativo tan difícil que... Bah, esto les importa un carajo.

[Se agacha y recoge la colilla, sale cruzando la cortina, tira la colilla en una papelera al lado del escritorio, se enciende otro cigarrillo y vuelve a toser con violencia. De nuevo cruza la cortina y se sitúa frente al micro.]

AUTOR: [al público] Vamos a imaginar por un momento que, al contrario que Pirandello, soy un autor en busca de personajes. Imaginemos que soy el típico escritor en crisis, con el pánico de la hoja en blanco, estoy en una clara decadencia creativa y popular y, en un acto casi desesperado, lanzo una propuesta al aire anunciando la obra del siglo, de todos los siglos. Una obra clásica y experimental, una obra que marcará un antes y un después no solamente en mi carrera, sino en la de cada una de las personas que trabajaran en ella: actores, actrices, iluminadores, maquilladores, los de vestuario, los del sonido, la gente de la limpieza del teatro, los acomodadores y las chicas que venden tabaco y goma de mascar, la dueña del teatro, por supuesto también, y cualquiera de los espectadores que como ustedes, damas y caballeros, vendrán a ver la obra. Y nadie, nadie, sabe de qué va. Simplemente lanzo el anuncio de tal forma que consigo lo indispensable para empezar a tener éxito de nuevo: expectación. Mi obra, esa que va a transformarlo todo, no está escrita. Es un farol. Recurro, debido a mi incapacidad creativa actual, a buscar personajes, en lugar de crear una obra para estos personajes espero que los personajes creen la obra para mí. Y ellos, claro, no lo saben. Vienen aquí [van apareciendo los otros ocho personajes, todos vestidos de blanco, llevando cada uno una silla] porque se les ha llamado, personajes en el limbo de la imaginación, flotando en el espacio de la no creación. ¿No se han preguntado dónde estaban los personajes que tanto les gustan de algunas obras? ¿Dónde estaban Yago, Otelo y Desdémona antes de que Shakespeare los creara? ¿Y el Ernesto de Wilde, el tío Vania de Chéjov, la Nora de Ibsen? ¿No existían? Claro que sí, estaban allí, esperando, como contenidos sin continente [Todos los personajes se sientan en sus sillas, al azar, sobre el escenario y se quedan mirando un pequeño papel que tienen en las manos], deambulado por el vacío de lo que todavía no se ha ideado. Porque como la energía, nada se crea ni se destruye, todo se transforma [Ha acabado con los brazos abiertos, como si esperara una ovación que no llega. Su monólogo ha ido aumentando de tono con su ánimo, pero ahora, ante el silencio, lanza un gesto de desprecio al público, sale por la cortina y se sienta en su escritorio después de comprobar que todos los personajes están sentados en sus sillas].


Pasa a la Escena II