Arriba el telón

27.01.2020

Acto I

Escena III (Gabriel), por @LaBernhardt

[Alonso se ha sentado, algo nervioso y desconcertado y observa a las demás personas del escenario.]

ESCRITOR: ¡Número 12!

[GABRIEL, 47 años, canoso, alto, complexión fuerte, se levanta de su silla, avanza y después de dudar, cruza la cortina. Se cubre la cara con la mano derecha; el foco lo ciega. Duda: no sabe si retroceder. Niega con la cabeza, toma aire, da un paso al frente]

GABRIEL: [Lleva un papel muy arrugado en la mano izquierda, lo mira. Tiene una expresión contrariada, parece sorprendido y asustado pero también divertido con una situación tan surrealista: acaba de salir a un escenario y presupone público en la zona oscura] No tengo muy claro qué hago aquí, a ver... no sé muy bien qué debo hacer ni qué decir [Mira al techo, sonríe pero es sonrisa triste, cansada, más bien] Joder, es que no paro, no paro: miento sin querer y juro que ya no sé cuándo digo la verdad... Acabo de decir que no sé qué decir, ¿verdad?, pues es una puta mentira. Otra más... [Hace una pausa] Sé lo que tengo que decir desde hace 2 años, hará ahora en agosto: soy un mierda y un fraude y ya no me quedan fuerzas para seguir con tanta mentira. Básicamente es sólo eso [sonríe], pero hay más porque, dejad que os cuente, ya que estoy aquí. De entre este montón de mierda en lo que me he convertido queda algo del que siempre fui, en serio. Sé que es difícil creer algo de alguien que va vestido con... [Se mira] esto y que se presenta diciendo que es un mentiroso, lo sé, pero dejad que os cuente mis dos últimos años en 10 minutos. Yo soy un tipo aburrido: oficinista mediocre y padre cabreado de tres hijos de 15, 11 y 9. Supongo que me casé enamorado pero ya no me acuerdo de aquello. Sí recuerdo, me recuerdan, lo jodido del día a día, las peleas y las movidas de cada semana, los suspensos, los aprobados, las pagas extras y lo rápido que se van las cabronas, las comidas con los suegros, que si no se llegamos a fin de mes, que si otras zapatillas, mecagoenDios, pero si las últimas te han durado dos semanas... No sé, esas cosas que te pasan por encima y que a veces te hacen pensar que sí, hostias, que sí que vale la pena tanta pena, pero que muchas otras veces... Recuerdo pocas risas y mucho reproche, pero claro, esa es la vida de septiembre a julio. En agosto, a veces, todo puede ser mejor y también peor porque Elsa y yo llegamos al octavo mes tan cansados de sobrevivir a 11 meses de invierno que cuando ponemos un pie en el pueblo, -en el que veraneamos, en el mismo piso alquilado desde hace 5 años-, nos ignoramos; no es desamor, es necesidad de descansar de nosotros. El tema del sexo es... bueno, pues el sexo que tienes con alguien con quien sobrevives desde hace 21 años: era y es hogar, sí, pero... [Silencio]. Yo siempre he sabido que cuando sale un peroya vas mal... a mí me cambió la vida, joder... es que todo pasó tan rápido y tan lento, de verdad; hubo días que duraron un enero y meses que se me fueron en dos horas. Podría deciros que yo nunca pensé que esto me pasaría pero seguro que no me creeréis. Sólo sé que estaba cansado de mí y me apunté a un club. Empecé a ir a menudo, me reía con las cosas que la gente contaba, leía los artículos que algunos escribían, también venían unos cuantos políticos, algunos famosillos... Y entonces me fijé en una chica. Bueno, por el club venían varias pero había una que me gustaba en especial. Ahora viene la parte marciana porque entiendo que nadie lo entienda: me enganché de ella y no la conocía de nada. Hablábamos cada noche, me contaba su día, me preguntaba por el mío. La cocina de casa se convirtió en mi sitio preferido; Elsa se pasaba el día allí y en cuanto terminaba de fregar los cacharros de la cena, no entraba ni a por agua. Con la escucha de echarme un último cigarro en el lavadero, usaba el teléfono que tenemos al lado de la nevera. La llamaba y hablábamos muchísimo rato. En dos semanas me sabía el nombre de sus sobrinos, el del perro que se le escapó cuando tenía 13 años y el del tío con el que perdió la virginidad. A cambio yo no le contaba nada, lo juro; nada íntimo, me refiero. Yo era feliz escuchándola. A veces le contaba cosas, claro; que tengo tres hijos, que curro en una oficina -le di el nombre-, que mi trabajo es aburrido y que ya he ascendido todo cuanto puede ascender alguien con mi perfil. Ella celebraba esas dosis de información con un entusiasmo que, joder, [Silencio, mira hacia la derecha, se toca la nuca, se aclara la voz] que yo..., yo ya no recordaba lo que era que me escucharan así, que alguien celebrase un buen día en la oficina...[Se cubre la cara, sonríe, parece avergonzado] Hace años que Elsa no me dice que voy guapo, ya ni siquiera que lo estoy porque a los 47 se puede ser muchas cosas, pero guapo... Pero ella me veía, me ve guapo, "su guapo", dice que soy... o decía, ya no sé. Si alguien me hubiera dicho que lo que sientes se puede quedar en un secreto, yo me lo hubiera creído pero me lo dije yo mismo y a esas alturas ya era un mentiroso de la hostia. Claro que nada de cuanto hablamos se quedó en el Club: salíamos y acabamos en un hotel a 45 km de nuestra ciudad. Fue la hostia y juro que morí de feliz y de remordimientos, a la vez y, desde entonces, siempre...[Silencio] Siempre creí que Elsa lo sabría desde el minuto uno, pero no, y durante los primeros meses viví muerto de miedo pero estaba más vivo que nunca y, joder, no sé qué me pasaba pero no podía ni quería parar aquello y cada vez se complicaba todo más; yo me estaba complicando más porque, ¿sabéis?, esa chica quería hacer cosas, cosas que se hacen fuera de un hotel o de un Club privado. Cosas que haces con una pareja. Pero ella no era mi pareja, aunque yo sí era la suya. Y yo le contaba que no podía quedar porque, pobre de mí, tenía a mis hijos casi todos los fines de semana porque su madre -pobre Elsa, convertida en ex mujer capulla- tenía una pareja a la que mis hijos odiaban, y claro, cómo hacerles pasar por eso, teniéndome a mí para estar con ellos. Cómo. Y que tampoco podía invitarla a mi casa porque siempre le he dicho que me avergüenzo de mi piso, que es feo y viejo. Decidlo: Gabriel, eres un miserable. [Levantala mano derecha] Mejor me lo digo yo: soy un miserable. Sé que alguno de vosotros os estaréis riendo; qué, te has liado con la idiota que de tan ciega que está no se quiere enterar de nada, ¿no? [Sonríe pero de repente, cambia el semblante: ahora está enfadado] Pues sí, está ciega porque me ha creído, joder, se cree todo cuanto le digo: que no tengo pasta y por eso no puedo viajar con ella, que mi casa es una mierda, que mi ex es una bruja... soy de manual y ella se lo ha tragado con tapas incluidas. Pero no quiero que penséis que es idiota, no. Ella es maravillosa y me quiere y me lo dice siempre y yo nunca se lo devuelvo porque, creedme, no la quiero. Y Elsa es maravillosa y me quiere pero no me lo dice. [Silencio, Gabriel mira hacia el foco, parpadea, baja la vista] A veces, cuando he vuelto del hotel, -de "nuestro" hotel: sí, porque hemos ido siempre al mismo-, a veces, al llegar a casa y veo la Elsa leyendo, sentada en el sillón de leer deElsa, le digo te quiero. Y se lo digo creyéndolo limpio porque suena en nuestro hogar, en nuestra cama, pero acaba sucio porque antes de dormir, ante mis ojos, cada noche durante casi dos años, ha aparecido la cara de la otra persona dándome un beso de buenas noches que me arrastra al infierno de los hijos de puta mentirosos. [Enseña el papel arrugado que lleva desde que entró en escena]Hace unos días recibí esta carta. La mandó mi chica, la chica del Club... no sé cómo debo llamarla a estas alturas. Me contaba lo duro que es estar conmigo, lo difíciles que se le hacen las semanas que no nos vemos -no siempre puedo escaparme 3 o 4 horas un lunes, un jueves... comprendedme-. La leí abatida y juro que durante un rato sentí alivio: "me va a dejar y se terminó mi problema". [Se acerca el papel y comienza a leer]. "Últimamente te noto triste y enfadado con el mundo y yo ya no puedo hacer nada para que sonrías. Sé que no darás tú el paso así que he pensado en que mi regalo de cumpleaños va a ser irme sin que tengas que pedírmelo tú. Si no das más señal, entenderé que es tu Adiós. Te quiero". [Tose, se aclara la voz] Llegó el lunes a mi oficina. Me pedí el día libre, que me encuentro fatal, debe ser un virus del estómago, dije. La verdad es que lo estaba, incluso vomité y me sentí libre y vacío. Muy vacío. Tanto que, de vuelta a casa, pasé por una agencia de viajes y compré un fin de semana en Roma para Elsa y para mí. Y seguí tan vacío que fui a recoger al pequeño y después, pasamos por entradas para el partido del domingo pero no, nada me llenaba. Hacia las 11 de la noche, el padre de todos los vacíos me recordó que no volvería a verla por el Club. Esa noche pude dormir 6 horas seguidas. Hoy me ha parecido verla a lo lejos, muy cerca de aquí y, huyendo de ella, porque sé que si la tengo delante volveré a mentirle comiéndomela a besos, he entrado en una especie de oficina: ¿Viene a contar algo?, me ha preguntado un tipo con cara de perro. La verdad, creo, he respondido yo.

[Se queda en silencio unos instantes sin mirar al público, doblega la carta y se la guarda. Sigue un rato de pie, dudando, finalmente se gira, traviesa la cortina, mira al escritor que no le devuelve la mirada, y regresa a su silla.]