Arriba el telón

29.01.2020

Acto I

Escena IV (Ángel) por @incomp_let

AUTOR: ¡El 18!

[Un hombre mayor, con el vientre abultado y los miembros flacos, como si toda la carne se la hubiera estrangulado el cinturón. Las espinas blancas de su barba mal afeitada destacan sobre su piel rojiza de eterno borracho. Desde el público quizá no se huele, pero da la impresión de desprender un olor dulzón, que no sería desagradable si no fuera tan fragante. Es como oler a tierra después de la lluvia pero mal. El atraviesa la cortina con su paso torpe y su balanceo cómico. Encorvado, como no atreviéndose a llenar su propia estatura, sus manos se abrazan entre sí, como si sujetase un cubre cabezas que no tiene.]

ÁNGEL: Bueno, mi nombre es Ángel. Ya ven ustedes. Trabajo en el teatro, limpiando las escaleras. No mucho, gracias a ustedes, que son personas ordenadas, en la mayoría de casos. También trabajo en la parroquia de aquí en frente. Bueno trabajo más en la parroquia; de hecho trabajo en el teatro porque el señor cura es muy bueno conmigo y me consiguió este trabajo extra. El señor cura, Fermín, habló muy bien con la... bueno no la directora, no sé qué cargo ocupa. Creo que es política. Consejera de Cultura, quizá. [Titubea. Niega con la cabeza.] Para hablar de mí [repite como un mantra], para hablar de mí. El señor Marcos es también muy bueno conmigo, es director, o escritor aquí en el teatro. Fíjense en que pocas personas saludan al personal de la limpieza. Somos casi tan invisibles como los mendigos. Es como si al limpiar intentásemos también borrar cualquier rastro de nuestra presencia. Uno entra en un baño y quisiera no saber que hay alguien que meter mano ahí. Como si fuera magia de la de Merlín. Las historias de magia suelen ser bonitas. Este señor alguna vez me invita a tomar café y me pregunta por mi vida, lo cual es extraño, porque yo no tengo una vida destacada. No escribo libros, ni obras, ni soy actor. No soy famoso ni lo seré. Soy lo contrario de famoso. Es muy bueno conmigo, siempre me invita al café. Siempre que puede porque es una persona muy ocupada. En alguna ocasión le he oído gritarse con los actores, pero a mí me parece muy buena persona. Muy ocupado quizá, pero humilde. Nunca le he visto hablando de sí. Es verdad, perdone. Perdonen. Mil disculpas, tengo que hablar de mí [carraspea y hace una pausa], para eso me han traído. Yo no sé para qué quiere que hable de mí, pero de alguna manera a él le parece que a ustedes les parecerá interesante saber de mí. Yo no tengo una vida de famoso, de las del cine. No tengo coche ni siquiera. Tampoco lo necesito, porque mi vida se desarrolla en cuatro manzanas. No soy un deportista, ni salgo con actrices. Soy todo lo contrario de lo que sale en la pantalla. A este señor le gustan las anécdotas que le he contado y piensa que a ustedes también les van a gustar. Pero no son chistes, [se viene tormenta en sus ojos, pero no parece decidirse a llover] son cosas feas. Mi amigo Félix murió por sobredosis de alcohol, no sé si eso tiene un nombre propio. El caso es que cuando yo vivía en la calle, Félix y yo siempre estábamos juntos. Bueno siempre no, porque el oficio de la mendicidad requiere muchas horas. Félix tenía la garganta quemada por el alcohol y el tabaco y ya no podía beber ni fumar, así que compraba tampones... Sí, tampones de mujer, de chica. Compraba tampones y los metía en el whisky primero, y después en su culo. Lo que no sabíamos es que se puede beber más alcohol por el culo que por la boca, o se absorbe peor, o más, o no sé. El caso es que Félix murió. Murió también. Porque le explotó el hígado. [Hace una pausa. Se le arrugan los ojos un momento, con fuerza, como cuando se quiere contener el llanto. Su rostro se vuelve rojo, y niega tensamente con la cabeza. Finalmente abre los ojos con furia.] Yo acabé viviendo en la calle... No sé por qué Félix acabó viviendo en la calle, nunca se lo pregunté. Pero yo tenía una mujer y una hija, y se murieron. Se murieron porque sí, porque se desprendió una cornisa de un edificio. Una de esas muertes en las que no es posible culpar a nadie, ni a ellas siquiera. Y eso es terrible. En mis tiempos no existían los psiquiatras ni las pastillas de la felicidad; uno simplemente agarraba una botella. Una botella no, muchas botellas. Uno perdía su trabajo con dignidad, y se convertía en el borracho del pueblo o del barrio con dignidad, perdiendo su trabajo, su cabeza, sus amigos, pero sin dar pena. Uno simplemente se moría sin perder la vida. Se moría para las gentes de bien. Pero no se crean, [deja ver cierta malicia] que eso sirve para que otros se sientan bien con ellos mismos dando limosna. Dando limosna pero no abrazos, ni ducha, ni nada. No es raro que se pregunten por qué estoy vivo, por qué no me he matado. No me he matado por lo mismo que ustedes. Uno siempre encuentra una excusa para no matarse, un programa de televisión que quiere ver, un chiste que le quiere contar a Félix, una botella medio llena que le dan unos jóvenes juerguistas. Una vez, a la puerta de la iglesia, un turista me dio la comida para llevar que se estaba comiendo y el cigarrillo que se estaba fumando. Ya no me duele. Ya casi he olvidado sus caras. El caso es que el cura me ayudó a dejar de beber, aunque ya beber tampoco tenía mucho sentido tampoco. El cura ha sido muy bueno conmigo. Y este señor también. Yo siento que Dios nunca ha dejado de estar conmigo. Aunque muy locamente. En los momentos de vacío, en el frío del suelo en mi cara. Cuando sentía que el alcohol estaba a punto de dejarme inconsciente y que las grietas de la cara de la gente tenían su propio mensaje. Por algún motivo este señor piensa que esto les puede resultar interesante. Yo creo que no. Yo creo que prefieren seguir con sus vidas. Y olvidarse de todo, como yo.

[Con tranquilidad, Ángel cruza la cortina, dirige una mirada cómplice al escritor y vuelve a su silla.]