Arriba el telón

31.01.2020

Acto I

Escena VII (Alberto) por @EvaLopezM

AUTOR: El siguiente... el 91.

[Un hombre de edad indefinida, joven con aspecto de cansado o mayor intentando parecer joven, según se mire, se levanta, echa un vistazo a los demás y tarda un rato en dirigirse hasta el escritorio. El autor lo mira como si el hombre le causara entre asco y fascinación y con un gesto despectivo de la cabeza le señala la cortina. Él la cruza, ve el micrófono, duda de si volver atrás y, finalmente, se decide a hablar.]

ALBERTO: Lo cierto, es que no sé muy bien cómo he llegado hasta aquí, porque lo último que recuerdo es desear, con todo mi ser, olvidar. Olvidarlo todo. Y beber. Beber hasta conseguir que mis penas flotaran en el whisky con el que me tragaba las pastillas, y que mi memoria se deshiciera al mismo tiempo que los cubitos de hielo y se largaran hasta el fondo del vaso o del precipicio. Pero no, el alcohol no borra nada, ya lo sabemos, como tampoco el tiempo lo cura todo, como mucho cicatriza. Así que aquí sigo, sin morir en el intento. Ahora que lo pienso, creo que mi vida siempre ha tenido un poco de cuento. Pero uno de Poe, de esos que te enganchan por el terror, el desastre y la intriga, y, en mi caso, más que por el misterio, por la desgracia. Y cómo él, al final, con lamentables consecuencias. Pero qué maleducado, yo aquí, delante de todos vosotros, desconocidos, contándoos a tientas mis pretendidos y frustrados olvidos, sin ni siquiera presentarme. Disculpadme, soy Alberto. Mi mujer Sara, me dejó hace ya un año, pero no, no es por eso por lo que he llegado hasta aquí y hasta ésto. O no solo por eso. Nuestra pesadilla empezó cuando intentamos incansablemente ser padres durante 12 años. Sufrimos y pasamos por el trance de cinco abortos. Sí cinco, los podéis contar con una sola mano. No es mi intención que me compadezcáis, pero... ¿Alguien piensa en el padre cuando se produce un aborto? Sed sinceros, pensadlo fríamente. Casi nadie. Sé que Sara se llevó la peor parte, lo sé. La veía apagarse un poco con cada una de las pérdidas, hasta hacerse prácticamente invisible en el espejo. Se le transportaba la pena por las venas. Pero a mí también, con ella. Por ella. Por un nosotros que aspiraba a familia pero que al final se quedó en ninguno. Por cada uno de los bebés que no llegaron a nacer, pero que quisimos como una parte de nuestro cuerpo, concretamente la del corazón, y que con cada uno que se iba nos lo iba rompiendo y encogiendo poco a poco, hasta dejarlo en los huesos. Los médicos no nos daban una explicación lógica para aquellos desgraciados hechos. Tampoco ninguna solución a la que pudiéramos aferrarnos con uñas, razón y dientes, y no únicamenente con toda nuestra desesperación, angustia e impaciencia. Que si, posiblemente, fuera porque tenía obstruidas las trompas. Que si, posiblemente, mis espermatozoides no tenían la suficiente fuerza. Que si, posiblemente, nuestra sangre no era compatible. Que si, posiblemente, las hormonas. Y mientras, pruebas, y más pruebas, y que, bla bla, bla bla bla, bla bla bla, bla bla bla, me cago yo en Satanás. Y cada uno, era un mazazo en el alma y en el estómago. Que a veces están en el mismo sitio. Y pueden llegar a doler no igual, sino el doble. Los tres primeros llegaron a tener nombre y latido. Les imaginábamos el color de ojos: al primero verdes como los míos; al segundo achinados como los de Sara. A los tres la piel de su madre, los rizos de su abuela, la risa contagiosa de su tía Enriqueta; los pies fríos, y, a todos, los destinos cargados de sueños. Los dos últimos nos hacían tantísimo daño, que como si lo pudieran intuir, se fueron sin apenas hacer ruido... (En este momento, se apaga la luz del foco que ha estado iluminado a Alberto, el micro parece carraspear, hay una calma sepulcral entre el público, se vuelve a escuchar únicamente su voz entrecortada )... se fueron, y solo nos dejaron silencio.Hasta aquí. Mi lamentable vida, reducida a recuerdos.