Arriba el telón

02.02.2020

ACTO I

Escena IX (Mikel) por @aquinomires

AUTOR: Y por último, el 4. Número 4.

[Un chico de unos 12 o 14 años se levanta. Se le ve nervioso pero a la vez resuelto, como si tuviera prisa, camina hasta la cortina y después de mirar al autor esperando su aprobación, cruza la cortina. Delante del micrófono, se aclara la garganta y durante unos segundos intenta poner el micrófono a su altura, hasta que lo consigue. Lo toca con los dedos, para comprobar si funciona.]

Hola, disculpen si no dejo de moverme pero estoy un poco nervioso, llevo un rato esperando ahí detrás y lo último que me esperaba es tener que hablar ante tanta gente, no sé qué hago aquí ni lo que esperáis de un niño de 13 años, pero la verdad es que me da igual. Mi nombre es Mikel, bueno... En realidad tengo varios nombres, o al menos eso llevan años intentando explicarme, los mismos que llevo sin lograr entenderlo. Hay días en los que mi cabeza vuelve todo lo que me rodea amenazador y no soy capaz de levantarme de la cama, aunque en realidad, mi madre, que dice tener mucha paciencia, discrepa conmigo y me persigue gritando: ¡Joan! ¡Deja esas tijeras ahora mismo y vuelve a tu habitación! Después, cierra la puerta con llave y pone muy alta la música, pero yo sigo sin entender porqué, es como un sueño recurrente y bastante incómodo. Otras veces amanezco eufórico, deseando bailar en el jardín con el sol y entonces, todos los colores de mi armario, me parecen pocos, así que cojo el vestido favorito de Marian, así se llama mi madre, uno de sus sombreros y me calzo sus bonitos zapatos de charol. Pero antes de que me pueda pintar los labios, suenan sus pasos detrás de mí, y una extraña voz que regaña a una tal "Raquel! No puedes coger mi vestido cada vez que te venga en gana, ya tiene demasiados zurcidos por tus tonterías; sé que te duele la cabeza, toma, esta pastilla te ayudará a descansar y despertarás mucho mejor". Pero yo no quiero dormir. Quiero bailar y bailar con la hierba fresca entre los dedos de mis pies sin que nadie me vigile. Mi hermana vive mucho mejor que yo, y eso que tan sólo tiene 10 años, pero le dejan hacer de todo, de hecho, tiene un pestillo, pero no como yo, claro, ella lo tiene por dentro y lo puede usar cuando le apetece, ¿os parece justo? Pues eso. Y encima, dicen que es por mi culpa ¡Ja! Bueno, por mi culpa no, la de un tal Jaime, que parece ser que le gusta jugar con ella y enseñarle a hacer cosas divertidas. Algunas me las contó y yo jamás me hubiera enfadado así, pero ya sabéis como son las niñas, aburridas. ¿A quién no le gustaría comprobar cuántos minutos es capaz De aguantar sin respirar debajo del agua?¿ O la resistencia al calor que puedas tener dentro de un horno? Solo así se descubre si tienes super poderes, si lo sabré yo que he enterrado un montón de pajaritos que luego han vuelto a volar como si nada... El problema es que las personas se asustan sin razón cuando algo a lo que ellos llaman diferente o peligroso. Eso le pasó a mi padre, que la verdad, poco recuerdo de él, algún grito entre sollozos mientras me llamaba monstruo y mi madre besaba su barba pidiéndole silencio. Y silencio hubo, porque un día cogió la puerta y se llevó todo el ruido. El del corazón de mi madre también, sospecho, que sin saber muy bien lo que es la soledad, habla de ella con miedo mientras me achaca a mí su pérdida y desgracia. Pero no. Yo no me fui. Nosotros nos quedamos y es lo que cuenta. Hablando de cuentas, ¿Alguno de vosotros ha tenido un amigo "raro"? Así me llaman a mí, voy a un colegio de "raros" en el que hay chicos de lo más divertido y siempre nos reímos mientras cantamos: ¡Qué les jodan a los normales! Por ejemplo, mi amigo Arthur, que no sabe hablar pero conoce los números mejor que sus propios lunares y siempre que discutimos en el número de canicas cuando apostamos, él coge su palito y distribuye en la arena el botín como si llevara haciéndolo toda la vida. Claro, solo nos queda asentir y callar. Luego está mi amigo Raúl, que sabe volar pero como nadie le cree, no le dejan. Pero yo lo he visto, el secreto es intentarlo muchas veces, que no parezca que te duele al caer y recuperarte muy rápido. Sara es mi única amiga, es muy bonita y lo único que ha hecho para estar aquí es no comer, parece ser que también está mal no tener apetito, sus padres lloran y lloran cada día, pero yo la ayudo a esconder su ración cuando ya no puede más, porque para eso están los amigos. A veces pienso que, a los mayores les asusta demasiado la personalidad y como no la saben gestionar, la llaman trastorno, que más de una vez les he escuchado detrás de la puerta. La verdad, que ya no sé qué más os puedo contar, quizá tenía que haber venido Jaime, que es mucho más ocurrente que yo, o al menos, eso dicen.

[Con una sonrisa de satisfacción, el chico deja atrás el micrófono, cruza la cortina, mira al autor con cara contenta y se va hacia su sitio. Todos los focos, salvo el que cae sobre el AUTOR, se apagan. Se ve a los encargados del atrezzo llevarse la cortina y el micrófono. El autor se levanta para dejar que se lleven también el escritorio. El autor pasea entre los personajes con un manojo de hojas en su mano, se enciende un cigarrillo, tose un par de veces. Va tocando a los personajes en la espalda y cada vez que lo hace, el personaje tocado se levanta, coge su silla y sale discretamente del escenario, mientras el autor pasa una hoja de las que lleva encima cada vez, comprobando lo que hay escrito. Cuando todos los personajes han salido, el autor se queda solo mirando sus papeles y fumando. Entonces, como si tuviera una idea, va rápido hasta dónde estaba el escritorio, se da cuenta de que ya no está y después de dudar un rato, se sienta en el suelo y se pone a escribir sobre las hojas, poseído por un ataque de inspiración.]

Fin del primer Acto