Atadme al mástil cuando canten las sirenas

12.02.2020

Me despierto demasiado temprano, me voy a dormir demasiado tarde. Como demasiado muchos días y paso a comer demasiado poco los otros, para compensar. O hago demasiado ejercicio y me acaba sucediendo algo (lesiones en el tobillo, dolor de espalda, agujetas insoportables durante un par de días) o hago demasiado poco y me paso el rato pensando que ya me vale, que podría hacer más. O trabajo demasiado, llegando a puntos limítrofes de estrés y acabando muy cansado, o trabajo demasiado poco, sumido en la contemplación de lo hecho cuando fue demasiado. Mi vida social se desborda o se anula, es decir, se me acumulan las citas en la agenda teniendo que hacer malabares o está totalmente vacía. He recibido demasiado por lo poco que daba o he dado demasiado por lo poco recibido. Se me ha ocurrido que quizá soy ciclotímico, pero creo que no. O tengo un ataque de entusiasmo por algo y me vuelco en ello como un poseso o me lo miro como si fuera un ente extraño al que me apetece tratar con cierta aspereza. O me ahogo o estoy on fire.

Entremedio de todo esto, estoy sobre una barca que se mece por las olas del mar, mirando las nubles, intentando pescar, haciendo trenzas con los restos de las lianas que me llevé de la última isla desierta -o habitada- en la que me detuve, llevado por el remo frenético de un arrebato o por las velas hechas con pedazos de ropa que me viene pequeña infladas por mis resoplidos de agobio. Pero incluso así, me enamoro de la tormenta mientras echo de menos la calma y luego me enamoro de la calma mientras echo de menos la tormenta. Que todo no se puede tener, por eso lo quiero todo o no quiero nada. Atadme al mástil cuando canten las sirenas. El problema es que cuando has probado un poco de lo que te gusta, quieres más. No hay manera de racionarlo, de decirte a ti mismo que si sigues así te acabarás hartando, no por comer demasiado de eso que te gusta (el chocolate, unos besos, una película, un libro, el sexo, una conversación, el guacamole, salir a caminar, mirar el mar, reír) sino porque te cansas de tener siempre la misma cantidad, te sabe a poco, como las drogas (o eso dicen). A la vez, sin embargo, qué cosas tienen las paradojas, si tomas demasiado, si te pasas, también te hartas, no por monotonía sino por exceso y si es demasiado poco, igual, al final es lo mismo que no tener nada. Todo pasa, todo se acaba, todo cansa. Todo en su justa medida, chico.

Dicen que hay tres cosas que no te cansarías nunca de mirar: el fuego, el mar y un bebé. Y es cierto, lo tengo comprobado, que en las tres cosas te pierdes y no reaccionas hasta que te quemas, te ahogas o el bebé se pone a llorar porque le gusta que le mires pero tiene hambre, igual que el mar y el fuego, que también tienen hambre. Yo no sé si moriré de inanición o de sobre ingesta, aunque lo más probable es que muera envenenado o por la mala digestión de algo que sabía que no debía comerme, pero me comí. No soy un personaje de una obra de Shakespeare, así que no creo que nadie quiera envenenarme y mi deglución del veneno tampoco será en plan Romeo y Julieta, será más en plan: esta seta hace buena pinta o esto está caducado pero no huele del todo mal.

He de decir en mi favor o en mi contra, que a pesar de que me quejo de ser de extremos, supongo que me muevo en ellos porque es donde me siento más cómodo, les he cogido cariño o me gusta, por eso esta tendencia a bascular sin saber detenerme en el punto medio, que quizá es el punto ideal para muchos, pero también es una muestra de falta de criterio y de no querer mojarse, como cuando estás en la barca rodeado de océano y te molesta que te salpique. Otro problema es que esto implica que empiezas muchas cosas y terminas pocas, porque el entusiasmo desenfrenado da paso a la desgana más absoluta, lo que ayer (y eso es irme lejos) te parecía genial hoy te parece vulgar y al revés. Luego quieres volver y ya no puedes, porque estás atado al mástil y toda la tripulación lleva puestos los tapones en los oídos, de manera que por mucho que grites que te desaten para saltar al encuentro de las sirenas, nadie te oye. Eso sin añadir que has dado órdenes de que nadie te desate, por mucho que grites, mandes o supliques.