Bajo el cielo del atardecer

18.10.2018

I

La forma más clara de describir cómo me sentía sería, quizá, diciendo que el peor momento del día era cuando, bajo un cielo de lava, el autobús me dejaba al principio del camino de tierra. Con los libros entre los brazos, aquel riachuelo de piedras y malas hierbas se convertía cada anochecer en la última puerta, la que separaba el punto más agrio de la realidad que me tocaba vivir, del resto del mundo.

La casa, diría yo, había estado allí desde siempre, una eternidad en la que nada que sucediera más allá suponía ningún cambio. Era inmutable, perenne. Mirándolo ahora, años después, tengo la percepción de que los anocheceres eran siempre idénticos: un cielo con nubes de tonos rojizos, delgados y esparcidos en diferentes formas, a menudo como un rebaño de ovejas a medio sacrificio; una brisa suave y cálida, o más bien caliente, que acompañaba el olor a dejadez de un campo donde todo eran matojos y restos de porquería. Cada tarde me preguntaba por qué cojones volvía y la respuesta era siempre la misma, invariable como la casa: por mis hermanos. Yo me había llegado a crear un mundo paralelo en que, acabado el instituto, les cogería a ambos y nos iríamos sin avisar, desnudando a nuestros padres de las pocas pertenencias que valían algo: a Valiente y la furgoneta, viejos y ajados los dos, pero que, como nosotros, eran víctimas de una cotidianidad aberrante.

La casa era antigua y estaba hecha prácticamente toda de madera. Tenía dos pisos: en la planta baja estaba el comedor, la cocina y un baño; en la superior había tres habitaciones: la de matrimonio, la de la pequeña y la que compartíamos mi hermano y yo. Al lado de la casa, a tocar, se encontraba un cobertizo donde padre guardaba las herramientas del campo de forma desordenada, junto a una despensa llena de polvo y un congelador que fue un capricho desaprovechado.

Me gustaría decir que con el tiempo he conseguido desprenderme de todos esos recuerdos, dejar de ver como malas las diferentes escenas sucedidas, pero mentiría, pues cada día sin excepción y en más de una ocasión me vienen imágenes de todos los episodios que vivimos en aquel mi último curso de instituto. A pesar de que puedo remontarme a hechos de cuando era muy pequeño: las discusiones y las amenazas, incluso los malos tratos a madre, las borracheras de padre, tener que espabilarme solo y cuidar a los otros dos siendo yo solo un chiquillo... Lo cierto es que aquel verano de los cielos rojos acumula los hechos más penosos y que, al fin y al cabo, fue el colofón a todo lo sucedido.

Yo no era mal estudiante, tampoco brillante, simplemente iba tirando y nadie dudaba de que me sacaría el graduado. De niño, los problemas de higiene derivados de la situación en casa llamaron la atención de los profesores, pero en aquella época los servicios sociales no eran como hoy en día y menos aún en un pueblo donde las casas distaban tanto las unas de las otras que o se iba en coche o se tenía que estar dispuesto a perder medio día de excursión por una carretera secundaria rodeada de campos secos y abandonados. Al fondo, como queriendo mantener las distancias, el bosque que flanqueaba el valle del resto de lugares.

Mi hermano Alberto tenía once años entonces. Se alimentaba básicamente de porquerías y eso hacía que estuviera gordo, muy gordo, no por gandul, sino por mal alimentado, solo grasas y fécula. Era un niño tímido y cobarde, en la escuela recibía constantemente burla de sus compañeros por su aspecto dejado, el mal olor y la poca capacidad que tenía para relacionarse con los demás. Padre le utilizaba para desahogarse en aquellos tiempos, pues yo le plantaba cara y si tocaba a la pequeña, tanto madre como yo, saltaríamos en su contra.

Le pequeña, Sara, contaba siete años y era tan infantil que parecía haberse quedado parada en los cuatro o cinco. Contrariamente a Alberto, ella estaba delgada como un palillo. En la escuela se pasaba el día dibujando y mirando por la ventana, fantaseando. Tenía desesperada a su profesora. Todavía hoy me pregunto por qué nadie de los que sospechaban que con nosotros pasaba algo no hizo nada. Supongo que el ser humano es cobarde y egoísta y prefiere no esparcir los trapos sucios del vecino si cree que así se manchará.

Padre se llamaba Damián y madre Margarita. Suenan a nombres de buen augurio, pero ninguno de los dos representaba lo que anunciaban. Él trabajaba haciendo chapuzas por el pueblo y ella estudiaba cuando se conocieron. Solo cinco meses después del primer beso decidieron dejarlo todo para ir a la suya. Pero no todo sale como uno prevé, deslumbrado por la propia juventud, y pronto se encontraron siendo unos padres demasiado jóvenes. A mí, que me pusieron el nombre de Carlos, me tuvieron con diecinueve y diecisiete años, respectivamente. Yo, por las fechas en que narro mi historia, cursaba el último año de instituto y tenía la misma edad que madre cuando se quedó embarazada de mí y, como he dicho antes, solo pensaba en largarme de ahí.

II

Todo se disparó aquel verano de mis 18 años, pero empezó en primavera. O quizá no se disparó nada y era la traca final de una larga cadena. No tuve tiempo para hacer planes. Un anochecer, justo al finalizar el camino de tierra, los gritos e insultos que provenían del comedor me anunciaron que sería una noche larga. Padre y madre estaban en la puerta que separaba el comedor de la cocina. Él con su camiseta imperio, pringosa y sudada, delgado, pero pura fibra por años de arrastrar haces de paja y sacos de trigo; ella con el delantal de cocina que seguramente no se quitaba ni para dormir. Damián le reprochaba a Margarita que no podía ser que volviera a estar preñada, que solo follaban si ella iba borracha. Madre, que a pesar de las palizas siempre se enfrentaba a él, replicaba:

-Ojalá pudiera decir que no es hijo tuyo, así tendría razones para joderte de verdad.

Al oírme entrar, la discusión se detuvo de repente. Hacía justo un mes, desde que monté la escena del pastel de aniversario, que padre callaba delante de mí. La escena sucedió el día del séptimo aniversario de Sara y todos, menos padre, habíamos preparado una pequeña fiesta. A la hora de soplar las velas él entró, bebido, con un pedal impresionante, y dijo que no hacía falta celebrar que una nueva putilla se hacía mayor. La niña se puso a llorar, Alberto se recluyó como un pollito y madre hizo como si no hubiera oído nada. Pero yo no, aquel día no. Le dije que se disculpara, que se sentara a la mesa y celebrara el cumpleaños de su única hija con nosotros.

Evidentemente se burló de mí, soltando algo parecido a "¿quién eres tú, niñato de mierda?" o semejante, no tiene importancia. La cuestión es que aquel día de primavera el cielo debía de empezar a estar manchado de sangre, porque me planté y le repetí que se sentara en la mesa y celebrase el cumpleaños de su única hija.

-Lo dices tú, que es hija mía. ¿Quién te asegura que no es del maldito perro?

Y golpeó con el pie a Valiente, que lo estaba mirando todo desde la alfombra asquerosa. Todavía no sé de dónde saqué las fuerzas, quizá fuera un ataque de locura. Cogiendo el cuchillo de cortar el pastel, di un paso adelante y se lo puse frente a los ojos.

-O te sientas a la mesa o partir de hoy tendrás dos narices.

Si no hubiese ido tan borracho como iba, me habría quitado el cuchillo y reventado a hostias, pero se acongojó de que otro se atreviera a plantarle cara por primera vez, se volvió blanco como un muerto y, en silencio, se sentó a la mesa. Es desde aquel día, pues, que se lo pensaba dos veces antes de decirme nada y al verme llegar me evitaba, yéndose de la sala o simplemente bajando la cabeza y callando. Ya entonces estaba convencido de que no lo dejaría de aquella forma, que su orgullo herido no le permitiría vivir tranquilo si no me la devolvía.

El embarazo de madre, que no se atrevió a comunicar hasta estar de tres meses y medio, creo que era inicios de marzo, estuvo lleno de incidencias. En las visitas médicas se les informó que el feto no se desarrollaba correctamente y, si Damián no hubiera evitado ir a más consultas, quizá habrían podido hacer algo. Ir al médico conllevaba el peligro de que alguien viera los hematomas y heridas que madre tenía por todo el cuerpo y habría supuesto demasiados problemas. Delante de mí solamente recuerdo una paliza contundente, hacía tiempo, de cuando yo contaba once o doce años. Después pasó a pegarle siempre que yo no estaba y madre decía que todo iba bien si me atrevía a preguntarle nada. Nunca la golpeaba en la cara o en los brazos, solo en partes donde la ropa tapaba las marcas. Simplemente con que me hubiera enseñado un moratón o hecho una señal...

Imagino que la amenaza con el cuchillo había sido demasiado y no me sentía capaz de volver a enfrentarme a padre y, además, por seguridad, él había decidido controlar un poco la bebida y, sin ir borracho, yo no lo veía tan claro.

Teniendo en cuenta cómo iban las cosas, no es de extrañar que madre volcara, cada vez más, sus esperanzas en el futuro bebé. A lo largo de esa primavera desde la última revisión médica, ella empezó a vigilar su estado: comía mejor, y en consecuencia nosotros también, no bebía nada, salía a pasear con Sara por el camino de tierra y sonreía a menudo. Al anochecer pasaba largos ratos sentada en el porche, cerca del cobertizo de las herramientas, contemplando cómo se ponía el sol que dejaba, de nuevo, la casa bajo un cielo de fuegos. Se acariciaba el vientre y cantaba en voz baja nanas con las que, decía, también nos había complacido a nosotros al estar dentro de su barriga. Una nueva criatura tenía que comportar un periodo de calma y eso la animaba a pensar que todo estaría tranquilo durante un tiempo, hasta que el neonato creciera.

III

A los siete meses de embarazo, después de una primavera de relativa serenidad, padre llegó del pueblo con una trompa como hacía tiempo que no llevaba. En la mano izquierda aguantaba una botella de whisky barato y, en la derecha, una carta. Nada más entrar en la casa se dirigió a Alberto y, cogiéndole por el cuello, empezó a insultarle.

-¡No será por culpa tuya que me jodan, imbécil! ¡Lo que no han podido hacer hasta hoy tú no lo estropearás, saco de mierda!

Madre entró en el comedor, asustada y yo detrás de ella. Mi hermano estaba de rodillas en la cochambrosa alfombra, sollozando, y padre le arreaba collejas con la vena del cuello que se le marcaba y su cara roja como un pimiento. Collejas fuertes y rabiosas que sacudían la cabeza de Alberto cada vez. Margarita intentó separarle mientras yo leía la carta: el director de la escuela, debido al lamentable estado higiénico, al bajísimo rendimiento académico y a la conducta antisocial de Alberto, se veía obligado a informar a los Servicios Sociales. Justo cuando me disponía a meterme en medio, Damián soltó la mano contra madre, que trastabilló hacia atrás, tropezó contra la mesa y cayó de vientre contra el respaldo del sofá. Al verme venir, Damián cogió la botella y me la lanzó, con tan mala fortuna que me dio en la frente, dejándome medio aturdido.

Hasta que sonó el disparo no me repuse. En el alféizar de la ventana estaba Alberto, sollozando. A través del cristal vi pasar a padre, que volvía del cobertizo con la escopeta de caza en las manos, haciendo eses al caminar. En ocasiones, borracho, parecía más sereno que bebido. Sara salió corriendo de casa, desconozco dónde había estado hasta ese momento, atravesó el cobertizo dejado de la mano de Dios hasta el lugar del que venía padre mientras chillaba:

-¡Valiente no tiene la culpa, Valiente no tiene la culpa!

El muy hijo de puta acababa de matar al perro.

-Esto -dijo aún con la escopeta en las manos -debería serviros de lección a todos.

Exigió a madre que vistiera a los niños adecuadamente, recriminó a Alberto y a Sara que, si decían alguna cosa en la escuela, no tendría ninguna duda en abandonarlos en cualquier hospicio. Por último, me miró a mí, sin dejar de empuñar el arma de caza, el más grande y único que le había amenazado de verdad hasta entonces.

-También va por ti, hombretón. Que sepas que dormiré con el machete bajo la almohada.

No volvimos a verle en toda la noche. Los tres hermanos enterramos a Valiente donde empezaba el campo, cerca del cobertizo en el que le habían matado. En aquel espacio oscuro, lo único que parecía vivo era el congelador, con su luz roja, aburrido, indicándonos que seguía existiendo. Madre alegó encontrarse mal y se metió en la cama, después de declinar dos veces mi oferta de llevarla al hospital o de llamar al médico. Yo preparé la cena y, en silencio absoluto, mientras los dos pequeños intentaban no llorar, les prometí que no dejaría que les tocara de nuevo. Aquella noche, como cualquier otra antes, habría sido una buena noche para irse, pero, cegado por el orgullo adolescente, pensé que quien tenía que largarse era él, no nosotros.

Pronto acabaría el curso escolar. Era junio ya cuando aquello pasó. Y aquel anochecer sí tengo la sensación de que el cielo había tomado una tonalidad de sangre, reflejando lo que había en el suelo, donde yació el cuerpo muerto de Valiente. No oscurecía hasta pasadas las nueve y el desparrame de nubes que, como una telaraña, parecían recluirse hasta el horizonte, me quedó grabado. Subí a ver a Margarita... a madre. Fue aquel día en que decidí no volver a llamarles como padre o madre, sino por sus nombres, y hacía mucho ya que no me refería a ellos como papá y mamá, si es que alguna vez lo hice. Porque a pesar de que Margarita fuera una víctima más, ella tenía, a mi entender, gran parte de culpa por aguantarlo, por no mover ni un dedo, por tolerar durante años que Damián hiciera lo que gustara con su familia, por llegar a animarle en algunas ocasiones o comportarse igual en otras, reafirmándole. Con el tiempo mi percepción de eso a cambiado, por aquel entonces, era igual de culpable o casi. Culpable por ser como él, en el fondo, pero más cobarde, aunque no sabría decir qué pensaba de ella entonces, tan opuesto a lo que pienso ahora.

A parte de sufrir por el fin de la escuela, hecho que significaba pasar en casa muchas más horas, aquel anochecer le dije a Margarita que si volvía a pasar alguna cosa parecida, ni que fuera remotamente, yo cometería una locura. ¿Y qué respondió ella?

-Se llamará Salvador. Cuando nazca todo será diferente, ya lo verás. Lo fue cuando nació Alberto y también cuando Sara. Todo será diferente, por eso se llamará Salvador.

Lo dijo acariciando su vientre y, el moratón que tenía, me impidió fijarme en su cara. Yo diría, de haber prestado atención, que ya había perdido la chaveta.

IV

Los últimos días de curso todos estábamos bajo sospecha. En la escuela, según me contó Sara, la profesora hablaba con ella más a menudo que antes y le preguntaba cosas sobre qué hacía fuera de la escuela, sobre sus padres y hermanos. Alberto callaba, pero seguramente pasaba lo mismo. Y por si las sospechas en la escuela no eran suficientes, debía de añadir las que caían encima de todos al estar en casa. Damián venía, podría asegurarlo, más sereno que nunca y se limitaba a mirarnos. Después salía al campo, como si pudiera salvar la cosecha dañada por el calor, la falta de agua y la ridícula atención que le había prestado hasta ahora, como cada temporada. El dinero que durante los meses anteriores había llegado con cuentagotas gracias a la venta de productos salvables en el mercado y la paga en negro que Damián recibía haciendo chapuzas o ayudando a un payés de la zona, Don Valentín, único conocido que nos ayudaba, escaseó de forma importante. Comíamos peor y menos, pero la vigilancia impuesta nos hacía callar el hambre. Él nos controlaba, nosotros le controlábamos a él. Yo ponía un ojo en Margarita también. Vivíamos sometidos al silencio que impera en un estado de miedo. Solamente Sara, que cantaba para sí misma cuando estaba sola, o Margarita, que hablaba con su barriga, rompían los espacios polvorientos que nos envolvían.

Sin que ninguno de los hermanos se diera cuenta, una mañana del octavo mes de embarazo, ya acabado el curso, Margarita dio a luz a un bebé muerto. El Salvador de nombre profético salió sin ayuda de ningún médico, en un parto agónico, que dejó la habitación de matrimonio manchada de sangre. Debería haber estado allí la mujer de Don Valentín, ayudando. El caso es que nadie nos explicó, o al menos a mí, que debido a las malformaciones producidas por los golpes durante el embarazo, el niño murió nada más sacar la cabeza. Eso lo supe mucho más tarde.

El día siguiente al parto, Damián nos sentó alrededor de la mesa y sin gritos, con la cara más sombría que de costumbre, y nos dijo, sin tapujos, que el niño murió al instante de nacer. Nos hizo rezar una oración por él, cuando hacía generaciones que nadie rezaba en esa casa y levantándose añadió, dirigiéndose a mí:

-Ah, y el congelador se ha estropeado, emite gases tóxicos, no lo toquéis. Lo arreglaré cuando pueda.

Eso no venía a cuento, pero lo dijo en un tono casi amable, de forma que decidí hacerle caso. No era momento de rebotarse por cualquier tema y él tampoco esperaba demasiada coherencia, así que no le di más vueltas.

Durante la semana siguiente, Margarita permaneció encerrada en la habitación, casi sin comer, mientras él se pasaba horas en el sofá delante de cualquier programa de televisión, bebiendo cerveza caliente. Yo esperaba acontecimientos. Me dedicaba a preparar cuatro cosas para que comieran todos, lo dejaba en la nevera y salía para aprender a conducir por mi cuenta, llevando la furgoneta por el camino de tierra hasta la carretera. Junio pronto terminaría y seguía sin llover y cada anochecer el cielo se entestaba en mostrar el mismo espectáculo: luces rojizas sobre largos hilos de nubes, tentáculos de medusa gigante un día, telarañas al siguiente, ovejas sangrientas al otro.

V

Exactamente el octavo día después del parto, Margarita bajó del cuarto. Iba medianamente arreglada y caminaba altiva, seria. No nos dirigió ninguna sonrisa, ni siquiera nos saludó, que yo recuerde. Se encerró en la cocina y cuando nos tuvo a los tres hijos en casa dijo que al día siguiente la ayudaríamos a ordenar y limpiar. Damián estaría fuera trabajando para Don Valentín. Ella esperaba nuestra colaboración.

Dicho y hecho, en el día de más armonía que se había vivido nunca en aquella familia, los cuatro estuvimos limpiando la casa entera. Margarita se encargó del cobertizo y del congelador, después de la cocina. Los hermanos hicimos a fondo nuestras habitaciones, el comedor, los dos baños. Al fin de la tarde, Sara y Margarita hicieron la cena mientras Alberto y yo arrancamos las malas hierbas de los alrededores de la casa y del camino hasta la carretera. Al volver, la mesa estaba puesta con cierta elegancia. La casa parecía otra, de otra gente.

Damián llegó ya de noche, sin ir demasiado bebido, como en los últimos días, y, a pesar de ver la casa limpia por primera vez en años y una mesa muy bien servida, se limitó a mascullar algo y a hacer su escrutinio de vigilancia sobre nosotros. De hecho, yo también estaba sorprendido y esperaba alguna sorpresa. La experiencia me habías vuelto desconfiado, después de tiempo sin ilusiones ni demasiadas alegrías, lo normal era estar alerta. Las croquetas y la ensalada sencilla que sirvió Margarita estaban tan bien presentadas que parecían una delicatessen. La comida se quedó un rato en la mesa sin que nadie se atreviera a empezar.

-Todos hemos pasado una mala época -dijo ella todavía de pie-. Esto pretende ser un inicio del cambio que necesitamos.

Puso croquetas solamente en el plato de Damián y esperó a que él lo probara primero. El hombre, contento por ser por fin respetado como pensaba que merecía, pinchó una de las croquetas con el tenedor y se la llevó a la boca. Mientras masticaba, a Margarita se le dibujó una sonrisa. Alberto miraba todo con cierto temor, Sara casi reía de felicidad y yo seguía a la expectativa, frunciendo el ceño.

-Están buenas -dijo él secamente y pinchando otra directamente de la bandeja.

Ella nos sirvió ensalada, pero no croquetas. Damián se comió la segunda y la tercera. A él no le gustaba lo verde, era de conejos y de vacas, decía.

-¿Sabes? -dijo Margarita sin mirar a nadie-, me alegra que te gusten. Hace tiempo que están hechas y esperaba un momento especial para sacarlas.

-Ya era hora de que en esta casa se comiera decentemente-contestó Damián- ¿De qué son?

-¿No reconoces el sabor? -respondió ella ensanchando su sonrisa-. Te estás comiendo al perro.

El hombre dejó de masticar, con un trozo de croqueta entre los dientes. La miró a ella y después a nosotros, que estábamos debatiéndonos entre el asombro y el desconcierto. Por la cara de Margarita supo él que era verdad, escupió con fuerza, se levantó de la silla, tambaleándose, para salir corriendo a vomitar.

-Carlos -me dijo ella tan seria que me cuadró-: coge las dos bolsas que encontrarás en la escalera. Alberto, Sara: subid a vuestras habitaciones.

Lo ordenó con un tono tan firme que ninguno de nosotros se atrevió a no obedecer. Al final de las escaleras que conducían al primer piso había una bolsa de deporte descolorida y otra de basura llena de ropa sucia. Mis dos hermanos pasaron corriendo por mi lado y subieron a las habitaciones. Cuando volví con las bolsas, Margarita salía por la puerta de la entrada con la escopeta de caza en las manos. Se detuvo a dos o tres metros de Damián, que se limpiaba la bilis de sus labios delgados y cortados. Tras él, el cielo de otro anochecer rojo parecía no querer irse todavía, observando el espectáculo.

-Tienes dos opciones, cabronazo: o te largas por tu propio pie o no vuelves a caminar en tu puta vida.

Así de inicio, me sentí orgulloso de Margarita, allí plantada con el arma apoyada en el hombro, apuntándole, segura y derecha. Pero al verle los ojos me asusté. Las venas de la córnea le temblaban y los capilares de los párpados contraídos le daban un aspecto de quien ha perdido totalmente la cabeza. Le mataría si él no se iba por las buenas. Damián habló, intentando sonar seguro de sí mismo, pero delatándose.

-¿Qué cojones estás haciendo? ¿Te has vuelto loca?

-Has matado a nuestro hijo -respondió ella empezando a llorar y perdiendo fuerzas-. He soportado muchas cosas, tantas y tan horribles que creía que podía superar esta, pero te aseguro que si he de escoger entre ir a la cárcel o verte un día más, elegiré lo primero.

Yo podría haberle quitado la escopeta, era más joven, más ágil y rápido y estaba a su lado, a menos de un metro. Pero, si lo hacía, ella dejaría de apuntar a Damián y las consecuencias de un movimiento raudo de él serían iguales o peores que si le disparaba. Al cabo de uno o dos minutos, bajo los restos últimos de la puesta de sol, Damián tomó las dos bolsas que yo había lanzado a sus pies. Buscó las llaves de la furgoneta y, al comprobar que no las llevaba encima, miró a Margarita que con la cabeza le señaló el camino de tierra. Él hizo que no, amenazante, pero se puso a caminar. Cuando le perdimos de vista, Margarita estalló a llorar y tembló tanto que creí que se rompía, de manera que la abracé. Me pidió que me quedara aquella noche vigilando, por si volvía.

VI

Durante muchos días de finales de junio y del julio recién estrenado, íbamos los cuatro juntos a todas partes. Margarita hizo cambiar las cerraduras de la casa y se reforzaron las ventanas. Resultó que por el pueblo había más gente dispuesta a ayudar ahora que Damián no estaba. Al salir, los ojos de Margarita andaban como locos buscando y escrutando todos los rincones, todas las caras. En cada tienda entraba dejándome a mí en la puerta, como guarda de seguridad, no sin antes de entrar asegurarse de que él no estaba. Una tarde, la mujer de Don Valentín nos informó que Damián no había ido a trabajar ningún día desde que se le echó de casa y parecía que nadie sabía dónde estaba. Teniendo en cuenta que no tenía amigos y que los conocidos no se fiaban de él, lo más seguro era que hubiera decidido dejarnos en paz, al menos durante una temporada, yéndose a otra comarca a buscar trabajo o a perderse entre ríos de whisky barato.

-Ojalá beba hasta que le reviente el hígado -opinó Margarita.

Aquella noticia no mejoró su estado, seguía sin levantar cabeza y julio avanzaba mientras yo la veía a menudo con la mirada perdida, haciendo cosas repetitivas o sin sentido. Una noche se durmió tejiendo un vestido para bebé. Poco a poco, sin embargo, iba haciendo cosas necesarias y eso parecía reactivarla. Empezó a buscar trabajo y pidió ayuda económica al ayuntamiento que casi pierde, pero finalmente llegó, ya que se negó a explicar su situación a la asistenta social, no quería que nadie supiera su historia, pero tener tres menores en casa y ella sin ingresos permitió que a finales de julio tuviéramos algo fijo, para comer y comprar ropa. También puso una denuncia por malos tratos y en agosto consiguió un trabajo algo precario, pero bendito, en el mercado. En el juicio, Damián no se presentó, fue declarado culpable después de que un médico la examinara y de que Alberto y yo testificáramos.

Trabajar en agosto en aquella parada de frutas, a pleno sol, hizo que no me extrañara que, siempre que se volvía, Margarita pasara unos minutos en el cobertizo al lado del congelador, ese aparato que alguien arregló aprovechando que reforzaron las ventanas y que no hacía nada más que gastar energía y, según decía, guardar comida, que nunca comíamos. Las mañanas y los anocheceres ella los dedicaba a entrar en el cobertizo y hacer algo allí, que no quería contarme. No me pareció raro hasta que me fijé en que no hacía nada allí, nada más que sentarse y mirar el aparato inútil.

Si hasta ese momento se puede decir que tengo suficientes anocheceres de cielo rojo para recordar, puedo garantizar que el último que pasé en aquella casa perdida en medio de un valle, me ha impedido dormir muchas noches. Incluso se puede creer, como creía yo, que con la marcha de Damián lo peor que podía suceder era que volviese. Lo creía porque los días eran cada vez más tranquilos y quedarme en el porche vigilando con la escopeta en la mano, la que escondía cuando muy de vez en cuando una patrulla de la policía local pasaba a preguntar si todo iba bien, pasó a ser algo esporádico. Había una orden de alejamiento que impedía, legalmente, a Damián acercarse a quinientos metros de Margarita o de nosotros. Pero éramos una familia destinada a caer del fuego para caer en las brasas.

Mordido por la curiosidad de verla llegar cada anochecer y dirigirse al cobertizo, donde pasaba unos minutos, de oír que trasteaba antes de sentarse y que nunca llevaba paquetes para dejar en el congelador o paquetes traídos desde el mismo, el último anochecer de agosto, mientras Margarita hacía la cena y mis hermanos aprendían a jugar sin miedo, me acerqué al cobertizo. Otras veces, desde que estaba limpio y ordenado, ya había entrado, pero hoy no iba para coger herramientas de la estantería o coger latas de la despensa. Sobre el congelador había una pequeña funda de ganchillo. La cosa más horrible que podía encontrar, pensé, eran croquetas de Valiente. Al abrir el congelador vi, cubierto con una manta nueva y envuelto en film trasparente, el cadáver de Salvador, oscurecido, los brazos enganchados al cuerpo, tal y como había nacido y muerto. No recuerdo haber dejado de experimentar ninguna sensación, ninguna reacción química, sino que las experimenté todas al mismo tiempo: miedo, asco, lástima, rabia, confusión, dolor, odio, vergüenza... A pesar de todo lo que había visto en mis casi dieciocho años, aquello me golpeó tanto que, hoy, veinticinco años después, tengo la imagen delante como una fotografía. Las piernas flaquearon y necesité apoyarme en la estantería para no caerme, tirando algunas de las cosas que había allí. Tuve arcadas sin expulsar nada y los ojos se me cubrieron de un velo de lágrimas que se quedaron estancadas, sin querer rodar mejillas abajo. El cansancio de toda la vida se lanzó sobre mí en aquel instante, me puse a temblar por las ondas de escalofríos que me atacaron y me provocaron convulsiones. Caí de rodillas y durante unos minutos creí que perdería el conocimiento. Pero me recuperé. Alguna parte de mi cerebro envió ayuda en forma de sangre fría y me calmé, me levanté y cerré la tapa del congelador.

Al salir del cobertizo, algo mareado todavía, vi a Margarita mirándome desde la puerta, con cara de espanto. Se me acercó, pero yo no quería, no podía mirarla ni escucharla ni tocarla.

-Tienes que entenderlo -dijo.

Pasé por su lado haciendo un gesto con la mano para mantenerla a distancia y entré en casa envuelto en una niebla espesa y maloliente. Ella me siguió, llorando e intentando tocarme alargando el brazo.

-Tienes que entenderlo, Carlos -repetía.

Cuando Alberto me vio estuvo plantado un rato mirando. Sara tarareaba mientras hacía ir coches de juguete por la alfombra presentable del comedor. Dejó de jugar y nos miró.

-Entiérralo -le pedí a Margarita con la voz rota, dolorida.

-¡No! -gritó ella entre llantos.

-Pues incinéralo.

-Es mi hijo...

-Necesitas ayuda.

-Tienes que entenderlo.

-Haz algo...

-¡No! -gritó esta vez entre enfadada y desesperada.

Sin volver a mirarla, comprendiendo entonces que yo no superaría aquello jamás y ella tampoco, pedí a Alberto que pusiera sus cosas en una bolsa y que ayudara a Sara a hacer lo mismo. Mientras lo hacían sin preguntar, seguramente debido a que Alberto lo había entendido todo y a que Sara se dejaba llevar por sus hermanos mayores fácilmente y a que mi cara lo explicaba todo, me dejé caer en el sofá. Margarita, mi madre, se arrodilló delante de mí e imploró que lo entendiera y dijo cosas que fui incapaz de procesar.

Antes de irme, con los dos pequeños mirándonos desde el interior de la vieja furgoneta, con los ojos anegados de lágrimas, le dije a ella, con mi bolsa entre las manos:

-Si me lo hubieras contado en seguida, te habría ayudado, pero ahora... ahora no puedo. No me queda energía para eso. Pediré a alguien que te ayude, pero no podemos seguir aquí.

-Tienes que entenderlo -soltó de forma mucho más suave, ahogada.

-No, Margarita. Tú eres quien tiene que entenderlo.

Subí a la furgoneta que, después de dos intentos, arrancó. No importaba que no tuviera carnet, no importaba no saber demasiado qué hacer ahora. Después de aquello, la decisión me pareció incuestionable. Hice marcha atrás hasta poder girar para coger el camino de tierra.

-¿Mamá no viene?

-No, Sara. Mamá no viene.

El cielo del anochecer me mostró una larga bandada de nubes delgadas en tonos escarlata, como una cortina separando el día de la noche.