Besando sapos

27.11.2019

Mua (o en inglés: smuacks). Y el sapo siguió siendo un sapo. La princesa -o el príncipe, da igual- puso entonces cara de asco cuando hacía unos segundos sus labios mostraban sensualidad y deseo. Con cuidado, pues tampoco se trataba de causar ningún daño más allá del psicológico, dejó al sapo sobre la hoja de nenúfar que flotaba en el estanque. El daño psicológico de hacerle creer al sapo que podía ser un príncipe -o una princesa, da igual- y luego dejarlo en la estacada, no porque el sapo creyera de verdad que se convertiría en príncipe -o princesa- sino porque el animal pensaba que a sus ojos ya lo era. Pero no. El príncipe -o princesa - miró entonces el estanque y comprobó que, efectivamente, había besado ya a todas las ranas y sapos que en él habitaban, croando por las noches. Antes no croaban, cantaban, cuando creía que un beso lo cambiaría todo. Tendría que buscar otro estanque, ya no quedaban muchos.

Una vez un psicólogo me contó que hay un síndrome o un efecto, no catalogado, que él llamaba el Síndrome de Pitt-Jolie, en referencia a la pareja que formaron el actor y la actriz con esos apellidos. Él, ejemplo claro de hombre casi perfecto y ella, ejemplo claro de mujer casi perfecta. Guapos, famosos, ricos, inteligentes, comprometidos con el mundo, socialmente deseables. Este síndrome afecta a las personas que creen que encontrarán a alguien perfecto, a esa persona que será su ideal de belleza, simpatía, personalidad e inteligencia. Al tener este horizonte, las personas que lo padecen son incapaces de ver que aquello que encuentran sea quizá lo perfecto o casi perfecto para ellas. Al tener una mira distorsionada por ideales canónicos y sociales, todo lo que no sea aquello les parece poco o simplemente imperfecto. Cuando se quedan con alguien, lo hacen como acto de conformismo o de autocompasión al pensar que quizá no lo merezcan y por eso no lo encuentran. Al conformarse, no llegan nunca a enamorarse de verdad, porque en realidad esperan otra cosa; aman a la persona con la que están por aquello de que el roce hace el cariño o porque tampoco está tan mal, pero su deseo, su horizonte, sigue estando lejos de allí, de manera que al final se cansan o llega un momento en que creen, como lo cree el trabajador que aspira a mucho más, que tiene que seguir buscando. El príncipe -o la princesa- seguirá besando sapos. Cuando se canse, se quedará con el sapo que más le guste.

El concepto de esta forma de ver a la posible pareja, se extiende también en el ideal romántico, atrofiado por libros, películas y por el hecho de creer que existen parejas perfectas, que se aman de una forma pasional y tierna todos los días, durante una vida entera, durante su vida en común entera. Se conocen de una forma romántica, viven de una forma romántica, mueren de una forma romántica. Esa idealización de la relación de pareja, al igual que pasaba en el caso de la idealización del otro que buscan, hace que no sepan o no puedan apreciar lo que tienen, que les parezca poco y por lo tanto lo infravaloren. Evidentemente, esto se rompe cuando se pierde lo que se tenía porque pocas frases hechas son más ciertas que aquella de "no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes". Entonces empieza la nostalgia.

nostalgia

  1. f. Sentimiento de pena o tristeza que produce la ausencia de la patria o de las personas queridas.
  2. Tristeza melancólica por el recuerdo de un bien perdido.

Y claro, la nostalgia lo que hace es idealizar lo que se tuvo. Idealizar el pasado y, por lo tanto, distorsionar el futuro perjudicando al presente. Cualquier pasado fue mejor, de manera que cualquier presente es peor, lo que tengo no será nunca como lo que tuve y no podré tener más adelante nada que lo mejore. Estoy condenado. Igual que pensé que estaba condenado a conformarme ya que no aparecía mi persona ideal. El concepto erróneo de la media naranja que nos impide ser naranjas enteras.

Más allá del daño que se hace a sí misma la persona que idealiza la relación romántica o que busca a su Brad Pitt o a su Angelina Jolie (e independientemente de que le gusten este actor y esta actriz, no se trata de eso, es una denominación general), está el daño que causa a los demás, sin querer en el fondo. El sapo del minicuento de antes espera ser un príncipe -o una princesa- a los ojos de quien lo besa, ya sabe que no es un príncipe -o princesa- de verdad, es solo UN sapo y lo que desea es dejar de ser solo un sapo para pasar a ser EL sapo. Vamos ahora a invertir el cuento.

Mua (o en inglés: smuacks). Y el príncipe -o la princesa- siguió siendo princesa -o príncipe. El sapo puso entonces cara de asco cuando hacía unos segundos sus mejillas ardían de sensualidad y deseo. Con un croar de despedida, pues tampoco se trataba de causar más daño del necesario, saltó de nuevo a la hoja de nenúfar que flotaba en el estanque. El daño psicológico de hacerle creer al príncipe -o la princesa, da igual- que podría ser un sapo y luego dejarlo en la estacada, no porque el sapo creyera de verdad que el príncipe -o princesa- se convertiría en un sapo, sino porque el príncipe o princesa pensaba que a sus ojos ya lo era. Pero no. El sapo miró entonces el paisaje y comprobó que, efectivamente, le habían besado ya todos los príncipes -o princesas- de ese reino, presumiendo por las noches. Antes no presumían, se arreglaban, cuando creía que un beso lo cambiaría todo. Tendría que buscar otro reino, ya no quedaban muchos.

Es lo mismo, pero suena raro porque normalmente, quien ha idealizado, también se ha idealizado a sí mismo y nunca se considerará sapo, sino que considerará en su cuento que es el príncipe, o la princesa.