Bueno, me voy

23.04.2019

Ha llovido tanto desde aquel verano, me pregunto si habrán caído tantas gotas del cielo al suelo en 40 años como de mis ojos a mi barba en 40 horas. Esta barba que cuando te preguntaba qué te parecía tú hacías ese gesto característico tuyo de ladear la cabeza y alzando la mano derecha para moverla como se mueve una balanza antigua decir "chepi-chepi" y esperar a ver la reacción. Sentado ya estos últimos meses en la silla de la que apenas podías levantarte, cosa que no te impedía no parar quieto.

Y maldigo a la memoria por tener la desfachatez de dejarme grabados los últimos momentos de tu vida en vez de reforzar ahora, cuando son tan necesarios, los anteriores. Tu piel pálida, las venas marcadas, la delgadez extrema, la debilidad, los hematomas y los párpados enrojecidos a causa del cansancio, del cansancio de años de lucha contra la enfermedad coronaria que te marcó hace ya 25 abriles.

Todo empezó, o todo saltó, ese verano en el que todos nos extrañamos al verte tantas horas en el sofá, apático, cuando tú siempre fuiste todo lo contrario. Dos o tres sesiones de psiquiatra bastaron para diagnosticar que aquello no era una depresión, era algo distinto y a inicios de otoño los médicos vieron que una de las válvulas de tu corazón no funcionaba como es debido, la sangre no circulaba, el músculo que la bombea estaba exánime. O te operaban o te ibas. Y la operación en el Hospital de Sant Pau fue bien sin ir bien, se complicó, se alargó durante horas en las que mi madre paseaba nerviosa por los pasillos cercanos al quirófano; mi hermano apenas ocho años en casa de tu hermana y yo haciendo viajes del trabajo a la universidad y de la universidad al sanatorio en mi moto Vespa negra, la que me regalásteis la Navidad de mis dieciséis años (los vecinos llamaron a la puerta y se escondieron dejando una nota en el ascensor, en la que ponía que bajara a la calle y nada más abrir la puerta allí estaba la moto, de segunda mano, pero reluciente). Vivíamos en un edificio con el ridículo nombre de Mickey, fechado en 1975, en el entresuelo había una Peña del Español. Fue precisamente en una Vespa, pero en esta ocasión blanca, sorteando coches a toda pastilla, entonces sin casco por Barcelona, con la que mi hermana (a quién llamo hermana sin pedirle permiso, de hecho lo he hecho siempre) y yo llegamos a la Clínica en la que nació tu hijo pequeño, doce años después de hacerlo yo.

(DISCULPA NÚMERO 1: tendría que haberme sacado el carnet más temprano, sin demora, pero como en tantas cosas de mi vida me columpié mucho antes de tocar el suelo).

Estabas tan ausente en el hospital, antes de operarte, veías la muerte asomando por la ventana, esa muerte que luego decidió irse un tiempo largo para volver cuando se cansó de esperar, de ver que tú no te rendías de ninguna de las maneras.

Superaste la operación y siguiendo las instrucciones aunque traicionando a tu instinto, te calmaste. El estrés y la vida a un ritmo tan alto habían puesto un STOP en tu camino que no pudiste esquivar, aunque frenaste a tiempo. Y antes de esto, me acuerdo perfectamente, la embolia que provocó que perdieras la vista en un ojo, un día reunido de repente tu visión se ensombreció y descubriste lleno de pánico que el ojo izquierdo solo mostraba el negro. Fue un aviso, supongo. Ese cambio provocado por la sensación de haber vuelto a nacer, con casi 50 años, permitió un giro en la trayectoria que ayudó a que tomaras un camino distinto al que llevó tu padre, a mejor.

No obstante, poco a poco tus ganas de vivir y ver que tu corazón parecía palpitar con la misma energía de antes hicieron que te olvidaras o que quizá valoraras que mejor hacer como que olvidabas las advertencias y tu ritmo frenético regresó, puede que no tanto. Los viajes a México, la caza de los fines de semana, las horas y horas dedicadas a la fábrica que tú habías montado ahora ya sin el socio que te traicionó y que, quizá también, influyó de forma determinante en tu estado cardíaco, pues fue un golpe durísimo, él no era solamente tu copartícipe sino también tu amigo (las esquiadas de las dos familias, sus visitas a nuestra casa en el Cap de Creus, mi amor fugaz y casi imaginario con su hija). Y antes, mucho antes que todo esto: tus estancias en prisión luchando contra los últimos coletazos del franquismo, la fundación del grupo político Bandera Roja y luego la implicación en el PSUC (Partit Socialista Unificat de Catalunya, que acabó integrado en Iniciativa per Catalunya, ahora integrada en En Comú Podem), la fundación de la FAPAC (Federació d'Associacions de Pares d'Alumnes de Catalunya) para intentar mejor el sistema educativo y una actividad laboral que te llevaba a pasar muchas horas fuera de casa, en Lliçà, donde también tenías a tus perros de caza y dónde una vez yo dejé a los dos peces de colores (Pixie y Dixie) en un estanque en el que crecieron hasta parecer truchas. No sé si recuerdas aquella vez que me pediste que, con algunos amigos, fuéramos allí a "hacer bulto", a tu empresa, porque venía un cliente. Y ya nos ves a cuatro adolescentes o posadolescentes medio imberbes con bata blanca trasteando tubos de ensayo como si supiéramos, y sonriendo al japonés que, por suerte, no nos hizo ninguna pregunta. Una bata blanca como la de la foto que te envió tu nieta, en prácticas, que quiere ser pediatra, dos días antes de que murieras.

Y es que tengo un sinfín de anécdotas, un sinfín de momentos pasados contigo (el día en que me llevaste a practicar, en el Port de la Selva, con la escopeta de balines y al cerrarla se me enganchó en la mano y regresamos, tú con la escopeta y yo con la mano chorreando sangre; el día en que con tu mejor amigo, Lluís, cogimos la barca y pescamos un congrio tan grande que saltaba intentando mordernos, y mientras tú sujetabas el hilo Lluís trataba de golpearlo con el timón para aturdirlo y así quitarle el anzuelo; la noche que fuimos a cenar con unos amigos míos y una novia mía y bebiste más vino turbio de la cuenta; la mañana en que estuviste dando vueltas por los pueblos del Cap de Creus en tu moto, buscándome a mí y a un amigo invitado, pues le dije a mi hermana que volveríamos a las cinco o las seis cuando cerrara la discoteca y a las diez estábamos desayunando en un bar; cuando gestionaste que yo, Bernat y Roger C rompiéramos accidentalmente con una piedra el parabrisas de un alemán; la bronca que me echaste una vez porque no había hecho los deberes y a causa de esto no pude presentarme a un examen y un largo, larguísimo etcétera) que ya no se irán nunca, que quizá el tiempo vaya distorsionando. Estas anécdotas, llenas de valores, de aprendizajes, de cariño y de experiencia valen muchísimo más que todo lo material que también me has dado, pues la principal razón por la que trabajaste es para que a tus dos hijos y a mí no nos faltara nada. Al igual que a tu hija le regalaste la moto, a mí también; al igual que a ella la enviaste a estudiar unas semanas de verano en Inglaterra, a mí también y mucho más. Y los viajes a Yugoslavia y a Escocia, a México, el Crucero, los veranos en el Cap de Creus, las barcas, los perros (Gresca, Bruna, Tesa, Brau, Punxa, Fum, Boira y decenas más), las pocas veces que quise ir contigo de caza, las muchas que fuimos a pescar, las conversaciones, los consejos que dabas como quien no quiere la cosa, tus momentos de silencio e incluso los de cólera. Sin embargo tus consejos no eran tanto de palabra como de acción, esa acción que suponía una actitud ante la vida, un no te quedes parado y lucha por lo que valoras o por lo que va a hacer que otros te valoren, que siempre vamos por ahí diciendo que no cuenta lo que piensen de ti los demás, pero sí cuenta, pues te abre y cierra puertas. Esas acciones que te hacían tratarme desde que tengo recuerdo como a tu hijo sin serlo, de forma que yo te empecé a tratar como a mi padre, sin serlo, y eso hace que de una forma profunda e indestructible pueda considerarte así, como un padre, pues tú me consideraste así, como a un hijo. Dándome la enorme suerte de tener dos padres, cada uno en su sitio, pero que me han querido ambos y he querido a ambos.

Como dije en mi discurso ahogado durante la ceremonia en el tanatorio, con el féretro a un lado, con 200 personas abarrotando la sala: hay personas que cuando llegan a nuestras vidas ya no se van nunca, aunque se vayan, por muy breve que sea el encuentro, por muy fortuita que sea la coincidencia y tú, sin duda, eras una de esas personas. "Dejaste huella en muchas playas y la marea que ahora se te ha llevado a ti, a la huella no puede ni quiere llevársela". Te llamé Chema (que horrible me parece), te llamé Jose, te llamé José Mari, durante mi infancia hasta que ya fuiste Josep Maria, para siempre. Avi Torres para mis hijos, tus nietos.

Y es que ha llovido tanto. Como llovió durante el intervalo de tiempo entre la llamada de mi hermano diciéndome que habías sufrido un paro cardíaco y el tiempo en que tardé en llegar al hospital para saber que ya no se había podido hacer nada y habías muerto. Como una despedida que la naturaleza te daba, un adiós de la Tramuntana del Cap de Creus que tanto amabas (robando las palabras de mi hermano en el funeral). Luego el cielo se despejó y no volvió la lluvia de esta primavera que a ratos parece verano y a ratos el más crudo invierno por cómo te ha tratado, no volvió hasta que lo hizo acompañada de luces y sonidos durante el velatorio. Oh, pasó tanta gente, tanta; aquella parte de la planta del tanatorio estaba ocupada enteramente por nosotros, por los tuyos, los de siempre y los de alguna vez, los de ahora y los de hace tiempo. No los conocía a todos, ni mucho menos, pero imagino a chavales de tu tiempo en el barrio de Sants, de tu adultez joven en el Poblenou, del Cap de Creus, de México (ese país que ahora, gracias a ti, es un poco nuestro y nosotros suyo), de la empresa que levantaste, de las cazas que emprendiste y de las que volvías sin nada en muchas ocasiones, de los partidos políticos, de tu paso por el mundo de la educación, de la segunda empresa que fundaste y de la que absorbió a la primera, vecinos, amigos, compañeros y compañeras, camaradas, familiares, amigos de familiares y de amigos.

Porque pasaste y dejaste huella: tus arroces, tus suquet de peix, tus invitaciones a todos para quedarse a comer o a cenar y luego mirar a mi madre (tu segunda esposa, el amor mutuo de vuestras vidas) y preguntarle: va bien, Meri (copiando aquí las palabras de tu hija mayor, también en el funeral). Quizá viste a mi hijo mayor llorando cuando le conté que ya no estabas u oíste a mi hijo menor recordar cómo le bajaste alguna vez en moto hasta la piscina. Y ahora recuerdo el primer viaje con el mayor a la Selva de Mar, él todavía un bebé, en tu coche, en un viaje que se hizo eterno porque, como casi siempre que ibas o volvías de algún lugar, tenías que parar primero para ver a los perros, a pesar de que esto supusiera una vuelta larga y penosa, un desvío para los demás inexplicable pero para ti inevitable. Y me enfadé contigo porque mi hijo luego no se dormía y habíamos tenido que parar porqué se cagó y no había espacio para cambiarlo si no nos bajábamos. Tú, que ya estabas muy enfermo cuando yo decidí dejar de trabajar para dedicarme a escribir y durante un tiempo te lo ocultamos, luego vimos la poca ética de esto; tú, que cuando ya casi no podías andar viniste al décimo cumpleaños de mi hijo mayor o acudiste a algunos de los partidos de hockey que juegan, aun sabiendo que perderían de paliza, que entre cambiarse, jugar y ducharse a penas te verían o los verías.

Y ahora llueve mientras escribo esto, la lluvia presente en estos días que siguen a tu muerte y posterior incineración. Y me es inevitable pensar que no pude darte las gracias aunque quizá ya lo sabías, aunque quizá no fuera necesario, pero para mí era importante que lo supieras y era necesario, así que te lo dije en tu silencio sepulcral, nunca mejor dicho; en privado primero y luego en público, por si no me habías oído dentro de mi llanto y luego otra vez, cuando la tumba esperaba para entrar en el horno y puse mi mano sobre ella. Y lloré, lloré cuando lo supe, lloré cuando te vi, lloré cuando hablé de ti, lloré cuando vi a otros llorar y lloro ahora. Lágrimas en la lluvia, como en la película, pero si hubieras estado en ella, al alzar el vuelo la paloma, habrías puesto tus brazos y manos simulando una escopeta, habrías apuntado y habrías dicho: "pim-pam, cazada". Lo siento, nunca me ha gustado cazar, a pesar de la belleza de los perros corriendo tras el rastro de algún jabalí, a pesar de lo hermoso de los bosques llenos de rocío y del sol saliendo por Cadaqués o por los Monegros. Tengo pendiente llevar a mis hijos a pescar y explicarles anécdotas nuestras mientras la Coyuca (sucesora de la Suquera y de la Joana) se balancea sobre el Mediterráneo, aquél en el que una vez fuimos a ver atunes y acabamos jugando con delfines o ellos jugando con la proa de la Joana, el mismo mar que cruzamos en un crucero para celebrar tus sesenta años. Tengo pendiente recordarles a mis hijos los viajes que hicimos, llevarles a México (la enciclopedia de anécdotas necesita un tomo especial o dos para esos viajes); ya no tengo pendiente recordarme cada mañana que mejor vivir con intensidad que hacerlo apagado, aunque quizá, si hubieras frenado un poco, habrías llegado más lejos. Y aun así, mira lo lejos que has llegado, tanto que incluso cuando ya no andarás más, no hay quien te pare.

Y como tu decías siempre que te ibas, recogiendo las llaves y con una sonrisa: "Bueno, me voy".