Cara de bueno

25.06.2019

Martes, 25 de junio de 2019

El otro día me dijeron, y no es la primera vez ni será la última, que tengo cara de bueno. A pesar de que tener cara de algo no significa directamente ser ese algo, sí que hay una correlación aproximada, generalmente, puesto que como en el Retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde, nuestra cara va quedando marcada por los acontecimientos que nos suceden, queramos o no. Si Dorian Gray tenía un retrato en el que iba a parar todo ese legado, quedando él inmaculado, a nosotros no nos sucede, es nuestro rostro el que paga el pato. Por supuesto, estoy hablando sin ningún fundamento científico, pero para muestra este botón: La cara, espejo del alma, un artículo que explica que, a partir de cierta edad, tenemos la cara que nos merecemos, según algunas personas expertas.

Así que yo, pasados los cuarenta, tengo cara de buena persona. Eso, indudablemente, tendría que ser positivo e ir en mi favor, sin embargo no están las buenas personas tan bien consideradas en nuestra sociedad como aparentamos valorarlas. A los buenos es más fácil tomarles el pelo, es más posible creer que no llevarán a cabo ciertas conductas o no tendrán tendencia a pensar de determinado modo, pensamientos y acciones asociados más a un carácter menos benévolo, más malote. Luego decimos aquello de que nos gusta la buena gente, pero alguien con cierta malicia siempre resulta más atractivo o atractiva. Miremos las películas, por ejemplo. En mi caso, los malos siempre me han parecido mucho más interesantes que los buenos. En el cine Disney el villano resulta de largo un personaje mejor construido, más rico y elaborado que el bueno de turno que repite siempre unos clichés.

Hace mucho tiempo, cuando una novia que tuve me dejó para volver con su ex, cosas que pasan, una amiga mía me dejó caer que a las chicas (las heterosexuales) les gusta que lo chicos tengan ese punto de chico malo. Los buenotes no motivan. Y yo tengo cara de bueno. Quizá por esta razón siempre he deseado tener un punto más de malicia, ser algo más cabrón, porque resulta más atractivo no solo para el sexo con el que quieres tener relaciones sino también para otras cosas, como para ciertos puestos de trabajo. Pensemos que según la psicología y la psiquiatría, la influencia de la palabra en la respuesta que el otro emite respecto a nosotros es solamente de un 7%, mientras que la comunicación no verbal influye en más del 50%, siendo el rostro el punto clave de esto. Y yo tengo cara de bueno.

Si me pregunto si tengo el rostro que me merezco, si soy buena persona o no, no dudo mucho en que la respuesta es sí. A pesar de que en más de una ocasión he hecho de malo o he hecho "cosas malas" (no pocas) y otras "muy malas", entendiendo estas como actos reprobables social, moral o psicológicamente, supongo que dentro de mí hay, como en la inmensa mayoría de la gente, más bondad que maldad, de forma que ante la discrepancia o dualidad que pueda presentar una decisión, la tendencia siempre es a actuar de la forma que menos dolor cause, a uno mismo y a los demás, aunque vaya en detrimento personal; y que cuando se toma la otra decisión, la que causa más dolor, se hace con un sentimiento de culpabilidad importante o se hace sabiendo que acabarás compensándolo de la mejor forma posible, suponiendo que compensar cuando el mal ya está hecho sirva de algo. Incluso tomando la decisión que en teoría es más reprobable, es muy posible que se haya tomado atendiendo a factores, individuales o colectivos, que en realidad velan por un bien mayor, al menos dentro de la propia escala de valores. Me pregunto, pues, si es hacer algo malo si en tu escala de valores no es malo, por muy distorsionada que esté esta escala, que las hay de caracol, de cuerda y de aquellas con los peldaños demasiado largos que hacen que o dés dos pasos pequeñitos en cada uno o uno de muy largo, siendo incómodas ambas opciones.

Si me pongo a analizar si tener cara de bueno o ser bueno me ha perjudicado o me ha beneficiado, pues la verdad es que no me ha ido nada mal, aunque sigo pensando que habiendo sido un poco más cabrón, algunas cosas me habrían ido mejor. Siempre estoy a tiempo de cambiar eso. O no.