Carne de perro, de Pedro Juan Gutiérrez

16.01.2019

Cuando llevaba pocas páginas de Carne de perro, novela que me regalaron y que tiene casi el mismo título que un relato mío de los años 90, Carne de perros, busqué un poco de información sobre su autor, desconocido hasta ahora por mí, y en algún leí que era una especie de Bukowski cubano. "Ay", pensé. Y lo pensé por dos razones: la primera es que si bien es cierto que Bukowski tiene frases brillantes, reflexiones interesantes y una forma de escribir atractiva, a mí me repite como el ajo, sus personajes no evolucionan nada, siempre es lo mismo, hay un deje de machismo, de racismo y de rancio en toda su obra que me disgusta sobremanera, y al final uno está cansado de ese "macho auténtico" que incluso borracho como una cuba puede follarse a tres mujeres una detrás de otra sin problemas. Que no, hombre, que no. Los que sean fans acérrimos de Bukowski (que por cierto, bebió de John Fante, autor a mi criterio mejor que él, que creó el personaje de Bandini, y que no triunfó ni la mitad que su aprendiz), que no sigan leyendo. O sí, libre albedrío.


Autor: Pedro Juan Gutiérrez (Matanzas, Cuba, 1950)

Año: 2003

Esta edición: Anagrama (Narrativas hispánicas)

Volumen: 148 páginas

Género: Autobiográfica, drama

Idioma original: castellano


Y lo cierto es que de lo que bebe Bukowski es de lo que bebe Pedro Juan Gutiérrez, eso sí, con el encanto añadido a su obra de estar situada en La Habana, en los suburbios de la capital de la isla caribeña, con su pobreza, el carácter tan definido de sus habitantes, el ron, las playas y los cocoteros. Pero es la misma bebida: un hombre cincuentón que bebe ron sin llegar a emborracharse del todo, cosa que se agradece, se dedica a ver pasar los días sin pegar sello, deambulando entre diferentes mujeres a las que valora exclusivamente por si están buenas o por si en la cama son o no son cañeras. Se salvan de esto las dos más importantes: Julia y Míriam, aunque por poco. Entiendo que en realidad ese machismo casi salvaje y ofensivo forma parte de un estilo de literatura, pero puestos a hacerlo quizá hacerlo con personajes más trabajados que no con esta supuesta autobiografía-en-la-que-yo-quedo-de-coña-porque-soy-un-genio-follando y las vuelvo a todas locas, con un protagonista supuestamente carismático que simplemente se nutre de un cinismo relativo, de una actitud chulesca de macho alfa y de súper pasota de la vida que está de vuelta de todo. Además, es distinto escribir de esto hace cincuenta o sesenta años que hacerlo ya en el siglo XXI. Y que como mucha de esta literatura sí es cierto que tiene frases brillantes, que hay momentos en que Gutiérrez demuestra que tiene talento escribiendo, que hay una crítica social importante a la sociedad capitalista e incluso a lo que lucha contra ella, una llamada a la necesidad de mirar el mundo desde una perspectiva más humana. Pero al final, estos libros, y éste en particular, no te cuentan nada, vas pasando las páginas sin sentir simpatía o antipatía por nadie, sin llegar a conectar con lugares o situaciones, en un consumo de escenas en las que solamente varía el nombre de la mujer que el protagonista tiene delante o cambia el escenario en que su supuesta trascendencia del vivir sin hacer nada transcurre (ahora se va a la playa a pescar, ahora visita a su madre, ahora se compra un refresco en una heladería) y todo adornado con la descripción de las tetas de cubanas que van todas muy calientes y que se la ponen tiesa con sus movimientos ondulantes.

En el fondo, aunque Bukowski escribía bien y Gutiérrez no escribe mal, siempre es más de lo mismo. Antes ya he puesto a Fante como contraprestación a esta literatura, pues Fante en el fondo es lo mismo pero mejor escrito y además contándote algo que llega, que trasciende y que supone un esfuerzo para el lector más que contar mujeres y botellas. En otra contraprestación, está por ejemplo la literatura de Bret Easton Ellis, donde los protagonistas de Menos que cero también deambulan, están perdidos, toman drogas sin parar e intentan follar, pero sus personajes tienen mucha más profundidad que los de Gutiérrez y por lo tanto el relato resulta más rico, más estimulante.

Parece que esté dejando para el arrastre a Carne de perro, pero lo que estoy haciendo es una reflexión sobre el valor e incluso la sobrevaloración de algunos autores y de un tipo de literatura concreta. El libro específico de Carne de perro transcurre sin más, vas pasando las páginas, a ratos sonríes un poco y a otros te estimula sexualmente por encima o te hace pensar en la pobreza social de cierta parte de la población cubana. Cuando lo terminas te quedas igual y, es más, en mi caso, antes de terminarlo ya me importaba bien poco cómo terminara porque no te está contando nada, de manera que ya pensaba en si me atrevería justo después con David Copperfield