Carne de perros (I)

20.07.2018

De noche

Llegué a aquel pequeño y extraño pueblo un miércoles de invierno. Todas las calles estaban nevadas, la poca luz que emitían las farolas no mejoraba demasiado la poca visión que permitía la niebla. Era una de esas noches sin estrellas en el cielo. Era una de esas noches sin gente en las calles. En una pequeña pensión situada justo en lo que parecía el mismo centro del pueblo alquilé una habitación, en la que intenté dormir, sin lograrlo, hasta altas horas de la madrugada. El hombre que se ocupaba de la recepción no me preguntó el nombre ni me hizo pagar por adelantado; se limitó a darme la llave correspondiente a la habitación número doce, situada en el primer piso, al final de un largo corredor iluminado por la poca luz que las bombillas emitían. No parecía haber nadie más allí, sólo yo y un maletín.

El dormitorio era frío, la humedad se me caló en los huesos justo abrir la puerta. La ventana tenía los cristales empañados. Los tablones que formaban el suelo crujían a cada paso que daba. Dejé el maletín en el suelo del armario, vacío salvo dos colgadores, y comprobé la elasticidad de los muelles de la cama presionando sobre sus sábanas blancas, casi vírgenes. La ropa quedó encima de la silla al lado de la ventana. Un lavamanos al otro lado de ésta. Los servicios estaban al final del corredor. El grifo no dejó caer ni una gota de agua. Después de asegurarme que la puerta estaba cerrada por dentro y de poner la alarma del despertador digital de bolsillo que llevaba en el maletín, me dispuse a dormir.

El primer ruido llegó a los cinco minutos de cerrar mis cansados ojos por primera vez. Fue un tablón que gemía al ser pisado. No estaba solo allí, contrariamente a lo que había pensado. A medida que los ojos se me iban acostumbrando a la carencia de luz, empecé a distinguir formas en la oscuridad. Al principio era sólo la silueta de la silla, luego las puertas del armario y, finalmente, la grieta que había en el techo, cruzándolo de banda a banda de la habitación. En aquella oscuridad rota, mi aliento se dejaba ver como una nube blanca de polvo a cada exhalación. A medida que pasaba el tiempo, cerrar los párpados se convirtió en una invasión de inseguridad.

El segundo ruido vino del techo. Creí que se abría la grieta. Fuera, el viento atacó la oscuridad y la movió, y la sombra de un ser inexistente se marcó en la pared para después desaparecer. La inseguridad de los ojos cerrados se convirtió en una ansiedad agotadora, en una imposibilidad completa, en el miedo de entrar dentro de un sueño del cual no despertaría. Pensé en cuando las puertas de los armarios y el espacio de debajo de la cama eran mis peores enemigos, y entonces me sentí pequeño, el lecho donde me echaba se me hacía grande, el cuarto se ampliaba hasta convertirme yo en un ser que lo ve todo inalcanzable, todo nuevo y distante. Empecé pues, a sentir el miedo irracional de la infancia hacia la oscuridad.

El tercer sonido fue peor. Una risa, el llanto de un niño, un gato cantando el celo en la distancia. La luz de la farola que penetraba dentro del cuarto, ignorando los cristales que la frenaban, engrandecía la imagen negra de una lámpara de araña colgando del techo, travesada por la grieta que llevaba mi vista de banda a banda de la habitación, una y otra vez. Era el primer indicio que tenía de la existencia de aquella luz de araña. Antes ni siquiera la había visto, tan omnipresente como me era ahora. Del grifo cayó una gota. La sombra de un ser invisible se marcó en la pared para después desaparecer.

Una puerta que se abría y luego no se cerraba. No hubo crujido de los tablones que cubrían el suelo del pasillo, nadie bajó las escaleras. De repente nada se movía, nada se oía.


De día

Despierto cuando llaman a la puerta, con energía pausada y casi pautada. El hombre gordo de la recepción desaparece por el fondo del corredor cuando abro la puerta, no me atrevo a preguntarle por qué me ha despertado. Al mirar el despertador me sorprendo que sea tan tarde, casi mediodía. No me acordé de poner la alarma a pesar de creer que sí lo había hecho. Me siento más cansado que antes de acostarme, como si no hubiera dormido un solo instante. Recojo el maletín y ya vestido bajo al recibidor, vacío. Después de dejar la llave y el dinero encima del mostrador me voy hacia el coche, sus cuatro ruedas están deshinchadas. Las calles están vacías. Las calles están nevadas. Me acerco a un local situado en la otra acera, es un gran salón lleno de polvo y telas de araña. Un hombre mayor baila solo en medio de la pista, siguiendo el ritmo de una música que no suena. La barra está vacía. Llamo a alguien para que venga y aparece una mujer madura, de pelo rojo y ojos también rojos, señal de agotamiento. Me da los buenos días y me pregunta qué deseo. Me han deshinchado las ruedas del coche, las cuatro, que si sabe dónde puedo solucionar este contratiempo. Ella no sabe nada, que pregunte a otro, si es que encuentro a alguien.

La calle está llena de nieve, de nada más. Me muevo por el asfalto blanco, casi virgen, hasta que llego donde un hombre se mueve sobre un balancín recitando una poesía, quizás una canción.

Todos los que aquí llegan,

Todos los que aquí van,

Son los que aquí vienen,

Son los que aquí hay.

La repite, una y otra vez. Le pido que me perdone, pero me ha surgido un problema y necesito encontrar una gasolinera, o un sitio donde puedan ayudarme. Me mira y sonríe, sin dejar un momento de cantar aquella estrofa.

Conservo la calma y avanzo por las calles, nevadas y nada más. En una portería veo a una mujer que ruega y mira al cielo, llora. Al acercarme temo romper aquel duelo silencioso que la llena, pero no observo a nadie más alrededor. Le explico lo que me pasa y ella me presta atención pero, al acabar mi monólogo, pasa una mano por mi cara rasposa, sonríe con lástima y sigue rezando.

Respiro hondo y busco con la mirada hasta que esta se cruza con una sombra que se oculta tras una columna de un porche de una casa de una calle. Me acerco y la sombra me rehuye. No te asustes, le grito, pero sigue huyendo hasta que, al girar una esquina alguien me coge por detrás y me asusta. Es un chico de poco más de veinte años, bajo y castaño, que se friega las manos insistentemente, las tiene irritadas de tanto tocárselas, o quizá es el frío. Aún no he acabado de exponerle mi situación que me coge por la manga, dice que sí con entusiasmo y hace señales para que le siga. No parece demasiado listo pero quiere ayudarme. Caminamos deprisa, casi corremos, hasta llegar a una esquina igual que las demás, giramos a la derecha, me mira de reojo y se desplaza hasta otra esquina donde torcemos a la izquierda hasta llegar a una tercera esquina donde torcemos a la izquierda de nuevo y en pasar una cuarta esquina torcemos a la izquierda y volvemos a estar donde estábamos. Le doy las gracias y me voy.

Cuando a lo largo de las calles blancas he buscado tanto una cabina que ya no me resisten las piernas, me siento en un banco de una plaza y descanso. Oigo una carroza que se acerca, negra, lenta. Tras de sí decenas de siluetas se mueven ondulando, intentando seguir su paso. La carroza llega a la plaza y un hombre grande, inmenso como un barril, baja de ella y abre un depósito de color negro, saca alguna cosa y empieza a repartirla como si fuera carne para perros. La gente se acumula a su alrededor, se quejan si no atrapan una pieza, se pegan y se golpean, gimen y lloran, gritan y chillan volteando la carroza donde un hombre grande, inmenso como un barril, reparte alguna cosa como si fuera carne para perros. Más tarde la carroza se aleja y sus seguidores se dispersan por el pueblo saliendo de mi campo de visión en unos instantes. Veo un trozo del reparto tirado sobre la plaza, sobre la nieve blanca ya no tan virgen. Me levanto y me dirijo al obsequio del hombre grande, inmenso como un barril. No es carne para perros, es carne de perros.

A media tarde, tocadas las cuatro o las cinco de aquel jueves de invierno, entro de nuevo en el salón del pueblo, decorado al estilo del oeste americano, pero sin vaqueros ni chicas que bailen el can-can, únicamente un viejo bailando solo en medio de la pista, siguiendo el ritmo de una música que no suena. Pregunto a la mujer de detrás de la barra si sabe dónde hay un teléfono. No entiende para qué quiero un teléfono. Después de decírselo por tercera vez, ella mira al hombre que baila solo en medio de la pista y le pregunta si lo ha oído, que yo me invento cosas. Ambos se echan a reír, el hombre mayor no para de bailar.

Salgo del local y dejo que mis zapatos de piel se hundan por enésima vez en la nieve blanca, ya no tan virgen. Empieza a oscurecer. Tengo hambre, tengo sed, tengo miedo al pensar que deberé dormir aquí otra vez. Ahora todo es silencio, siempre aquí todo es silencio. Oigo a lo lejos el cantar del hombre, también viejo, que repite una estrofa de una canción y no hace nada más en todo el día. Sólo comer carne de perros, supongo. Empiezo a dudar que todo no sea una pesadilla y que realmente no he despertado aún en aquella habitación de la pensión en la que los tablones del suelo gemían, el techo tenía una grieta que lo cruzaba de banda a banda, travesando una luz de araña que se hacía visible tan solo en la oscuridad, en la que la sombra de un ser inmaterial se marcaba en la pared para después desaparecer. Pero me doy cuenta, recuerdo, que no sueño cuando alguien me golpea por detrás y siento daño físico, dolor. Frío en las manos y las mejillas cuando caigo sobre la nieve blanca, casi virgen.

Al recuperarme sigo encima de la nieve blanca, ya no tan virgen. Una serie de caras desconocidas me miran y me observan. Unos sonríen, otros ríen. Una voz de mujer que les manda irse de allí, todos la obedecen. La mujer se acerca y me mira. Es joven, es blanca como la nieve, ya no tan virgen. Luego se va. No me ha dicho nada, se ha limitado a mirarme, a controlar que estuviera vivo o despierto. Comienzo a sentir el frío de la nieve por todo el cuerpo, ya casi es de noche. Una de esas noches sin estrellas en el cielo. Una de esas noches sin gente en las calles.



FIN DEL DÍA 1

(Este relato es del año 2004)