Carne de perros (II)

21.07.2018

De noche

La recepción de la pensión donde pasé la primera noche y donde pasaría la segunda, seguía vacía. El dinero no estaba y nadie me atendía, así que fui hasta la habitación y, sorprendentemente, la encontré abierta. Dentro no faltaba nada, tampoco es que hubiera nada mío pues la pequeña maleta me había acompañado durante el día. En todo este largo día en que no había podido lavarme, en que no había podido comer. Me notaba cansado y sucio. Después de dejar la maleta en el suelo y comprobar que, esa noche sí, había puesto la alarma del despertador a la hora correcta, me dejé caer sobre la cama, cerré los ojos e intenté dormir.

El primer ruido vino de mi interior. La barriga protestaba. Aquel ruido de hambre resonaba por todo mi cerebro recordándome que para sobrevivir es necesario comer. Abrir los ojos significaba aceptar la realidad de estar allí, de que no me dormiría y de que mañana seguiría aquí. No podía recordar cómo había llegado al pueblo, qué carretera había tomado. No recordaba hacia dónde me dirigía antes de decidir detenerme, ni de dónde venía.

El segundo ruido: algo que caía y rodaba a lo largo del corredor. Nadie iba detrás. La idea de que los objetos se movieran solos en la noche era, evidentemente, una idea sin ton ni son, pero desde que estaba allí solamente había oído sonidos de cosas que no iban precedidos ni seguidos por nada que los impulsara, desplazara, moviera, empujara, tirara o dejara. Todo era consecuencia del viento que atacaba a la oscuridad y la movía. Todo era consecuencia de una imaginación que se me desbordaba y escapaba cada vez más a mi control. Imaginaba todas mis neuronas agitándose y transmitiéndose información de un lado a otro de mi cabeza, como la brecha de banda a banda en el techo.

La luz del pasillo, que dejaba pasar un mínimo de claridad por debajo de la puerta de la habitación, empezó a parpadear. La sombra de un ser imperceptible se marcó sobre las mantas claras que me cubrían para después desaparecer. La habitación estaba vacía. La habitación estaba ocupada. Las células fotoeléctricas de los ojos se me acostumbraron a la claridad en la oscuridad y veía lo mismo que la noche anterior: la brecha en el techo, el perfil de las puertas del armario y de la puerta de entrada, el marco de la ventana y la cabecera inferior de la cama. Me sentía como si tuviera dos pinzas haciendo presión sobre mis párpados obligándoles a permanecer abiertos. Necesitaba ver qué me envolvía para tener la certeza de que no había muerto.

La ausencia de sonidos fue lo que me evitó calmarme esta vez. Un silencio abrumador llenaba toda la estancia y hacía presión contra mi cuerpo tumbado al lecho. El silencio me chafaba contra el colchón cubierto de sábanas blancas, ya no tan vírgenes. Todo yo me sentía atrapado dentro del silencio y notaba como cada una de mis partes se iban aplastando y contrayendo por su presión ensordecedora. De repente, un ruido rompió aquel estado de opresión y me devolvió a la normalidad, como el drogadicto a quien los médicos permiten una dosis antes de la abstinencia. Sobre mí, los muelles de una cama se adaptaban al peso y forma de su ocupante. Definitivamente, no me hallaba solo en aquella fonda de aquel pueblo. Quizá yo siempre era el primero en llegar y el último en irme y por eso todas las llaves del resto de habitaciones estaban en su lugar. Quizá yo era el único que necesitaba llave para entrar, a pesar de no haberla necesitado hace un rato.


De día

Mi despertador suena impertinente a las ocho en punto de un viernes de invierno. Me visto, cojo mi maleta y salgo de la habitación. Dejo el dinero de dos noches en recepción y salgo a la calle, nevada y nada más. Me meteré por calles inexploradas esperando encontrar a alguien o algo que me evite repetir la agonía de ayer. Primero, sin embargo, necesito desayunar.

Un hombre viejo baila solo en medio de la pista del salón del pueblo, pero hoy la mujer del pelo rojo está sentada frente a una de las mesas leyendo una revista de hace muchos años. Le pregunto si tiene algo para comer y responde que cuando sea la hora, que el reparto todavía tardará unas cinco horasen llegar. El local es como un teatro rehabilitado, mesas redondas llenan el espacio y al fondo una tarima cubierta por largas y anchas cortinas verdes, viejas y polvorientas. En el techo una gran, gigantesca luz de araña cuelga mostrando los diamantes de cristal que la componen. Tras la barra, decenas de botellas están colocadas como columnas del Partenón. Debe de hacer años que nadie las toca, el polvo las cubre hasta por dentro. Todas las ventanas están cerradas. Un hombre viejo baila al ritmo de la música que no suena.

En la calle, un sombrero negro descansa sobre la nieve, casi virgen. Un hombre de mediana edad se acerca a pasos pequeños y lentos y se agacha para recogerlo. Un golpe de aire se lo lleva dejándolo a siete u ocho metros de donde está el hombre, que vuelve a acercarse a pasos lentos y cansados. Lleva un bastón que le ayuda a agacharse otra vez para recogerlo. Un golpe de aire se lo lleva dejándolo a siete u ocho metros de donde está el hombre, que vuelve a acercarse a pasos lentos y cansados. El sombrero queda justo frente a mí y en un acto de voluntad que no me es característico, lo tomo y se lo doy. Él me mira, me da las gracias con un asentimiento de cabeza y una ancha sonrisa. Luego tira el sombrero unos siete u ocho metros más lejos y vuelve a caminar hacia él, a pasos lentos y cansados. Yo sí estoy cansado, y cada vez tengo más hambre.

Una vez inspeccionadas una serie de calles vacías, me encuentro con una plaza pequeña en la que una chica joven, muy pálida, lee un libro. En el centro de la plaza, una fuente de la que no mana agua, pero sí unas finas barras de hielo que caen de su punto más alto al punto más bajo. Me siento en el mismo banco en que ella lee. No es la chica que echó a los que me observaban ayer mientras yacía sobre la nieve blanca, casi virgen. Interrumpo su lectura y le pido que me ayude a solucionar mi problema. Cuatro ruedas deshinchadas. Me dice que ella no ve ningún problema, que si estoy aquí es porque debo estar aquí y que luchar contra el destino es banal. Le pregunto si sabe dónde puedo comer algo. Afirma que el reparto llegará en algo más de cuatro horas, en la plaza mayor. Le planteo si hay alguna forma de salir del pueblo y contesta riendo que si he entrado, también puedo salir. Le pregunto cuál es el pueblo más cercano y dice que eso no es relevante, que cerca no hay otros pueblos y pone su delicada mano sobre mi cansada espalda con una actitud de simpatía o, mejor dicho, de comprensión materna, ante mi cara de desesperación creciente. Me propone que la acompañe a sus aposentos (¿de verdad usa esa palabra?) puesto que allí podremos hablar y explicarnos cosas. La sigo sin saber por qué. La sigo y vuelvo a pensar en mi hambre y en mi problema. Cuatro ruedas deshinchadas. El lugar donde vive la chica es idéntico a los lugares donde no vive: paredes blancas, un porche marrón, un tejado rojo que ya no es rojo por la capa de nieve blanca, casi virgen, que lo cubre. Me abre la puerta color ladrillo y entramos. Toda la habitación, porque es solamente una habitación, es una biblioteca. No hay cuadros ni ventanas, no hay un reloj de pared sobre la nevera de la cocina ya que no hay cocina ni nevera. Solo libros y una cama. Una butaca en el centro exacto con una mesa de te de madera, la mesa, no el té. Se sienta al borde de la cama y me pide que me siente cerca de ella, muy cerca. Me explica que le encanta mirar las estrellas por las noches, pero que en este pueblo la noche no tiene estrellas. Me cuenta que le encanta pasear por las calles atestadas de gente, pero que en este pueblo en las calles no hay gente. Me dice que le gusta mi voz, mi cara y las historias que me invento sobre ruedas deshinchadas. Me besa la frente, me besa los labios. Hacemos el amor sobre la cama rodeada de libros con pasión controlada y en silencio. Al finalizar me narra que le gustan el calor y el verano, pero que en este pueblo siempre hace frío y siempre es invierno. Ella va limpia, le pido un lugar en el que asearme y me enseña un baño contiguo lleno de libros en las paredes y me dice, me pide, me suplica, que no le diga a nadie que ella tiene agua. Le aseguro mi silencio y paso, hundido en agua caliente, el segundo mejor momento de mi existencia reciente.

Pasado el mediodía me dice que espabile, que llegaremos tarde a la ofrenda y no tendremos el obsequio que nos toca. La sigo casi corriendo hasta que nos unimos a una caravana de personas que corren tras aquella carroza negra, que se detiene en la plaza principal del pueblo. Me aparto un poco al ver que aquel hombre grande, inmenso como un barril, empieza a repartir la comida entre sus seguidores. Ella me trae un pedazo de carne y me dice que me lo coma, que ella come poco y que ha guardado los restos de su pedazo para mí. Mi estómago implora que lo coja y lo muerda y lo mastique y me lo trague. Pero no puedo. Me vienen arcadas solamente olerlo y caigo de rodillas al suelo, frente a mí el pedazo de carne de perros, lloro por mi falta de valor y exceso de pudor que me impiden probarla. Ella se agacha a mi lado y me dice que no me preocupe, que ella a veces no come y nunca le ha pasado nada. La gente se dispersa y se aleja de la carroza que, a su vez, ya se aleja de la plaza. Ella sigue conmigo un rato y después, se lamenta, debe irse. Añade que ya nos veremos mañana en la otra plaza, por la mañana. Le pido que se quede conmigo esta noche sin saber por qué. Le pido que se quede conmigo esta noche y responde que no. La tarde pronto entrará y ya no puede quedarse más, hoy. Quizá mañana sí, dice. Hoy ya no. Antes de irse comenta que pronto vendrá alguien que puede hacer que aquella historia que me invento sobre ruedas deshinchadas pase a formar parte del pasado. Y me quedo allí, de rodillas sobre la nieve blanca, ya no tan virgen, olvidando que mi orgullo me impide llorar un rato largo. No puedo soportar la idea de quedarme aquí más tiempo.


Fin del segundo día
(Este relato fue escrito en el año 2004)