Carne de perros (III)

22.07.2018

De noche

El recepcionista pasado de peso no estaba cuando entré, por tercera vez, en la recepción de la fonda del pueblo. El dinero de las dos noches anteriores y la llave de mi habitación seguían encima del mostrador, esperando para ser recogidos. Entré cogiendo ambas cosas a desgana y, a desgana, subí las escaleras que conducían al primer piso. Ya en la habitación, me senté encima de la cama y me fregué las manos con la cara. No, la cara con las manos. Me saqué el abrigo y, esta vez, en lugar de dejarlo sobre la silla al lado de la ventana, lo colgué en el armario. La maleta descansaba al lado de la silla al lado de la ventana. Volví a conectar la alarma del despertador de bolsillo, aunque creía que sería mejor que me durmiera, mañana, así no tendría que vivir otro día en ese pueblo de calles nevadas y vacías. No me desvestí. Tumbado en la cama, con la ropa puesta por si en algún momento determinado debía echar a correr, a huir, así ya estaría preparado. Ja, ja, ja, ja. La ropa empezaba a oler mal y, a pesar de tener el cuerpo limpio, la suciedad de ésta me hacía sentirme sucio. Hasta ahora solo había podido cambiarme de ropa interior, pero pronto se me acabaría.

Alguien cantaba. O bien dentro o bien fuera. Alguien cantaba. Una voz melódica y fina que parecía cortar el viento que movía la oscuridad y enunciaba la sombra de un ser inasequible que se marcaba en la pared para después desaparecer. Cuánto más entrada era la noche, más clara era mi visión. La grieta del techo a banda y banda, el marco de la puerta de entrada, la ventana, el armario y la cabecera de la cama. Y la voz que continuaba cantando. Quería salir de la habitación y seguirla, pero temía que eso era como entrar en el pueblo. Pero yo ya era el pueblo. La voz se rompió cuando un vaso se rompió. Nada más luego. Solo silencio. La puerta del armario se entreabrió y me dio miedo. Me giré boca abajo y dejé que las pocas lágrimas que me quedaban humedeciesen la almohada, que empezaba a tener ya la forma de mi cabeza. Ni que fuera andando, mañana saldría del pueblo. Al mirar el reloj me di cuenta que no oía el tic-tac de la segundera. Al acercar la oreja me di cuenta, recordé, que era un despertador electrónico y que no tenía segundera. Los trenes eléctricos tampoco sacan humo. Quizá esa noche dormiría tranquilo y volvería a soñar. Desde que llegué al pueblo no había soñado ninguna noche. Solamente dos noches sin sueños tampoco era nada grave, pensé. Quizá mañana conseguiría introducirme aquella carne de perros por el gaznate y hacer que bajara por la laringe hasta el estómago. Me levanté de la cama y vomité en el fregadero. No vomité en el fregadero ya que llevaba dos días sin comer.


De día

El despertador cumple con su finalidad y me despierta a las nueve de un sábado de invierno. Me doy cuenta que he dormido toda la noche vestido y esto me da asco. Me pongo el abrigo, agarro la maleta negra y salgo a la calle sin dejar el dinero ni la llave en recepción. Los cuatro neumáticos del coche siguen desinflados. La calle sigue vacía y cubierta de nieve blanca, casi virgen. Estoy en medio del pueblo, de manera que su salida me queda igual de cerca en todas direcciones. Voy hacia la izquierda y empiezo a andar. Saldré de aquí aunque sea caminando. Un montón de casas, todas idénticas, todas nevadas, me muestran los límites de la calle, tras de mí las huellas quedan impresas sobre la nieve blanca, ya no tan virgen. Tengo mucha hambre y me siento cansado, por no hablar de mi estado de ánimo que es lamentable. Espero que este pueblo no sea como el túnel de la pesadilla el final del cual nunca se alcanza. Camino recto, como me enseñaron a hacerlo, intentando mostrarme fuerte y seguro de mí mismo, pues desde fuera solamente yo sé que estoy destruido por dentro. El estómago protesta con tanta insistencia que temo provocar un alud. Aguanto y sigo adelante, siempre adelante, como me enseñaron a hacerlo.

Quizá hoy es el día en que esa persona que hará que mi problema forme parte del pasado aparece. Quizá marchándome del pueblo obligo a mi problema a segur formando parte del presente. Quizá. Cuatro ruedas deshinchadas. Me coloco las gafas que me resbalan nariz abajo, pero al no tocar nada me doy cuenta, recuerdo, que nunca he llevado gafas. Qué más da. Cuatro ruedas deshinchadas. Me gustaría ver la cara de la persona que hará que mi problema pase a formar parte del pasado cuando venga a buscarme y no me encuentro. Ja, ja, ja, ja. Me friego los ojos, me pican, seguro que están enrojecidos por el cansancio. Qué más da. Pronto podré reposar en una cama de una fonda de un pueblo en que las calles no estén vacías, en que la noche no tenga cantos de voces melódicas, sombras de seres impenetrables que se marcan en la pared para después desaparecer.

Miro atrás a pesar de saber que no debería. La fonda y el coche, con sus cuatro ruedas deshinchadas, quedan lejos, ya ni los veo. Una serie de casas idénticas, cubiertas de nieve blanca, casi virgen me muestran los límites de la calle a través de la cual me desplazo. Sonrío y me siento satisfecho por este ánimo de voluntad que me ayuda a seguir adelante y que me solucionará el problema. Cuatro ruedas deshinchadas. Yo, solo, haré que el problema pase a formar parte del pasado, como me enseñaron. Lo único que lamento de irme es la chica de los libros. Puede que ni se acuerde de mí. Qué más da. Lo que menos lamento de irme es todo. Incluso el coche se puede quedar si quiere, me ha traicionado, el coche. Cuatro ruedas deshinchadas.

No creo que tarde mucho en ver el final del pueblo. Siento de lejos una carroza y caballos, galopando. Aún no es la hora del reparto. De lejos veo como se acerca, una carroza más pequeña y clara que la negra del hombre grande, inmenso como un barril. Va conducida por una chica. Detrás de ella está el final del pueblo, ya casi he llegado. La carroza se acerca a gran velocidad. Es la chica que echó a los curiosos que me miraban, después de que alguien me golpeara por la espalda, cuando estaba tendido en la arena blanca, ya no tan virgen. Me aparto para dejarla pasar sin ponerme en peligro, pero los caballos parecen desbocados. Ella gesticula en señal de no poder controlarlos y, en un acto de voluntad de los que no me son muy característicos, me sitúo en medio de la calle para intentar frenarlos. Si ella me ayudó, yo la ayudaré a ella, quid pro quo. Uno de los caballos me golpea, me atropella, me hace caer sobre la nieve blanca, casi virgen. La carroza se detiene. Intento levantarme, pero el tobillo me duele tanto que me resulta imposible caminar. Me giro para buscar el sombrero que debe haberme saltado al caer; al no encontrarlo me doy cuenta, recuerdo, que yo nunca he llevado sombrero. La chica me ayuda a subir a su transporte. Le digo que lo que yo quiero es largarme del pueblo y me dice que primero tiene que curarme el tobillo. La carroza penetra en el pueblo mientras mi tobillo protesta y mi estómago se queja y mi cabeza da vueltas. Una serie de casas todas idénticas, todas nevadas, me muestra los límites de la calle por la que me llevan. Quizá nunca pueda salir del pueblo. Quizá. Cuatro ruedas deshinchadas. He perdido el sombrero y las gafas al caer. Nunca he llevado ni sombrero ni gafas.

Quien supongo que es el padre de la chica me venda el tobillo con una sonrisa afable y con una bata de médico. Me tranquiliza diciendo que pronto estaré bien. Le comento que yo, lo que quiero, es salir del pueblo y responde que espere a encontrarme mejor. Cree que estoy muy pálido, parezco mal alimentado y cansado. Necesito reposo y calma durante un par de días. El tobillo no está roto, solo torcido. Pronto podré volver a andar, a huir, del pueblo, por el pueblo. Quien supongo que es el padre de la chica le dice a quien supongo que es la hija del hombre de la sonrisa afable y la bata de médico que me prepare algo para comer. Pero no lo de siempre, alguna cosa especial. Si me trae un plato de carne de perros me desmayaré y, entonces, espero no despertarme. Por suerte no he conectado el despertador de bolsillo. Lo que me trae es un plato de carne normal: un bistec hecho, acompañado de patatas fritas y algo de verdura. Como los perros de Pavlov empiezo a segregar saliva antes de tiempo, nada más prever lo que me espera. Justo cuando me dispongo a clavar el tenedor al tajo de carne, el hombre me detiene el brazo y dice que supone que supongo que sé que no debo decir nada a nadie sobre que ellos tienen comida guardada. Le aseguro mi silencio y paso, masticando carne de ternera, el tercer mejor momento de mi vida. O de los últimos días, pues ya no soy capaz de recordar qué vida llevaba. No tendré que comer carne de perros. Cuatro ruedas deshinchadas y un tobillo vendado parecen minucias ante a un plato decente.

Con muletas, procurando que la nieve blanca, casi virgen, no me haga resbalar, me acerco a la plaza donde el día anterior encontré a la chica de los libros. Pero hoy ella no está. Eso me desanima, sin embargo, a pesar de que sigo sin poder salir del pueblo, mi moral se ha visto incrementada enormemente al haber comido. Ahora ya no tengo hambre y además he conocido a la única persona que tiene agua y a las dos únicas que tienen comida. Podré ir limpio y servido si me lo monto bien. Me siento en el banco y la espero, sé que vendrá, que no me fallará. Y no me falla. He esperado diez minutos y ella, tan pálida como ayer, aparece con un libro bajo el brazo y mostrando una ancha sonrisa al verme. Ella no me falla, pero alguna cosa me falla: durante el largo rato durante el que hablamos no me comenta nada sobre mi tobillo. Cuando tengo que levantarme, sin embargo, me ayuda a hacerlo y a andar también. Vamos a su casa y esta vez no hacemos el amor. Tengo tiempo para observar su biblioteca, repleta de obras maestras de la literatura y el teatro que se acumulan en las estanterías llenas a rebosar; todos con el lomo del mismo color, la misma altura, como si fueran de la misma colección. Cuando le pregunto de dónde los ha sacado me pide que no vuelva a preguntárselo, pero necesito saber cómo le han llegado los libros, pues si algo puede entrar en el pueblo, pienso, también puede salir. Puede que haya alguien con medios para ayudarme a salir, me dice. Puede. Me repite que pronto vendrá alguien que hará que mi problema forma parte del pasado. ¿Cuándo? ¿Cuándo llegará? Pronto, más de lo que me pienso. Pero aquí, en este pueblo cubierto de nieve blanca, casi virgen, donde sombras de seres imperturbables se marcan en la pared para después desaparecer, pronto equivale a eternidad ya que el tiempo no pasa. Por eso no siento el tic-tac de mi despertador de bolsillo.


FIN DEL TERCER DÍA

(Este relato fue escrito en 2004)