Carne de perros (yIV)

23.07.2018

De noche

Era la cuarta noche que pasaba en aquella pensión sin nadie en recepción. El abrigo colgado del armario y mi maletín al lado de la silla de al lado de la ventana de al lado del lavamanos del cual no caía ni una gota. Dejaría que todo pasara y entonces me dormiría. Oiría ruidos, vería como la oscuridad se movía y la sombra de un ser inacabable se marcaría en la pared para después desaparecer. Notaría mis ojos iniciarse en la claridad de la oscuridad y seguir la grieta que cruzaba el techo de banda a banda, comprobar que las puertas del armario seguían allí, que la silla continuaba siendo silla y percibir la existencia de una luz de araña únicamente cuando todo estaba oscuro. Conecté la alarma del despertador, como siempre. ¿Por qué? Conecté la alarma del despertador, como siempre y, esta vez desnudo, me eché en el lecho esperando que o bien el sonido o bien el silencio me impidieran conciliar el sueño, descansar, que me atormentaran una noche más hasta muy entrada la madrugada.

El primer ruido fue una pared rascada. Con una paleta alguien rascaba un muro tal que quisiera hacerlo más delgado. Y yo me intentaba concentrar en ese ruido para echar el daño de mi tobillo torcido. Podía imaginar las células chillando de dolor y la sangre reuniéndose para dar lugar a una inflamación que evitara un mal más grave. Pero eso no era lo más grave. No eran el ruido, el silencio, la noche, la grieta, el tobillo, la oscuridad ni la nieve blanca, casi virgen. Lo más grave era la sensación que las neuronas que se movían por mi cerebro transmitiendo información a velocidades elevadas no iban a ninguna parte. No sabían que transmitían, desconocían a quien transmitían qué ni recordaban quien les enviaba a transmitir qué a quién. Lo más grave era ese desorden cerebral creciente. Pero sería más grave aún si eso no fuera cierto y fuese yo quien me lo pensara y nada más, porqué entonces querría decir que no era el cerebro lo que me fallaba, sino la conciencia, el conocimiento que yo tenía de mí mismo. Lo más grave era que me planteara todo aquello. Eso era lo más grave.

El segundo ruido fue un especie de resoplido, alguien respiraba muy fuerte y con intensidad. No, nadie respiraba, era como si utilizaran una mancha. Cuatro ruedas deshinchadas. Me levanté rápidamente esperando encontrar sin más problemas al inquilino que hinchaba, que llenaba de aire algo, pero este movimiento rápido de todo mi cuerpo hizo que mi pie pisara frenéticamente el suelo y que después del golpe notara todo mi peso. El tobillo se quejó con tanta energía que me pareció oír su llanto. Caí al suelo vencido por el dolor y segundos después perdí el conocimiento, a pesar que quien sabe si aún tenía.


De día

Cuando el despertador me llama estoy sobre los tablones que gimen al ser pisados. La cabeza me rueda, los huesos están reblandecidos y los músculos me tiemblan. Cuelgo el maletín en el manillar de la muleta derecha y salgo de mi habitación. Mi habitación. Esta mañana de domingo parece más triste que de costumbre. La calle, sin embargo, sigue cubierta de nieve blanca, casi virgen, y nada más. La recepción del la pensión se mantiene vacía y en la acera de enfrente todavía está este coche con las cuatro ruedas deshinchadas que un día me trajo hasta aquí y ahora no puede sacarme; la nieve blanca, casi virgen, lo cubre en más de un palmo. Aún no he visto nevar encima del pueblo y cada día hay más nieve. Para mi sorpresa, el salón, aquel donde hay una mujer de ojos cansados y un hombre que baila al ritmo de la música que no suena, está cerrado. Quizá porque es domingo. El hombre viejo que se sienta en un balancín y canta una estrofa continuamente no está sentado en su balancín y la mujer que reza no reza y el señor que intenta atrapar su sombrero no intenta atrapar nada. Tanto vacío me inquieta. Tengo la sensación que todos han podido salir de allí menos yo. Estoy condenado eternamente a vagar por las calles llenas de nieve y nada más. Quizá es el destino contra el que no tengo que luchar.

La chica de los libros, la chica con la que hice el amor con pasión controlada y sin palabras me llama desde un porche. No estoy solo. Me pide que me aparte, que pronto pasarán. Y pronto pasan. Cuatro ruedas... no, cuatro hombres sujetan un ataúd negro, como la carroza del hombre grande, inmenso como un barril, y lo que parece todo el pueblo les sigue, con la cabeza gacha. Nadie nos mira a nosotros dos, de pie bajo aquel porche igual en todas las casas. Todos miran el suelo cubierto de nieve blanca, ya no tan virgen, caminando al mismo paso. Hasta el hombre con sobrepeso de la recepción de la pensión, a quien no veía desde el primer día, está allí. Sólo echo en falta a la mujer que me atropelló y al hombre que supongo es su padre. Cuando el ataúd y su séquito han pasado le pregunto a ella quién ha muerto. Hoy es el día en que vendrá la persona que hará que mi problema forme parte del pasado. No sé quien ha muerto. Tanto da. Saco el pañuelo para secar mis manos del sudor de sujetar las muletas, pero al notar la humedad me doy cuenta, recuerdo, que yo nunca he llevado pañuelo.

Después caminamos, ella con las manos sujetando un libro, yo con las manos sujetando dos muletas. Andamos en total silencio excepto las pisadas que convierten la nieve en un camino marcado, hasta llegar a una de esas casas todas idénticas, todas nevadas y ella me dice que entre, que he llegado al final del camino, al final de mi problema.

Me sorprende encontrar a la mujer que me atropelló dentro de la casa, me atropelló fuera, pero está dentro de la casa, idéntica a las demás pero diferente a lo que esperaba, si es que esperaba alguna cosa. Tanto da. La mujer de los caballos ha sustituido a la chica de los libros y me dice que me siente, que me espere. Me molesta el abrigo y me lo quito intentando mantener el equilibrio sobre las cuatro... no, sobre las dos muletas. Oigo como alguien habla en una habitación cerrada y me parece reconocer la voz del padre de la mujer. ¿Es él quien solucionará mi problema? Me siento con el maletín entre las piernas. No, no es él quien hará que mi problema pase a formar parte del pasado, me saluda y sale hacia otra habitación. Vuelan los minutos y empiezo a ponerme nervioso, me sudan las manos otra vez y la cara y me pica la cabeza y la barba, y mi estómago produce unos remolinos bastante desagradables. Tengo la impresión que los últimos días se desvanecen, que las cosas ya no me son tan palpables como antes, que todo lo que he visto ha sido solamente un sueño. Sí, este ha sido mi problema: un sueño con sombras de seres indescriptibles que se proyectan en la pared para después desaparecer, con ruedas deshinchadas, con nieve virgen y no tan virgen, con hombres grandes, inmensos como un barril, que reparten carne de perros. Aún no he despertado de mi primera noche en la pensión, la pensión con sonidos irreales y grietas en el techo. Y la luz de araña, no nos olvidemos de la luz de araña.

Entra alguien a quien ya he visto antes pero a quien no recuerdo y me saluda con una ancha sonrisa, me pregunta que como estoy, que si me encuentro bien, que si he tenido que esperar mucho y otras formalidades en tono informal. Me pide que, por favor, le dé el maletín que llevo conmigo y se lo doy. Él lo coge y me invita a pasar a una habitación y allí deja el maletín en el suelo y dice que, por favor, me desnude y yo, excitado pensando que por fin van a solucionar mi problema, cuatro ruedas deshinchadas, obedezco ciegamente y los zapatos fuera y los calcetines dentro de los zapatos y los pantalones sobre una silla y el jersey encima y la camisa sobre el jersey y la camiseta sobre la camisa y los calzoncillos en el suelo al lado de los calcetines dentro de los zapatos. Y él que me toca y me mira y me coloca aparatos en el pecho y en la espalda y un palo en la boca y me hace tumbarme y me dice que, por favor, me tranquilice, pero yo estoy nervioso y me dice que me calmará y que ya no hará falta que me preocupe por las ruedas y las otras cosas.


De noche

Me desperté a medianoche, cansado, sudado, como si no hubiera dormido un segundo, me dolían los músculos, pero mis neuronas ya no protestaban. Y tenía un presentimiento, el presentimiento que todo lo que había pasado no había pasado en verdad y que bajaría y cogería el coche que estaría en perfecto estado y me iría por fin, para siempre, de esa pensión, de ese pueblo. Lástima que no hubiera ocurrido de cierto porqué eso significaba que no existía la chica de los libros, pero suerte que nunca más debería enfrentarme a la posibilidad de comer carne de perros. Me vestí corriendo y cogí el maletín y las muletas, todavía llevaba muletas. Quizá sí que todo había ocurrido. Y mientras el viento movía los árboles provocando que la sombra de un ser incognoscible se marcara en la pared para después desaparecer, mi presentimiento cambió, se volvió tan negativo que me dolió en el interior de la cabeza como si me pidiera que quería salir. Cogí el maletín guiado por un instinto que no reconocía, lo puse encima de la cama y lo abrí, pero no había nada. Y entonces me di cuenta, recordé, que yo nunca he tenido coche.


FIN DEL CUARTO Y ÚLTIMO DÍA

(Este relato fue escrito en 2004 y, por una de aquellas casualidades de la vida, llegó a manos de Gemma Lienas, entonces editora de Edicions Cruïlla. Me llamaron y me propusieron ser escritor de la casa, me emocioné, pero tardé tanto en presentarles nada que cuando fui, ni ella ni su mano derecha estaban ya. No sé si no era el momento o si lo era, pero no era yo.)