Cáscaras de nuez

02.10.2018

Sobre aquel riachuelo, años atrás, habían puesto a navegar cáscaras de nuez con velas minúsculas hechas de triángulos de papel de periódico enganchadas a una ramita pegada en el interior. Luego corrían al límite del lecho, sorteando los arbustos y los juncos, siguiendo a los barcos por el agua tranquila y apacible, hasta los rápidos de casi medio kilómetro abajo, rápidos por llamarlos de alguna manera, donde salvo excepciones las cáscaras se tumbaban o llenaban de agua. Justo después de los rápidos, hay una poza de apenas cuatro metros de ancho y dos de largo, donde normalmente los patos nadan en círculos mientras las truchas se quedan relativamente estáticas, cerca de las piedras, como esperando algo. El ganador era el que conseguía hacer llegar su barco hasta la poza. Ellos dos, Eva y Marcos, únicos jugadores. Por supuesto, discutían sobre qué navío se había hundido primero en caso que ambos lo hicieran y, faltaría más, se metían en interminables disputas si ambos llegaban al final, cosa por otra parte que se dio en contadas ocasiones.

Más adelante aprendieron a tallar la corteza de los árboles e hicieron barcas más elaboradas, grandes y precisas, que ya no se hundían con tanta facilidad en los rápidos. Quizá se tumbaban alguna vez, pero en general el tema ya era cuál llegaba primera. Pulían sus propiedades dándoles más dinamismo, aligerándolas de peso, mejorando el mástil que clavaban en un pequeño hueco relleno de cola, haciendo las velas más bonitas. En verano el ayuntamiento hacia cortar los hierbajos y arbustos que vadeaban el riachuelo, sabiendo que era uno de los pocos atractivos turísticos del pueblo, pero en primavera, cuando ellos dos bajaban a jugar lejos de poder encontrarse con otros críos de fuera, los juncos estaban altos y todo parecía desordenado dándole un aire selvático que lo hacía más literario. Y los días que llovía, a pesar de las protestas de sus madres, salían entusiasmados, barcos de madera en mano, impermeable encima, botas de agua debajo, para ver si el riachuelo bajaba con más caudal y entonces la regata era mucho más emocionante.

En una ocasión, ya bien entrada la adolescencia, después de lluvias torrenciales que duraron cuatro días, el río creció y la corriente era tan fuerte comparada con lo habitual, que dejaron sus obras, las mejores que habían construido nunca, sobre el agua y estas empezaron un descenso suicida. Cruzaron los rápidos, se ralentizaron en la poza y, por primera vez, siguieron más allá, bajando por entre los diferentes caminos que tomaba el riachuelo, cada embarcación por un lugar distinto, pero en paralelo. Finalmente el barco de Eva chocó contra una piedra y quedó presa de las algas que se removían nerviosas. El de Marcos siguió avanzando hasta que pudo recuperarlo. El chico saltaba de alegría, aquella había sido la regata definitiva. Ya eran demasiado mayores, no bajaban al rio más que en contadas ocasiones.

Eva, sin embargo, lejos de enfadarse o disgustarse por la derrota, entristeció. Cuando acabara el fin de semana, ella y sus padres marcharían a vivir a la ciudad, cerca del mar. No se lo había dicho aún, puesto que le dolía tanto marcharse que permanecer en silencio era como evitar que fuera a ocurrir. Hacía ya un par de años que no estaban tan juntos, ella con sus amigas y él con los suyos, en aquel juego estúpido pero indispensable que dura hasta el inicio de la vida adulta y que consiste en aparentar indiferencia y hasta desprecio hacia el sexo contrario para, en realidad, estar totalmente pendiente de éste. A pesar de eso, lo que provocó en la chica la tristeza, fue darse cuenta que la infancia se había acabado del todo, y que la amistad había dejado de ser inocente y que nada volvería a ser lo mismo. Sí, claro que ya se sentía mayor desde hacía tiempo, pero ahora chocaba, como su barco en la roca, con la realidad de que, efectivamente, ya era mayor.

Cuando Marcos llegó donde estaba Eva, arrodillada mirando a su barco perfecto debatirse entre las algas, bajo la lluvia intensa, ya no vio a la niña ni a la amiga. En su lugar estaba un rostro bello, de una expresividad increíble, del que conocía cada uno de les defectos y de las maravillas. Los ojos de un extraño verde opaco, pestañas largas, dejaron caer algunas lágrimas, que se mezclaban con las gotas de lluvia intentando volverse invisibles. Cuando Eva le miró, él de cuclillas observándola tan directamente, ya no vio al niño ni al compañero de juegos, tenía delante un rostro ya formado, hermoso, definido y que se sabía de memoria. Los ojos castaños con destellos oscuros, apenas parpadeaban. Entonces no pudo evitar llorar desconsoladamente, dejó que Marcos la abrazara y luego le besó, una, muchas veces. "Te quiero", le dijo sin dejar de verter lágrimas en la lluvia. "Te quiero", respondió él.

No habían vuelto a verse nunca más, la distancia no fue olvido, pero fue excusa. Se escribieron, al principio mucho y después menos. Hicieron su vida, dejando un hueco que intentaron llenar de muchas formas, pero hay vacíos que solo puede llenar quien los ha dejado. El azar o la voluntad habían evitado que coincidieran algunas de las veces que volvieron al pueblo. Hasta hoy.

Sobre aquel riachuelo, años atrás, habían puesto a navegar cáscaras de nuez con velas minúsculas hechas de triángulos de papel de periódico enganchadas a una ramita.


Relato original publicado para dekrakensysirenas.com