Cesuras, psiquiátrico cerrado

13.09.2018

Gracias o por culpa del éxito del relato colaborativo del año anterior, entre noviembre y diciembre de 2016, se repitió la experiencia con colaboradores/as distintos, todos a través de las redes sociales, y salió un relato más complejo. Esta vez, uno de los personajes sirve de nexo entre todos los demás.

HABITACIÓN 16 (Martí R. Arús)

"No necesita salir quien no está dentro".

El despertar se produce con un sobresalto. Asustado, inquieto, noto el sudor resbalando desde mi frente, respiro con rapidez e intensidad como si hubiera soñado que me ahogaba. Pero no recuerdo mi sueño. Siento el corazón a una velocidad desproporcionada, palpita con energía como si quisiera salir de la prisión de las costillas. Me incorporo, el cuerpo me duele, noto una hinchazón en el costado derecho. Los ojos abiertos de par en par topan con paredes blancas, acolchadas. Llevo un camisón blanco. Estoy encima de una camilla de hierro, helada, cubierta por una sábana blanca, fría. Delante de mí hay una puerta nívea sin picaporte, también revestida, con una pequeña ranura en el centro y una ventana rectangular a la altura de la cabeza. Mi aliento se va calmando, pero a su vez crece la ansiedad de no reconocer nada. La litera no está en el centro de la habitación, se encuentra algo desplazada hacia el fondo, a un metro de la pared. En el centro de la sala, como una especie de mesa de control, hay un pilar con algunos botones cubiertos por un cristal que llega hasta el techo. Intento forzar mi cerebro dolorido para entender qué hago allí, para recordar, pero es en balde. Mi mente parece un plano bidimensional vacío. Me dispongo a levantarme pero unas cadenas, sujetas a mis muñecas y a mis tobillos, me lo impiden. Estoy atado a la camilla. No, estoy atado al suelo. Las cadenas nacen en una arandela que está clavada al piso, también almohadillado y blanco. "¡Eh!", grito. "¡Eh!", repito. No responde nadie, pero algo se mueve. En una esquina, en la parte superior de la pared donde está la puerta, hay una cámara que ahora me enfoca. Me dispongo a gritar de nuevo pero, antes, oigo ruido en la puerta. Alguien maneja unas llaves y abre distintas cerraduras: una, dos, tres y cuatro. Se abre y pasa por su arco una mujer vestida de enfermera, toda blanca, con cofia, llevando una pequeña bandeja sobre una mesa auxiliar metálica. Detrás de ella veo a un hombre fornido que sujeta la puerta y cuando nuestras miradas se cruzan, su expresión glacial me atemoriza. La mujer me mira. Tiene la piel de la cara sonrosada, es algo gruesa, labios generosos, pelo negro con tonalidades grises, cejas pobladas, ojos de un extraño color grisáceo, puedo sentir su olor, olor a yogur de cerezas. Muestra una sonrisa nada tranquilizadora, manteniéndose a un metro y medio de la litera, sabiendo que esa es la distancia de seguridad.

‒¿Cómo estás esta mañana?

No entiendo la pregunta. ¿Esta mañana? ¿Me conoce? Mi cara debe revelarlo todo puesto que suspira largamente y se dirige a la bandeja, de la cual coge un sobrecito que vierte en un vaso de plástico trasparente con agua y luego lo mezcla todo con una palo, también de plástico. Sin mirarme, concentrada en su tarea, con tono afable pero ficticio, me habla:

-El doctor Monroy tenía la esperanza de que hoy despertarías distinto. Yo ya le dije que era improbable, que por muchos intentos que él haga no parece que tu caso tenga solución. Anda tómate esto.

Alarga su brazo corto tanto como puede. Debo seguir mostrando una expresión de desconcierto total porque al cabo de unos segundos y viendo que yo no hago ningún movimiento para coger lo que me da, desiste, deja el vaso sobre la bandeja y pone ambas manos, con los dedos cruzados, frente a su falda, en la que veo un logotipo de una C inclinada. Me suena eso, pero no sé de qué.

No te acuerdas de nada, ¿verdad? -pregunta ella. Ahora su voz es de profesora infantil mezclada con la amenaza de quien va a castigarte. No sé por qué, pero me viene a la imagen eso: una maestra de apariencia encantadora pero de fondo malévolo e implacable-. Supongo que tampoco recuerdas que estás castigado sin patio y sin sala común después de tus numeritos, ¿verdad?

Se me queda mirando sin apenas parpadear durante unos instantes, al fondo la cuadrada espalda del celador, o de lo que imagino es un celador.

Bueno -dice suspirando de nuevo-, pronto te visitará el Dr. Monroy. ¿Necesitas ir al servicio?

Sí -miento, porque no sé qué decir, no sé si tengo ganas o no, todo está vacío y sumido en una especie de memoria en letargo.

Me tratan como si llevara tiempo aquí. En el pecho derecho de la mujer hay una tarjeta colgada de un imperdible, juraría que antes no estaba pero no recuerdo si soy de los que juran o no: <<Edora>>, pone. Su nombre, imagino. ¿Y cuál es el mío? La tal Edora llama al celador por el nombre de Laques y este, de forma casi autómata, entra en la sala y, mientras me quita las cadenas atadas al suelo me sugiere con voz mecánica que no haga ninguna estupidez, me coloca unas esposas y me ayuda a levantarme con cierta brusquedad. Huele a melocotón bañado en vino tinto. Me empuja hasta un lateral y abre una puerta escondida en la que encuentro un retrete y un bidé. Orino algunas gotas. Al fondo hay un espejo. Llevo tatuado un 16 sobre el pecho. Luego me devuelven a la habitación y allí Laques me vuelve a quitar y poner las esposas, esta vez por detrás de la espalda.

Llévatelo, el doctor le espera. Yo ordenaré un poco esto -dice la mujer.

El tal Laques, que mide medio palmo más que yo de alto y dos o tres más de ancho, me sujeta las manos mientras me empuja fuera de la habitación, en la puerta de la cual hay un 16 grande pintado color rojo. Al salir veo una imagen que me golpea y me marea: mi habitación es una de muchas distribuidas a lo largo de un pasillo ancho, más bien viejo y dejado, de una especie de edificio del siglo XIX. No sé por qué sé eso, pero lo sé. Sigo sin recordar nada, me empieza a invadir una ola de pánico. Yo no quiero estar allí, eso lo tengo claro, sea por el motivo que sea. Paso por delante de la habitación 12, la 22, la 11, la 4, la 19, la 15, la 9. Los números están desordenados. Algunas parecen vacías y en otras, a través de su ventana, veo rostros mirándome o se dibuja alguna sombra humana al fondo. Delante la habitación 12, una chica de ojos tan claros que parecen agua, mueve los labios pronunciando claramente: "¡Sálvanos!". Al torcer por otro pasillo, topamos con dos celadores sujetando a alguien que grita colores de forma inconexa y a una enfermera que le inyecta algo que le calma. Yo no estoy loco, pienso, al tiempo que mi inoperante retentiva busca entre el laberinto de la sesera alguna respuesta, sin embargo esto es un manicomio. Laques me conduce hasta una señal en la puerta de un ascensor sacado del pasado y pulsa un botón verde.

¿Qué es ese pilar en el centro de la habitación? -pregunto.

El hombre aprieta mis manos con fuerza hacia atrás obligándome a arquearme por el dolor.

¿De verdad crees que hoy caeré en tu juego, 16? ¿Crees que podrás arrastrarme a tu mundo de mierda? A mí no me engañas, por mucho que los demás te llamen "el Valedor", sé que a la que puedas les dejarás a todos colgados. Eres un tarado más.

Afloja un poco. Llega el ascensor y otro hombre igual de grande que éste nos espera dentro, así que desciendo flanqueado por dos gorilas hasta lo que parece ser la planta baja, más arreglada, mucho más, de lo que he visto hasta ahora. Es un ancho recibidor decorado al estilo antiguo, pero limpio y con buen gusto. Laques me suelta las manos un momento y busca unas llaves en sus bolsillos al tiempo que el ascensor se cierra. Observo la puerta giratoria de la entrada. Me giro para mirar qué hace mi guardián y entonces la cara de un hombre viejo, desdentado, olor a leche agria y ojos rojizos me grita, tan cerca que me asusta: "¡Corre, por lo que más quieras, corre!". Desaparece al tiempo que oigo voces que me susurran y se me clavan en la cabeza como pequeños aguijones: "sálvanos, sálvanos".

Echo a correr hacia la puerta, las manos en la espalda. Oigo al celador detrás maldiciéndome al tiempo que ordena que me detenga. No voy a hacerlo, no voy a pararme ahora. Empujo la puerta giratoria y ante mí se abre un bosque de pinos y eucaliptos tan denso que apenas entra el sol, al que intuyo más allá de las ramas más altas. El celador no puede salir y pica con los puños al cristal de la puerta. Ya no estoy esposado. Sonrío, soy libre. Sobre la entrada del edificio, yermo y tronado, unas letras grandes de piedra esculpida rezan: "Hospital Psiquiátrico - Sanatorio de Cesuras.". Otro cartel, en diagonal, letras blancas sobre fondo rojo dice: "CERRADO".

¿Qué haces, insensato? -dice el rostro de una mujer joven, de piel morena y olor a chocolate amargo, su boca a unos milímetros de mí.

El bosque desaparece lentamente, transformándose en un paisaje de tonos morados, rojos, granates y naranjas. No siento la gravedad bajo mis pies. No soy capaz de comprender dónde estoy, es una especie de nebulosa en la que floto, pero cada vez me siento más asustado al tiempo que algo me viene a la memoria, empiezo a recordar.

Un pinchazo en el costado derecho. El bosque vuelve, mis fuerzas se van.

Cuando mis ojos se dignan a abrirse, estoy en un despacho y una figura humana me mira atentamente. Un hombre. Lo veo todo borroso, me han drogado. Eso sí lo sé, recuerdo por algún motivo esa sensación. El hombre se me acerca, huele a madera, pone una lucecita frente a mis ojos y luego me toma el pulso. Las muñecas atadas y los tobillos también, pero esta vez estoy sentado. Poco a poco la vista se me aclara, pero la mente sigue difusa. Es un hombre de edad avanzada, un hombre fuerte y sano. Algo calvo, tiene pelo blanco en los laterales y todavía algunos por arriba, lleva gafas de metal, piel que empieza a estar arrugada. Ojos verde cegador.

Soy el doctor Monroy, ¿me recuerdas? Has vuelto a tener un episodio. Seguramente es fallo mío por no adecuarte la medicación pensando que, esta vez, vería mejoras. Discúlpame.

"Todo es mentira". Giro bruscamente la cabeza. Un adolescente me mira con mala cara, enfadado. "Todo es mentira", repite, y se esfuma.

El pilar -digo yo sin saber si las palabras salen por mi voluntad o sin ella-. ¿Para qué sirve ese pilar en el centro de mi habitación?

Se hace un silencio. He dicho "mi" habitación y eso ha dolido. El doctor me observa y, en sus ojos tras el cristal, creo ver por unos instantes la nebulosa en la que flotaba al salir del edificio.

-dice-, sigo convencido que eres la pieza que me hará entenderlo todo.

El doctor lleva una inyección. Sin poder hacer nada, veo como clava la aguja en mi antebrazo, al tiempo que la imagen de una mujer que me resulta extremadamente familiar, olor a café quemado, me susurra al oído: "No necesita salir quien no está dentro".


Habitación 11 (@Macon_inMotion)

Un molesto tic tac proveniente de un enorme reloj de péndulo que hay en el extremo del despacho me taladra la cabeza. Una enorme mesa de caoba maciza con una pequeña bola del mundo, un montón de papeles diseminados por doquier y un letrero con una inscripción dorada que reza Dr. A. J. Monroy deja bien claro el carácter ególatra del doctor. No necesito si quiera mirarlo, me sé su cara de suficiencia de memoria. Esa molesta calva y sus maliciosos ojos escondidos en el fondo de unas enormes gafas doradas.

Hace cuánto tiempo que no tienes... ¿Cómo lollamabas? ¿revelaciones? -el viejo me estaba hablando y fingía miserablemente haber olvidado el tema de las revelaciones.

Era curioso, mentalmente siempre me refería a Monroy como "el viejo" a pesar de que, probablemente yo lo era más que él. Me rasqué mi larga barba grisácea antes de contestar. El doctor Monroy tamborileaba con los dedos de su mano derecha. Así que saboreé el momento y aún tardé un poco más en contestar.

Han desaparecido completamente, doctor. Hace meses. Ahora sé que eran irreales, producto de mi mente -mentí.
-¿Tampoco has vuelto a oler a pino, Once?

Una pequeña mueca parecida a una sonrisa asomaba de su pequeña boca.

Tampoco, doctor, comprendo que era otra de mis fantasías y que nadie más lo olía. Eso forma parte del pasado. Ahora estoy mucho más tranquilo, doctor. Creo que ya no voy a necesitar esto -dije levantando las manos y dejando ver las gruesas cadenas con las que me obsequiaban cada vez que salía de mi habitación.

Ahora era Monroy el que se tocaba la barbilla.

Lo estudiaremos, número once, no te preocupes -acto seguido el maldito embustero apretó un pequeño botón rojo de su interfono. La sesión había terminado.

Tres rítmicos golpes en la puerta me sobresaltaron, despertándome. Era la señal de que un nuevo día empezaba en el Hospital Psiquiátrico de Cesuras. Esos tres golpes fueron repitiéndose, cada vez más amortiguados, a medida que el guarda iba golpeando las puertas contiguas. Todavía tardé unos minutos en moverme. Sentía el cuerpo aletargado puesto que dormía recogido en un rincón de mi pequeña celda de diez metros cuadrados. Además, mi mente abotagada por la medicación que me suministraban, no acertaba a darle a mi cuerpo las instrucciones correctas para erguirme.

Finalmente y después de un par de intentos, conseguí ponerme en pie. Justo en ese instante el pequeño rectángulo de la puerta dejó pasar algo de luz. Una voz grave vino desde el otro lado.

Once, pegado a la pared.

Era Laques, el guarda. El celador. El perrode Monroy. El hijo de puta enorme al que todos temían. A mí no me daba miedo, a pesar de mi edad, yo era tan grande como él. Aunque yo no lo recordaba, era probable que hubiéramos tenido algún altercado en el pasado. De ahí tantas precauciones antes de abrir mi puerta.

Una de las luces del pilar metálico que había en mitad de la celda y que llegaba hasta el techo, se puso de color verde. El resto parpadeaban en diferentes tonos. Odiaba aquella estructura cuyo cometido desconocía. Odiaba a Laques, odiaba a las enfermeras, odiaba al viejo doctor Monroy y odiaba todo aquel maldito edificio.

Conocía el ritual. Laques entraba siempre acompañado de dos enfermeros que me quitaban aquella molesta camisa de fuerza y me sujetaban de las muñecas mientras me esposaban. Así, con el torso desnudo íbamos todos a las duchas. Uno por uno. Caminé escoltado por el pasillo, pura rutina interminable e intercambiable. Todo era idéntico día tras día. Excepto una cosa. Recibí un empujón nervioso de Laques instándome a que siguiera camino a las duchas. Me había quedado parado frente a la puerta de la celda 16. Había alguien. Hasta ahora siempre había estado vacía, o eso pensaba yo. ¿Me estaba jugando mi cabeza una mala pasada? ¿Por qué me sentía entonces así de inquieto al pasar junto a esa puerta si lo hacía a diario? Había una cosa aún peor, desde hacía un par de días mi nariz olía a pino cada vez de forma más intensa y eso no eran buenas noticias.

Al entrar en las duchas, pude verme reflejado en un pequeño espejo que había en la pared de enfrente, protegido por un grueso cristal. Siempre me sumía en una enorme tristeza al verme. Tenía el pelo prácticamente blanco, aunque frondoso, rozándome los hombros y una larga barba del mismo color. Por mucho que me mirase fijamente a los ojos, no podía adivinar cuánto tiempo llevaba allí recluido. Podían ser diez días, diez meses o diez años. Quizás más. Mi cabeza no acertaba con el dato. Todo era confuso en la densa nebulosa de mi medicado cerebro. Y luego estaba lo otro. Como olvidarlo. Un 11 tatuado en mi pectoral izquierdo, justo encima del corazón.

De nuevo desperté sobresaltado, pero esta vez no por los tres rítmicos golpes de cada mañana, sino por algo diferente. Gritos y carreras en el pasillo. No era frecuente, pero tampoco totalmente novedoso. De vez en cuando alguno de mis vecinos perdía, más aún, la cabeza y tenía un ataque agudo. Al fin y al cabo estábamos en un psiquiátrico.

Sin embargo me puse en pie por el intenso olor a pino que había en mi celda. No era posible, estaba completamente cerrada. El olor tenía que venir de mi cabeza. Pero era tan real... ¿era una casualidad? Reconocí una voz femenina, era la puta de la número 12. Iba a pegarme a la puerta para gritarle que se callara cuando lo que dijo me heló la sangre. "¡Sálvanos! ¡Sálvanos!". Caí en el mismo sitio en el que estaba y no pude evitar comenzar a llorar aterrado. Me cogí las rodillas con las manos y escondí mi cara entre ellas, temblando. El olor a pino era tal que me daba nauseas, mi cabeza daba vueltas y vueltas sobre las revelaciones que tenía prácticamente cada noche y solo podía pensar en una cosa: "El valedor".

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"No necesita salir quien no está dentro" (Habitación 16)

Toc, toc, toc. Toc, toc, toc. El repique se acerca. Abro los ojos. ¿Dónde estoy? Me duele el costado derecho. Intento despertar al cerebro, pues va con retraso, y me doy cuenta que no sé nada. Como si tuviera una serpiente que se ha colado por los bajos del pantalón ya va subiendo, me entra el pánico. No sé nada de nada, absolutamente. Intento incorporarme pero no puedo, estoy atado a la cama por unas correas en tobillos, cintura, pecho y muñecas. "¡Eh!, grito, "¡Ayuda!". Estoy en una habitación completamente blanca. Levantando la cabeza veo una puerta y, en el centro de la habitación, una especie de pilar con botones y cristales que llega hasta el techo. Mi corazón se acelera y me entra un sudor frío al tiempo que oigo el tintineo de unas llaves y la puerta se abre. Una mujer entra flanqueada por un hombre, cuadrado como un armario. La mujer se me acerca hasta tenerla a unos centímetros, emite un extraño olor a yogur de cerezas y me pregunto por qué identifico ese aroma. Lleva una identificación donde pone "Edora". De su rostro mecánico sale una sonrisa condescendiente y estudiada.

¿Cómo estás esta mañana?

¿Esta mañana? ¿Ha habido más? Cuando quiero hacer la pregunta algo me retiene. ¿Y si una mañana como esta lleva repitiéndose desde hace mucho? La mujer se palpa los bolsillos, pone cara de fastidio, se gira hasta el hombre enorme y le dice que se ha dejado algo, que la espere aquí un momento. Así que ella desaparece de mi vista, él se acerca, su rostro asusta, parece de piedra maciza y sus expresiones... Huele a melocotón bañado en vino tinto. Se asegura que estamos solos en la habitación y me golpea en el estómago con el codo. Me quedo sin respiración unos instantes, todo se nubla, pero no tengo tiempo a sentir pena por mi dolor, pues coge con su manaza mi mandíbula y me obliga a mirarle a los ojos. Casi podríamos besarnos de tan cerca que estamos. Me viene a la cabeza un beso con olor a libro nuevo.

Hola, Valedor -dice con tono amenazante y sarcástico-. Así te llaman los demás pacientes. Desde hace unos días esto está algo revolucionado por tu culpa, ¿sabes?

Intento articular palabra, decirle que no sé de qué me habla, que no recuerdo nada, pero el corte de respiración me lo impide y, seguramente, con su mano en la mandíbula no habría podido pronunciar nada.

Y tu escapada del otro día no ha ayudado demasiado. ¿Cómo coño hiciste para pasar la puerta?

Pasé una puerta. Una que nadie puede pasar. ¿Qué puerta? Del exterior llegan unos gritos, una voz de mujer: "¡Qué te vayas, sal de mi cabeza!".

Otro hombre, de estatura mediana llega a nuestra puerta.

Es 13 otra vez -dice-. Necesitaré tu ayuda.

El que me sostiene la mirada tiene una placa con su nombre en la solapa: Laques. Se separa de mí y me suelta. Ambos se van de la habitación y me quedo solo. Necesito deshacerme de estas correas, necesito salir, necesito ponerme las manos en el estómago y quejarme de dolor. Me atormenta no acordarme de nada, no saber qué hago allí, pero sin embargo tengo una extraña sensación, como si me encontrara en una sala llena de puertas iguales y supiera cual es la correcta, pero no me acordara. Es horrible eso de saber que sabes y... Un olor a pino intenso me llena los pulmones. Frente a mí hay un hombre de edad avanzada. Me mira como si me conociera de toda la vida pero yo no le he visto nunca o, si lo he hecho, soy incapaz de reconocerlo. Sonríe.

Te he visto muchas veces. En mis revelaciones nocturnas. Hasta hace poco no sabía qué ni quien eras. Ahora lo sé y, créeme, me siento liberado.

No entiendo...

El hombre empieza a desatarme, con cierta lentitud teniendo en cuenta que los de blanco pueden volver en cualquier momento, a pesar de que se siguen oyendo los gritos: "¡Dejadme! ¡Dejadme!". Se escuchan algunos golpes. El hombre tiene una mirada sosegada, parece realmente liberado de algo. Voy a preguntarle qué se supone que debo hacer pero no hay tiempo, él se me adelanta y dice que imagine, que imagine y sabré qué hacer. Se aleja, saca la cabeza por la puerta y comprueba el exterior, me hace una señal con la mano y, lentamente, me levanto y ando con dificultad, pasando por el lado del pilar con botones verdes, rojos y azules que se encienden y apagan en un azar aparente. Me vienen unas ganas casi incontrolables de tocarlo pero, al mismo tiempo, algo me dice que me reprima. Cuando vuelvo a mirar la puerta, el hombre ya no está.


Habitación 13 (Esther Collado, @IstarCollado)

A ti lo que te pasa es que eres una cobarde que no se atreve a plantarle cara a la vida. Prefieres revolcarte en tu mierda una y otra vez, y que todos digan: "Pobrecita Nata, lo que tiene que sufrir".

Déjame tranquila.

¿O qué? ¿Acaso me vas pegar? No te tengo ningún miedo, porque eres una maldita cobarde. Cobarde, cobarde, cobarde, C O B A R D E. Grábatelo bien, porque eso es lo que eres.

Qué sabrás tú de mí. No me conoces nada. ¿Por qué no te marchas de aquí y te vas a molestar a otro?

No me apetece irme con otro, eres la que más me gusta de toda esta panda de pirados. Que eso es lo que sois, unos pirados. Estáis como una cabra, locos, dementes, chalados.

¿Y tú qué? ¿Acaso te crees mejor? Dime, ¿Qué estás haciendo tú aquí, eh?

A mí me da igual lo que tú me digas, tu opinión no significa nada para mí, porque es la opinión de una loca.

Yo no estoy loca, solo estoy pasando por un mal momento.

¿Un mal momento? Jajajajajaja... Calla, por favor, no me hagas reír. Un mal momento dice... ¿A ti cuando te duran los malos momentos? Y además, ¿Tú crees que alguien que simplemente tiene un mal momento acaba aquí? Pues no, no hace falta que respondas, ya te lo digo yo.

Te he dicho que es un mal momento. Y también te he dicho que me dejes tranquila. Si no me dejas en paz voy a llamar a un enfermero, así que tú verás.

¿Tienes que llamar a otra persona para resolver tus problemas¿ ¿No puedes hacerlo solita? No esperaba menos de ti.

Te estoy diciendo que me dejes tranquila por las buenas, y no quieres hacerme caso. No me dejas otra opción.

Claro que tienes otra opción. Tienes la opción de hablar conmigo, de defenderte, de demostrar que lo te digo es mentira. Pero no puedes, porque sabes que no lo es ¿Verdad?

¡Pues claro que es mentira!

¿Es mentira que eres una cobarde? ¿Es mentira que estás aquí porque no eres capaz de encarar la vida, que a la mínima de cambio estás tirando la toalla?

¡No es a la mínima de cambio, qué fácil lo ves tú todo desde fuera! Tengo muchos problemas ¿sabes? Mi vida siempre ha sido una mierda, no tengo amigos, no soy guapa, soy gorda, no soy lista. Nadie nunca ha querido acercarse a mí ¿Sabes tú algo de eso? ¿Sabes lo que es estar en el colegio y tener que esconderse en el recreo para que nadie se fije en que estás sola, para que los profesores no vean que nadie quiere jugar contigo? ¿Sabes lo que es sentirse completa y absolutamente y disimular, porque te sientes peor aún si la gente se da cuenta de que te sientes así?

Si estás sola es porque tú quieres.

Yo no quiero estar sola.

Tampoco has hecho nada para evitarlo. Lo único que has sabido hacer hasta ahora ha sido meterte catorce pastillas de golpe, para seguir siendo una cobarde hasta el final. Qué ¿A eso no dices nada? Ahora te callas ¿no? ¿Sabes por qué te callas? Porque tengo razón.

¡No tienes razón! ¡Me callo porque quiero que me dejes en paz! Eso fue una equivocación, un error.

Pero no es la primera vez que te equivocas, ¿verdad? ¿Cómo quieres que confíe nadie en ti, si siempre vuelves a las mismas?

Esta vez es verdad, y sé que van a creerme. Mis padres vendrán el domingo a verme, voy a hablar con ellos y me creerán.

¿Y qué les piensas decir?

La verdad.

La verdad...

¡Sí, la verdad! Ya estoy mucho mejor, estoy aprendiendo a aceptarme como soy.

¿Ah, sí? ¿Y cómo eres?

No tengo por qué hablar contigo de eso. Pero ya he aprendido la lección. Sé que hay mucha gente que se siente mal y que eso no es motivo para tirarlo todo por la borda. Mi médico me está ayudando mucho, y cuando salga de aquí continuaré con el tratamiento fuera, aprenderé a relacionarme con los demás. Y además, tengo pensado irme del pueblo, irme a una ciudad más grande, conocer a gente nueva...

Cuando salga de aquí, cuando salga de aquí... ¡No vas a salir nunca de aquí! No te mereces salir. Y si sales, volverás a entrar. Todo lo que estás diciendo te lo estás inventando. Sabes que es lo que tienes que decir, pero no lo sientes en absoluto. A mí no me engañas. Y ¿Sabes a quién más no engañas? A tus padres. Ni a los médicos. Te vas a quedar aquí para siempre.

¡Eso es mentira, ya lo verás! ¡Mi madre me creerá, el domingo hablaré con ellos y me dejarán marchar!

Ya no te cree nadie, ni tu madre. Te lo has ganado a pulso. Te han dado mil oportunidades, y has desperdiciado todas y cada una de ellas. Eres una mentirosa. Todo el mundo sabe que eres una mentirosa.

¡Cállate, cállate de una maldita vez, no me conoces de nada, deja de hablarme como si me conocieras!

Claro que te conozco. Te conozco mejor que tú por lo que veo, que prefieres tragarte tus propias mentiras. Por eso quieres echarme, porque no te interesa oír la verdad, prefieres creerte tus cuentos chinos, pero no me voy a ir, me voy a quedar contigo para siempre, para recordarte lo que eres, para...

¡QUE ME DEJES, DÉJAME, MÁRCHATE, NO QUIERO OÍRTE!

No me voy a ir, sabes que no me voy a ir, tendrás que escucharme.

¡QUE TE VAYAS, SAL DE MI CABEZA! ¡Y NO ME TOQUES, NO SE TE OCURRA PONERME UNA MANO ENCIMA PORQUE TE MATO, TE MATO! DÉJAME, QUÍTATE, TOMA, DÉJAME! ¡DEJADME, HA SIDO ELLA, DEJADME POR FAVOR, ES ELLA, LLEVAOSLA A ELLA, ES ELLA, DEJADME, DEJADME, DEJADME!

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"No necesita salir quien no está dentro" (Habitación 16)

Salgo. Los golpes vienen de tres puertas a mi izquierda. Enfrente tengo la puerta 11, cerrada, y a través de la pequeña ventana veo el rostro de mi liberador, sonriente. El pasillo, lleno de puertas con enormes números dibujados en ellas, se pierde en una oscuridad progresiva. A mi derecha parece despejado. Empiezo a andar con paso acelerado, mirando hacia atrás continuamente. Delante la habitación 12, una chica de ojos tan claros que parecen agua, mueve los labios pronunciando claramente: "¡Sálvanos!". Tuerzo a la derecha, ¿por qué sé hacia dónde debo ir si no sé dónde estoy? Una de las puertas se abre, la enfermera que me ha visitado, Edora, sale de ella.

La única solución que veo es esconderme. Pero no sé dónde, solo hay paredes con puertas de habitaciones. Los dos celadores siguen con la de la habitación 13, ha dejado de chillar, parece más calmada. Sus grito, es como si los hubiera oído antes, me es familiar. De hecho todo tiene un halo de familiaridad que me asusta, me asusta pues no soy capaz de reconocerlo, no soy capaz de reconocer nada. Y cada vez que he oído el ruido sordo de un golpe, de alguien pegándola o agarrándola, el codazo en el vientre me ha dolido más. Y he notado el aliento de melocotón bañado en vino tinto, como si fuera a mí a quien sujeta el celador.

Unos golpecitos en mi hombro. Un mendigo de dientes podridos me sonríe, huele a perro viejo y sabio. Señala la puerta que tengo a mi izquierda, la número 4. Expiro mi aliento imaginario y el mendigo se desvanece como el vaho en un día de frío. No hace frío.

Efectivamente, a la derecha tengo la 8 y a la izquierda la número 4. Imagino que ambas estarán cerradas, pero para mi sorpresa la situada en la mano con la que no escribo se abre. No tengo tiempo para pensar, Edora mira los papeles de una carpeta que lleva en las manos, balbucea algo ininteligible. Sin pensarlo entro y cierro con cuidado, mirando por la ventanilla como Edora pasa de largo.

El corazón me late tan rápido que parece un solo latido. El más grande de los celadores me ha llamado Valedor. No sé qué significa. Y el viejo ha dicho que me ve en sus revelaciones. Tampoco sé qué significa, es como si todo el mundo lo supiera todo menos yo. Sin embargo, algo pasa por mi cabeza de repente, como una luz, como un recuerdo que iba tan rápido que no daba tiempo a recuperarlo. Al lado de la puerta hay una mujer tan vieja que todas sus arrugas forman un mapa de un universo imposible.

¿Ya sabes a qué estás soñando? -pregunta con voz apagada, antes de desaparecer, huele a ceniza de papel escrito a mano.

No es la primera vez que veo caras que me preguntan algo y se esfuman, eso sí lo recuerdo o lo percibo o lo considero. Pero no consigo asociarlas. Quizá todo no sea más que una alucinación, quizá la mujer de la habitación 13 no ha gritado en el momento oportuno, el hombre de la 11 no me ha liberado de mis ataduras y la chica del 4 no ha abierto la puerta para que yo me esconda. No sé si me da más miedo pensar que es una casualidad o que no lo es.

La chica de la habitación me mira, es menuda, su pelo castaño enmarañado cae casi hasta su cintura. Ella no está atada. No debe de ser peligrosa, pero yo sí debo serlo. ¿Por qué? Sin apartar la vista de mí balbucea alguna cosa. No la oigo y me acerco, huele a zapato de ante casi nuevo. La chica desvía sus ojos negros hasta el pilar del centro de su habitación, con unas luces que parpadean. El mío no lo hacía, ¿o sí? La chica es bonita, es como una niña salvaje contenida en un cuerpo de cristal, se la ve delgada y delicada. Cuando estoy a pocos centímetros puedo entender su balbuceo.


Habitación 4 (@NaEnEspiral)

Magenta, magenta, turquesa, burdeos, burdeos, burdeos, aguamarina, magenta, magenta, turquesa, burdeos, burdeos...

Llevo exactamente 45 horas y 21 minutos aquí. 22. No quiero pensar en ello. Miro fijamente las luces de ese pilar, estoy tan cerca que podría tocarlas. Me basta concentrarme en ellas para sentirme tranquila. Creo que no he mirado a otro lugar desde que llegué.

Magenta, magenta, turquesa, burdeos, burdeos...

Los colores se agolpan en mi mente, así estoy a salvo, nadie me ve. Mientras esos colores inunden mi mente, nadie me ve.

Juraría que el día que pasó todo apareció un ocre perlado, brillante, casi dorado diría yo. Juraría. Sí, sí, pondría mi mano en el fuego por ese dorado.

Hace 28 horas y 56 segundos los vi por vez primera. Blancos. Blancos. Blancos. Intento buscar el matiz en mi mente, no soy capaz. Siempre me costó demasiado el blanco. Blanco roto, blanco perla, blanco sucio. Dicen que los esquimales son capaces de distinguir más de 30 tonos de blanco. Yo sólo reconozco uno. Blanco miedo. Ellos también lo son, blanco miedo. Me hablan de recaídas, brotes, autolesiones, me hablan de...blanco, blanco, blanco, blanco, blanco, blanco...sácalo de tu mente, jodida loca, saca ese blanco de tu enferma mente.

Magenta, magenta, turquesa, burdeos, burdeos, burdeos, aguamarina, magenta, magenta, turquesa, burdeos, burdeos...

Le llaman Valedor. Valedor, nombre extraño. Creo que es de color naranja. Él no es blanco, de eso estoy segura. Sorprendentemente no me aterra, evito su mirada, claro.

Me gustaría aprender a no evitarla, hubo una época en que creía que sería capaz. Sí, fue él, tan amarillo que dolía mirarlo, con él creí ser capaz de aprender a sostener miradas. Ilusa, el primer segundo lo conseguí, después...su pupila amarilla. Y los círculos concéntricos ampliándose a sus pestañas, y todo su rostro despidiendo amarillo. Incapaz. Aparté la mirada, me quemaba, me ardían las cuencas oculares, si hubiese permanecido un sólo segundo más allí ese amarillo me habría incinerado. Habría quedado reducida a un montoncito de cenizas teñidas de amarillo. Aparté mi mirada y me fui. Eso sí se me da bien.

Magenta, magenta, turquesa, burdeos, burdeos, burdeos, aguamarina, magenta, magenta, turquesa, burdeos, burdeos...

Las luces de ese maldito pilar me mantienen serena, están ahí, con eso me basta. Cada 3 minutos el blanco aparece en mi mente, es un punto casi invisible pero crecería a una velocidad desorbitada si no fuese por las luces de ese pilar que disipan al blanco.

Gracias a ellas no tengo miedo. Si no tengo miedo todo está bien.

Magenta, magenta, turquesa, burdeos, burdeos, burdeos, aguamarina, magenta, magenta, turquesa, burdeos, burdeos...

No estoy mal aquí, esas luces me salvan del miedo. La última vez, el blanco me punzaba tanto que, la cuchilla rasgando mi piel no conseguía sacarme ni una gota de rojo opaco y espeso. Brotaba la sangre pero era asquerosamente blanca. Otro corte. Blanco. El tercero. Blanco. Blanco. Uno más. Blanco.

Blanco.

Creo que jamás me he sentido más aterrada que aquella madrugada. Luego ya, mil y un colores agolpando mi mente, la voz de mi madre. Tan verde esmeralda como siempre. Algún que otro golpe de color pistacho. Y la calma. La paz.

Magenta, magenta, turquesa, burdeos, burdeos, burdeos, aguamarina, magenta, magenta, turquesa, burdeos, burdeos...

Un ruido me sobresalta, levanto la mirada. Esta jodida habitación, es blanca. Blanca. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Blanco. Blanco. Todo es blanco. Intento concentrarme en el parpadeo de mis aliadas. Recito en voz alta la absurda combinación de colores. Grito, casi aúllo. Suplico, imploro.

Magenta, magenta, turquesa, burdeos, burdeos, burdeos, aguamarina, blanco.
BLANCO. Magenta, magenta, turquesa, burdeos, burdeos, burdeos, aguamarina...

BLANCO.

___________________________________________________________

"No necesita salir quien no está dentro"

Es el orden de los colores del pilar, en el que se encienden. Y el blanco. El blanco es la clave. Lo sé, la chica lo sabe, pero no sé para qué sirve. Es como tener una lista de la compra con productos de los que nunca has oído hablar. Lista de la compra. Ahí, dentro de la habitación número 4, de repente algo pasa por mi cabeza, como un flash, como una picada de abeja en algún recoveco del cerebro. Me duele. Un pitido. Ha aparecido frente a mí una imagen doble: yo hablando con otro paciente en un comedor y luego yo llamando por el nombre a una chica que no debería estar aquí. ¿Lo he soñado? ¿Es un recuerdo? No acabo de entenderlo, es como una intrusa, no sé si quiero o no quiero esa imagen. Alguien respira cerca de mí, su aliento huele a lluvia de otoño. Me giro, un hombre alto y extremadamente delgado me increpa: "¿qué haces aún aquí, idiota?".

"No necesita salir quien no está dentro."

He de moverme. Miro el pasillo, la enfermera camina de espaldas a mí hacia la habitación donde están los celadores sedando a la paciente que gritaba y que me ha permitido salir con la ayuda del anciano que no parece anciano. Salgo de la habitación 4 en dirección al final del pasillo y echo a correr. Acabo de darme cuenta que voy descalzo, no sé si iba así antes, noto el frío del suelo en los pies. Al final del pasillo éste se bifurca en dos corredores idénticos. Un pequeño cartel avisa que hacia la derecha se va a las consultas y hacia la izquierda al patio. Hay un patio. Tocando casi al techo un dibujo de un monigote corriendo hacia una puerta, la salida de emergencia. Esto es una emergencia. Ahora siento la necesidad de andar con cierto sigilo, como si en el fondo temiera estarme metiendo en la boca del lobo. Oigo voces y me detengo. Detrás de mí se han dado cuenta que no estoy en mi habitación, empieza la cacería. Soy la presa. Acelero el paso. Por una ventana del pasillo veo a un hombre pasear, con un cigarrillo, cabizbajo, de vez en cuando mueve las manos como si hablara solo.


Habitación 19 (@Hora_Teta)

Aquí sigo un día más, de pie mirando a ninguna parte, mientras siento como se me hiela algo más que el cuerpo en este deprimente lugar sin ventanas, donde los espejos son de plástico y un triste pasillo, que parece infinito, se encarga de articular los espacios y vertebrar nuestras vidas. Todo es surrealista e incomprensible para mí. Apoyado contra la pared y sin nadie a mi alrededor trato recomponer una historia dando forma a recuerdos que no tienen sentido. Desconozco el tiempo que llevo en este edificio desprovisto de relojes, en el que la rutina es la única que aporta coherencia marcando las pautas y dando a entender que otro tedioso día ha pasado. Pero... ¿cuántos? Cuántos días se han repetido dando la sensación de que somos ratones condenados a vivir en una jaula observando las mismas paredes, las mismas caras. Lo desconozco. Desconozco tantas cosas. Lo único que me importa es saber el tiempo que falta para salir, pero aún más importante: ¿saldré?

Todos los días son iguales...

El golpe de luz que dan las lámparas del techo sobre mis parpados y un: "Es hora de despertar" carente de sutileza son los que se encargan de darme los buenos días. Estoy en una habitación individual cuya distribución recuerda a la de cualquier hotel. Se encuentra perfectamente iluminada con tubos fluorescentes colocados en el techo. No posee ventanas y da la sensación de ser un cubo, de color blanco. Al entrar, lo primero que se puede ver es la cama al fondo, tras un pilar sin sentido que me observa mientras reclama protagonismo y dice "Aquí estoy yo, antes que tú." A mano derecha, existe un diminuto aseo sin ducha, con lavabo, inodoro y alicatado en blanco formando una retícula que hipnotiza. Abro los ojos, después de unos segundos me levanto tranquilamente, aparto las legañas de mis ojos y salgo de la habitación, sin prisas, sé que tengo tiempo suficiente antes de que nos den la señal para acceder al patio interior donde salimos a fumar el primer cigarrillo. Me han comentado que los paquetes de tabaco nos los envían nuestros familiares. Las personas vestidas de blanco los recogen y, "amablemente", nos los entregan a los que jugamos de uniforme azul celeste. Un color que ha palidecido por el uso que lleva la ropa que nos asignaron. Vestimos de pantalón largo y camisa con mangas que tapan hasta la muñeca y botones que recorren nuestro pecho. Salgo de la habitación para encontrarme con los mismos rostros, parte del familiar paisaje que me acompaña. Da la impresión de que todos son normales, por lo menos todos los que salen a fumar. Nada que ver con el oro grupo. Considero que estoy bien, pero, ¿lo estoy? ¿De verdad mi realidad es igual que la de los que se amontonan a mi alrededor con ánimo de ponerme la etiqueta que da derecho a residir aquí? ¿Cuál es el lugar que realmente nos corresponde en un mudo de locos que luchan por aparentar ser normales?

Después del cigarro, vendrá: desayuno, tiempo para manualidades y dibujo, almuerzo, juegos de mesa y la posibilidad de jugar al ping pong, hora de la ducha, cena, y antes de nuestra correspondiente pastilla para dormir, un rato de televisión. Tras cada comida repetimos la visita al patio para volver a fumar. Nuestro apasionante día a día, que se repetirá sin piedad mientras me pregunto qué está ocurriendo en el exterior. Complementado con interminables caminatas por ese agobiante pasillo. Así todos los días, excepto uno a la semana, en el que después del desayuno me llaman para que me reúna en un despacho asqueroso con alguien que supongo será psiquiatra, doctor Monroy, le llaman.

Desde que llegué me limito a observar. Paso las horas en silencio y utilizo las palabras imprescindibles cuando la situación lo requiere. Un silencio que se ha convertido en mi único aliado, ese que me da seguridad y regala el tiempo necesario para lograr encajar mi presente con un pasado próximo confuso.

Anunciando que un nuevo día va a comenzar, suena la alarma de mi reloj con forma de enfermera y me informa de que es la hora de despertar. Decido no salir a fumar. Aprovecharé el tiempo que tengo entre el cigarro y el desayuno para quedarme tumbado en este incómodo colchón compuesto de muelles, intentando recordar. Trataré de recuperar y ensamblar imágenes que no sé si han llegado a estar o he suprimido por mi propio interés. Tengo que conseguir poner mi cabeza en orden para explicar mi presencia aquí.

Mientras percibo este olor que detesto. Un olor que impregna todas las estancias del edificio, el de unos productos de limpieza extremadamente fuertes capaces de conseguir una asepsia digna de quirófano. Me incorporo ligeramente y recoloco la almohada de manera que me permita estar cómodo frente al omnipresente pilar, que observa todos mis movimientos con ánimo de juzgar. Su posición en la habitación, a la vez que me incomoda y desconcierta, insinúa que no soy nada. Ese tipo de nada cuya ausencia no será capaz de impedir que todo siga girando de manera habitual. Ese tipo de nada a la que no se echa de menos. Flexiono ligeramente las rodillas y mi mirada se pierde entre tubos de luz blanca y líneas dibujadas por la escayola en el techo, antes de empezar a recordar:

Sé que salimos de fiesta un día cualquiera y sin mucho que celebrar. Después de un interminable número de horas en las que al sol de dio tiempo de aparecer y desaparecer sin que nos percatásemos, y cuando aún nuestros pies no llegaban a tocar el suelo, decidimos acabar en mi piso justo antes de un amanecer. En el salón de mi apartamento, tumbado en el sofá que tenía la intención de abrazarme de tal manera que me resultase imposible levantar, con el eco de los graves todavía retumbando en el pecho, estaba junto a David, un amigo de la infancia, y otro, al que acabábamos de conocer y cuyo nombre no recordaba pero identificaba como: Nervioso. Nervioso era un chico simpático y agradable, que a pesar de ser incapaz de quedarse quieto me inspiraba mucha confianza. Por extraño que parezca, me resultaba muy familiar. Ese tipo de personas que, aunque las acabas de conocer, tienes la sensación de que lo conocen todo de ti y tú de ellas. Tan raro como inspirador de confianza. Como si existiesen lazos os unen por haber coincidido en hipotéticas vidas anteriores. Los primeros rayos de sol comenzaban a atravesar las cortinas, cuando David, sacó una bolsa que tenía en el bolsillo y se puso a pintar rayas sobre la mesa de cristal. Al tiempo que nuestro amigo cogía una cajetilla de tabaco, lo que anunciaba el principio de un ritual que daría como resultado un porro perfectamente ejecutado. Mi cometido fue ir a la cocina para traer alcohol y poner música. Sonaba de fondo una sesión de música electrónica maravillosamente oscura, y con tres vasos en la mesa, varias botellas de cerveza y otra de whisky, acompañados por una pérdida total de la noción del tiempo, pasamos horas entre risas y conversaciones irrelevantes antes de que, David, pensara que le había llegado la hora de volver a su casa. Al ver que todavía quedaba alcohol y drogas, Nervioso, que parecía esta muy cómodo y sentirse como en casa, y yo, optamos por continuar. En la siguiente imagen que me viene a la cabeza estoy volviendo del baño, veo a Nervioso de pie en medio del salón, con un cuchillo en la mano y una mirada que anuncia que algo no va bien. A partir de aquí todo se difumina, existen lagunas mentales que quieren encharcar cualquier esfuerzo que hago por recordar. -Tumbado en la cama noto como un sudor frío empieza a cubrir todo mi cuerpo que no para de temblar-. Recuerdo un intercambio de gritos y una lucha interminable antes de que consiguiese salir del piso para encontrarme unos vecinos esperando en el rellano. Parecían haber estado atentos a todo lo que acontecía en el interior. Intentan detenerme pero logro llegar hasta la escalera, y descendiendo los escalones de tres en tres, bajo tan aprisa como puedo. Con el corazón intentando salir por mi boca llego al portal y me tropiezo con unos agentes de policía, que sin mediar palabra, me inmovilizan para colocarme unas esposas mientras no paro de gritar: "Me quieren matar, me quieren matar..." A partir de ahí, no le encuentro sentido a nada. Tengo imágenes borrosas e inciertas de un calabozo. Interrogatorios en los que personas no paran de hacerme preguntas a las que soy incapaz de responder porque estoy aturdido. Pastillas. Inyecciones. Batas blancas que, de manera incesante, no paran de intentar averiguar si todavía escucho voces en mi cabeza. Todo esto hasta verme paseando por el pasillo de este edificio. ¿Qué voces?

Se abre la puerta de mi habitación y entre sudores y temblores me levanto rápidamente, oigo una voz que dice: "Hora del desayuno, no tardes", la puerta queda entornada y escucho a la enfermera alejarse. Me tomo un tiempo para intentar asimilar todo lo que he recordado. Recuerdos que siguen dando botes en mi cabeza buscando tener sentido. Salgo y me dirijo al comedor atravesando el pasillo que se encuentra completamente vacío. A medida que me acerco puedo escuchar cómo el murmullo producido por las voces que salen de él se incrementa. Llego a la puerta y enseguida veo a cuatro enfermeras colocadas una en cada esquina, vigilando y pendientes de que todo transcurra con normalidad. La cocinera, se encuentra tras la mesa de aluminio a la espera de repartir comida. Como de costumbre. Todos los pacientes están ocupando sus habituales asientos en mesas de seis. Soy el último en llegar y me dirijo a recoger mi bandeja que ya está preparada con un vaso de leche, galletas, dos sobres de azúcar, una cucharilla y un yogur natural. Todo bajo la atenta mirada de la cocinera que muestra la poca simpatía que la caracteriza. Bandeja en mano tomo mi sitio y me dispongo a ingerir mi suculenta ración de otro día más de lo mismo.

Hoy no tienes buena cara, voces -dice el Valedor, que se encuentra sentado a mi derecha.

El Valedor, así le conocen aquí dentro. Es un tipo extraño, que de manera sorprendente parece saber demasiado. Es al que todos se dirigen aquí en busca de ayuda, con la esperanza de que sea él el que los salve del calvario al que se ven sometidos.

Como de costumbre, no respondo, afirmo ligeramente con la cabeza mientras voy mojando las galletas en la leche antes de llevarlas a mi boca e intento ocultar mi cara de sorpresa por escuchar cómo me acaba de llamar. Nunca me había llamado así: voces.

Parece que has tenido visita hoy. Te han visitado recuerdos que no esperabas, ¿verdad? -continúa la conversación con el tono de voz que tienen los que no les hace falta respuestas porque ya las conocen-. La memoria, qué traicionera, capaz de fallar pero nunca a nuestro antojo. Lo suficiente como para que mantengamos una cordura razonable.

Mi nivel de sorpresa e incertidumbre aumenta. No era usual que mantuviese una conversación conmigo y lo estaba haciendo precisamente hoy.

No te preocupes, al final encontrarás respuestas. Están todas dentro de ti esperando a que tengas el valor para hacerlas aparecer. Llegarán más pronto de lo que esperas.

Vuelvo a temblar, derramo la leche y me levanto angustiado. Salgo corriendo del comedor mientras las enfermeras gritan para intentar detenerme. Enfilo el pasillo, llego a mi habitación y me meto en la cama. Sentado, con la espalda apoyada contra la pared, mi barbilla descansa en las rodillas y mis brazos rodean las piernas, mientras miro al maldito pilar y me pregunto qué significa todo esto.

La puerta no tarda en abrirse para dejar paso a dos enfermeras y un celador. Me miran fijamente mientras se acercan a mí muy despacio.

Tranquilízate y acompáñanos -dice una de ellas.

Que me tranquilice, dice. No se da cuenta de que acaba de romperse la burbuja que me aportaba tranquilidad aquí. Mientras los tres jinetes se aproximan, el pilar actúa de espectador con una sonrisa macabra que insinúa: "Es lo que te he intentado decir desde que llegaste."

Soy consciente de que sería inútil luchar. El celador me saca de la cama bruscamente y, desde detrás de mí, con sus brazos abrazando mi pecho, me levanta un palmo del suelo para sacarme de la habitación, en compañía de las enfermeras que actúan de centinelas encargados de evitar errores. El pasillo toma forma de túnel con una puerta como única salida. Al llegar a ella, una de las enfermeras la abre y entramos. Una silla vacía y, sentado tras un escritorio está la silueta de un hombre que se gira y me mira. El grupo de obedientes soldados se encargan de sentarme en la silla y comprobar que no seré capaz de moverme. Estoy en el despacho del doctor Monroy.

Pueden retirarse -dice con voz tranquila y grave.

Los tres asienten con la cabeza y sin rechistar abandonan el habitáculo como perros bien entrenados.

Intento asimilar la situación, al tiempo que ese asqueroso olor a desinfectante no para de colarse por mi nariz, como si estuviese esnifando rayas de speed rancio que ha pasado días a la intemperie.

Buenos días, ¿cómo te encuentras hoy? -pregunta el doctor Monroy, acostumbrado a mi silencio-. Supongo que seguirás sin querer hablar. Sin recordar nada. ¿Tienes alucinaciones? ¿Sigues escuchando voces en tu cabeza?

¿Alucinaciones? -respondo.

Monroy, me mira sorprendido.

Sí, alucinaciones -repite.

Nunca he tenido alucinaciones- digo mientras intento calmarme y mi cabeza sigue tratando de atar cabos.

Nunca las has tenido, ¿verdad?

Guardo silencio. Él aprovecha la pausa para girar el portátil que tiene sobre su mesa y reproducir un vídeo en el que aparecemos los dos. Me veo sentado frente a él sin parar de repetir: "Querían matarme..." "Querían matarme..." "Unas voces en mi cabeza me insistían en que tenía que impedirlo." Frases que repetía una y otra vez en un momento que no estaba grabado en mi cabeza y era incapaz de recordar.

Ahora que has decidido hablar. Entiendo que no sabes por qué estás aquí.

En ese instante vuelven imágenes a mi mente. Nervioso con un cuchillo.

Recuerdo estar en mi piso con un amigo que llevaba un cuchillo, forcejeamos y huí.

¿Un amigo? -pregunta, desconcertado.

Cada vez que abre la boca parece ser la llave que permite aflorar nuevos recuerdos. Me aferro a la silla, agacho la cabeza y aprieto los dientes. Vuelven los sudores y me veo bajando por las escaleras del edificio donde vivo, con la camisa y las manos manchadas de sangre... ¡Sangre!

¿Un amigo? -vuelve a preguntar.

Sí, bueno, amigo... Lo acababa de conocer -digo con voz temblorosa y mirada perdida.

¿No recuerdas nada más?

Me encuentro completamente abrumado. Desconcertado al ver la tranquilidad con la que realiza las preguntas mientras yo permanezco en la silla con la respiración acelerada y sin saber dónde meterme.

Sí, recuerdo sangre -prosigo, con voz casi imperceptible.

¿Sangre?... ¿De qué puede ser?

Supongo que en el forcejeo alguno se cortó.

Inútilmente miro mi cuerpo en busca de alguna herida.

¿Pero tú no tienes herida ni cicatriz, verdad?

No, no tengo.

Mi cabeza me bombardea con imágenes en las que estoy luchando. Soy yo, yo, el que lleva el cuchillo, al tiempo que escucho unas voces que repiten sin cesar: "Lo tienes que matar. Si no lo haces tú lo hará él. Lo tienes que matar. Si no lo haces tú lo hará él..."

Qué hice? Usted lo sabe. Usted lo sabe. ¿Qué he hecho, dígame? Lo maté, ¿verdad? Lo maté y por eso estoy aquí...

Él me mira sin responder. A mí se me cae el mundo encima. Los recuerdos dejan de existir para dejar paso a la imaginación, es ella la que se encarga ahora de llenar los vacíos e intentar darme las explicaciones que necesito.

En tu piso no había ningún amigo -dice-. En tu piso no había ningún amigo -recalca, con total certeza.

Se me erizan los pelos y no puedo apartar la mirada de sus ojos mientras en mi cabeza retumba lo que acaba de decir: "En tu piso no había ningún amigo"

¡No puede ser! No, ¡MIENTE! No estoy loco -lágrimas empiezan a recorrer mi cara-. Usted me está engañando, no estoy loco. NO ESTOY LOCO. Lo dice para dejarme aquí metido -le digo, entre balbuceos-. Vi perfectamente la sangre, ahora lo recuerdo. No me puede mantener aquí encerrado, lo recuerdo. Lo recuerdo perfectamente. No estoy loco. No me haga dudar de los recuerdos. La sangre estaba y no tengo heridas. ¡ÉL ESTABA!

Tranquilízate... Cuéntame, Leo, ¿qué recuerdas de tu novia?

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"No necesita salir quien no está dentro."

Le conozco, no sé de qué pero le conozco, tengo la sensación de haber mantenido con él alguna conversación. A pesar de tener prisa no puedo evitar quedarme mirándole. Mi cerebro se pone a maquinar a mucha velocidad: las imágenes, el hombre del patio, los colores del pilar. Necesito a mi memoria y se ha dormido, necesito a mi inteligencia pero no recuerdo donde la he metido. El hombre levanta la vista y me ve, alza un brazo señalándome y puedo leer en sus labios algo parecido a: "Ya tengo las respuestas" y al acto, en sus ojos de un gris oscuro, le veo frente a mí con un cuchillo, manchado de sangre, mirando incrédulo la escena, no sabiendo qué hace en esa situación. Otra vez la punzada en la cabeza, ahora no es una imagen, son muchas: ese hombre y yo sentados en una mesa junto a sendos platos de comida, hablando, yo intentando escapar de aquí por una puerta giratoria. ¿Ya lo he vivido o todavía está por venir? Olor a naftalina, fuerte, penetrante. Dejo de mirar la ventana. Una mujer mayor, vestida como si tuviera cuarenta años menos, al final del pasillo, me pregunta con voz de hombre: "¿lo sabes o no lo sabes?". Alguien se acerca corriendo. Me entra miedo. Lo sé, me digo a mí mismo, y echo a correr. 

La puerta de emergencia está abierta, sino no serviría para emergencias. Pero al otro lado no está el exterior, solamente otro pasillo sin ventanas. En medio, una mujer, de aspecto triste y que parece perdida me mira, como si supiera que yo aparecería de repente. Huele a ambientador químico de limón. Espero a qué diga algo y se esfume, como ha venido sucediendo, pero sigue allí, delgada y con la espalda algo curvada por el cansancio y el pesar de haber tomado decisiones poco acertadas. Pienso en la luz de color blanco y en la secuencia para no olvidarme: Magenta, magenta, turquesa, burdeos, burdeos, burdeos, aguamarina, magenta, magenta, turquesa, burdeos, burdeos. Blanco.

Estabas equivocado -me dice.

A medida que me acerco a ella, el olor a químico es más fuerte. Miro hacia atrás, nadie me sigue.

Todo está mal -añade.

Gesticulo para hacerle ver que no sé de qué me habla. Recuerdo la puerta giratoria. Una puerta giratoria. Recuerdo un cielo difuminado de tonos morados y granates, recuerdo no sentir la gravedad bajo mis pies.

Ni siquiera me recuerdas, ¿verdad?

Alarga su mano delgada y de piel blanca hasta tocarme la mejilla, pone ojos de madre cansada de un hijo que no va por el buen camino, cara de perdón impuesto. Al fondo, muy al fondo del pasillo, un niño que huele a ropa tendida grita con todas sus fuerzas: "¡No dejes que te atrapen!". ¿Atraparme? El niño ya no está. La mujer delgada y gris sigue allí, con su mano en mi mejilla.

Lo siento, no...

Estuviste en mi sueño, sé que me viste.


Habitación 7 (@HuellaDeMemoria)

Estábamos atrapados, todavía no éramos conscientes de hasta qué punto. Cada uno de nosotros había llegado allí por diferentes motivos. Había podido hablar en las contadas ocasiones en que coincidía con alguien en las zonas comunes. En mi caso ingresé voluntariamente, aunque cueste creerlo, arrastraba una depresión recurrente y pensé que en ningún otro sitio dispondría del descanso, la atención personalizada y la paz que necesitaba para recomponerme como allí.

Acordamos unas condiciones: en primer lugar tenía concertadas las visitas de familiares o personas que eligiera, en segundo era libre para ausentarme o abandonar el centro en el momento que decidiera que ya estaba lista para prescindir de sus cuidados, fuera cierto o no, siempre iba a prevalecer mi opinión a la de ellos, en este caso. De esta manera me ajustaba a sus normas pero con reservas.

Empecé a tener trato con algunos de los internos, pensaba que si me sumergía en sus mentes acabaría encontrando la clave para entender la propia. Que equivocada estaba, nada más lejos de la realidad que se ocultaba tras aquellos muros, allí no me iba a aclarar, me iban a lavar el cerebro y no como al estilo de una vulgar secta, se trataba de otro método infinitamente más refinado por no decir siniestro e incluso macabro. Al principio recibíamos un trato excelente, nos ofrecían unas terapias acordes a nuestras dolencias y se ajustaban a nuestras singularidades. Hay que reconocer que eran casos desesperados para los que parecía no haber solución. Allí se reunía la flor y nata, dementes reunidos en un culo de saco, la mayoría desahuciados sin remedio. El ambiente era un caldo de cultivo para sufrir como mínimo una paranoia aguda. Poco a poco íbamos perdiendo nuestra identidad, quien todavía albergara la esperanza de mejorar la iría perdiendo al comprobar cómo empeoraba el estado de los demás.

Uno mismo se cree con lucidez mientras no pierde el ansia por escapar.

Pero estábamos en manos de profesionales y en este caso el calificativo no se aplicaba por su conducta humana. Recuerdo la mañana de mi prueba, la ausencia de persianas y cortinas de la habitación hacían que desde las primeras luces del alba se inundara de una luz cegadora, era un día soleado, los pasos del personal que comenzaba su ronda me despertaron y ya no pude pegar ojo, era pronto pero no tenía prisa por levantarme. Vino una enfermera a decirme que estaba preparada para una sesión. ¿Sesión de qué? No pregunté, iba a averiguarlo enseguida de todos modos. Me llevó a un sector donde nunca había estado ni de paso, yo que creía que había recorrido todo el edificio, entonces descubrí que no era así. Había un pasillo con habitaciones a ambos lados, todas tenían la puerta cerrada menos una y en esta fue donde entró, la número 7, hasta entonces la seguí, ignorando lo que me esperaba. Me dijo que no tardaría en llegar un médico, yo me quedé y ella se fue.

Efectivamente, antes de que me diera tiempo a pensar entró el médico cerrando la puerta tras él. Me habló de un experimento que estaban realizando en otros lugares y que estaba dando muy buenos resultados. Se trataba, según me explicó, de una técnica que se utilizaba con los pacientes incapaces de generar un estado óptimo de conciencia por falta de recursos. Estaba tratando de convencerme de que me sometiera a un estado artificial de euforia, reaccionaría y a partir de ahí sabría emplearla cuando fuera oportuno. Todo parecía inofensivo, mejor dicho, resultaba apetecible, debía tomármelo como una especie de suerte tener al alcance poder disfrutar de este método tan innovador y sentirme afortunada por lo tanto, de ser una de las elegidas para este proyecto. Antes tenía que sedarme, quedarme seminconsciente para inyectarme el fármaco milagroso. No me resistí, no planteaba ningún peligro a priori o al menos eso creí, inocente de mí. Perdí la consciencia totalmente. No sé cuánto tiempo estuve dormida, solamente que cuando desperté era de noche.

Estaba sola en la habitación, al intentar levantarme advertí que estaba atada, estaba aturdida, quería recordar qué había pasado pero no lo conseguí, tenía la mente en blanco. Me alteré ante la inmovilidad, vociferé llamando a las enfermeras, nadie parecía escucharme y mi impotencia crecía por momentos. No me estaba gustando ni un pelo aquella situación, no estaba allí para sufrir vejaciones, no lo iba a consentir, al fin y al cabo mi estancia era voluntaria y debía estar conforme.

Finalmente apareció una enfermera disculpándose por su tardanza, me preguntó cómo estaba y ante mis quejas por no entender la necesidad de las correas, intentó tranquilizarme aduciendo que eran por mi seguridad, que era lo que el doctor creyó más oportuno, mientras que al mismo tiempo me desataba para ir calmando mis suspicacias. En ese momento entró el médico, primero se interesó por mi estado anímico y seguidamente me comunicó que a partir de entonces esa sería mi habitación, puesto que contaba con las condiciones que requería el nuevo tratamiento, ya había ordenado el traslado de mis pertenencias. No me hizo gracia que no me lo hubiera consultado previamente, pero no tenía fuerzas para negarme. Se despidió y fue entonces cuando vi en el centro de la misma un pilar que me llamó la atención, me extrañó no haberme fijado al llegar pero no le di mayor importancia.

Esa noche tuve una pesadilla, en ella aparecía una persona a la que no había visto nunca que me pedía que confiara en él, que se encargaría de salvarnos a todos. Volví a ver el pilar que durante el día me había pasado inadvertido y que ahora reconocí inmediatamente. No alcanzaba a comprender cómo pero el sueño me estaba desvelando lo que había ocurrido y había olvidado. Era la compensación, lo que me abriría los ojos, mi mente había almacenado todas las sensaciones y gracias a esa inusitada vigilia, lo estaba descifrando. Por medio de un dispositivo electrónico me conectaron al pilar, me llenaron de electrodos por todas partes, yo lo miraba horrorizada y él sonreía, pero mi intuición me decía que estaba fingiendo, sus ojos me suplicaban que lo imitase, no sé porque me daba esa impresión. A partir de entonces salí de mi cuerpo, no podría explicarlo pero así era, me vi desde fuera y no era una mujer, era un hombre mayor, con el pelo canoso, estaba en una casa, en su despacho, con una mesa rodeada de papeles y estanterías llenas de libros. Podía saber lo que pensaba ese hombre, tenía su inteligencia, de repente oí que me preguntaban y cuando fui a contestar me di cuenta de que de mi boca salía una voz que no era la mía. No sé de qué estaba más sorprendida, de tener cuerpo de hombre, de acceder a su pensamiento o de que se convirtiera en palabras con una voz ajena. Estaba consternada, me resultaba difícil distinguir lo que era sueño o realidad puesto que todo lo vivía con una intensidad pasmosa. Estuvieron un buen rato haciéndome preguntas, mi mente elaboraba las respuestas sin ningún tipo de duda y las interpretaba sin dificultad.

Me desperté por la mañana y me fui a buscar a mi compañero, él era el único que me podría explicar que había sucedido el día anterior y no dejaría que me lo negara, él estaba igual de involucrado que yo, no podía esperar a saber qué tenía que decirme. ¿Pero cómo lo buscaba? Se me ocurrió ir al lugar de los hechos, pensé que debía ser su trabajo, aunque algo me decía que él había sido utilizado como yo. No me sorprendió verlo y él a mí tampoco, desde lejos me hizo señas para que lo siguiera, cuando lo alcancé abrió una puerta a nuestro lado y nos metimos en un vestidor.

Sabía que de alguna manera te enterarías -me dijo.

Vas a contármelo todo: qué hacemos aquí, qué quieren de nosotros... -le espeté.

Y me relató con todo tipo de detalles cuál era su cometido, le llamaban el Valedor, necesitaban a un individuo que fuera el vehículo, que hiciera de pantalla. El pilar disponía de una tecnología mediante la cual aplicada a un cerebro en blanco, cosa que se conseguía mediante el fármaco que me inyectaron, era capaz de transmitir la mente que eligieran del conejito de indias de turno. Aquellos médicos jugaban a ser Dios, al intervenir en el cerebro de las personas para alterar su personalidad, pero quién se resistía a leer la mente, era satisfacer una curiosidad malsana, alentada por una soberbia desmesurada. En resumidas cuentas, el invento del siglo era inhumano. Nadie más loco que el designado a devolver la cordura. Desde el momento que se ocultaban aquellas prácticas estaban admitiendo que no estaban autorizadas, y lo que sospeché se confirmó, la razón por la que era ilegal es que cada vez que sometían a alguien a dichas prácticas comportaba una disminución de neuronas, para que nos entendamos, los efectos en el paciente eran el equivalente al desfasado electroshock, donde los únicos que se beneficiaban eran los médicos, en su afán de investigar a costa de la salud de los enfermos.

Me aclamé a él y le pedí por favor que no tolerara que volviera a ocurrir, tal como me había dicho durante el sueño, me repitió esta vez cara a cara y de viva voz... Confía en mí. Y me inspiraba una especie de tranquilidad que no me costaba hacerlo. Mi única preocupación a partir de ese momento era salir de allí pero sabía que no me perdonaría abandonar a la gente que se encontraba en el mismo caso, solo quería llegar a tiempo.

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"No necesita salir quien no está dentro".

La puerta de emergencia se abre. Un celador avisa a los demás de que estoy aquí. Veo al enorme Laques aparecer y me entra el pánico. Me vienen sus golpes a la memoria, me duele el costado derecho otra vez. La mujer se aparta a un lado.

No dejes que vuelva a ocurrir -me dice, con sonrisa condescendiente.

Corro descalzo por el frío pasadizo sin ventanas hasta un fondo con una puerta igual que la anterior. Los celadores están fuertes, su velocidad es mayor que la mía. Oigo tras de mí unos gritos y por el rabillo del ojo veo que la mujer se ha puesto en medio y han tropezado con ella como en una película cómica antigua. Todos saben alguna cosa que yo no sé, o tienen respuestas a preguntas que ignoro. Todos creen que tengo el poder para cambiar algo. Todos me conocen. Pero yo no les recuerdo, ni a ellos ni al sueño de la mujer gris. Sin embargo, a cada minuto sé más cosas, todas inconexas, que parecen venir de un puzle hecho al azar. Encima de la segunda puerta un rótulo luminoso anuncia: Salida. Empujo al tiempo que las maldiciones de los hombres que me siguen me pasan por el lado como balas invisibles. Salgo.

Pero no. No puede ser.

Al salir, tengo ante mí un paisaje de tonos morados, rojos, granates y naranjas. No siento la gravedad bajo mis pies. No soy capaz de comprender dónde estoy, es una especie de nebulosa en la que floto, pero cada vez me siento más asustado al tiempo que algo me viene a la memoria, empiezo a recordar: un bosque de eucaliptos y pinos. Yo ya he estado aquí, o allí, en este lugar, mirando lo que ahora miro, esa bruma aterciopelada, la liviandad de mi peso, de mi persona, de mis pensamientos. La sensación de estar en un sueño sin estar en un sueño. Porque estoy despierto. Me giro para mirar y solo veo bosque, no hay puerta. Cierro los ojos e intento serenarme, el corazón late con dolorosa intensidad. Recuerdo olor a fijador para puzzle, abro los ojos. Un viejo con joroba y una sonrisa torcida me mira con la cabeza ladeada, como un perro curioso. Levanta su brazo izquierdo con dificultad y señala hacia adelante: "Sabes la solución. Te lo llevas diciendo a ti mismo todo el tiempo", dice. "¿El qué?" pregunto, pero antes que las palabras salgan de mi boca, al aspirar el viejo se esparce como nube de cenizas. Vuelvo a tocar el suelo, ya no floto, el paisaje se esclarece detrás de un flash blanco. Un enorme edificio medio abandonado y un cartel invadido por el musgo, medio caído que pone: "Cerrado", encima de otro que no necesito leer, sé que pone. Camino descalzo sobre las malas hierbas que se abren paso entre adoquines resbaladizos, la humedad es intensa. Nadie me persigue. ¿Qué es lo que decía el viejo, eso que yo me estoy repitiendo constantemente? Por alguna razón sé que debo volver a entrar, ahora que estoy fuera y con lo que he corrido para escapar, ahora debo volver a entrar. 


Habitación 6 (@Sr__Absurdo)

Al despertar, la boca aún me sabe a metal, sangre y antiséptico. Apenas puedo hacer un leve gesto para tragar saliva sin que los puntos me hagan sentir un punzante dolor en las encías. Después de mi segunda intentona por enmudecer, decidieron que arrancarme los dientes era la mejor opción para dejar de mutilarme la lengua.

Empecé a mordérmela cuando dejé de reconocer mi propia voz. Mis palabras no eran mías, mis pensamientos no me pertenecían y no soportaba ni un segundo más la sensación de que un desconocido me destripara por dentro. Ése no era yo, esas no eran mis palabras y ya no distinguía ficción de realidad.

Siempre tuve la sensación de que acabaría en un lugar así, rodeado de maníacos, perturbados, asesinos, psicópatas y otros seres incapaces de vivir en sociedad. Lo sabía, lo intuía... y este enclaustramiento era lo más parecido a una victoria para mí. Ya desde pequeño nada encajaba en mi particular mundo, el prisma de repulsión y desencanto con el que observaba a mis semejantes ya auguraban que acabaría con mis huesos en la cárcel o en un centro parecido a éste.

Y no me importa... Éste es mi lugar, esto es lo que merezco por no querer adaptarme a una sociedad que no me representa ni me pertenece: un mundo prefabricado y moldeado para seres "normales". Trabajos normales, amores normales, horarios normales, redes sociales normales, tradiciones normales, paisajes normales, guerras normales, hambruna normal... todo normal... todo establecido... sin nada que se salga de la plantilla ni que moleste a esos siete mil millones de muertos vivientes que deambulan por el mundo y que se devorarían unos a otros si la situación lo exigiera o si el "gran hermano" así lo decidiera.

Pero no reconocerme... no saber quién era... no distinguir mi propia voz, mis propias palabras, mis propios pensamientos... Para eso no estaba preparado ni quería estarlo. Si algo me ha salvado en estos años de existencia es tener la paz interior de que no pertenezco a nada ni a nadie, de que nunca me he doblegado por nadie ni por nada y que he seguido mi camino y mis convicciones a pesar de que me tacharan de loco.

¿Loco? ¿En serio yo era el loco? Esas personas que me llaman loco, entre otras cosas, se reúnen en templos con un tipo crucificado al que adoran y rezan para que les salve de la miseria que ellos mismos han instaurado... ¿y el loco era yo? Todos esos putos cuerdos que supuestamente están en la cima de la evolución de las especies están arrasando con todo y han hecho del horror y la muerte un negocio macabro. Quemar iglesias con sus borregos dentro o tomarme la libertad de degollar con mis propias manos a gentuza sin escrúpulos era lo mínimo que se merecían, y asumo con gusto mi perpetuidad en este lugar o en cualquier otro al que me hubieran enviado. De hecho, fue mi mi abogado quien me convenció para que alegara no sé qué tipo de patología mental para evitar la cárcel... Le di las gracias y la razón clavándole su propia pluma en la yugular.

A mí, personalmente, me resbala bastante estar aquí o allá. Al fin y al cabo eso era lo de menos, ya estaba preso allí fuera sin barrote alguno. Aquí solamente han acotado esa prisión un poco más. El cemento y el metal de mi alrededor a veces son más reconfortantes que el paisaje de resignación e hipocresía que antes respiraba con solo poner un pie en la calle.

Dicen que estoy loco... y hace unas semanas he empezado a creer que es posible que tengan razón, no por lo que hice allí afuera, sino porque el dolor de mi boca y la medicación no hacen que esos pensamientos cesen y sigo sin atreverme a pronunciar palabra por si continúo sin reconocer mi propia voz.

Antes la calma y el silencio de mi celda, sólo roto puntualmente por los gritos de otras celdas contiguas, me reconfortaba. Pero estas últimas semanas todo empezó a desmoronarse, el pilar que hay en el centro de la habitación empezó a emitir un zumbido insoportable, y esas luces parpadeantes de colores irrumpieron en mis añorados blancos y negros.

Pedí que me subieran la medicación, sólo quería dormir y hacer de esas cuatro paredes mi propio mundo. No salía nunca, no hablaba con nadie y no pretendía que eso cambiara, no lo necesitaba. Había pasado casi cuarenta años rodeado de gente insoportable, de un mundo insoportable al que no pertenecía... y estaba cansado, desquiciantemente cansado de no poder ser yo sin que a cada paso las miradas se clavaran en mí.

Aquel día no es más que un recuerdo turbio, flashes que vienen a mi memoria y después se desvanecen. Recuerdo escupir sangre a borbotones mezclada con pedazos de mi propia lengua mientras gritaba "no quiero que me salves, hijo de puta... no quiero que me salves". También recuerdo mi última charla con el doctor Monroy horas antes de aquella escena, suplicándole que doblara mi dosis de opiáceos, explicándole que las voces no me dejaban dormir y que aquellas luces me estaban volviendo loco. Petición a la cual hizo caso omiso con un escueto "más medicación no sería conveniente para usted ni para el estudio".

¿Qué no sería conveniente para mí...? ¿Qué estudio...?

"¡Maldito cerdo hijo de puta con bata blanca!" Le grité segundos antes de que dos celadores me llevaran de vuelta a mi celda.

Una vez allí los recuerdos vuelven a desvanecerse, sólo recuerdo esa voz diciéndome que no me preocupara, que iban a sacarme de allí pronto, que el valedor no tardaría en llegar. Una voz que salía de mi propia boca y que era incapaz de reconocer.

Sólo después del desgarro provocado por mis propios incisivos y el dolor de una lengua que sangraba piedad fui capaz de acallar a ese ser que bramaba desde mis propios adentros. Alguien se había adueñado de mí hasta el punto de sentirme otro, y yo no necesitaba que me salvaran de nada... ¿Salvarme? ¿Es qué acaso hay salvación cuando el mundo entero es una prisión?

Que salven a otro... que se salven ellos si es que pueden... yo quiero dormir, sólo dormir y morir aquí dentro sin que nada más suceda... dormir y no despertar... sumergirme en un sueño eterno y hacer de mi existencia algo inexistente...

¿Por qué demonios es tan complicado de entender...?

___________________________________________________________

Ya sé: "no necesita salir quien no está dentro", es eso. Sonrío, justo a tiempo de darme cuenta que se acerca a mí un hombre de mediana edad con ojos desorbitados, huele a sangre en conserva. Es una de mis apariciones, dirá algo y se esfumará. Le espero ya en la escalinata que sube al Sanatorio cerrado, donde se entra por una puerta giratoria. La aparición saca un cuchillo de debajo de su roída túnica antes limpia, veo su boca sin dientes, como si se los hubiera arrancado, y grita de forma difícilmente comprensible: "No quiero que me salves". Un pinchazo en el costado derecho, el hombre no se esfuma, el dolor incrementa. Muchas luces parpadean ante la visión que se cierra: magenta, burdeos, turquesa, aguamarina. Ni siquiera conocía que había un color con ese nombre. Y finalmente, blanco.

Blanco.

Blanco.

No necesita salir quien no está dentro. Duele. Huele a miel sin envasar. Alguien me mira. Por favor, no quiero que todo vuelva a empezar. Tengo la sensación de estar en un bucle infinito. Una mujer con el pelo rosa. La conozco, sé quién es. Un ruido, como un pitido agudo y molesto. Ella se va. Me levanto. Me mareo, apenas me tengo en pie. Estaba tumbado sobre una mesa de despacho. Palpo mi costado derecho, tengo un morado tapado toscamente con un papel, creí que me habían apuñalado. No estoy en mi celda, a parte de la mesa, se trata de una sala llena de frascos. Me quito el papel de la herida y veo que hay algo escrito: Busca tú número.

16, 16, 16... Los frascos se encuentran ordenados de forma no correlativa, al lado del 19 están el 7 y el 4, y hay diferentes botellines con cada número. Dentro, algo extraño se mezcla, un líquido que parece aire, pero posiblemente se deba a que sigo atontado después de haber perdido el conocimiento. Intento analizar las cosas: el Dr. Monroy diciéndome que soy la pieza clave, el pilar con sus luces y colores y el pitido sobre el color blanco, y todo lo sucedido hasta ahora, hasta el loco golpeándome el lado derecho. Me ha golpeado más veces. Marcha atrás. Desde que, cada vez que salgo y ese me golpea hasta el paciente once liberándome y llamándome el Valedor, y yo, ahora lo recuerdo, despertando cada vez en el mismo sitio y repitiendo las mismas preguntas. Creo que ya lo tengo.

Todavía estás aquí -olor a miel fresca. La chica del pelo rosa asoma su cabeza y su mirada desconcertada por la puerta del despacho-. Toma uno de los frascos con tu número y sígueme, tenemos poco tiempo.

¿Quién eres? -digo, y eso hace que ella sonría.

Me llamo Clara.


Habitación 15 (@_Marla_Sercob)

La locura es un camino de ida y vuelta. Y durante el mismo, debemos estar en constante movimiento porque quedarnos a vivir con ella supone no integrarnos en una sociedad que determina lo que separa a los locos de los que, a su modo, considera que no lo están. Pero tampoco debemos huir hacia una cordura continua ya que eso, estar cuerdo todo el tiempo, no sólo es un completo aburrimiento sino que además termina siendo la peor de las pobrezas.

Nadie debe saber quién soy, ni mucho menos el verdadero motivo de mi ingreso. Al menos, por ahora.

Mi único contacto con el exterior es mi editor y amigo Román Díez-Puértolas. Sólo él sabe dónde estoy y es el único que puede sacarme de aquí.

* * *

24 horas antes:

Clara, no me agrada en absoluto la idea de que quieras ingresar en ese lugar solo para conocer como es la locura de cerca. Puedes escribir tu siguiente novela sin necesidad de entrar ahí.

Mi querido amigo Román, no me va a pasar nada. Sabes que sé cuidarme muy bien sola.

Y eso es precisamente lo que me preocupa, Clara. No sé quien está más loco, si tú o esos con los que vas a estar. Además, los manicomios no me gustan.

Ya no se llaman así Román, ahora son hospitales psiquiátricos. Son como... casas de reposo.

Sí, sí Clara lo que tú digas, pero a mí sigue sin gustarme la idea.

Bueno, ya puedes volverte y mirar. ¡Voilá!, te presento a Rebeca Varela.

‒¡Por Dios Clara!, pero si no pareces tú.

De eso se trata querido.

Pero ¿era necesario qué desapareciera tu preciosa melena pelirroja por ese pelo color rosa?

Clara Castán ahora es Rebeca Varela. La loca del pelo rosa.

Al menos te sigo reconociendo por tus ojos verdes. Espero que cada vez que te visite y te mire, te siga viendo en ellos.

* * *

Son las cuatro de la tarde. Román ya se ha ido. Apenas nos han dejado despedirnos ya que nada más llegar y dar mis datos ha salido una enfermera a buscarme.

Pase, por favor, señorita Varela, enseguida la recibirá el Dr. Monroy.

Paso directamente al despacho del doctor. Lo sé porque hay un letrero en la puerta donde así lo indica. Se trata de una habitación grande y luminosa con un gran ventanal en la pared opuesta a la puerta. En el centro hay una mesa de caoba, con un ordenador, un teléfono y mi expediente. "Informe médico de Rebeca Varela". Un informe falso preparado por un amigo médico de Román. A partir de ahora, me guste o no, esa soy yo.

Sobre las paredes cuelgan varios diplomas enmarcados, fotografías, imagino del doctor, recibiendo premios. Otras, con colegas de la profesión en diferentes congresos médicos tal y como se puede apreciar en cada una de ellas.

En ese momento se abre la puerta y entra un hombre alto, de unos 67 años pero de cuerpo atlético que se hace notar pese a la bata blanca que lleva. El poco pelo que tiene es níveo y su mirada queda enmarcada por unas gafas de metal.

Sé que es una afirmación demasiado temprana y tajante por mi parte, pero hay algo en él que no me gusta.

Buenos días Srta. Varela, soy el Dr. Monroy. Siéntese, por favor.

Buenos días doctor. Gracias.

¿Sabe usted dónde se encuentra Rebeca?

Sí.

Y bien, dígame. No ha respondido a mi pregunta.

Sí he respondido doctor. Usted me ha preguntado si sé dónde me encuentro, no que le diga exactamente el lugar en el que estoy.

Yo soy el que decide como debo hacer las preguntas, no usted. Y ahora, por favor, responda.

En un manicomio, contesto contrariada y sin dejar de mirarle.

Ya no los llamamos así Rebeca. Ahora son hospitales psiquiátricos. No lo olvide. A qué se dedica usted Srta. Varela?

Soy investigadora.

¿Investigadora? -qué interesante, me dice mientras escribe algo en el informe.

En ese momento entra una enfermera algo gruesa, con una cara sonrojada y pelo negro recogido en un moño. Está algo nerviosa y habla deprisa.

Perdóneme doctor, pero se trata del paciente 16. Debe venir enseguida. Laques está con él.

Noto como al doctor se le cambia la expresión de la cara. Pasa de tener ese aspecto forzado de persona amable a una furia contenida. Sale del despacho a toda prisa sin decir nada, mientras me quedo allí sola sin saber qué hacer. A los pocos minutos regresa de nuevo la enfermera. Creo leer un nombre, algo así como Edora, en la tarjeta identificativa que lleva en el uniforme, pero apenas me da tiempo.

El doctor le pide disculpas, pero hoy no podrá continuar con la entrevista. Intentará verla mañana. Ahora si me acompaña por favor, le daré su nueva ropa.

¿Pero no puedo quedarme con mi propia ropa? -contesto rápidamente.

No, no puede. Aquí hay unas normas -me responde de forma tajante.

Y entonces, qué pasa con todas mis cosas?

Se quedarán en consigna a su nombre. Cuando venga algún familiar se las podrá llevar, eso será lo más fácil.

Lo más fácil será que me lo lleve yo misma cuando salga de aquí. -contesto de mala gana.

Sin prestarme ninguna atención, caminamos por un largo pasillo blanco, yo voy algo más atrás. Se para delante de una puerta que pone "Solo personal autorizado". Me mira de arriba abajo mientras me indica que no me mueva de ahí. Sale con dos prendas en la mano. Una camisa y un pantalón que en algún momento de su existencia debió tener otro color. Hoy es prácticamente blanco y con un fuerte olor a lejía.

Me indica que entre en la habitación de al lado para que me desvista y me ponga la nueva ropa. Pasa conmigo. No deja de mirarme mientras me desnudo y siento como invade mi propia intimidad. Cuando termino de vestirme con esa ropa que me queda extremadamente grande, me da una bolsa de plástico que arranca de un rollo para que guarde todo lo que me acabo de quitar.

Perdón, pero ¿dónde va a dejar la bolsa con mi ropa?.

Ya se lo he dicho antes. Ahora sígame, debe ir a la sala común con el resto.

Continuamos caminando por el mismo pasillo que antes y atravesamos una puerta de metal que se abre por control remoto. Imagino que hay alguien vigilando todos nuestros movimientos a través de las cámaras que hay por todos los corredores y al vernos, nos abre. Me vuelvo para mirar atrás y entonces me doy cuenta de cómo se queda al otro lado toda mi vida, mi mundo, mi verdadera identidad. Y a este otro, algo que ni yo misma imagino.

Dejo de pensar en todo eso y me centro en mi objetivo, que para eso estoy aquí. Llegamos hasta una puerta doble de color blanco con un cartel que pone "Sala Común". Me hace pasar y una vez que lo hago cierra tras de mí. Me quedo ahí de pie, mirando a mi alrededor sin saber muy bien donde detener mi mirada. La habitación es muy grande, con un techo de unos cinco metros de alto. Y solamente en una de las paredes hay ventanas. Están todas seguidas y muy altas. Tienen barrotes y están cubiertas con una malla metálica.

En el centro de la habitación hay una larga mesa de madera. Está llena de juegos esparcidos por todos lados. Incluso por el suelo.

Y comienzo a fijarme en las personas que comparten espacio conmigo. Me estremezco de tal manera que no sé si quedarme ahí quieta o seguir avanzando hacia la pared, como si irme hacia los extremos fuera a protegerme de todo aquello. Algunos están sentados en sillas, otros en sillones y nadie habla con nadie. Al menos en ese momento. Uno parece que me mira y solloza mientras no deja de frotarse las manos sin parar. Unas sillas más allá hay una muchacha joven, de cabello oscuro, parece bonita, pero tiene la mirada perdida y no deja de balancear su cuerpo hacia atrás y hacia delante.

Sigo avanzando con la mirada y algo más allá, en un rincón, veo a un hombre de espaldas como si hubiera sido castigado cara a la pared y justo en ese momento comienza a darse pequeños golpes contra la misma. Y allí no hay nadie para parar aquello. Yo no me atrevo. No debo aparentar que me doy cuenta de esas cosas.

En el otro lado de la estancia hay un grupo de personas que parecen a simple vista "normales". Están leyendo algún libro o revista, haciendo puzles o montañas de naipes y me parece estar viendo dos ambientes completamente diferenciados. Y en el medio de ambos, sin saber a cual pertenezco, yo.

Decido sentarme lo más alejada que puedo de todos. Necesito grabar en mi mente todas y cada una de las imágenes que observo, es la única manera que tengo de retenerlo todo ya que no me han permitido tener material para escribir. Supongo, que como en las películas, un simple bolígrafo puede resultar un arma en un momento dado.

Miro, observo y me fijo en cada rasgo de esas personas que en alguna vez tuvieron una vida. Y por fin caigo en la cuenta de que esto no es una sala de estar, como reza el cartel de la puerta, porque aquí no se está en ningún lado. Que puede que entre los rayos de sol por las ventanas pero que aquí siempre llueve por dentro. Porque aquí se vive, sí, pero en segunda fila. Con las heridas más abiertas y con la soledad más presente que en ningún otro lado.

Miro más allá de lo que se puede ver a simple vista y veo como algunas caras parece que ya no recuerdan nada. Imagino que prefieren tenerlo todo olvidado, borrado, como esas cartas mojadas con la tinta corrida que ya no se sabe lo que pone.

Definitivamente no es una sala de estar, es la sala de los abandonados. Y me doy cuenta, de que obligatoriamente de aquí se tiene que salir herido.

En ese momento, veo que hay alguien que sí me mira fijamente. Es un hombre de unos cuarenta años, pelo muy corto y negro, con algo de barba y una mirada profunda de color verde. Resulta atractivo, aunque me incomoda su insistente forma de mirarme. Comienza a andar y veo que viene hacia mí con una sonrisa enigmática. Me pongo nerviosa y no sé si debo gritar o salir corriendo de aquí, pero no hago nada. Espero que llegue hasta a mí, hay algo en él que me dice que confíe. Casi puede rozar su cara con la mía y como si supiera lo que iba a pasar unos segundos más tarde, se pone de rodillas con las manos detrás de la nuca justo en el mismo momento que entra uno de los celadores gritando:

¡De rodillas 16, con las manos en la nuca!

Cálmate Laques, ya lo estaba antes de que tú me lo ordenaras.

Maldito cabrón, esta vez vas a saber lo que es bueno. ¿Lo oís el resto?, vuestro Valedor lo va a pagar muy caro.

Al escuchar aquella palabra el resto de internos comienzan a alterarse, a ponerse nerviosos, a tirar las cosas por el suelo y a decir todos un nombre a destiempo que yo no alcanzo a entender su significado. El Valedor.

Él sigue a mis pies, y yo no me muevo ni un ápice. Una vez encadenado forcejea con el celador, Laques creo entender, y se acerca a propósito, un poco más a mí. Me susurra algo que no entiendo, excepto una sola palabra que me llena de temor. Dice mi verdadero nombre. Me llama Clara.

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"No necesita salir quien no está dentro."

Ella actúa como si supiera exactamente a donde ir, a su lado me siento un niño perdido huyendo de un monstruo que no ha visto. Conmigo, el frasco de contenido indescifrable con una etiqueta que dice: Paciente 16. Ese soy yo. Estaba en la habitación 16 cuando desperté. Un despertar de muchos, todos iguales, todos vacíos. Mi cabeza empieza a llenarse en un desorden absoluto; caen en ella, desde mucha altura, una serie de conocimientos e imágenes, como ya me pasaba antes, que no consigo ubicar. ¿Es así como aprenden los niños? Enganchado a la pared, un hombre con sobrepeso sonríe, huele a helado, a helado de esos ingleses y riendo dice: "no la pierdas de vista". Clara, con su pelo rosa siguiendo el ritmo de sus pasos acelerados, se mueve como si conociera el psiquiátrico perfectamente. Cuando miro atrás, el orondo ya no está. Antes de cada esquina Clara se detiene, ojea el pasillo siguiente y continúa. Pasamos cerca de la celda número 9, huele a perfume caro estropeado, enganchada al pequeño rectángulo de cristal que es la ventanilla, veo unos ojos desesperados. "Sálvame", dice moviendo los labios. Me detengo. He visto esos ojos antes. Ya lo creo, no tengo ninguna duda. Igual que sé que vi al chico que paseaba por el patio, a la mujer del pasillo, a la chica de los colores, al hombre que me desató y al que me golpeó en el costado derecho. Delante de la número 9 está la habitación número 12. Dentro veo a una mujer de ojos extremadamente claros, parece llevar aquí una eternidad y media ¿He pasado antes por este pasillo o no he salido nunca de él? La mujer también dice "Sálvanos" con los labios, noto una suave fragancia a agua de río. Uno no quería que lo salvara y me golpeó. ¿O consiguió así que entrara en el edificio? Me entra una especie de pánico escénico y me invade una sensación de vértigo que me impide seguir avanzando. Me apoyo en la pared, noto gotas de sudor por todos los poros de mi piel cansada.

Clara.

La chica se para y me mira con cara de "no tenemos tiempo", pero se da cuenta que respiro con dificultad. Tengo tantas imágenes ahora mismo que por unos momentos me parece ver cosas que creo que no han sucedido. Su olor a miel fresca aparece con fuerza entre el de agua de río y el de perfume caro estropeado cuando Clara se me acerca. Tantos olores me empalagan, eso no ayuda a que deje de estar mareado.

¿Por qué creen que yo voy a salvarles?

Se acerca tanto a mí que por un momento temo que va a besarme, y me doy cuenta que lo deseo, como si eso fuera a llevar silencio y tranquilidad a todo, a aclarar las ideas a juego con su nombre.

Porque todo vórtice tiene un eje. Mira el frasco.

Y al mirarlo con atención, el vértigo se multiplica. Blanco. Empieza el pitido. La chica de la habitación 9 grita, la de la 12, desaparece.

Durante unos instantes, en que el tiempo no cuenta, en que las emociones se desvanecen y me siento desnudo, me encuentro en el eje de un vórtice. Es una sensación curiosa. A mi alrededor todo parece desplazarse hacia un centro que se aleja. Las imágenes que han ido apareciendo hasta ahora, a medida que andaba por los pasillos, o que corría por ellos, a cada paciente que me he encontrado, a cada alucinación que he tenido con sus correspondientes olores, ahora se amontonan. Ya no siento mareo. He vivido esto otras veces y un recuerdo que pasea ante mí me informa que fue en la juventud, cuando tomaba drogas con asiduidad. ¿Es esto? No. Claro que no. Creo saber todo lo que no es y, sin embargo, sigo sin saber qué es. En parte es frustrante, supongo, pero me siento como si estuviera viendo el infinito y lo entendiera y entonces todo lo demás se convirtiera en algo tan pequeño que soy incapaz de percibirlo. Pero la vida no es tan sencilla, ¿cierto? No eres espectador de tu vida, no te sientas a ver pasar el futuro durante el presente para convertirlo en pasado, como licuadora del tiempo.

¡Vuelve!

Vuelvo. El espiral se achica y me aprisiona, escalo entre caras y sonidos hasta una salida y vuelvo. Clara está delante de mí. Respira y sonríe.

¿Lo has visto? -pregunta.

Tardo unos segundos en reponerme. La chica de la habitación 9 ha dejado de chillar, ya no hay el pitido. Los colores vuelven a empezar siguiendo su orden y es que, en realidad, incluso en el mayor Caos, todo tiene un orden.


Habitación 9 (@_vybra)

No sé si es de día o de noche, he perdido la cuenta de los segundos que llevaré aquí encerrada.

Vivo, aunque llamarlo vida es demasiado, regida por la rutina que supone ese maldito pitido y las visitas del doctor Monroy. Ni siquiera sé si ese es su nombre, lo único que sé con seguridad es que me encantaría desgarrar su cuello con mis dientes hasta que de su yugular se escapase, gota a gota y latido a latido, su vida.

Detesto todo de él. Su voz me produce jaqueca y el tono condescendiente con el que me habla hace que la ira se apodere por completo de mi cuerpo. Su olor es repugnante. La mezcla del aroma de los medicamentos con su sudor corporal me produce arcadas, que he conseguido controlar a fuerza de la costumbre diaria, y le sigo oliendo aunque haga horas de su visita a esta maldita celda acolchada en la que permanezco encerrada. Es un torturador, aunque él se identifique como médico. Todo en él es condena.

Al principio, sus visitas eran siempre por la mañana y al abrirse la puerta entraba con una enorme sonrisa y colocándose las gafas sobre su nariz y sus ojos de rata. Me hablaba en tono dulce buscando ganarse mi confianza, pero el roce de su mano sobre mis hombros conseguía exactamente el efecto contrario. Ponerme alerta.

Cinco días después, lo sé porque aún controlaba el tiempo, sus visitas pasaron a la tarde. Exactamente 2 horas y 13 minutos después de la comida. Eso no fue lo único que cambió y, al abrirse la celda, sus ojos ya vigilaban inquisitivos bajo las gafas y parecían más preocupados en mirar sus anotaciones en la libreta que a mí. No se acerca, se sienta a unos dos metros de mí y, aun así, su pestilente olor me atrapa entrando por mi nariz y envenenando hasta mis entrañas.

Otros cinco días y cambia de nuevo la rutina, empezando a visitarme a horas distintas, con actitudes dispares y adoptando posturas diferentes. Pero, siempre, acompañado de una sombra grotesca que permanece en la puerta vigilando no sé realmente qué, ya que yo siempre estoy atada y nada puedo hacer. Ni escaparme ni asesinarlo.

La puerta. Ya llega. El sonido metálico de la llave es para mí la señal inequívoca que me indica que el doctor Monroy ya está aquí. Por debajo de la puerta, el único espacio sin proteger de toda la celda, su olor va tomando posesión del oxígeno convirtiéndolo en irrespirable, pero, aun así, necesario para vivir.

Hola, paciente 9. ¿Cómo se encuentra?

Mi intención siempre es resistirme y no responder salvo que me llame por mi nombre. Jamás lo ha hecho, ni una sola vez, y por ello, ahora siempre juego a fruncir el ceño y mirar hacia otro lado. Porque sé cuánto le molesta no ser tan temido, o respetado, como para que las respuestas salgan de mis labios segundos después de escaparse las preguntas de los suyos. Acabaré respondiendo, lo sé, pero confieso que esos escasos minutos que dedica a intentar convencerme de que he de acatar sus normas, a mí, me saben a victoria.

Creo que no será necesario volver a explicarle las normas. ¿Me va a obligar a hacerla colaborar? Son solo unas preguntas. A nadie puede hacerle daño responderlas.

Me escabullo, para adoptar mi postura en el rincón de la celda, y tras abrazar mis rodillas le sonrío. Detesta mi sonrisa, lo sé, tanto como yo le detesto a él.

Empezamos. Las preguntas salen de su boca y las respondo de manera mecánica. Son siempre las mismas. No entiendo en qué puede ayudarme responder cada día lo mismo, aunque tampoco sé para qué necesito ayuda o por qué estoy aquí.

1, 2, 3... y así hasta 23 preguntas con 23 respuestas; calor, dolor en la nuca, sombras, azul... lo mismo, cada día, o a saber si son varias veces al día. Lo mismo.

Se levanta, satisfecho, y, sin olvidar posar sus manos sobre mis hombros, se aleja abandonando la habitación, no sin previamente, antes de cruzar la puerta, clavar de soslayo sus ojos sobre mí y dedicarme su malévola sonrisa. El maquiavélico Monroy se va, permanece su olor.

El silencio lo inunda todo, por fin, y me levanto deprisa para acercarme al minúsculo espacio de la escasa ventana de la puerta para respirar y verla, en la celda que se encuentra frente a la mía, para asegurarme de que sigue allí. No sé quién es, no sé su nombre ni cuánto lleva aquí, pero sus ojos intensamente claros son el único contacto con la realidad que tengo. Sus ojos y sus labios susurrándome un "sálvame", antes de volver a desaparecer en su celda. Son solo unos segundos, tan solo unos segundos que sirven para que ambas conservemos la esperanza. Pero no sé en qué.

De repente, de nuevo, ese pitido. Creo que proviene del pilar situado en el centro de la celda, pero se escucha por todas las paredes, así que no puedo estar segura. Tras ese pitido intenso, las imágenes se agolpan en mi cabeza como si de una película se tratase. No sé si el pitido las genera, porque provienen de mi cabeza, pero siempre me veo a mí misma y mis movimientos precisos y metódicos asesinando a gente. Siempre el mismo escenario y la misma protagonista, pero nunca repiten los actores secundarios.

Mis manos son largas y delicadas, pero cortan con decisión los párpados de las personas que están tumbadas, y atadas, sobre una preciosa mesa de acero inoxidable. Tras eso, voy cortando una a una las puntas de sus dedos o, en ocasiones, me decanto por los dientes como siguiente paso de mi ritual, que no se detiene hasta que mi víctima fallece. Disfruto, sin duda, llevándoles hasta el desmayo por el dolor y permitiendo que descansen lo justo para volver a empezar.

Acero inoxidable... Debe fascinarme el color plateado, ya que todo lo que veo en esa habitación es de ese color. Plata y rojo de su sangre, sublime combinación.

El pitido ha cesado y las imágenes también. Como cada día, me esfuerzo en saber si son reales o no, porque cuando el pitido no suena recuerdo a una chica muy distinta a la que veo.

Céntrate, por favor, céntrate. Y esas palabras bastan para que acudan de nuevo a mi cabeza imágenes de una chica que toca el violín a todas horas y parece disfrutar más de tallar la madera que de arrancar las uñas a un chico joven o clavar agujas ardiendo por todo el cuerpo a una preciosa rubia de ojos verdes.

Esa chica, la que no existe con el pitido, devora mandarinas a todas horas y parece que por sus venas no corre sangre, sino notas musicales, baila, incluso sin música y parece tan dulce que no la veo capaz de dañar a nadie. Pero no sé cuál es la real. No sé quién soy, si la chica dulce o la asesina sin compasión.

Miro mis manos, siempre miro mis manos, ya que en ellas está la única verdad que conozco. La única de la que no dudo. Siguen aquí, empezando por la base del dedo índice y llegando hasta mi muñeca, tatuadas las diferentes fases de la luna. Soy yo, ambas chicas soy yo y no sé cuál es mi verdad y cuál es mi mentira. Mía o del doctor Monroy.

El pitido, de nuevo. Me encuentro en la misma habitación quirúrgica de siempre y los ojos aterrados de un joven de unos 20 años piden clemencia mientras mis lunares manos van llenado su pecho con cortes pequeños y poco profundos hechos con un bisturí y con la única intención de desangrarlo poco a poco, sin que llegue a morir.

El pitido cesa, mis manos siguen aquí. ¿Quién soy yo? ¿Cuál de las dos personas realmente soy yo? No sé la respuesta.

Su olor... de nuevo está aquí. La puerta se abre y yo vuelvo a mi rincón a abrazar mi menudo cuerpo como si así pudiera protegerme. Pero, ahora, yo hablo primero.

Monroy, ¿es de día o de noche?

No responde.

¿Es un nuevo día o el mismo?

Silencio.

¿Quién soy?

Se sienta.

¿Qué es ese pitido?

Ojea su cuaderno.

¿Qué es el pilar del centro de la celda?

Sonríe.

Hola, paciente número 9. ¿Cómo se encuentra?

Suspiro, resignada. No obtendré respuesta y el proceso de 23 preguntas da comienzo, de nuevo y sin tregua, seguidas de mis 23 habituales respuestas; calor, dolor en la nuca, sombras, azul... Y así hasta que sus manos vuelven a posarse en mis hombros como único contacto y su sonrisa burlona de despedida antes de cerrar la puerta.

Tras su marcha, me veo jugando al ajedrez contra unas manos menudas que me vencen y abrazando, con firme dulzura, a un señor con sombrero que tiene el cabello canoso lleno de esquirlas de madera.

Pitido intenso y la sangre llena mis manos sin lograr ocultar las lunas, mientras estas perforan con brocas las piernas de una cuarentona que no deja de gritar.

Ha cesado, pero sigo sin saber quién soy y acudo desesperada a la puerta en busca de sus verdes ojos. No están, no me rescatan y ahora soy yo la que pega sus labios a la ventanilla para susurrar un solitario "sálvame".

___________________________________________________________

"No necesita salir quien no está dentro."

Tengo el frasco en la mano. Tan pequeño. El olor a miel fresca de Clara se difumina unos instantes mientras me pongo en pie, hay un joven apoyado al lado de la puerta 9, parece sacado de una película de los sesenta, huele a cesta de mimbre. "A veces es mejor no entender nada, ¿verdad?", y da una calada a un cigarrillo que le consume. Ya de pie, miro a la chica que susurra un solitario "Sálvame". Pongo la mano en la ventana y ella pone la suya. La he visto en el vórtice, he sido ella sin serlo. He escuchado sus 23 respuestas a las 23 preguntas de Monroy, he mirado partes de su vida como quien mira una película que no le hace llorar ni le hace reír pero le cala como la humedad de la niebla en otoño. Ella es la resistencia.

Magenta, magenta, turquesa, burdeos, burdeos, burdeos, aguamarina, magenta, magenta, turquesa, burdeos, burdeos. Doce colores antes del blanco. Puedes llamarle turuqesa o puedes llamarle azul. Si no quieres que todos entiendan de qué estás hablando, basta con cambiar la percepción de quien quien quieres que te escuche. El blanco es el final del ciclo, como la aguja de un disco de vinilo que, al terminar todas las canciones, se queda repitiendo un sonido vacío, esperando a que unos dedos la levanten y vuelvan a colocarla en su sitio. Miro la habitación 12, donde vuelve a estar la mujer, ya mayor, o más mayor de lo que en realidad es, envejecida por algo que la persigue.

¿Lo has visto? -vuelve a preguntar Clara.

Tú color es magenta. Puedes llamarlo rosa, pero es magenta.

Ella no responde. Le doy el frasco, ya no lo quiero. En el fondo, una parte de mí no lo ha querido nunca, pero ahí está. He empezado a percibir lo que sucede, he comenzado a ordenar el Caos.

No le digo a Clara lo que he visto, ni se lo he dicho a la paciente de la habitación 9 pero creo que lo sabe. Camino con paso decidido, es solo presunción, en realidad no tengo nada decidido, e ignoro al manco que huele a molusco de hace unos días y que intenta decirme algo. Sigo la dirección que me desvía de pasillo con un cartel que anuncia "Oficinas". Siempre son más las cosas que uno desconoce que no las que conoce y lo jodido de descubrir algo es que en vez de cerrar la duda y callarse, abre muchas más. Yo todavía no sé nada del cierto, pero en mi cabeza mareada y llena de vértigos han ido juntándose una serie de ideas y ahora se pelean entre ellas para ordenarse. No tengo autoridad para pedirles que se estén quietas, no obedecerían. Sin darme cuenta, con la cabeza desconectada de mis pies, me encuentro en un rellano. Delante tengo unas escaleras hasta la planta baja. Hay un celador haciendo guardia. Me quedo escondido. De una puerta blanca como las nuestras pero donde se informa con letras de imprenta que es la Dirección, sale la enfermera Edora acompañando a una chica que parece la vulnerabilidad personificada, tan frágil que puede romperse en cualquier momento, con un aliento. Estando a su lado, el olor de la enfermera sigue siendo a yogur de cerezas, pero caducado. Ella desprende aroma a cinta de embalaje.

Hoy el Dr. Monroy no puede verte, pequeña -dice la enfermera con un tono que no sé distinguir si es de burla o de empatía-. Ya has visto que otro asunto urgente lo reclama, seguramente mañana podrá retomar sus sesiones personales contigo.

Un celador se acerca a ellas y toma del brazo a la chica delicada, que no ha apartado la vista del suelo. Edora ordena que la devuelvan a la celda 22. Y entonces la chica levanta la vista y mira hacia mí provocando que todos lo hagan. Me escondo.

No he dejado de hacerlo -dice en voz alta.

Veo sus ojos, y el dolor que muestran es tan profundo que a mí se me pasa todo. Ya sé qué he visto, ya entiendo el vórtice.


Habitación 22 (@silencioenletra)

Aún no existe algún diagnóstico, Dr. Monroy.

Recuerdo escuchar esa voz, esas mismas palabras con anterioridad y sabía lo que vendría después.

Déjeme solo con ella, si necesito algo ya la llamaré, ah y dígale a ese bribón de Laques que se mantenga lejos de la puerta, después hablaré con el de lo ocurrido la última vez.

Mi cuerpo no dejaba de temblar, comienza el balanceo adelante, atrás, adelante, atrás era esa sensación de siempre, el no poder parar, sin voz, el ver una vez más todo en blanco y negro, tratar de gritar y no poder, empezar a sentir como su tosca y sudorosa mano se posaba entre mis piernas.

Y dime, ¿Volvemos a recordar lo que pasó? Me dirás una vez más qué fue lo que te hizo tu padrastro, e imaginarás que soy él, todo esto siempre será en mejora de tu tratamiento y recuerda, nadie debe de saber esto -dijo mientras su sucio dedo entraba una y otra vez en mí.

No sabía bien que era lo que pasaba, o lo sabía perfectamente, qué más daba ya, solo pensaba que ese hombre hacía lo mismo que mi padre y que muchos hombres más, ¡MALDITO SILENCIO! No tenía voz, la perdí a los siete años al igual que la sonrisa, recuerdo a mi madre siempre diciendo que mi risa podría despertar a La bella durmiente, que no necesitaría de ningún príncipe que la salvase. "Ríe siempre mi niña", decía.

Qué triste debe estar mi madre al saber que no pude despertar a aquella princesa que al final tuvo que vivir con el príncipe que solo la quería para follar cuando llegaba borracho a su gran castillo, y así pensando en lo que me decía mi madre, sonreía mientras mis brazos llenos de morados trataban de evitar que ese hombre al que quería con mi vida abusara de mí, qué sabría yo de cariño y amor si pensaba que lo que él hacía estaba bien, si en cada borrachera sus amigos llegaban a mi habitación y me poseían como si fuese una muñeca de trapo, uno tras otro hasta dejarme inconsciente llena de semen y de sangre que era por lo único que sentía que estaba viva, maldita dulzura la mía al pensar que esa era una manera de recibir amor.

Con el tiempo no sólo perdí la voz, mis ojos verdes cambiaron todo su color y me hicieron ver todo en blanco y negro. Sí como esas películas en las que todos reían y tenían un final feliz.

El Doctor Monroy seguía encima y yo solo trataba de recordar las palabras de mi madre:

Ríe siempre, mi niña

Una pequeña luz entraba por la persiana alumbrando mi pecho, y entonces vi que estaba ahí un numero 22 tatuado en mi piel ¿¡Quién puso ese número en mi piel!? Tenía demasiadas cosas en la cabeza como para pensar en eso, ¡Grita, haz que pare! Me lastima demasiado como para poder gritar, solo estoy deseando que esto acabe y a la vez no, es mi absurda manera de sentirme querida.

Las voces de mi cabeza no paran de hablar, dicen que eso no es amor, ¡qué van a saber ellas! Si es la única manera en la que me lo demuestran.

¡Ponte de espaldas! me grita, y siento como entra y sale de mí dándome con el puño en la espalda, y yo antes de cerrar los ojos para no sentir ya más ese dolor puedo ver un pilar, lleno de luz y una voz, esa voz, la del hombre a los que todos llaman "El valedor"

Tranquila, no dejes de respirar, pequeña.

___________________________________________________________

"No necesita salir quien no está dentro."

La mujer ha hecho una señal al celador de la puerta para que vaya a mirar donde yo me escondo. Se han llevado a la chica hasta el ascensor. El hombre, robusto como los demás, olor a champú para niños, rodea la columna que hay entre la escalera y el pasillo del que vengo, al principio del rellano. Demasiadas personas, demasiados olores, una sensación de asfixia y el miedo a ser descubierto lo cubren todo. A penas puedo respirar. Me ahogo. Abro la boca como un pez fuera del agua, el aire no llega. Siento que perderé en breve el conocimiento. Una voz rota me pide: "No dejes de respirar". Llega un sonido metálico.

¿Le habéis encontrado? -dice la voz del Dr. Monroy.

Noto la presión de la falta de aire en el cerebro, las imágenes luchan por escapar como cientos de personas encerradas en un habitación llena de humo. No sé de dónde viene el fuego.

Todavía no, doctor pero... -responde Edora por un transmisor en su mano.

Me da la sensación de que aquí el único que entiende la magnitud de lo que está pasando soy yo, coño. Sobre todo que no salga nadie más de sus celdas, con que los de la 15, la 6 y la 7 estén sueltos ya tenemos suficiente. Intentad que vuelvan. Esto está empezando a ponerme nervioso. Subid arriba y vigilad a los demás, quizá tengamos que tomar medidas, ese idiota lo echará todo a perder. Ahora que ya lo tenía controlado, joder.

El celador se retira, Edora se marcha. El aire vuelve. Estoy solo. Respiro con profundidad y de repente los ojos llenos de dolor de la chica parecen ser los míos y siento tanto que me echo las manos a la cabeza para mitigar las punzadas insoportables. Pasan unos segundos, todas las emociones potenciadas al máximo, como si alguien tuviera el poder de regularlas y ahora disfrutara de un sadismo atroz viéndome sufrir. Olor a zapatos nuevos. El dolor se calma. Una niña vestida de domingo me sonríe. "Ven" me dice tomándome de la mano. "Ven, ya casi tienes las respuestas, como Leo." ¿Leo? El que paseaba en el patio. El nombre que pronunciaba la chica de la habitación 13 al final. La chiquilla me conduce hasta la puerta de la habitación 23, y después de llamar como una buena niña, se esfuma.

Me encuentro ante una puerta igual que todas. Tiene un número grande de color rojo bajo el cristalito a través del que se ve el interior. El 23. Durante unos instantes espero. La chiquilla ha llamado y yo espero. El pasillo está totalmente desierto y por unos instantes el silencio es tan enorme que da la sensación que estoy solo en el mundo. Y además, no percibo ningún olor. Al ver que tardan tanto en abrir, quien sea que haya dentro, me pongo nervioso. Aparecerán los celadores, como perros guardianes al acecho del ladrón que ha burlado las alarmas, salivando, sin ladrar, porque los perros más peligrosos son los que no ladran, lo sabe todo el mundo. El mundo que se ha ido y me ha dejado como único inquilino. De una forma más inquietante todavía, las imágenes y pensamientos han callado también. O susurran, muy bajito, expectantes, el murmullo de un teatro cuando se apagan las luces y se abre el telón. Mi respiración se vuelve plana y tranquila, apenas la percibo. Observo mis pies, los talones se levantan en un gesto infantil de impaciencia, me siento raro dentro de mi propio cuerpo: somos seres que han evolucionado hasta una forma burda y casi abstracta, con las extremidades superiores y los dedos como extremidades más allá, esa parte tan poco atractiva que son los pies sosteniendo el equilibrio precario de una serie de huesos en serie que acaban en una bola deforme donde guardamos lo que lo hace funcionar todo. Y no sé por qué pienso eso, pero al hacerlo me siento como el centro de una especie de universo que se expande a cada uno de mis pensamientos, como olas concéntricas, y a medida que su perímetro aumenta, modifica todo lo que la envuelve, me siento como un ser poderoso que lo cambia todo con su pensamiento o, no, más bien un ser que actúa como una antena de radio, recogiendo, emitiendo, transmitiendo... Oh, joder. La puerta de la 23 se abre. Huele a leña aún verde y húmeda.


Habitación 23 (@distoppia)

Sé que me acusan de insensible, de apática, de loca. Dicen que no hablo por pura soberbia y que callo siempre por puro orgullo. Les irrita mi presencia, esta capacidad mía para estar y no estar a un mismo tiempo.

Me trajeron aquí hace unos meses, no sé cuántos ya. Repetían sin cesar que lo hacían por mi bien, pero mucho me temo que el bien era sólo el suyo propio. Esto es un manicomio, un sitio para locos, aunque no quieran decirlo.

"No te encojas de hombros, Laura, el Doctor Monroy puede ayudarte, es el mejor especialista en su campo". Yo los miraba con los ojos llenos de inercia y no recordaba haber pedido socorro de manera alguna, ni en mis sueños, ni en su realidad. "Van a cuidar de ti y a sacar todo tu potencial".

Cuando en mi familia descubrimos lo que yo era capaz de hacer, me prohibieron sacar beneficio de ello, pero no quiero faltar a la verdad: siempre lo he hecho. De manera comedida y sin perjudicar a nadie. Me llevaron a una romería de psicólogos, psiquiatras, expertos. Ninguno de ellos comprendía cómo podía yo soñar los recuerdos de otras personas. El doctor Roberto Montes, incluso, negó la mayor y dijo que yo lo inventaba todo. A mí eso no me ha gustado nunca, porque yo no sé mentir. Quizá no lo entiendan: yo no necesito mentir. Por eso al día siguiente, en la propia consulta, le pedí al doctor que me recetara pastillas para dormir, de las más fuertes, para que me impidieran soñar por las noches. Se negó al principio, con una sonrisa asquerosa, pero yo le dije que, como favor personal, no le contaría a Betsy, su mujer, lo mucho y muy bien que había follado con Alivia en aquella habitación del hotel Best Western de la calle Almond durante el pasado otoño. Ya no hubo risas. Cambió de opinión respecto a mí y ni siquiera tuve que pasar por el trago de mirarle a los ojos. Estuve concentrada en el libro que llevaba en mis rodillas durante toda la sesión.

A mí nadie puede tocarme los libros, porque grito. Cuando al llegar aquí el primer día, la enfermera intentó quitarme el libro que abrazaba para poder hacerme un examen médico, grité tanto que incité a otros pacientes, en otras salas, a gritar conmigo durante horas. Creo que todos queríamos decir más o menos lo mismo. Necesito leer como quien necesita respirar: para no morir un poco y, si me separo de mis libros, siento frío por dentro. Así funciona, debo tener la imaginación al rojo vivo durante todo el día.

Es verdad que tengo privilegios que han sido negados a otros pacientes. Me dejan, por ejemplo, leer a todas horas. Me siento más libre que los demás. Al menos tengo eso. Sólo necesito nombrar uno y la señorita Edora aparece con el título mencionado. La única condición es dormir al menos 8 horas al día en una cama extraña, llena de cables y tubos, pero dormir por mí misma, nada de química, sin pastillas. Quieren que sueñe, ya saben lo que eso significa.

Hace cuatro años empezaron los problemas. Mi madre decidió buscar ayuda una madrugada del mes de abril. Entré a su habitación llorando, con la cara ensangrentada, pidiéndole que me despertara. Creía estar soñando, pero aquella noche nunca había empezado a dormir. Seguía perdida en mi inabarcable imaginación, creyendo que todo lo que veía mientras miraba la pared blanca formaba parte de un sueño. Autolesionarme siempre me ayudó a distinguir la realidad de la ficción, pero algo tan sencillo, hace tiempo que dejó de funcionar. El Doctor Monroy ha dicho que he empeorado y que eso, en parte, les hace felices, porque ahora mi cerebro es capaz de soñar recuerdos de otras personas incluso cuando estoy despierta.

Soy consciente de todas estas cosas, no me he vuelto más loca que cualquiera, pero ya no soy capaz de controlar mi cerebro y le he dado la libertad que llevaba años exigiendo. Ahora escribo en las paredes de esta habitación inmaculada cualquier cosa que quiero recordar. U olvidar. Ya no sé. Me traen, al empezar el día, una caja metálica con diez lapiceros perfectamente afilados y folios en blanco para que escriba lo que recuerdo haber soñado. Escribo, en parte, porque me frena la vorágine de ideas, pero ya no puedo decir si lo he escrito despierta o dormida. Lo sé porque ayer leí unos recuerdos anotados con una caligrafía escrupulosa, que reconocí como mía al instante, pero no sabría decir si son recuerdos de un sueño o forman parte del sueño al recordar la realidad.

Hay un pilar, que da sentido a la habitación, es blanco y tiene luces brillantes de colores. No es casualidad. Pocas cosas lo son aquí. El turquesa, el burdeos y el blanco otra vez. Sólo tengo que apretar uno de los botones en la pared y aparece la combinación de luces que yo quiera. Me ayuda a relajar la mente, mientras los doctores buscan patrones en mi conducta. Quieren enseñar a otros a pensar como yo, como si pudieran. He oído hablar y he recordado cosas horribles por las que les han hecho pasar. ¿No entienden Quieren que me comunique con ellos, que hable. Pero no arrancarán ellos de mí palabra alguna. Silencio como forma de vida.

Apenas hablo con los otros pacientes, porque no lo necesito y es un trámite repugnante. Ya he visto todas sus vidas, ya conozco todos los problemas que les preocupan, todo lo que añoran y todo lo que les hace sentir bien. Incluso lo que no recuerdan. ¿Para qué escucharlos hablar, si puedo conocer su historia de primera mano, sin salir de mi mente? Casi ninguno me resulta interesante, sólo uno, el Valedor. Me da pena su historia. Sé que antes o después vendrá a verme y tendrá millones de preguntas que hacer. Solo espero que, cuando venga, sea consciente de estar despierta.

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"No necesita salir quien no está dentro."

Toda la habitación está llena de escritos, hay papeles con apuntes desordenados por el suelo, escritos en las paredes acolchadas, con diferentes caligrafías y tamaños, incluso el pilar del centro está casi completo de palabras y frases. La chica que me ha abierto es de edad indefinida, más bien joven, pero en sus ojos parece haber mil vidas anteriores y posteriores, como un punto de inflexión en la eternidad. No sé si está triste o contenta o enfadada o avergonzada u orgullosa o temerosa. De hecho, al mirarla, un escalofrío recorre ese cuerpo que siento extraño y por unos instantes me veo de nuevo en el vórtice en el que caí cuando miraba ese frasco de cristal. Ella me da la espalda y vuelvo a la realidad, si es que he estado en ella en algún momento, pues ahora lo dudo y al dudarlo ahora, me doy cuenta que lo he dudado todo el rato, desde que desperté en esa habitación blanca, atado. Me fijo en que ella lleva un libro en la mano derecha y usa el dedo índice de punto. Sin decir nada, se sienta en un rincón y se pone a leer. Miro las paredes y empiezo a leer: "no puedo adivinar cuánto tiempo llevo aquí recluido", "mi mente está abotagada por tanta medicación" (en caligrafia elegante de alguien mayor); "solo estoy pasando por un mal momento", "no quiero estar sola" (en letra desesperada); "así estoy a salvo, nadie me ve", "me gustaría aprender a no evitar su mirada" (con trazo inseguro); "existen lagunas mentales que quieren encharcar cualquier esfuerzo que hago por recordar", "nunca he tenido alucinaciones" (escrito con manos fuertes); "estoy aquí voluntariamente, ¿por qué no me consultan nada?", "entenderé mi mente si me sumerjo en la de los demás" (con marcado signo de falsa soberbia); "maníacos, perturbados, asesinos, psicópatas...", "ya no distingo mi propia voz, mis palabras, mis sentimientos" (escrito desordenado y agresivo); "¿dónde de estar la bolsa con mi ropa?", "he de grabar en mi mente cada una de las imágenes que observo" (con estudiado delineo de control); "voy a resistir, no responderé", "no soy yo quien asesina a esa gente, ¿o sí?" (esto en letra cerrada y rápida); "¿Por qué no puedo gritar?", "esa no es la única manera de recibir amor" (trazo tembloroso). Y estos estilos de escritura se repiten como patrones confusos en toda la habitación y todos los papeles.

- ¿Qué es todo esto?

De repente la chica me mira y antes de decir nada, se golpea con el libro en una pierna, suelta un gemido de dolor y entonces se levanta.

Necesito saber que estoy despierta -dice y cambia de tema- ¿No reconoces nada?

Sigo leyendo. Hay veces que son párrafos enteros, otras solamente un par de palabras. En letra más grande, en la que reconozco mi escritura torpe, leo, repetido en diferentes sitios: "No necesita salir quien no está dentro". Es mi pensamiento continuo, la frase que se repite en mi cabeza. La miro y entiende por mi cara que no acabo de saber de qué va todo. Me cuenta su historia, puede ver los recuerdos de los demás, los sueña. La conectan al pilar y la monitorizan.

Entonces me doy cuenta que ya tengo la respuesta. Me acerco al aparato blanco del centro de la habitación con su cadena de luces que se encienden y se apagan. A través de él prueban de controlarla, es el elemento que hace que los sueños de otros 11 pacientes le lleguen. Ellos intentan elegir de quien ver los recuerdos, los monitorizan y juegan con ellos. El pitido, el blanco, debe de ser cuando toca una descarga de recuerdos o cuando se emite una señal que los activa. Todas esas imágenes sin concierto en mi pobre cerebro dañado. Por eso la conexión entre todos, por eso el mensaje común.

Pero... ¿y yo? -le pregunto.

La chica se pone en su rincón al oírse un ruido metálico. Tras de mí, el Dr. Monroy, Edora y dos celadores, Laques entre ellos, entran en la Habitación 23 y cierran la puerta.

Blanco. Los cuatro personajes se distribuyen alrededor de nosotros de forma estratégica: el celador cuyo nombre desconozco, olor a chocolate blanco, se sitúa al fondo; Laques, oliendo a melocotón bañado en vino tinto, en la puerta, cerca de mí. El Dr. Monroy, olor a madera, lo hace en uno de los lados y la enfermera Edora y su fragancia agria a yogur de cerezas en el lado opuesto, formando un rombo que nos aprisiona en una habitación ya de por sí muy pequeña, tanto que el celador más lejano a mí está a apenas dos metros. Demasiados olores. La chica de la habitación se mantiene apartada en un rincón, con su libro entre las manos y paseando su mirada de uno a otro, nerviosa. El psiquiatra, se acerca al pilar del centro y pasa dos dedos largos y delgados por él, lo acaricia. Carraspea y se coloca bien las grandes gafas metálicas antes de mirarme.

Tenía la esperanza que contigo podría acabar mi trabajo, 16. Había puesto en ti muchas ilusiones y una gran cantidad de esfuerzo.

¿El mismo esfuerzo que para violar a la chica de la habitación 22? - me ha salido la pregunta disparada, como si no fuera mía y mi cuerpo la rechazara.

He tenido que potenciar los miedos de algunos pacientes para poder avanzar. Era necesario.

¿El mismo esfuerzo que para provocar alucinaciones en Leo y hacerle creer que es un asesino, para hacer que el chiflado de la habitación seis se arrancara los dientes y la lengua, para que esa chica hablara sola, para que la otra no sepa si es una psicópata o alguien sano, para que el viejo crea que alucina, para que alguien se pase horas mirando lo mismo para evitar pensar en nada?

La cuestión, Dieciséis, es que toda esta gente ya estaba perdida antes. Ellos, al igual que tú, se ofrecieron voluntarios para venir aquí. Nadie entró a la fuerza. Algunos fueron traídos por familiares o vinieron ellos mismos, asustados. Son mentes enfermas, dañadas, rotas. Menos una, pero lo estará pronto. La conoces, se llama Clara y ha sido divertido ir enloqueciéndola. Pero tú quieres estropear todo, todo lo que empezó con la paciente de la habitación número 12. Te has creído de verdad que eres su ilusión, porque nunca has dejado de vivir en una.

Pero esto es un psiquiátrico, no un laboratorio y... -me acuerdo de mis salidas al exterior y del cartel- y está... Está cerrado. ¿Cómo pudimos venir voluntariamente a un sitio cerrado?

Monroy pasa su mano por las luces que parpadean, por las doce repeticiones de colores.

¿Cerrado? ¿Estás seguro que no es un sueño?

Hace tiempo que no sueño nada, desde que estoy aquí.

Monroy sonríe. No es una sonrisa horrible o despótica, no es la sonrisa de quien tiene el control ni de quien lo ha perdido. Es como si en el fondo llevara tiempo esperando esta conversación y se siento satisfecho, pero a la vez algo inseguro.

Perdona, no he usado la palabra correcta. Lo que quería decir es: "¿estás seguro que no es un deseo?"


Habitación 12 (@soledadacompan1)

¿Pero qué coño es todo esto?-oí decir a Manuel mientras me miraba entre sonriente, satisfecho y sorprendido. Apenas pude articular dos palabras.

Es mamá -contesté.

Recuerdo aquel día, cómo olvidarlo. Habían sido noches de dormir poco y días de llorar mucho. Emociones y tensión, momentos para el olvido y para el recuerdo, todo mezclado como una mancha en la paleta de algún pintor.

Recuerdo que fuimos a desayunar a un café de la Gran Vía. Nos sentamos en la terraza. Mi cara estaba ojerosa por las noches en las que había tenido que hacer de improvisada enfermera y por el posterior velatorio. Mis manos, temblorosas, removían sin muchas ganas el café que no pensaba tomar. Manuel, mi hermano mayor, sentado frente a mí y mucho más entero, me animaba con una sutil sonrisa cuando cruzábamos la mirada. Ahora empezaba su papel. El mío había terminado días antes, cuando nuestro padre había abandonado este mundo, en agonizante lucha, sin dejar que ningún médico ni enfermera entraran en su casa. Tampoco había querido ser ingresado en un hospital. Era raro viniendo de un ser que siempre demostró y nos convenció de su confianza ciega en todo tipo de doctores, terapeutas, tratamientos y clínicas cuando nuestra madre, una mujer que siempre había sido el alma de la fiesta por su jovialidad y ganas de vivir, cayó en aquella depresión. Tal vez aquel día encontré respuesta a muchas de las preguntas que nunca volveré a formularme al respecto.

Manuel, que se ocupaba de la parte más mundana de este trago, la de los papeleos, trámites y firmas, me despertó de mi letargo -Se está haciendo tarde Mar, tenemos que subir- dijo cariñosamente. Era siempre tan educado, tan correcto, con tal impecable saber estar que me sentí afortunada de tener un hermano como él, que además fuera abogado y así poder firmar confiada sin saber qué. Me puse en pie y subimos a la notaría. Varias personas que me presentaron y a las que no presté la más mínima atención, esperaban en la sala. Nos sentamos y alguien empezó a leer. Me evadí y fui firmando lo que Manuel me indicaba en el lugar que él me decía y cuando tras más de una hora, el notario se levantó y me extendió la mano, supe que habíamos terminado. Se la di complacida y le seguí en su camino hacia la puerta. Manuel se despidió del resto por los dos y nos fuimos.

¿A dónde vamos ahora?- pregunté.

Al manicomio- dijo. Le miré y debió de leer mis pensamientos porque se rió.

No has escuchado nada, ¿verdad?

No tuve que contestarle, me conocía demasiado bien.

Lo van a derruir. En esos papeles, que ni has mirado, hemos firmado su donación para el parque que llevará el nombre de mamá, como se ordenaba en el testamento. No me querían dar las llaves, me han dicho que la entrada lleva muchos años prohibida, pero les he amenazado con no firmar y después de mucho discutir las he conseguido. Solo tenemos un rato y quiero entrar a despedirme, solo uso minutos, un último adiós al lugar donde murió.

Yo también quiero entrar- asentí.

Llegamos al manicomio y paramos delante de la verja. Manuel bajó del coche con el fajo de llaves y después de dos o tres minutos arrancando cintas en intentando acertar con la correcta, la abrió. Aparcamos el coche delante de la puerta del edificio. Los jardines, que en los tiempos en que el manicomio funcionó estaban escrupulosamente cuidados por un jardinero japonés, hoy eran matojos de mala hierba que en algunas zonas nos llegaban hasta la cintura. En la parte trasera, como inmune al paso de los años, la espesura del bosque.

La puerta principal estaba entreabierta y una ligera patada de Manuel bastó para abrirla del todo. El panel exterior devorado por la carcoma, se desprendió. Nada más entrar me arrepentí de haberlo hecho. La suciedad, pequeños animales y todo tipo de plantas vivían a sus anchas en aquel lugar que en mi recuerdo había sido el último hogar de mi querida madre. Recorrimos varios pasillos hasta llegar a su habitación. Al entrar, me invadió su presencia. La sentí sentada delante de la ventana, de espaldas a ella, en su incomoda silla de madera, con la mirada perdida en el vacío. Su cama, hecha jirones, su mesita de noche y el pilar lleno de botones en la parte central de la habitación, como en todas. Miré a Manuel con tristeza y nos fuimos. Todas las puertas de las habitaciones estaban abiertas, todas casi idénticas. Atravesamos varios pasillos hasta que delante de una habitación con la puerta cerrada con un candado, nos dimos cuenta de que nos habíamos perdido.

No hemos pasado antes por aquí -dijo Manuel sacando el fajo de llaves-, lo sé porque hace rato que me pregunto para qué me habrán dado todas estas llaves si las puertas están abiertas, así que ya que las tengo, voy a darles uso -empezó a probar una tras otra-. Joder con las putas llaves...

De pronto sin decir nada lo vi abalanzarse contra la puerta que cedió por la parte de las bisagras. Me miró sonriente y me cedió amablemente el paso, pero no entré. La habitación estaba oscura. Manuel se adelantó sin miedo y abrió como pudo las contraventanas y entonces le seguí. La luz lo iluminó todo.

¿Pero qué coño es todo esto?- murmuré volviéndome hacía Mar y viendo su cara desencajada. Miraba fijamente hacia uno de los, aproximadamente veinte, tarros de cristal perfectamente enumerados que había en una estantería de acero mientras señalaba con su dedo índice el número 12. "Es mamá" creí entender. Mar tenía una fantasiosa sensibilidad hacia lo etéreo y una imaginación extremadamente desarrollada, no la podía tomar muy en serio. Donde yo veía unos tarros con cierto extraño movimiento, ella estaba siendo capaz de ver a nuestra madre. Me acerqué y puse mis manos sobre sus hombros.

Mar..., son solo tarros- intenté explicarle.

Mira éste- replicó segura de sí misma.

Lo miré y algo se movió dentro. No era materia, era una sonrisa, iba y venía. También de vez en cuando se veía el reflejo de unas manos entrelazadas. Vi un balón de fútbol, un parque y una portería, me vi a mí mismo jugando con todo ello. Vi a mi hermana en su casa del árbol. Volví a ver la sonrisa y sí, efectivamente, era la de mi madre. Vi luces, olores, el mar, besos, una pradera, una amapola libre, frágil y mecida por el viento, lirios. Vi sueños, vi el amor tardío de un hombre que no era mi padre, al que ella amaba y él correspondía. Vi cómo se miraban, cómo se besaban, cómo se fundían siendo uno. Vi la libertad de dos amantes atreviéndose a vivir, volando lejos y encontrando la felicidad.

Estaba conmocionado, no entendía nada de todo aquello. Mar, mucho más serena que yo y supongo que mejor preparaba para aquella situación, empezó a hablar.

Hay que abrir los tarros- decía sin dejar de mirarlos -Tenemos que hacerlo, ¿no lo ves? son sueños, vidas. ¿Y si se los arrebataron para tenerlos encerrados aquí? ¿Cómo es posible? ...no lo sé... pero eso aseguraba prolongar su estancia dentro- Decidida cogió el que tenía la numeración 12 entre sus manos y al retirarlo con cuidado de la estantería, sin querer, lo agitó y un color mucho más turbio se apoderó de su interior. Al principio los movimientos eran una danza suave de amor y sonrisas, pero ahora se habían convertido en violentos arranques de odio y miedo. Aterrorizado comprobé que ahí también veía a mi madre, vi sus lágrimas, vi su pánico, su asco hacia mi padre y el dolor de sus cadenas. Vi sueños robados e ilusiones rotas. Vi vida truncada y vi muerte. Entonces sin darme cuenta empecé a divagar en alto.

Ella amaba a otro hombre, tal vez papá lo sabía y de ahí tantos tratamientos, tantos médicos, tanto dinero donado a esta puta clínica, tal vez él la encerró- y mientras el mundo se me venía abajo, Mar se apresuró a argumentar.

No lo sé, y ya no podemos hacer nada, nada excepto dejarlos volar. Sí, dejar volar sus sueños y que viajen libres hasta ellos estén donde estén.

Yo, aturdido e incrédulo, impávido obedecí. Abrimos la ventana y fuimos destapando los recipientes. Vimos volar sueños de todos los colores y formas; se difuminaban en el aire y creaban una atmósfera mágica. El número 16, el 22, el 11, el 4, el 19, el 7, el 23, el 15, el 6, el 9... Y por último, el 12. Al abrirlo sentí su amor, su risa, su bondad, su ternura, su calor, su olor, sentí su abrazo que tantas veces me cobijó siendo niño. Cuando apenas quedaba materia empezamos a escuchar salir también su voz rota:

No necesito ventanas ni primaveras ni luz. Llevo el mundo que quiero en mi mente, no necesito mirar para ver. Ya lo he vivido todo, sentido todo, dolido todo. Ya me han vivido suficiente, sentido demasiado, dolido insoportablemente. Ya he visto todas las luces, las del cielo, las del infierno, las del deseo que habita en tus ojos, las del miedo que habita en mi alma, las de este amor condenado a muerte. Y lo he olido todo. Los perfumes, las flores, la lluvia, la tierra. El olor a vida en la piel de un niño, el olor a muerte en una frente, el olor del asco en el beso de quien aborreces. Pero aún llevo un olor en mi mente, el tuyo, el que inunda la estancia, la casa y el coche; el que me droga, me detiene y me deja respirar. Ya lo he oído todo, lo he chillado todo, lo he callado todo, llorando a gritos en el silencio de una habitación. Y aún me conmueve tu voz la mente cuando cambia de tono al dirigirse a mí. Ya lo he tocado todo, lo que deseaba y lo que no. La suavidad de los recuerdos, la aspereza del adiós. He tocado con el cuerpo, con la piel y con la boca; otras bocas, otras pieles, otros cuerpos... Y conservo tu mano en mi mente como suave refugio, aquellas caricias torpes buscándonos sin querer, ansiando encontrarnos. Ya lo he saboreado todo. He bebido el mar llenándome de más sed, he soplado el viento cortando mis labios y lamido el sol quemando mi piel. Y aún busco en mi mente un sabor que solo conozco de tanto haberlo anhelado. Ya no necesito vivir, solo me queda el sueño de besarte y que tu boca me asfixie con su deseo.

Cuando todo lo que quedaba de mi madre, encerrado en aquel miserable bote de cristal acabó de salir, Mar aún temblorosa, me abrazó y nos fuimos.

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"No necesita salir quien no está dentro."

Durante unos instantes, el médico espera a qué yo reaccione. Pero esta vez mi cerebro se niega a mostrarme imágenes. Está en blanco. Entonces, el hombre toca algo del pilar y el pitido comienza, mucho más fuerte que nunca. Es como un ataque por sorpresa de todos mis pensamientos y sensaciones, una horda hostil que me golpea sin cesar en todas direcciones dentro de la cabeza. Caigo de rodillas y grito. Veo un montón de cosas horribles: una mujer despedazando a otra en una cama de hospital, un hombre culpando a su amigo del asesinato de su novia. Veo bosques de eucaliptos y pinos, veo conversaciones con un espejo, siento miles de olores y unas náuseas que no me dejan respirar. Los ojos cerrados con tanta fuerza que creo que me sangrarán los párpados. Las manos apretando el cráneo como si quisieran estrujarlo para que aquello pare. Y en medio de este horror, aparecen también sonrisas, aparecen caricias y paisajes deliciosos, música y emociones alegres. Todo se va calmando, puedo ir ordenando las imágenes o simplemente estas mitigaron su ataque.

Tú, querido Valedor, tú eres solamente un canal. Advertí en ti más resistencia al dolor, más capacidad de control de las emociones y por eso te usé. He sido capaz de convertir los sueños de los demás en algo físico.

Los frascos -digo sollozando.

Exacto. Tú no eres diferente a los demás, eres otro paciente. Ellos sueñan que alguien les salvara y creen que serás tú porque os conecto a través del pilar y de alguna manera todos te ven. Un sueño colectivo.

Silencio. Poco a poco, vuelve dentro de mí el silencio y el dolor amaina.

- Como he dicho, todo empezó con la mujer de la Habitación 12, fue la primera, ella y su continuo balbuceo de sueños perdidos. Ella me dio la idea. Llegó aquí con una depresión inventada por su marido. Sus familiares venían a menudo a verla, salían a pasear por los jardines. En una ocasión, durante una terapia, dijo que le gustaría poner sus sueños en un frasco para poder mirarlos y, cuando le fallara la memoria, eso la ayudaría. Por ella construí el pilar. Y se abrió un universo infinitamente basto. Reconozco que me propasé explotando sus capacidades y la vacié del todo. No se puede vivir si no se tiene una mínima visión de futuro, sin la esperanza, sin los recuerdos.

Monroy se pasa la mano por el mentón. Me levanto. En ese momento, suena el comunicador que Edora lleva colgado. Alguien informa que necesitan refuerzos. El médico hace una señal con la cabeza al celador que está al fondo de la habitación y este sale. Monroy se aleja del pilar.

¿Qué pasará con nosotros? ¿Cuál es el plan?

Tengo muchos, esto tiene tantas posibilidades. ¿No las imaginas?

Ahora soy capaz de imaginar muchas cosas -respondo.

Y sin darle tiempo a nadie de hacer nada, me impulso contra el doctor con mi mano sobre su cara y respaldado por la violencia de sueños que no me pertenecen, pero que estarán ya conmigo para siempre, uso su cabeza para romper el pilar. Saltan chispas. Al instante, Laques se abalanza sobre mí, pero, antes de llegar a tocarme, todo se desvanece, como si en un local lleno de humo, alguien hubiera abierto todas las ventanas en un día de invierno, como si alguien hubiera abierto el frasco donde vivían encerrados mis sueños y mis recuerdos.

FIN