Clic y me voy

19.09.2017

Puedo decírmelo mil veces, en mi imaginación o delante del espejo; puedo creer que todo saldrá según prevé mi fantasía o que esa improvisación rápida y locuaz de la que carezco hará acto de presencia y salvaré cualquier contienda. Puedo ensayar un discurso elocuente y contundente para dejar al otro sin palabras, con la boca abierta y parpadeando, o incluso llegar a escribir mentalmente un guion lleno de guiños y giros, McGuffin y tretas. Puedo, pero no me sirve de casi nada, casi nunca.

Por muchos planes que haga, cuando llegue el momento sucumbiré, como otras veces, caeré en mis contradicciones y mis inseguridades, pareceré a ratos un patoso charlatán y a ratos un demente, lanzando pensamientos inconexos enlazados por los pelos con palabras que habré elegido casi al azar. No sé, seguramente no estoy hecho para esto, la congruencia no es lo mío. Lo mío es divagar. Irme por las ramas, estar en las nubes, dispersarme como los puntos de una obra puntillista soplados por un viento con mala uva. Así que, llegada la hora, todo lo que ensaye o prepare, todo lo que imagine o dibuje, se esfumará.

Y es extraño (o mejor sería decir curioso ya que de tantas veces ha dejado de ser extraño para ser un viejo conocido, pero inicialmente, todas mis ideas están muy bien ordenadas y tienen un motivo y un objetivo). Me siento cargado de argumentos y de razones y veo el terreno llano y sin fisuras: si la discusión va por aquí, yo iré por allí; si da ese tumbo, yo haré esa vuelta; si veo un hueco, me colaré. Sin embargo la cosa se me tuerce rápida. Suelo soltar algo de buenas a primeras que hace que esa estructura perfectamente diseñada se desmorone, caiga en un pozo que yo mismo voy cavando, tirándome la tierra por encima. Creo que el problema es de precipitación, entendida esta como una mala antelación de acontecimientos en un futuro inmediato. Soy como un general dirigiendo a un ejército de élite pero llevándolo a ciegas por un campo de minas. Y esa antelación es la piedra con la que tropiezo una y otra vez. Escucho lo que tienen que decirme, asiento, asimilo, proceso, y entonces me pierdo. Así de sencillo.

Siempre he sido alguien disperso, no hay duda. De pequeño prestaba poca atención en el aula, estaba más por otros temas, se me iba la cabeza a cosas que podrían ser en lugar de las que eran, a los después o a los antes, el presente me era distante. En el instituto, de adolescente, más de lo mismo con el añadido de la adolescencia y las hormonas saliendo por los poros como fans de un artista cursi al abrirse las puertas del estadio donde da un concierto caro y corto. Pero eso no me pasa solo con los estudios, me pasa en muchas cosas: en las reuniones laborales, por ejemplo, mi capacidad de atención dura un rato, a veces ratos largos, pero después, con la excusa de alguna palabra o de alguna respuesta, el duende de mi cabeza hace clic en el ratón de mi procesador mental y ya paso a otra pantalla. Una pantalla paralela o quizá perpendicular, pero otra. Sé que no soy hiperactivo porque puedo ver una película o leer un libro durante mucho tiempo, puedo sentarme frente al ordenador y escribir sin parar por horas, puedo estarme quieto con alguien en un lugar o sin alguien mucho tiempo. Puedo concentrarme siguiendo una ruta y muchas veces, no se trata aquí de hacer una generalización basta, estoy completamente dentro de una conversación. Escribiendo esto no me pasa, la estructura interna de mi cabeza suele mantenerse, los esquemas mentales se sostienen, quizá por eso escribo, porque el orden de las palabras ya escritas no es volátil como el de las habladas. Puedo escuchar atentamente, pero muy a menudo haco clic, y me voy.