Clinc, clonc, clanc

29.01.2020

He borrado todo lo que había escrito. Una página y media de columna que me había quedado bastante bien, una de esas en las que te das cuenta, al releerla, de que te has pasado de sinceridad y, seamos sinceros, tampoco hay que ser exhibicionista. Además, me leen personas (bastantes, por suerte) que no me conocen y pienso que, de alguna manera, está bien dar a conocer retazos, pero abrirse en canal es demasiado, sobre todo cuando lo que tienes delante no sabes si es un médico o una hiena.

Cuando veo el exhibicionismo emocional que se practica en algunas partes -y este no es el tema de la columna, solamente hago un pequeño paréntesis- me cuesta de entender y creo que en muchas ocasiones es impostado. Una especie de victimismo virtual, ya que ser víctima te funciona, pues lo sigues haciendo. Echadme a los leones, que mejor morir devorado por ellos que de hambre agazapado en una celda.

A todas las personas nos han hecho daño alguna vez, quizá muchas, pero alguna ha sido de tal forma que nos ha marcado para siempre y ha activado un mecanismo de autodefensa que activa muros, nos viste de corazas y cascos y nos arma de escudos. Vivimos en un mundo lleno de caballeros en sus armaduras, sudando por dentro, llenándosenos la piel de ampollas e irritaciones. Vestimos unas botas que apenas nos dejan andar y nos hunden en el barro, unas grebas y unos quijotes que casi no nos dejan flexionar las piernas de manera que no nos detenemos a descansar, descansamos de pie, en guardia; unos guanteletes y manoplas con los que al tocar a los demás, a no ser que también lleven casco, más que acariciar provocamos heridas, nuestros brazos se mueven robóticos, nos pesan los hombros y andamos alicaídos, el peto no nos permite que nadie oiga nuestro corazón, la cota de mallas no deja llenos de magulladuras y se nos marca en la piel su enrejado que, como toda reja, no es más que una prisión por dentro y por fuera. ¿Nos protegemos a los demás o a los demás de nosotros? La respuesta fácil es decir que las dos cosas son ciertas, pero como toda respuesta fácil, suele ser mentira. Encima, llevamos el casco para que no se nos vea lo que sentimos, si lloramos, si reímos. Con su gola, su babera, su visera y su celada, sudando como cerdos, los ojos escociendo del sudor salado, el pelo mojado. Ningún sudor huele bien. Besamos hierro con hierro. No, no, dirán, yo beso labio con labio, toco piel con piel, siento de verdad, pero luego, subimos el escudo o nos bajamos el casco. Como Lanzarote con Ginebra, la armadura siempre puesta salvo en las escenas de cama.

Intentemos contar todas las veces que alguien nos ha dicho aquello de "es que me han hecho mucho daño" o que alguien nos ha dicho que alguien se lo ha dicho. Un céntimo en la hucha y podríamos comprarnos una armadura nueva. O el escudo del Capitán América, para salir de la caballería artúrica. Que sí, que todo eso en parte es natural y tiene un punto de inevitable, cada vez que nos hacen daño, nos ponemos la coraza o un simulacro de la misma, vamos de luto durante un tiempo, pero si te la dejas puesta es cierto que no te harán (tanto) daño, pero mejor que te lo hagan por haber sentido que no sentir para que no te lo hagan. Digo yo. Y sí, tú me dices que te han hecho mucho daño y yo te digo que a mí también, y no una vez, unas cuantas. Pero aparte de la primera parte después del golpe, ¿de qué me ha servido? Me ha servido para no atreverme, para moverme con torpeza y lentitud, para acabar alejando gente, para que apenas se me entienda cuando hablo debajo del yelmo, para sentirme incómodo dentro de esa seguridad que es la fragilidad disfrazada, para resbalarme en todas las baldosas mojadas, para dar la mano sin darla de verdad, para querer abrazar y oír clinc, clonc, clanc y otros ruiditos metálicos. Por eso decidí que ya no llevaba más coraza, a pesar de que doliera todavía la última herida, a pesar del miedo a las dagas. Espera... ¿Qué dagas? Piensas que llevan daga los demás solo si llevas daga tú mismo, o como dijo Baltasar Gracián es como el mentiroso que tiene dos males: que ni cree ni le creen. Así que, sin coraza y a lo loco, que con un vestido hay suficiente y es más fácil de quitar cuando decidas desnudarte.