Como aceptar el cielo sobre nuestras cabezas

09.01.2020

Tomo prestada la frase del título de un capítulo de la magnífica The Crown cuando, discutiendo sobre el contenido de un discurso que debe dar la Reina en la fábrica de coches Jaguar, uno de los secretarios dice algo parecido a que el pueblo, como la adora, aceptará cualquier cosa que se le diga como quien acepta que tiene el cielo sobre su cabeza. La frase me ha parecido muy buena y me ha hecho reflexionar y todo lo que me hace reflexionar ya me parece algo bueno.

Hemos nacido con el cielo sobre nuestras cabezas y, a no ser que seamos galos, que temían que se les cayera encima, por Tutatis, es algo que nos parece tan normal que no nos cuestionamos de ninguna manera, más allá de algún iluminado o alguna iluminada que se pusiera a pensar sobre si tenemos que aceptar eso o no o postular teorías sobre si el cielo en realidad es una bóveda de cristal con una proyección que nos haga sentirnos libres cuando no lo somos en absoluto. Quién sabe si de aquí llegó la invención del sombrero. De la misma forma, aceptamos muchas cosas como inevitables o, más que inevitables, como naturales, como adyacentes al hecho de haber nacido. Por supuesto contamos con la suerte de tener a gente que se cuestiona algunas cosas, gracias a esa gente hemos descubierto por qué todo se cae o que más allá del cielo hay un espacio. Si no, viviríamos aceptando lo que hay sin más. De hecho lo seguimos aceptando aunque ya sepamos porqué existe eso o qué razones lo impulsan. La gravedad es tal, pero ya está; el cielo es tal, pero nada más. O sí, pero qué le vamos a hacer.

De la misma forma o de una forma algo distinta, luego cuento por qué, aceptamos algunos hechos y sucesos que deberían ser inaceptables. Las guerras, el hambre, la extinción de especies enteras, el dolor por algunas cosas que nos suceden... No es lo mismo que el médico que acaba pareciendo que no le afecta la muerte de sus pacientes o el educador social que hace broma de una situación trágica. Eso es supervivencia. Sin la capacidad de normalizar los hechos dolorosos que nos rodean, no podríamos seguir adelante. A mi parecer, que ni es sabio ni es del todo idiota, el hecho de que veamos noticias de hechos abominables y la inmensa mayoría de nosotros y nosotras sigamos con nuestras vidas olvidándonos de ello unos segundos o quizá minutos después de haberlo visto, es un gran triunfo de un sistema de control. No, no, no voy a soltar una perorata sobre el capitalismo y la democracia y blablablá.

Cuando llevaba poco tiempo en mi trabajo en el equipo de protección a la infancia me tocó comunicar, junto a un compañero, a una madre, era un 23 de diciembre, que había perdido la custodia de sus dos hijos de 6 y 4 años y que estos pasarían la Navidad en un centro mientras se iniciaba un estudio sobre su situación. Cuando salimos, mi compañero que era mucho más experimentado que yo, me dijo que a estas cosas no te acostumbras nunca por muchas veces que las hagas, pero que las acabas aceptando y normalizando porque si no te las llevarías todas a casa y sería insoportable. Creo que soy capaz de recordar todas y cada una de las veces que comuniqué a unos padres, un padre o una madre, que el gobierno asumía la custodia de sus hijos, y eso que acabé haciéndolo muchas veces, muchas más de las deseables. En ciertas situaciones te das cuenta de que por muy bien que nos la pinten, nuestra sociedad tiene más agujeros que un colador chino y que hace aguas por todas partes; en estas situaciones, viene que ni pintada la reflexión del protagonista de Un yanqui en la corte del rey Arturo, de Mark Twain, cuando dice que "hay ocasiones en que a uno les gustaría colgar a toda la raza humana y terminar con la farsa de una vez por todas."

Me viene a la cabeza, aunque no tengo claro que venga a cuento, aquello que se decía de que si todos los chinos a la vez dieran una patada en el suelo, la Tierra sufriría un socavón. Pues imaginad que todos y todas nos parásemos y dijéramos: "no, esto no puede continuar así", y nos negáramos a seguir haciendo lo mismo hasta que no se solucione esto y, por supuesto, no nos quedásemos allí en plan pataleta infantil sino que hiciéramos lo posible para que aquello se solucionara, fuera el problema que fuera. Pero no lo hacemos y los que sí lo hacen son tan pocos, en comparación con el conjunto, que los cambios son pequeños. Claro, claro que mejor cambios pequeños que ningún cambio, pero la Tierra está pidiendo a gritos que demos todos y todas una patada en el suelo, no solo la Tierra por el tema del medio ambiente, que tiene guasa, sino por todo, por el funcionamiento en general del sistema en el que hemos nacido y, por tanto, como pasa con el cielo, lo aceptamos porque ya venía así.

Y lo mismo pasa a nivel individual, con el día a día, con aquello que "forma parte de la vida" o cosas que te dicen así y las aceptas porque mira. Y luego creemos ayudarnos a nosotros/as mismos/as diciéndonos o soltando al aire frase como que vivir es sufrir o que por lo menos yo he vivido y cosas así, es una forma más de colarnos, por una de los agujeros del colador chino, que qué se le va a hacer, que no se puede hacer nada porque es lo que toca y no hay, casi, ninguna frase peor que esa, pues te induce al conformismo y a apechugar con lo que sea. Más allá del individualismo que nos han inyectado para evitar que se nos ocurra pensar demasiado en los que están lejos y lo pasan peor, está la capacidad o la voluntad de cada uno y de cada una para preguntarse por qué debe de permitir ciertas cosas que se da por supuesto que tienen que ocurrir. No veo que hay de malo y sí veo que hay de bueno en plantarse de vez en cuando y decir: pues no me da la gana.