Contar hasta tres y desaparecer

20.12.2019

Sabes que un día contaré hasta tres y desapareceré. Es posible que incluso haya empezado a contar ya y me haya detenido en el uno o el dos o haga aquello que se hace con los niños, contar los cuartos y los decimales entre el 2 y el 3 para alargarlo todo un poco. Pero lo que está claro es que un día llegaré al tres, y desapareceré. A no ser, claro, que me pase como a la tortuga de aquél cuento matemático que cada vez avanza la mitad del trayecto que le queda, de manera que no llega nunca. Quizá eso es lo que tú desees o quizá es lo que desee yo, no llegar nunca al tres, no tener que desaparecer. Pero todo lo bueno se acaba siempre, igual que todo lo malo, o sea que por si acaso, tenlo en cuenta.

Pero no puedo, ni puedes, hacer como aquellas personas que sabiendo que todo lo bueno se acaba y que los finales de las cosas buenas son dolorosos, deciden no esperar nada bueno y cuando aparece, ya dan por hecho que se va a terminar así que lo terminan antes para ahorrarse el dolor de ese final. Si hago, o haces, esto, no llegas a disfrutar de nada. De acuerdo, es el típico mensaje de libro de Cohelo, esos mensajes en bucle, repetitivos y facilones, populistas, en plan: la felicidad es un perfume que no puedes ponerle a otro sin que te caigan unas gotas. Por favor, estos mensajes son horribles. Vomitemos arcoíris. Pero te aseguro que hay gente que los dice convencida, igual que la hay que prefiere perderse lo bueno para evitar lo malo. O no exactamente, y no sé si es lo que me pasa a mí, a ti creo que no: para evitar el dolor posterior disfruto de lo bueno pero con pinzas, vigilante y cuando veo señales de alarma, cuento hasta tres y desaparezco. ¿Cuáles son las señales de alarma? Está claro: cuando creo que me estoy enamorando o que te estás enamorando, cuando creo que alguien va a salir herido, cuando percibo que la balanza se desequilibra, en la situación que sea, no solo en el amor. Pero ahora estamos aquí tumbados y por eso hablo de amor. Me río porque solamente la palabra en sí ya me hace tener ganas de empezar a contar. ¿Empiezo?

Uno. Tengo un escudo grande y tú tienes muchos de pequeños. La diferencia es que mi escudo lo para casi todo y los tuyos casi nada, aunque al tener muchos lo que no puede detener el primero lo detienen los que le siguen, siempre se lamentan muchas pérdidas. La desventaja es que mi escudo es tan grande que cuando lo sostengo en frente de mí no veo nada, tú lo ves todo. Si hiciera un par de pequeños agujeros para ver, tengo miedo de que por ellos se cuele alguna bala, alguna flecha, alguna aguja o que el viento arrastre alguna mota que se me meta en el ojo. He dicho miedo, no, no es miedo. O sí, por eso debe ser que llevo escudo, aunque lo disimulo diciéndote que te lo pongas también, diciéndote que lo que tienes que hacer es protegerte de mí puesto que yo me protejo de todo.

Dos. Forma parte de este escudo hablar del escudo, es como un seguro, como una advertencia por aquello de quién avisa no es traidor, es como empezar a contar. Si amenazas y tus amenazas nunca se cumplen ya nadie te tendrá miedo. Hay dos cosas que tienes que cumplir: las amenazas y las promesas. Yo no prometo nada que involucre al tiempo porque es imprevisible, porque hoy crees que sí y mañana ves que no, o al revés. No obstante, una amenaza se sostiene, puede lanzarse una tarde de verano y continuar vigente una noche de invierno, solo hace falta al aplicarla añadir aquello de: ya te lo dije. Y yo ya te lo dije, que un día contaría hasta tres y desapareceré.

Dos y medio. Sin embargo algo me retiene, no quiero desaparecer. Estoy bien aquí. Me ha parecido ver una grieta en el escudo y me he asustado, me he levantado y el número tres ha aparecido claro y gigantesco, estaba allí pintado sobre la parte interior de la puerta, para alcanzarlo me faltaba solo andar unos pasos, abrir y cerrar después de salir. Pero me he quedado a medio camino, porque una parte de mí no quiere desaparecer. He vivido esto muchas veces, este yo que se va, me veo desde atrás, caminando a pasos rápidos y sin girar la cabeza ni una vez, mientras cae la lluvia o quizá solo la imagine. Y la he vivido siendo yo quien mira a alguien otro irse, marcharse, largarse, huir. Esto de contar hasta tres y desaparecer no lo he inventado yo, lo he aprendido, lo he copiado.

Dos y tres cuartos. No dejes que desaparezca.