Crear recuerdos

23.06.2019

Domingo, 23 de junio de 2019

He dormido unas diez horas, creo que hacía eternidad y media que no dormía tanto y creo, también, que hacía como una eternidad que no me ponía el despertador. Madrugar, sin exageraciones, incluso en festivos se ha convertido en una rutina, una de esas agradables y no impuestas. Decía Delibes que las vidas uniformes no dan recuerdos o que, como mucho, dan uno que ni siquiera lo es porque se recuerda algo que es exactamente igual al ahora. Eso es la rutina: repetir cada día lo del día anterior, con independencia de que sea algo que nos gusta o que no. No tener recuerdos.

Hace ya días que me daba vueltas por la cabeza hacer una pequeña escapada, una dentro de las escasas posibilidades económicas que tengo. Estuve mirando mapas y recomendaciones, sospesando los pros y los contras de cada lugar, sobretodo atendiendo al hecho de que a penas llego a fin de mes y que lo hago casi arrastrándome. Pero hervía dentro de mí la necesidad imperiosa de hacer algo yo solo, acostumbrado a estar siempre acompañado, a no saber convivir conmigo mismo más que unos breves espacios de tiempo. Cada vez que parecía decidirme por un lugar, en el momento definitivo algo me echaba para atrás, una duda, una sensación de hacer algo mal. ¿Mal en relación a qué? Ni idea. Sin embargo ayer sábado, finalmente, decidí que cogía el coche y me largaba a la montaña. Miré algunos lugares y me detuve en uno de ellos, en un pueblo del que nunca había oído hablar, situado en la carretera que sale del país, entre montañas, al lado de uno de los grandes ríos que tenemos en Cataluña. Poco antes, por una carretera deliciosa, tuve que frenar para evitar que las múltiples golondrinas que la cruzaban a vuelo raso, pasando de una cosecha de maíz a la otra en su algarabía vespertina, se estamparan contra el parabrisas. La carretera pasaba por encima y por el lado de algunos pantanos, muy llenos, su agua quieta como si se fuera ya a dormir o posara para una foto. Tuve durante el viaje el Sol casi siempre enfrente, no sé si guiándome como un faro o intentando deslumbrarme en una advertencia.

Cuando me confirmaron habitación y me encontré solo aquí, me invadió un ataque de satisfacción individual y personal. Sí, me había ido. Y mira que es un acto pequeño y apenas simbólico, en un lugar espectacularmente barato para las vistas que tiene y el pedazo desayuno que me han servido y que no he podido terminar. Me convencí ayer noche que aunque no me pusiera despertador, bien pronto estaría de pie, pues estoy acostumbrado, es mi rutina. Quizá, por el hecho de que me he saltado la rutina, mi cuerpo y mi cerebro lo han hecho también y han aprovechado para dormir a pierna suelta, no han necesitado adaptación.

Y ahora escribo esta columna al lado de una ventana que solamente me enseña diferentes tonalidades de verde, el blanco de una masía y el gris de la carretera que lo corta todo en una recta perfecta. Y el azul del cielo, con restos de nubes blancas. Tuve miedo de hacer este pequeño gesto: por el dinero, por la distancia, por las cosas que he dejado por hacer en casa, por si no es un gesto de insociabilidad en unas fechas señaladas. No obstante, ahora me espera el río, que voy a visitar y en el que me bañaré así que pueda, caminaré buscando pequeñas iglesias románicas y seguiré senderos entre árboles con nombres que nunca aprendo. Luego, quizá vuelva al bar solitario de ayer noche.

Sí, me digo, ya casi es mediodía, y algunos atisbos de la culpa que siento a veces por no aprovechar el día si me duermo, por no estar haciendo cosas relacionadas con mi voluntad de dedicarme al mundo literario o por no estar conociendo gente a piñón, asoman, pero no se quedan. Estos atisbos, la sensación que tiene uno cuando hace lo que realmente quiere y siente, se esfuman mirando atrás con cara de reproche quizá, diciendo: con lo bien que estábamos el uno con el otro. Pero ni estábamos tan bien, ni generábamos recuerdos. Y como decía Delibes, en la vejez nada nos dará más placer como tener recuerdos.