Cristales rotos

27.09.2018

El maestro coloca el jarrón de cristal, ya frío, en la estantería y como siempre hace, observa sus obras con mirada atenta y afectuosa. Las repasa, las prueba al tacto suave de manos endurecidas. Su frío le resulta cálido, como si todavía estuviera trabajándolo, ninguna figura le parece terminada hasta que es vendida. Luego, empieza a quitarse la ropa de trabajo, la envuelve con un plástico y se asea en el pequeño baño al fondo del taller. Allí se mira en el espejo, la cara mojada, la barba goteando. Ve las arrugas que crecen alrededor de sus ojos, uno marrón y otro verde. Ve los surcos en la piel añeja, que no vieja y, si se fija con atención, puede vislumbrar las cicatrices de su pasado, las marcas que tiempo y contratiempo han dejado en él. Finalmente, se seca con la toalla gastada y se pone ropa de calle. Es un ritual de hace ya muchos años, una rutina que no le molesta, de hecho ni la considera como tal, es parte de su vida. Lo más difícil es quitarse las botas para ponerse los zapatos, le duele la espalda al curvarse y sus piernas no pueden flexionarse como antaño. Cuando termina, se asegura que todo esté en orden: las herramientas en su sitio, ninguna figura fuera de lugar, todo más o menos limpio. Apaga las luces y sale.

Está oscuro ya. Empieza a hacer frío. Enciende un cigarrillo, el segundo del día, y durante unos instantes se queda de pie, sin pensar en nada en concreto, sin mirar a ninguna parte en especial. Simplemente se queda allí y deja que el cigarrillo se vaya consumiendo calada tras calada. El paso de los coches por la calzada le lleva a un viaje por la memoria, recuerda cómo eran los vehículos antes, las farolas y los bancos, recuerda el buzón y la cabina telefónica que ya no están. Alguno de los árboles de la acera también ha cambiado, le fastidia no saber el nombre de los árboles, las veces que lo ha intentado se ha perdido o lo ha olvidado rápido. Y hablando de olvidar y recordar, de saber e ignorar, busca entre los pantalones las llaves del taller. Allí está, pequeña y silenciosa. ¿Cuánto tiempo hace que no la usa?

Vuelve dentro, enciende solo la luz que ilumina la parte final del taller y camina a paso rápido haciendo temblar alguna de las figuras de cristal que reposan en los estantes más bajos. Sabe que no debería, es hacerse daño, es hurgar en la herida, es provocar al pasado y castigar al presente, es menospreciar a la memoria y todo el trabajo que ha tenido para recuperarse. Pero no puede evitarlo. Ha sido capaz de escapar a esa tentación mucho tiempo, tanto que le es imposible encontrar un recuerdo de él mismo haciendo lo que hace ahora. A pesar de tener la llave allí, con él, todos los días, ya ni la percibía, hasta ahora.

Al llegar al despacho, al lado del baño, sube sin pensárselo a la silla y con esfuerzo alcanza la pequeña caja. Baja y la coloca sobre el escritorio desordenado parcialmente o parcialmente ordenado y se sienta. Una voz dentro le grita, le suplica, que no lo haga. Suspira con una profundidad abismal y con las manos formando un triángulo a la altura de su barbilla poblada de pelo encanecido, espera unos segundos. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis...

Se abalanza nervioso con la llavecita en la mano, la introduce en el minúsculo cerrojo y abre con ansiedad. Y de manera inevitable, con el simple contacto visual, empieza a llorar. Lágrimas que trascienden más allá de la simple remembranza, que son más que el caer de un olvido obligado. Lo que más duele es ni siquiera poder cogerlo en sus manos, poder acariciarlo o contemplarlo en plenitud. El corazón de cristal que hizo para ella, roto en mil pedazos.

Texto originalmente escrito para dekrakensysirenas.com