Cuando la suerte lleve tu nombre

26.05.2021

Dije que tentaría a la suerte cuando llevara tu nombre y lo llevó, entre susurros, como traído por el viento a través de las hojas de las hayas de algún bosque aturdido por la lluvia. Dije que, entonces, correría a buscar respuestas al rincón de mi habitación en el que residían todas encerradas en un baúl, sin llave ni cerrojo, cubierto de tantos recuerdos dolorosos amontonados que me impedían abrirlo o, si no lo impedían, suponían una aglomeración suficiente de pasado para que el presente se asustara y desistiera, una vez y otra, de intentar apartarlos. Sin embargo, la suerte vino con tu nombre y ya no había excusas. Cualquier nueva demora sería la derrota definitiva, el final sin anuncio, el destino inexistente.

No estaba previsto que llegaras igual que no estaba previsto que yo siguiera aquí, sentado frente a un cuadro de Renoir, espantando moscas invisibles con una mano a ratos muerta, a ratos dormida. Llegaste como la mujer de El Palco (1.874), que mira de frente mientras el hombre que se sienta junto a ella busca con sus binóculos algo -o a alguien- que no eres tú. Es un tipo de ceguera. Sí, a mí también me sonaba esta escena de yo te miro y tú miras hacia otro lugar, pero esa vez con los papeles invertidos.

Llegaste y lo trastocaste todo: toda la tranquilidad inventada, todo el futuro hecho a base de residuos, toda la estabilidad de los muros construidos con papel de fumar. Corrí a abrir el baúl en busca de respuestas. Aparté los recuerdos hacinados con los que me corté la piel y que desprendían algún tipo de gas al caer al suelo y romperse sus células, como las cebollas, haciéndome llorar. No sé cuánto tiempo estuve quitando evocaciones hasta poder levantar la tapa, que pesaba tanto que estuve a punto de abandonar en el intento. Ya que hacía tiempo que decidí ser cobarde y, por lo tanto, no morir intentando nada. Pero lo dije, dije que tentaría a la suerte cuando llevara tu nombre, y abrí el arcón.

A lo lejos alguien decidió poner un vals (un-dos-tres, un-dos-tres) y la música bailó con las partículas del aire de una ventana a otra, como pudimos bailar tú y yo. Igual que en Baile en la ciudad (1.883), donde la mujer tapa al hombre o el hombre esconde su cara entre el delicado peinado mientras ella mira más allá de su hombro, buscando a alguien que danza con otra pareja. Porque nuestra historia siempre fue la misma: tú mirabas de frente cuando yo buscaba con los binóculos o tú me tapabas, uno de los dos esperando a un tercero, ambos seguros de ser los que marcábamos el ritmo del vals (un-dos-tres, un-dos-tres) que nunca llegamos a bailar. O sí, pero cada uno en su sueño.

Y ahí estaban las respuestas. Desordenadas, algunas rotas y otras mohosas tal que durante todo el tiempo que el cofre estuvo cerrado hubiera habido una batalla campal en la que no sobrevivió ninguna o peor, en la que sobrevivieron todas y por tanto, cuando todas las respuestas son posibles, ninguna es válida. Sin embargo, luego de un rato de observar con la esperanza desprendiéndose de mi retina, distinguí a una de pequeña y lejana: la barca de Atardecer en el mar (1.879) mezclada entre la sangre de la batalla, intentando pasar desapercibida mientras huye hacia el horizonte. La tomé con cuidado, pude sentir sus patas ficticias moviéndose entre mis dedos en un escape a ningún lugar. Durante un tiempo la observé y me di cuenta de que no era la respuesta que yo quería, pero rara vez la respuesta que se tiene es la deseada. Ahora ya no voy a dejarla ir, pensé. Decidí que esa era mi respuesta, aunque no me gustara, aunque sabía que cuando la liberase en terreno neutral me arañaría con sus patas, incluso intentaría morderme y quizá yo muriera por el contagio de vete a saber qué enfermedad que esa respuesta contrajo de tanto tiempo encerrada, mezclada con respuestas cualquiera, que podían haber estado en cualquier parte.



Este es un relato de 2017 (creo), primer borrador de "Renoir: ¿me quieres?"