Culpa tuya, mérito mío

06.10.2020

Un simple hecho, un mero acto, una pequeña decisión, puede cambiarlo todo. Decir que no a un trabajo y que sí a otro. Girar en una esquina o entrar en un sitio en lugar de continuar recto. Decirle hola a alguien o no decirle nada. Ganar tiempo o perderlo.

Luego, en retrospectiva, podremos lamentarnos o alegrarnos de lo hecho y también de lo no hecho, de lo sucedido y de lo no sucedido. Sin embargo, en realidad, solo sabemos lo que sí ha sucedido. Lo que hubiera sucedido no lo sabremos nunca. Todas hemos tenido en ocasiones, y puede que en muchas, el sentimiento de culpa que nos hace pensar aquello de: "si hubiera hecho X en lugar de Y...". Si no hubiera girado la esquina, si hubiera dicho que sí al primer trabajo, si no la hubiera saludado, si hubiera llegado antes. Lamentar.

En el lado opuesto, está el comentario acompañado de una sonrisa de "qué bien que hice Y en lugar de X". Suerte que acepté este trabajo, que bien que entré en la tienda... o su contrario pero que tiene el mismo resultado: imagina que no te hubiera dicho hola, piensa qué hubiera sucedido si no me hubiese parado a tomar un café... Alegrarse.

Como decía, supongo que es inevitable pensar en lo acontecido de haber actuado distinto, pero solemos plantearlo como una dicotomía, como una opción binaria de 0 y 1, un sí y un no. La literatura y el cine han desarrollado su imaginario en este campo de forma basta, con muchas películas y novelas que tratan de la consecuencia de ciertas decisiones y nos muestran, en paralelo, las consecuencias de la decisión distinta, que no siempre opuesta. En infinidad de casos, quizá la inmensa mayoría, no se trata de sí o no, se trata de a o b (cuando no hay c, d, e...).

Luego están los actos voluntarios y los actos involuntarios, el azar, la suerte, entendida como algo que escapa a nuestro control y, por tanto, no depende de nosotros. Alguien dirá que el azar no existe. Pero existe. Está condicionado por aquello que has hecho, pero es indudable que algunos aspectos de lo que nos envuelve, de hecho tantos que rozan el infinito, escapan a nuestra capacidad de gobierno. La actuación de los demás, por ejemplo. Si la persona que conduce el coche de al lado decide dar un volantazo porque se ha equivocado de cruce o si se ha dormido y da el volantazo involuntariamente y, a consecuencia, choca contigo y te mueres o gracias al accidente te enamoras y tu vida cambia a bien para siempre. Eso no lo controlabas. Enamorarse tampoco, aunque los pasos para enamorarse, salvo chocar, sí.

Otra personas intentan encontrar en lo que las rodea, incluso en lo más lejano, razones que justifiquen las cosas: que si la posición de las estrellas el día que naciste, que si el destino, que si la voluntad de un ser imaginario de poderes ilimitados o casi, que si las energías. En el fondo no dejan de ser supersticiones como la del gato negro que se cruza en tu camino, el salero que se desparrama, el espejo que se rompe.

También está esa teoría de la física cuántica asociada a la matemática del caos, según la cual todo es una consecuencia infinita de acontecimientos encadenados. Llega un momento, aunque esto sea científico, que pierdes el control de tal cadena. No puedes decir (o puedes, pero en realidad no deberías) por ejemplo: esto me pasa porque ayer hice tal, y ayer hice tal porque tres días atrás pasó aquello, que sucedió debido a que la semana anterior lo otro, otro que se dio debido a que dos años atrás... hasta la primera célula. No, no lo controlamos todo y quizá no todo sea azar, se deba a una serie de consecuencias y causas inagotables, pero qué pereza ponerse a desentrañarlas todas, sería agotador y la energía, la que tenemos al levantarnos y se va agotando a medida que interaccionamos con el entorno, no la que reina en el universo y confabula para que se cumplan determinados acontecimientos. Como esos juegos de inventos en los que todo empieza con una palanca que activa una mancha que hincha un globo que mueve un resorte que mueve una cinta que desplaza una bola que cae en un cuenco que desequilibra una balanza que estira un hilo que... Es divertido jugar y pasas el rato, pero nada más.

Decir que es la voluntad de Dios, que no estaba hecho para ti, que todo se andará, que no era tu destino, es mucho más fácil que intentar explicarse lo sucedido y, además, te quita responsabilidad. Igual que cuando decías "he aprobado física", pero "me han suspendido las mates". Todo es culpa de la física cuántica.