David Copperfield, de Charles Dickens

20.02.2019

Hay grandes obras, obras grandes y grandes obras grandes. David Copperfield es una de ellas. De hecho, al menos para mí, Charles Dickens ya supone saber que te enfrentas a algo grande. La magnitud de su literatura, por volumen y por calidad, supone que cada libro, o casi cada libro, se vean como una afrenta de aquellas que se toman con ánimo y ganas. David Copperfield llevaba tiempo en mi biblioteca, ocupando mucho espacio debido a sus más de mil páginas, con la cara del niño en la portada, como si te dijera: "va, tu que vas de que te gustan los clásicos y los libros gordos, cógeme".



Autor: Charles Dickens (Portsmouth, Inglaterra, 1812 - Kent, Inglaterra, 1870)

Año: 1850

Esta edición: Ed. Roca (Random House), colección Contemporánea, edición de Bolsillo

Volumen: 1126 páginas

Género: Drama

Idioma original: Inglés

Traducción al castellano: Marta Salís


Pues lo cogí. Y lo he leído en poco tiempo. Charles Dickens ya nos contaba en Oliver Twist la vida de otro personaje, y es lo que hace en David Copperfield. Desde el día en que nace hasta que el protagonista, que narra su vida en primera persona, considera que todo está tranquilo y en su lugar. La obra, que fue entregada y publicada por fascículos, supone además de una narración brillante, un retrato del Londres y de la Inglaterra del s. XIX y tiene claros matices autobiográficos, pues la trayectoria de Copperfield es paralela, sobre todo la profesional, a la de Dickens.

En aquella época victoriana de carruajes, de un clasismo social espectacular, de criados, internados y orfanatos, de mujeres que eran socialmente concebidas como meras acompañantes de los maridos, de los Commons y de las colonias en Australia y la India; un niño que nace en un ambiente acomodado, que no rico, ve como la muerte de su padre supone la aparición de un padrastro que lo cambiará todo. Maltratador de él y de su madre, el niño es enviado a un internado donde conocerá a dos personajes claves para el resto de su vida: el seductor Steerforth y el desapercibido Traddles. No desvelaré los sucesos que se van aconteciendo ya que entonces se pierde parte de su gracia, pero sí que la obra (y la vida) en este libro nos va dejando un rastro de personajes muy bien perfilados que evolucionan con el protagonista y van reapareciendo en un ejercicio narrativo espectacular, en el que Dickens abre muchas historias (vidas) y las va cerrando en círculos perfectos. Desde los hermanos Murdstone, la pequeña Emily (primer amor de Copperfield), Ham, la familia Peggotty, Urias Heep, la familia Micawer, Agnes (oh, Agnes), Dora, Dick y su tía, la Srta. Trotwood. Este personaje, que tiene una aparición estelar en el primer capítulo, nacimiento de Copperfield, reaparecerá en la infancia de éste para cambiarlo todo y supone además una especie de pequeño alegato feminista en una sociedad que entonces era heteropatriarcal a más no poder. La vida del protagonista transcurre como en un culebrón y con un realismo práctico, a pesar del despiste del inicio en el que él asegura haber nacido para hablar con los muertos, no hay nada de sobrenatural en la novela, salvo quizá el rechazo que genera el personaje de Urias Heep.

Hay diferentes elementos, sin embargo, que molestan un poco en una novela tan larga o, más que elementos, personajes que se repiten en exceso y que tienen una evolución cuestionable: la familia Micawer y su pobreza crónica, por ejemplo, aparece y reaparece con una excesiva constancia; el enamoramiento que sufre David Copperfield al ver a Dora, un personaje del que no creo que nadie pueda enamorarse demasiado (mimada, tonta, incompetente) al lado de la magnífica Agnes o de Emily, por ejemplo. A la vez, hay detalles que dotan a la novela de un sarcasmo social delicioso, como la temporada en que el protagonista trabaja en los Commons y la disección de esa cámara llena de abogados de los clérigos, estirados y colmados de burocracia. También existe, claro está atendiendo al momento histórico en que la obra fue escrita, un clasismo en el trato hacia los criados y criadas: Dickens, y por tanto Copperfield, los tratan con respeto, pero los criados "se enamoran" de sus amos, viven única y exclusivamente para ellos y les deben todo.

La forma, por otra parte, en que Dickens retrata Londres (sus calles, sus gentes, las tabernas, las clases altas y las bajas) es excelente y la presentación de los personajes, sin excesivas descripciones físicas pero si todas en base a las sensaciones y sentimientos que despiertan en Copperfield, es soberbia. En ocasiones parece que Copperfield se limita a estar allí, viendo desfilar a estos personajes, observando, ocupando su memoria en retenerlos para cuando tenga que escribir sobre ellos. Pero es que Copperfield es el eje alrededor del que gira todo, una pieza que no se ve pero resulta imprescindible.

Dickens consigue que tengamos ganas, muchas, de ver cómo acaba Copperfield, como se van cerrando todas las historias, de que los buenos ganen y los malos pierdan, aunque en esta novela la maldad y la bondad están desdibujadas. Consigue el autor que te enganches a la obra y a la vida hasta el último momento, incluso cuando parece que el desenlace ha sido hace algunos capítulos.