De amaneceres tatuados en la espalda

13.11.2018

Viajamos en autoestop a través de largas carreteras, siempre secundarias, rodeadas de bosque o serpenteando entre valles, que escalaban montes o intentaban abrazar el mar. Una mochila en la espalda cada día algo más curvada por el cansancio, esas botas ya viejas sobre calcetines marrones, bermudas y una camiseta manchada de sudor. Yo llevaba la gorra negra que me regalaste y tú la cinta para el pelo que te regalé. Recuerdo que sonreíamos mucho y nos reíamos cuando descansábamos. Entre pinos o en la arena, en un banco de un pueblo cualquiera o tumbados mientras las hormigas nos inspeccionaban. Fumábamos hierba. Hacíamos el amor cada noche y muchas mañanas. Y en algunas ocasiones lo hicimos con otra gente, en parejas o en grupos, según donde fuéramos a parar y según se terciara. Probamos algunas drogas más fuertes, bebimos alcohol a menudo.

Siempre hacia el oeste. Si nuestro camino quedaba interrumpido buscábamos otro y si se acababa en las olas o contra la ladera empinada de alguna montaña, dábamos un rodeo. No había destino, solo rumbo. Tú dibujabas paisajes y rostros mientras yo escribía sobre las personas que nos paraban y nos llevaban o imaginaba las vidas de todos aquellos que se cruzaban con nosotros. Conocimos a mucha gente, supimos de finitos pasados y fuimos cómplices de infinitos futuros. Era nuestro único y último verano y, como si lo respetara, el clima nos acompañó con calidez durante las horas de sol y frescor las de luna. Nos bañamos en riachuelos y en estanques, nos ensuciamos de tierra y del humo de los coches. Tu piel se tornó rojizo tostado y la mía tostado negruzco. Tu pelo adquirió tonalidades rubias que lo volvían impredecible, el mío no pasó de un castaño claro. Nos quedaron puestas de sol marcadas en los ojos y amaneceres tatuados en la espalda. Escuchamos la música que había en los coches, supimos de pocas noticias por las radios y seguimos la vida de gente intrascendente en programas televisivos de bares de carretera.

Una noche, mientras te dormías en mi abrazo sobre la esterilla, pensé: "Dios, nunca me quites esto". Pero Dios no existe. Y yo lo sabía, y Él sabía que yo lo sabía y en su frustración, desde la no existencia, decidió que ya nos había dado demasiado tiempo.

Me acuerdo de aquella pareja de ancianos que nos recogió cuando ya volvíamos, tristes por el regreso y todo lo que suponía, pero alegres por haber disfrutado de ese mes inigualable. El Sol caía sobre campos de maíz a un lado y provocaba el rubor de los girasoles en el otro. La pareja discutía sobre algo para ellos trascendente y nosotros los mirábamos. Tomé el bloc de notas y escribí sobre ellos, llenando con imaginación los huecos, múltiples, que su conversación dejaba. Hablaban de qué hacer respeto a una de sus hijas, la que se escapaba a menudo con hombres a los que no conocía. Él apostaba por hacerla trabajar en el negocio familiar y ella creía que había que darle margen. Nos dejaron en una gasolinera, una muy pintoresca situada en uno de los cuadrantes de un cruce de película, de dos rectas que se perdían casi en el horizonte. Allí me dijiste que no me olvidarías jamás, que en ese instante, te parecía imposible amar a alguien más tanto como me amabas a mí. Y yo me emocioné y quise fundirme contigo, pero no tuve tiempo. Llegó el coche familiar destartalado, conducido por una pareja joven, que nos ofrecieron acercarnos a la ciudad. Deberíamos habernos fundido.

Conducían por turnos. Ella era una chica algo mayor que nosotros, de aspecto cuidado y aire despreocupado. Nos preguntó sobre nuestro verano mientras él, de edad indefinida, algo dejado, pero con actitud arrogante, sin ningún pudor, preparaba unas rayas de cocaína sobre la tapa dura de un libro de fotografías. Nos ofrecieron y, ya que nos quedaban solo un par de días de aquella aventura, dijimos que sí. Cuando terminaste de contar nuestro relato, la mujer al volante dijo: "¿Todo muy hippie, no?". El hombre apenas habló. La oscuridad de la noche avanzó con nosotros sobre la carretera y la luna iluminaba el asfalto, los faros hacían aparecer y desaparecer la línea discontinua. Ahora sí, ahora no, ahora sí, ahora no. Nos alargaron una botella de tequila barato. Bebimos. Les invitamos a fumar marihuana. Les preguntamos nosotros a ellos. Ella rió levemente entre sorbos de aquella botella de cristal sin etiqueta y él la miró: "¿Se lo contamos?", preguntó. "Yo creo que sí, son adecuados", respondió ella. Y empezaron su relato, hablando él mientras la mujer asentía o matizaba con monosílabos la narración:

Estaban huyendo. La policía de medio país les buscaba y la otra media les temía. Se habían conocido hacía un par de meses haciendo autoestop, como nosotros. Se zambulleron en una odisea de sexo casi instantáneamente, coincidían en afirmar que tal frenesí y tal simbiosis de deseo y pasión no les había ocurrido nunca antes, que fue como si toda su química entrara en combustión espontánea. Decidieron que aquel sería su verano. Su historia se parecía mucho a la nuestra, pensé entonces y sigo pensando ahora, pero pasada de rosca, todo era más salvaje, más brutal, más excesivo. Hasta el día, maldito según ellos a pesar de contarlo sonriendo, que se dieron cuenta que no les quedaba dinero. Fueron a una gasolinera, cogieron cosas imprescindibles como agua, tequila, cerveza, tabaco y algo de comida y urdieron una estrategia simple para robarlo. Ella tontearía con el tendero y él saldría. Pero no funcionó. El tipo de detrás del mostrador, con su gorra de la petrolera, los pilló y cogió el teléfono para llamar a seguridad. "Fue un arrebato", interrumpió la mujer: "un impulso salido de las vísceras, os aseguro que resultó incontrolable". Al ver la situación, ella cogió un bolígrafo de sobre el mostrador y se lo clavó al tipo en el esfenoides derecho. Y dijo esfenoides en vez de lateral de la cabeza o cráneo. El hombre no murió al acto, gritó y cayó de rodillas y emanó tanta sangre que parecía una fuente. Salieron pitando de allí y, aseguraron, el subidón de adrenalina de aquél instante y de los minutos posteriores fue tan increíble que no hay nada mejor, que ninguna droga o experiencia sexual o mística se le puede comparar. "A partir de entonces", continuó él, "nuestro objetivo ha sido repetir eso, volver a revivir ese instante". Así que después de la gasolinera, vinieron unas cuantas víctimas más y de diferentes formas: atropellamientos, ahogar con las manos, ahogar dentro de un bidón de agua, quemar vivo con gasolina, asfixiar con una bolsa de plástico, a golpes (él decía que ese asesinato fue maravilloso), apuñalamiento, inducción al suicidio (ella disfrutó especialmente con esta), pistola... "Pero nos falta algo. ¿Verdad, cariño?", dijo ella. "Verdad", respondió él.

Ambos se miraron. Empecé a sentir miedo y noté que tú temblabas a mi lado. La mujer fue frenando el coche, las luces de la ciudad se veían como una esperanza lejana. Aparcó en un espacio abierto por el que salía un camino de carro. Nos hicieron bajar. Tú comenzaste a llorar y yo te seguí. Ella cogió una bolsa del maletero y la abrió, sacando dos pistolas pequeñas y luego dos pistolas más grandes, lanzó una a su compañero y se quedó la otra. Comprobaron que todas las armas estaban cargadas. Noté que se me escapaba el meado cuando el tipo puso su pistola contra mi cabeza, de espaldas a mí. Y lloré más y los mocos me resbalaban por los labios. "Coge la pistola pequeña que hay en el suelo". Obedecí. La mujer hizo lo mismo contigo, temblabas tanto que pensé que te desmayarías o que serías incapaz de empuñar la culata. Nos pusieron uno delante del otro, a un par de metros. Creo que se puso a llover, pero ya no estoy seguro. Si acaso, las lágrimas o las gotas se llevaron toda la valentía que quizá tuve en alguna ocasión, la dejaron caer al suelo para que el barro se la tragara. Me olvidé de todo lo bueno pasado contigo. En voz baja, el hombre detrás de mí, susurró: "mátala antes de que lo haga ella. Dispara". Vi como ella, con esos labios pintados de carmín intenso, te decía algo. Lo mismo, imagino. Levantaste el arma hacia mí mientras yo seguía quieto. "No, dije bajito, ¿qué haces?". En una especie de acto instintivo levanté también el arma y te apunté. Hice un movimiento rápido para apuntarme a la cabeza, pero el hombre me golpeó el brazo. "No seas idiota. Si no haces lo que te pedimos, os mataremos a los dos. El que dispare y mate primero, sobrevive".

"Vive tú", gritaste.

"No, por favor, dispara", dije yo.

"¿No lo ves? No podría vivir con esto encima", añadiste.

Y disparé. Creo que fue como un reflejo, algo nervioso, mi dedo índice se contrajo. Yo no quería hacerlo. Pero lo hice. Y caíste como un saco. No tuvo nada de tragedia ni de dramaturgia, caíste y tu cara, que tantas veces besé y acaricié, se dio de bruces contra el suelo. "Por favor, les supliqué, matadme". El hombre me quitó la pistola de las manos y ella se fue hacia él, se besaron con furia y, bajo la lluvia y sobre el capó caliente del coche, follaron. Les oía, les veía por el rabillo del ojo, podía sentir su furia mezclada con la mía. Gritaban y jadeaban, se espoleaban a embestirse más fuerte. Al acabar, sin decir nada, arrancaron el coche y se fueron. No hice nada. Mientras ellos fornicaban yo solo lloraba y me hundía simbólica y literalmente en el barro.

Poco a poco todo fue desapareciendo. No había adrenalina, no había pena ni dolor, solo nada. La Nada y tu cuerpo muerto y calado, con la cara hundida en el lodo.


Este relato fue escrito y publicado en dekrakensysirenas.com, con fecha 28 de agosto de 2016