De por qué cierro los ojos cuando me cepillo los dientes

13.11.2019

Ante el espejo, que limpié pero se entesta en volver a ensuciarse inmediatamente y no creo que a él le atraiga la suciedad, lo más seguro es que a la suciedad le atraiga el espejo, quizá para verse reflejada y admirarse o lamentarse, quizá para taparlo y que no plasme su condición. Quién sabe si la suciedad estará orgullosa de ser sucia. Puede que el espejo esté triste, ya que nunca es él mismo, siempre es el reflejo de lo que tiene más cercano. Ante el espejo, decía, empiezo a lavarme los dientes y casi al momento cierro los ojos. En esa oscuridad (no es cerrar los ojos, es poner algo que los tapa, me dicen) me doy cuenta de que eso es algo que suelo hacer, cerrar los ojos mientras me lavo los dientes. Mientras el frescor de la pasta va ocupando todas las sensaciones de mi apertura bucal y el cepillo se mueve en círculos frenéticos debajo, tras y ante incisivos, caninos, premolares y molares, mis ojos permanecen en el negro enrojecido por las luces del techo, llamadas ojos de buey, curioso paralelismo o simplemente un paralelismo idiota, ni siquiera un paralelismo.

¿Cierro los ojos porque ya estoy cansado por la noche? ¿Los cierro para no verme todo el rato, por feo, por culpable, por tenerme demasiado visto? ¿Tapo mis ocelos bajando los párpados para poder imaginar mejor? Dicen o dijo alguien alguna vez en algún lugar (y no es la primera vez que uso esta frase, pero es que me encanta) que la dignidad puede medirse por los segundos que aguantas tu mirada en el espejo. Hace tiempo que no lo pruebo y me gusta pensar que mi dignidad, ese término abstracto que define algo también abstracto, quizá por esto el término lo sea, o puede que la cosa vaya al revés, mi dignidad está bastante intacta. Así que no es por dignidad. Igual es porque el espejo refleja cada día más canas, más arrugas, más... Más de todo lo inevitable. En una ocasión escribí que no hay jaula que pueda con la libertad ni espejo que pueda con la mentira; quizá es por eso, quizá la mentira no puede verse reflejada. ¿Pero qué mentira? Una de las pocas cosas que he aprendido es a ser de verdad (aprendizaje que viene con una lista infinita de efectos secundarios y errores colaterales). Ya hace tiempo que no es eso, entonces. Oh, espera, por eliminación... ¿es porque no me gusto? Claro que hay cosas mías que no me gustan: aspectos físicos, psicológicos, sociales, culturales y yo qué sé qué más. Y cierto que cuando estoy en horas bajas, en un mal momento, esos baches cortos o largos, altos o bajos que hacen temblar a la autoestima, todos esos rasgos negativos se potencian, se multiplican como hormigas y se organizan para arrasar con todo, marabunta de autodestrucción. Pero no, no es eso, no es porque no me guste. Una de las consecuencias de aprender a vivir con tus verdades es que de repente (o paulatinamente) te sientes capaz de enfrentarte a ellas y le coges gusto, coges lo que no te gusta y lo cambias o mejoras o lo desechas o aprendes a vivir con ello, sabiendo que ya que tendrás que aguantarlo, al menos lo aguantas con una sonrisa.

Oh, espera, wait. Ya lo sé. Es por la voluntad. Maldita sea. Lo sabía, es la brecha, el agujero, la grieta, el grano en el culo, la piedra en el zapato y todos los símiles de eso que se puedan encontrar. De entre todos los defectos siempre eres tú la que me hace cerrar los ojos para no mirarte directamente a la cara. ¿Sí? ¿Seguro? ¿O es la indecisión? Ahora dudo. Dudo siempre, en realidad, aunque también he aprendido a echarme las dudas a la espalda y seguir caminando, cuando antes me interrumpían y me detenían. Fueron una excusa muy usada y que me sirvió de mucho para justificar muchas cosas. Sí, claro, es eso, es la indecisión. Mi voluntad no actuaba porque estaba en la sala de espera, mientras en el despacho adyacente mis dudas discutían conmigo o yo con ellas. Listas imaginarias de pros imaginarios y contras imaginarios, largos paseos dando vueltas a lo mismo por el miedo a que saliera mal, por el miedo a que saliera bien. Entonces, tampoco es la indecisión, es el miedo lo que me hace cerrar los ojos cuando me lavo los dientes. Eh, no, que estaba hablando en pasado. Era el miedo, sin embargo la conciencia de echar las pestañas abajo es reciente, antes no lo hacía, antes me miraba mientras me cepillaba los dentículos. O hacía otras cosas.

Ostras... ¿Y si es la calma? Vaya, qué revelación más reveladora. ¿Estaré cerrando los ojos por paz interior, por calma, por tranquilidad? Pero... ¿y todo lo que me preocupa? Porque me preocupan muchas cosas: el dinero, el trabajo, los niños, el piso, los amigos, mi espalda, mis pies, mi forma física, el amor, algunos recuerdos, algunos olvidos, las canas, mi vista, tantos libros por leer. Me gusta mucho la idea de que sea la calma. Las tormentas son bonitas pero no te permiten atisbar el horizonte, la calma te permite verlo pero es engañosa, pues sigue siendo inalcanzable. No obstante lo ves. Definitivamente, creo que la razón es esa, no tanto por el horizonte que queda delante (que también porque me gusta verlo) como por el que queda atrás, la calma de haber pasado la tormenta y ver que sigues en tu barca, a flote, y con energía para seguir remando. Es por eso que cierro los ojos mientras me lavo los dientes.