Vino y prejuicios

01.04.2019

El olor a roble se escapa por el cuello de la botella como el genio de una lámpara, nada más oírse el característico ruido del corcho. Desde el comedor, Miguel oye la voz de Casandra, sentada en la única butaca de la casa, los pies descalzos sobre el tapizado, las rodillas flexionadas en una posición imposible, diciendo que qué bien suena ese ruido. Casandra lleva puestas sus gafas para leer, redondas y grandes, que empequeñecen su cara alargada y hacen conjunto con su pelo teñido de un naranja oscuro o un granate claro.

Miguel le lleva la copa junto a la suya, toma una de las sillas de plástico y se sienta frente a ella. Durante un rato se miran en silencio, dejando que el vino se airee, repitiendo los gestos de las personas entendidas en este licor de uvas, como si les fuera de aquí, que no les va. Ella ha dejado plegado el libro sobre su falda, encima de la manta azul marino que le tapa las piernas delgadas y largas. Hace muy poco que está aquí y sin embargo a Miguel le da la sensación ahora mismo de que hace muchísimo, que podría recorrer mil recuerdos de su vida juntos y se quedaría corto. La luz del atardecer que se marcha deja rectángulos de sol marcados en el suelo. Miguel es el primero en sorber un trago y con un gesto de la cabeza confirma que ha valido la pena gastarse el dinero en aquella botella, ella le sigue y afirma enérgicamente, se muestra complacida por la elección. Miguel no acaba de aprobar el libro que ella lee, uno de esos autores de bestsellers que mezclan las aventuras con los mensajes constantes de auto-ayuda, pero se dijo a sí mismo, recordando ahora lo que le ha costado llegar hasta aquí, que para poder ser feliz debía dejar algunos prejuicios de lado, principalmente los que tenía contra sí mismo, luego los que tenía contra los demás.

El primer perjuicio que se quitó fue el de abrir una cuenta en una aplicación para ligar por Internet. Así se conocieron, no puede dejar de recordarlo constantemente y una parte de él todavía se reprocha aquello. Luego tuvo que hacer ojos ciegos a sus escrúpulos por el pelo teñido, por los labios demasiado pintados, por el deje relativamente barriobajero de ella al hablar y al moverse. Recuerda Miguel que le fue relativamente fácil olvidarse de tales aprensiones gracias a que, por el chat de la aplicación, ella le hacía reír mucho y se reía mucho con él y pronto sintió unas ganas crecientes de encontrarse. El color a cereza madura del vino le trae a la memoria el color de su pelo en la primera cita, más oscurecido que ahora, a juego con el carmesí de la boca. Y quizá fueron detalles como esos, como los que ahora recuerda con cierto reparo nostálgico, lo que provocó la química, lo que hizo que cuando ella se le acercó mucho, sentados en el sofá de aquel local oscuro o más bien sombrío, y dijo: "O nos quitamos los prejuicios los dos o lo que se está fermentando dentro acabará siendo vinagre", lo que le hizo olvidarse de las diferencias. Y mírala ahora, tan bonita, sentada en la única butaca del piso, moviendo el vino como si supiera de enología, igual que él, que no tiene ni idea, pero sabe que de vez en cuando aparece algo que vale lo que cuesta.