Demasiadas despedidas

21.12.2019

No puedo contar toda la gente de la que me he despedido, a la que he dicho adiós o un hasta luego que perdió su condición de proximidad a medida que el luego se fue perpetuando y no ha llegado todavía ni se le espera. Por la vida de alguien, incluso siendo esta persona relativamente asocial, pasan una multitud de otros alguien considerable. Incluso si acotamos los espacios temporales, si empezamos a contar desde un momento cercano hasta el ahora, la cantidad de personas que se han cruzado contigo y se han quedado lo suficiente como para dejar su aroma en tu memoria, es una cifra nada desdeñable. A veces porque se va uno, a veces porque te vas tú, muchas porque os vais los dos. Cualquier despedida es debida a la marcha de alguien que, en lugar de seguir caminando con el otro alguien, elige otro camino.

Si dentro del incluso anterior, el referido a la acotación temporal, añadimos un nuevo incluso, el derivado de las personas que han significado algo, sigue habiendo un número importante. Es decir, incluso reduciéndolo a un tiempo limitado y a una significancia destacada, la cantidad de despedidas se me hace grande. Es igual que no haya habido un adiós explícito, es igual que no haya habido un abrazo y un giro del cuello para ver marchar a la otra persona, también son despedidas las pérdidas de contacto producidas por la continuidad del mismo, por el simple abandono, producto de la distancia mental. La inmensa mayoría de la gente que pasa por tu vida no se queda, o no te quedas tú, da lo mismo. O no da lo mismo, pues si siempre te vas tú la situación es una y si siempre se van las demás la situación es otra, cada una más preocupante que la anterior que es más preocupante que la siguiente.

Las despedidas más difíciles no creo que sean las de las personas que han caminado contigo mucho tiempo, creo que son las de aquellas personas que creías que caminarían contigo un tiempo más y resulta que no, las que los pasos dados conjuntamente te hacían pensar, o la hacían pensar, que ahora el camino era mucho mejor, pero no fue recíproco. O lo fue por un período más corto del que una de las partes deseaba o por motivos tan distintos que una de las partes no entiende el desvío.

Hay quien es incapaz de despedirse, como si se pudiera con todo, pero no se puede. Es probable que tengamos una capacidad para sostener compañías que sea limitada, algunas personas una muy pequeña, otras una muy grande, pero hay un tope. Nuestro espacio mental, nuestro tiempo para dedicar a los demás, nuestras ganas y necesidades de socialización se colapsan, como lo hace el hipotálamo cuando estamos saciados de agua o comida, una señal alerta a nuestro cerebro de que ya no más o reventamos, o nos sentiremos mal, incapaces de digerir tanta sustancia sin vaciarnos un poco primero. Las personas con una vida social tan colapsada que nunca tienen tiempo para nada, me pregunto cuándo se dedican tiempo a sí mismas, a estar consigo, algo que también es necesario, pero más difícil a menudo que estar con otras personas. En el caso contrario, esas personas que no tienen apenas vida social, están tanto consigo mismas que ya no saben relacionarse con los demás o se sienten incómodas con demasiada sociedad, ya sea por demasiado tiempo o por demasiada gente.

Es común también no haber tenido vida social durante mucho tiempo y de repente tenerla a tope, como para compensar, y al revés. Yo en ocasiones he necesitado cierto enclaustramiento, pero me dura poco, pronto necesito socializarme tanto con la gente conocida como por la gente por conocer; enclaustramiento derivado de un exceso de vida social durante el periodo anterior. Pero el tema no es este, el tema son las despedidas, las personas de las que te alejas cuando tuviste tan cerca, que se alejan cuando te tuvieron tan cerca, que durante un tiempo sientes todavía su presencia o su aroma o su esencia y miras a tu lado para comprobar que ya no están y quizá te sigas preguntando por qué ya no están. Quizá es que ya no tengan que estar, que cumplieron su cometido o tú cumpliste con el tuyo.

Por suerte, la gran mayoría de personas con las que me he cruzado han aportado algo positivo y el recuerdo que me queda es dulce, es agradable. Y entre esa mayoría, de la mayoría me he despedido o se han despedido con una sonrisa, sin un adiós o un hasta luego sino con la mirada de que ya veremos si nos volvemos a encontrar. Ha pasado junto a mí gente increíblemente válida, válida en el sentido de ser personas que me gustaría que siguieran aportando o a las que yo pudiera seguir aportando, pero no ha sido así, un día se acabó lo que fuera que había y el hay pasó a ser un hubo. En ocasiones no lo he entendido, por qué nos despedimos, me pregunto; en otras, lo entienda o no, sé que es lo mejor que pudo haber pasado o, si no lo mejor, lo que tocaba que pasase, lo natural, lo que correspondía. Y a pesar de estar cansado, porque lo estoy, de tantas despedidas, sé que es mejor despedirse de alguien porque ha estado que no haber tenido nunca nadie de quien despedirse.