Diario de Janus (I)

20.12.2020

Ninguna idea nace de la nada, todas parten de algo y cualquier idea puede ser buena. Cuento un poco como nació mi novela "Janus en el bosque", empezando por el inicio (aunque podría no ser así).

Nacimiento I. Los relatos compartidos.

Janus en el bosque nació de una idea compartida. Llevo tiempo en las redes sociales (Facebook la primera, Twitter después, Instagram más tarde) y durante un tiempo, como se puede comprobar en el apartado Colaboraciones de esta web, hice algo que me encantó: proponer a otros miembros de las redes, principalmente Twitter en la que más activo estuve, escribir algo juntos, construir relatos colaborativos. De ahí surgieron ideas divertidas e interesantes como "El último tren" primero, que tuvo un boom de visitas gracias a ser novedoso y a contar con personas de esa red social muy populares y con contenidos de calidad; luego vino la compleja trama de "Cesuras; psiquiátrico cerrado" en la que participó gente motivada y creativa dando lugar a un relato evolutivo y crítico, a mi parecer, de mucha calidad. El tercer acto, a uno por año, fueron los "Diálogos", en los que invité a dos o más autores y autoras a crear un relato entre personajes que hablaban entre sí, dando como resultado una diversidad de contenido y estilos muy rica. La cuarta apuesta fue sin duda la más ambiciosa de todas: "24x6". Seis autores/as que escribían 24 horas de un personaje bajo una serie de pequeñas normas que debía haber en común y que unían trama y a unos personajes con otros. Estoy muy orgulloso de cómo salió y agradecido a todos y todas las que se apuntaron. La quinta ola, por llamarlo diferente, fue "Arriba el telón", en el que se creó una obra de teatro, diferente y peculiar, con personajes profundos y, otra vez, una altísima calidad literaria.

Ya se lo he agradecido muchas veces, pero no quiero dejar de hacerlo de nuevo, a todos aquellos y aquellas que usando su nombre de usuario/a de Twitter dieron parte de su talento y su tiempo para construir estas colaboraciones. Así que, gracias sinceras.

Pero ha hubo también intentos fallidos. Algunos murieron porque la idea era en exceso compleja, implicaba demasiada dedicación de tiempo y energía y todos tenemos otra vida más allá de escribir o de socializar virtualmente. Un buen ejemplo fue el "Bucle", que después de tiempo de charlas por WhatsApp y los DM grupales de Twitter, después incluso de que tuviéramos muchas porciones de la primera parte, acabó muriendo. Evidentemente también hay fricciones cuando se junta a mucha gente. A veces juntas a dos o tres que no se soportan a pesar de no conocerse de nada, se tienen bloqueados o bloqueadas, han tenido rifirrafes virtuales.

Sin embargo, la idea de Janus en el bosque murió porque la persona con la que empecé a idear el proyecto, como relato a dos, desapareció de las redes y, creo, del mundo debido a una enfermedad que pudo con ella. Y qué putada, porque era alguien con quién merecía la pena hablar, a quien merecía la pena leer, a quien hubiera sido genial conocer en persona. Sin embargo esta última opción no pudo darse y lamenté, a pesar de que no la conocía, su desaparición. Entre ambos estábamos construyendo el argumento, hablando siempre por los DM de Twitter. Yo le presenté la idea: dos niños que encuentran una puerta en un bosque, separados dimensionalmente, y al cruzarla cada uno se convierte en un adulto en el mundo del otro. A ella la idea le gustó, se apuntó a pesar de su complejidad, me llenó de preguntas que me ayudaron a perfilar el planteamiento del relato. Entonces ella desapareció y una amistad virtual común, alguien a quién me encantaría también conocer porque creo que es la mejor persona que he conocido en las redes, me informó de su enfermedad. Mierda, pensé, no se vale, no lo merecía.

Nacimiento II. El reflejo de Ada.

El 7 de marzo de 2017 dejé el trabajo en el que llevaba más de seis años, que me gustaba mucho, con un equipo cojonudo, una profesionalidad envidiable para una tarea durísima en el área de protección a la infancia y la adolescencia, y me puse a escribir. A mi pareja, ahora ex pareja, le costó aceptarlo, pero me apoyó. A mi madre le costó más todavía, pero creo que ahora sonríe un montón. Mi padre me apoyó en seguida, a pesar de que, claro, había dudas. A mi padrastro, a quien dediqué "Bueno, me voy", ya bastante enfermo, se lo dijimos más tarde, pero me apoyó también. Y a mi hermano la idea le pareció cojonuda.

Cuando me puse a construir la novela, no empecé con lo que sería Janus en el bosque, sino que entre las diferentes opciones que tenía (las Distopías publicadas en ArtNoir era una de ellas), elegí finalmente desarrollar uno de los relatos que más me gustan, entre los que tengo: El reflejo de Ada. Trabajé un montón en esta novela, casi un año dedicado a ella: trazar las tramas, construir la escaleta, desarrollar personajes y escribir, escribir y escribir... Gracias a ello pude comprobar lo que ya sabía: dedicarme a escribir es lo que yo quería, lo que yo quiero. ¡Qué feliz soy cuando tecleo sin parar porque acuden a mis ideas y musas y formas de narrar! Cuando terminé la novela, más de 300 páginas, que yo me enrollo mucho, la corregí durante un tiempo y finalmente elegí a una serie de personas: una buena amiga, también escritora; un profesor de lengua y una poeta para que hicieran de lectores 0 y se lo di a otro escritor, Carlos Aymi, para que me hiciera un informe de lectura a cambio de que yo se lo hacía de su novela "La Guillotina Dorada". Los informes, los comentarios, salvo el del profesor, no fueron buenos. A El reflejo de Ada le faltaba acción, en el sentido de que era lenta, de que en realidad parecía no pasar nada, el protagonista era extrañamente contradictorio y tenía cierta insustancialidad. La frustración fue obvia, claro. A pesar de C. Mata, el profesor, me dijo que para él la novela podía salir publicada tal y como estaba, me sorprendió negativamente que cada lector/a viera al protagonista de una forma tan distinta, de que otro escritor le viera tantos fallos. No me enfadé ni pensé en suicidarme como el pobre John Kennedy Toole. Hice algo que aborrezco de mí: abandonar.

El reflejo de Ada es una novela que quedó archivada en la carpeta virtual y en el cajón en su versión impresa y allí sigue porque soy así. Lo siento por mí, pero esta tendencia a descartar cosas que me han entusiasmado y han cogido carrerilla y luego se estampan contra un muro, me ha acompañado desde que tengo memoria. Tengo cientos de ideas que quedaron en un feto, medio contruídas, tengo decenas -y no exagero - de novelas empezadas y algunas casi terminadas porque les falta, precisamente, ese ejercicio tedioso de corrección. Forma parte de la tarea y el arte de escribir, lo sé, pero se me hace una montaña y en este caso, si la montaña no va a Mahoma, Mahoma se queda quieto. ¿Algún día me pondré a terminarla? No lo sé.