Diario de Janus (II)

24.12.2020

El 7 de marzo de 2017 dejé el trabajo en el que llevaba más de seis años, que me gustaba mucho, con un equipo cojonudo, una profesionalidad envidiable para una tarea durísima en el área de protección a la infancia y la adolescencia, y me puse a escribir. A mi pareja, ahora ex pareja, le costó aceptarlo, pero me apoyó. A mi madre le costó más todavía, pero creo que ahora sonríe un montón. Mi padre me apoyó en seguida, a pesar de que, claro, había dudas. A mi padrastro, a quien dediqué "Bueno, me voy", ya bastante enfermo, se lo dijimos más tarde, pero me apoyó también. Y a mi hermano la idea le pareció cojonuda.

Cuando me puse a construir la novela, no empecé con lo que sería Janus en el bosque, sino que entre las diferentes opciones que tenía (las Distopías publicadas en ArtNoir, magnífica creación de Rafa Marco, era una de ellas), elegí finalmente desarrollar uno de los relatos que más me gustan entre los que tengo: El reflejo de Ada. Trabajé un montón en esta novela, casi un año dedicado a ella: trazar las tramas, construir la escaleta, desarrollar personajes y escribir, escribir y escribir... Gracias a ello pude comprobar lo que ya sabía: dedicarme a escribir es lo que yo quería, lo que yo quiero. ¡Qué feliz soy cuando tecleo sin parar porque acuden a mis ideas y musas y formas de narrar! Cuando terminé la novela, más de 300 páginas, que yo me enrollo mucho, la corregí durante un tiempo y finalmente elegí a una serie de personas: una buena amiga, también escritora; un profesor de lengua y la poeta Anabel C. Huertas para que hicieran de lectores 0 y se lo di a otro escritor, Carlos Aymi, para que me hiciera un informe de lectura a cambio de que yo se lo hacía de su novela "La Guillotina Dorada". Los informes, los comentarios, salvo el del profesor, no fueron buenos. A El reflejo de Ada le faltaba acción, en el sentido de que era lenta, de que en realidad parecía no pasar nada, el protagonista era extrañamente contradictorio y tenía cierta insustancialidad, con poco desarrollo. La frustración fue obvia, claro. A pesar de C. Mata, el profesor, me dijo que para él la novela podía salir publicada tal y como estaba, me sorprendió ni para bien ni para, con bastante ambigüedad, que cada lector/a viera al protagonista de una forma tan distinta, de que otros escritores le vieran tantos fallos. No me enfadé ni pensé en suicidarme como el pobre John Kennedy Toole. Hice algo que aborrezco de mí: abandonar. Me desanimé con El reflejo de Ada. Pensé en diferentes modificaciones que podía hacerle, qué añadir y qué quitar, cómo reconstruir a Marcos Jas, su protagonista, enfatizar en la relación amorosa con el personaje de Marla y la relación casi paterno-filial con su sobrina Amaranta. No lo conseguí, las musas se habían ido dándome por imposible, sabiendo de muchos años que esta parte a mí se me hace tan cuesta arriba que empiezo a jadear y a quejarme de dolor en las plantas de los pies, las rodillas y la espalda antes siquiera de subir el primer tramo.

El reflejo de Ada es una novela que quedó archivada en la carpeta virtual y en el cajón en su versión impresa y allí sigue porque soy así. Lo siento por mí, pero esta tendencia a descartar cosas que me han entusiasmado y han cogido carrerilla y luego se estampan contra un muro, me ha acompañado desde que tengo memoria. Tengo cientos de ideas que quedaron en un feto, medio construidas, tengo decenas -y no exagero- de novelas empezadas y algunas casi terminadas porque les falta, precisamente, ese ejercicio tedioso de corrección. Forma parte de la tarea y el arte de escribir, lo sé, pero se me hace una montaña y en este caso, si la montaña no va a Mahoma, Mahoma se queda quieto. ¿Algún día me pondré a terminarla? No lo sé. Me sucede lo mismo con algunos relatos largos que considero buenos, teniendo siempre en cuenta mi nivel literario y mi nivel de autoestima, variable como las nubes a intervalos. Relatos que tendría que acabar de pulir o empezar a pulir, que he presentado a concursos sabiendo que todavía no estaban listos, colgándolos en mi web conociendo que no estaban preparados para ver la luz y que, por tanto, eso podía ir en mi contra, pues quién los lea puede pensar que no son tan buenos como pienso yo y que, como consecuencia, tampoco lo serán el resto.

Sí, claro, ya lo sé. La única persona que puede ponerle remedio a esto soy yo. Me lo digo constantemente, con los ojos cerrados o abiertos ante un espejo imaginario. Forma parte del trabajo de escritor y tú quieres trabajar de escritor, ¿verdad? Pues vamos, ponte a ello. Con El Reflejo de Ada no lo he hecho aún.

Así, lo que me sucede a menudo, es que aparco la novela o el relato por pulir y empiezo otro escrito. Pensé que con el tiempo de paro que tenía podía volver a escribir y una de las ideas descartadas al principio fue cobrando fuerza, una fuerza avalada por mi afición a la literatura juvenil, como demuestra mi artículo, uno de los más leídos de la web: La literatura para adolescentes. Es ahí, cuando me puse con la novela que inicialmente llevaba el título de Al otro lado de la puerta, pues ni sabía de la existencia de un Dios llamado Ianus (en latín) o Jano (en castellano).


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