Diario superficial de un domingo, de cinco a seis de la tarde

08.04.2021

Resulta curioso como dos personas que se asemejan hasta en el detalle más ínfimo no tengan nada por decirse cuando se encuentran en el espacio íntimo el lavabo, mirándose cara a cara y desapareciendo en el momento en que sus ojos dejan de conectar. Y para juntar una escena con la otra hace un flashback y recuerda que acaba de masturbarse pensando en un imposible que, por contradictorio que parezca, deviene más imposible a cada paja. Y más atrás, en aquel día que no pasará a la historia, ha pelado y cortado las zanahorias para darse cuenta, hecha la tarea, que no tenía sentido añadirlas al sofrito para las empanadillas de atún y, después de comerse un trozo, las ha tenido que guardar en la nevera, que desprende un olor extraño cada vez que la abre. De fondo se oye el ruido de los disparos que proceden del videojuego al que juegan sus hijos, con los que ha tenido, previo a pelar las zanahorias, una charla pedagógica-dramática sobre el uso de este entretenimiento y que, igual que todas las charlas de días anteriores, ha acabado resultando demasiado larga y ha perdido parte de su impacto. Mientras piensa que debería barrer la arena que ayer transportaron desde la playa dentro de bolsillos y zapatos, oye los gritos de los vecinos de abajo, qué pesados y qué maleducados, y recuerda que le deben la mascarilla que se le cayó recogiendo la ropa tendida y que, por alguna razón, no quieren devolverle. No le abren la puerta cuando llama, simulando no estar en casa y, de hecho, mejor que no estuvieran.

Decide que, cuando la aguja larga acaricie las doce, tirará aquella hora, la de las cinco hasta las seis, al cubo de las horas muertas, que ya está muy lleno y desprende un olor extraño, como la nevera. Aprovechará para volver a picar el timbre de los vecinos cuando baje a tirar la basura. Se flagela un poco al reprocharse que debiera estar aprovechando el día y hace el ejercicio de cambiar los "necesito" por los "me gustaría". Que ayer se hizo daño revolcándose con los niños por la arena y demasiada presión le podría romper alguna costilla. Le gusta el masoquismo del ejercicio mental: uno-dos, uno-dos, que no le provoca agujetas, pero sí dolores de cabeza. Si le tocase la lotería se compraría una casa más grande, se dice, y una vocecita (de la persona que a pesar de asemejársele en todos los detalles no tiene nada que ver con él) le comunica que no le tocará pues ya le ha tocado, que mire lo que tiene. Qué pesada la vocecita esta, debe de haber leído y memorizado unos cuantos libros baratos de autoayuda comprados en gasolineras, en los mismos estantes en los que hace tiempo vendían casetes de humoristas. Él se había comprado uno de esos casetes porque un compañero de clase lo había hecho. Siempre ha sido una persona un poco influenciable: si ves las barbas de tu vecino pelar, pon las tuyas a remojar. De hecho, todo huele a chamusquina.

Calla, que es el sofrito que se le vuelve a quemar.

Y al bajar a tirar la basura, encuentra en el buzón la mascarita que, calla, quizá ya lleva días ahí.

Este relato lo escribí como ejercicio para el Curso Avanzado de Escritura Creativa de la Universitat Autònoma de Barcelona. 21 de marzo de 2021