Divagar o morir (24x6)

16.09.2018

01:00 - 01:59

¡Romero! ¡Despierta!

Y despierto. Así de fácil. Ramón me ha devuelto a la vida.

Voy a cerrar. Vámonos a casa. Y no bebas más, hijo.

Ramón ha hecho de dios y de padre en tan solo dos frases. ¿Quién necesita la Biblia teniendo camareros? Son la nueva moral; te dicen lo que no debes hacer mientras te cobran por hacerlo. Me bebo lo que me queda de cerveza. Me levanto. Mejor, me intento levantar, porque estoy a punto de caerme y vuelvo a la silla.

No estoy borracho ‒protesto ante la mirada compasiva de Ramón‒. Estoy con sueño. Es casi lo mismo. Joder.

Miro el reloj, la 1:01. Llevo una hora dormido. La única de los últimos dos días.

Si adivinas por qué estoy así, Ramón, no solo te pago esta cerveza, sino que heredas mi reino.

Ramón frunce el ceño. Prácticamente oigo cómo su cerebro me llama pedante, o imbécil, o ambas cosas. Pero me tiene cariño y se piensa qué contestar mientras baja las sillas de las mesas. Ya ha barrido todo el bar. Me pongo la mochila a la espalda.

Podrías estar así por cualquier cosa. ¿Tu reino, qué carajo dices?

Tú juega y punto. Te doy tres oportunidades.

Mujeres. ‒Ramón lo dice sin ganas, coge las llaves de la puerta.

No.

Dinero ‒Ramón apaga las luces; yo me levanto y le sigo.

No.

Las dos cosas a la vez ‒Ramón suspira.

Me conoces bien, pero esta vez no se trata de eso... Verás, hace dos días toqué el fondo del fondo y tuve una revelación. Debía lanzar al aire mi moneda nazi de la suerte y abandonar uno de mis dos caminos. Si salía la cara de Paul Von Hindenburg dejaba el alcohol. Si salía la cruz con el aguilucho...

Espera, ¿la cara de quién?, ¿tienes una moneda nazi?, ¿tú?, ¿con tus pintas?

Ramón, la moneda es otra historia. No me hagas perder el hilo de esta que soy un Teseo de tres al cuarto... Ah, sí, si salía cruz dejaba la literatura.

Romero, tú estás mal de la cabeza. Pero adelante, ¿qué salió?

Estamos en la puerta. Ramón baja la verja. El demonio azul de grafiti nos sonríe y parece decirnos adiós.

Ahí está el problema, Ramón, que no lo sé. No cogí la moneda al caer, rodó por el suelo y se coló por una alcantarilla. Tengo la respuesta de mi destino en las cloacas.

¿Pero qué dices? Anda, vete a casa y duérmete, desastre con patas.

Ramón hace lo que dice que debo hacer. Se va a casa. Pero yo prefiero rebuscar en la mochila, sacar mi cuaderno de notas, un bolígrafo, sentarme en el suelo y anotar: Soy un desastre con patas. La noche es joven. Mi insomnio largo.

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Soy un desastre con patas. La noche es joven. Mi insomnio es largo. Tengo un boli cargado de pasado. El don de hacerlo todo mal. La capacidad de aburrir a un zombi. Soy un surtidor de frases mal avenidas. Veneno para todos, en especial para mí. Sí, tengo sueño y es como estar borracho. Me pongo en pie, guardo mi bic y el cuaderno en la mochila. Le digo adiós al bar cerrado de Ramón y a su diablo azul pintado en la verja. Es sábado y aunque haya muerto la zona de los viejos, me queda la de los jóvenes. Estoy fuera de lugar en ambas y nadie me espera en ningún sitio, pero iré de todos modos a dónde no haga falta. Mientras no resuelva el tema de la moneda no pienso regresar a mi piso. Mientras no resuelva si la cara o la cruz, si el alcohol o la literatura, ambos seguirán siendo la causa y a la vez la solución de todos los problemas de mi vida. Y a estas alturas solo puedo con uno de los dos. Seré fiel a lo que haya dictado la suerte, pero la moneda sigue fuera de mi alcance. Ya pensaré en algo, las cloacas serán mías. Camino cien metros y me paro. Vuelvo a caer en la pulsión de escribir, puta droga. Garrapateo que soy un personaje, la duda me vuelve a acechar, mi paranoia recurrente me dicta que tengo un diosecillo manejando mis hilos, que mi carne no es mía, sino de alquiler. Lo que no sabe ese diosecillo de tres al cuarto, escribo con saña, es que él tiene a otro diosecillo detrás. Y así hasta el infinito. O hasta el hartazgo, que es lo mismo. Camino otros cien metros y me vuelvo a parar. Esta vez no escribo, esta vez observo. Estoy imantado frente a un escaparate lleno de televisores último modelo. La tienda a estas horas está cerrada, pero los televisores encendidos. En todas las pantallas el mismo programa, La hora del lobo, creo recordar que se llama. Pero la hora está fragmentada y cada pantalla muestra un momento distinto. El escaparate es una especie de caleidoscopio del presentador; en una pantalla pontifica sobre política, en otra presenta una actuación musical, en otra el sketch de un colaborador, en otra está plantado en mitad del plató y le pregunta a su público... En todas parece que su ego no cabe en la pantalla. En todas viste la misma corbata y unos ojos sospechosos. Agarro una piedra grande que hay en el suelo mientras me digo que ese tipo, tras el escaparate y tras la pantalla, es la encarnación del éxito. Pero me pregunto al momento si será tan solo un suflé, si con pincharle un poco se desinflaría como todos los demás. Bien sé que sí, bien sé que todos somos carne de cañón y que como mucho hay que cambiar el calibre para derribar a cualquiera. Siento compasión por ambos, por él y por mí. Abro la mano y la piedra, que debía haber caído contra el cristal si fuese un rebelde, o contra el suelo si no fuese idiota, lo que golpea es mi pie. Me quejo mientras vuelvo a mis pasos. Caminar salva, aunque sea herido, eso es todo lo que sé sobre la vida.

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Caminar salva, aunque sea herido, eso es todo lo que sé sobre la vida. No tardo en olvidar el golpe del pie. No tardo en empezar a escuchar el ruido que se lleva hoy en los locales de marcha. No tardo en arrepentirme de mis pasos. Soy un intransigente en algunos temas. Y lo soy a mucha honra. Ya no soy un adolescente dispuesto a salvar el mundo con intervalos para mear. Ya no soy capaz de eternos botellones a la intemperie. Ahora, cuando visito la madrugada, suelo ir a la aventura y solo, en duelo contra mí mismo, por saber si soy capaz de dar la murga a las nuevas generaciones. Pero no creo en mi discurso, ni en los jóvenes, ni en mí. La noche es joven, pero yo ya no. ¿Cómo voy a creer en el futuro con este presente? La última canción de moda que escapa por la puerta del bar más cercano me expulsa del edén de las hormonas. Ya ni siquiera quiero emborracharme a cualquier precio. Acabo recluido en una esquina que sospechosamente no hiede a meados, ni a vómitos, ni a parejitas. ¿No es acaso sábado de madrugada, a ver si hoy me equivoqué de vida? Las dudas continúan cuando piso un charco. No ha llovido, pero ahí está. Tal vez sea de ayer que sí lo hizo, o tal vez se trate de la intromisión de un universo paralelo. Que jodan a Occam y a su navaja. Me asomo al charco y ahí está la sombra de mi reflejo. La farola que tengo a unos metros no da para más. Y al momento no da ni siquiera para eso. Me doy la vuelta y compruebo que la farola se ha apagado. No es por miedo (me miento), pero salgo con prisa de la esquina impoluta en busca de luz. No la encuentro. El barrio se ha fundido a negro, pero y si... La gente sale desconcertada de los bares y mientras ellos vociferan a causa del apagón, mi cerebro se enciende y me siento a escribir con la ayuda del móvil como linterna. Escribo compulsivamente. Y si no es la farola, y si no es el barrio, y si no es la ciudad... Y si es el mundo entero el que ha sufrido el apagón. Guadañas ilustres ya mataron a dios, ya mataron al hombre, ya mataron a la novela, ya mataron al rock. ¿Por qué no vamos a poder disfrutar también de la muerte de la luz? Y en esa autosatisfacción de tres al cuarto relleno varias páginas de mi cuaderno. Sin embargo, no tarda en resucitar dios, o un electricista, para devolver la luz y la mierda de música que vuelve a escucharse de fondo. Me obligo a pensar que quedará algún bar decente donde perderse y que lo voy a encontrar. Al fin y al cabo no estoy muerto y en los días buenos, incluso creo que todavía puedo escribir una novela que merezca la pena.

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Al fin y al cabo no estoy muerto y en los días buenos, incluso creo que todavía puedo escribir una novela que merezca la pena. Pero eso es en los días buenos y estos no me visitan desde hace un siglo o dos. Desde hace un siglo o dos más bien soy un saco de huesos sin más pretensión que la de sobrevivir. Detengo mis pasos somnolientos, sin rumbo y miro el reloj del móvil. El teléfono me dice que estoy plantado más allá de las cuatro de la mañana en otra noche que durará menos que yo. Quien no se consuela... Gritos por aquí y por allá impiden que termine el tópico. Me quedo observando la escena como un perturbado. Me pregunto si los sábados de madrugada se grita hoy como se gritaba ayer. Lo jóvenes se reúnen en la plazoleta para reclamar más fiesta. Los locales con licencia de bar que pueblan la zona cierran a esta hora, pero la noche genera despojos y se necesitan escombreras donde recogerlos. Las discotecas se frotan las manos. Un grupo de cinco armarios pasa a mi lado y dos de ellos me miran de arriba abajo como si me perdonasen la vida. Mi reacción es condenar a toda la juventud, aunque cierta hebra de racionalidad se me cuela y me pregunto si acaso es posible escapar a un juicio indulgente con tu generación y a uno corrosivo con todas las que vienen detrás. Me quedo con las ganas de echar a correr tras ellos y hacerles esa pregunta. Luego ya, habría buscado mis dientes por el suelo. Sin embargo, veo al bicho y me olvido de los armarios en particular y de la juventud de hoy en general. De saco de huesos a saco de huesos. Un galgo anda suelto por la madrugada y me mira asustado. Creo que cree que a pesar de mi aspecto soy su mejor opción. Me agacho y viene a mí, manso y cojo. Su famélico cuerpo me recuerda a mi espíritu. Le digo al galgo que me llamo Romero, le pregunto cómo se llama él y me lame la mano con su lengua. Decido aburrirle y le cuento que estoy a la búsqueda de cualquier infeliz que quiera escuchar mi murga sobre la decadencia de la sociedad, que por eso estoy aquí. Por eso y por el insomnio. Por eso, por el insomnio y porque soy gilipollas. Hablar con el galgo me despierta y decido que es hora de marcharme a casa, que debo dormir de una puta vez, dejar de desvariar. El perro comienza a seguirme con su cojera. Una calle, dos calles, tres calles. Me rindo y asumo mi derrota. Estoy junto a una churrería que acaba de abrir. Una churrería que vende pizza. Compro dos porciones para el galgo que espera en la puerta meneando el rabo. Compro una lata de cerveza para mí. La dueña me pregunta de qué vamos nosotros dos. Yo no tengo respuestas y además a ella qué le importa. Bajo una farola, mientras yo bebo y él come, acaricio su lomo escuálido, es parduzco, moteado de gris. Cuando ha devorado también la segunda porción levanta el hocico y me mira. Tenemos la misma expresión de derrota y cansancio. Mi intuición me asegura que nuestra camaradería llegará hasta el fin del mundo. ¿He dicho ya que siempre me equivoco? Ni siquiera ha terminado de masticar cuando el puto perro se aleja de mí. Es tal mi enfado que comienzo a seguirle. El galgo mira hacia atrás, me ve y acelera el paso de sus cuatro patas. Cojea, pero menos. Yo acelero el mío. Pasamos al lado de varias chicas borrachas que no terminan de entender la situación. Como puedo me termino la cerveza y estampo la lata contra el suelo mientras continúo mi persecución. Hubo un tiempo donde creía que la revolución comenzaba tirando la basura a la papelera en lugar de al suelo, que el civismo nos salvaría. Hoy en día, ya se ve, me conformo con satisfacer mis rencillas personales. El galgo se ha reído de mí y le quiero pedir explicaciones. Se pone al trote y yo me pongo también al trote. La noche es impredecible. Su cojera y que no aprieta el acelerador equilibra un poco las cosas. Hace años que no corro y mis tripas me advierten de una posible rebelión. Le pido al perro que se detenga, solo quiero hablar con él, pero el galgo mira de nuevo hacia atrás, ve al puto loco que le persigue y recupera su espíritu de corredor. Desaparece de mi vista. El muy hijo de perra se ha escapado sin darme explicaciones. Como la vida misma. Me apoyo contra la puerta de un garaje, recupero el resuello. No vomito. Comienzo a reírme. Dos chicas se cambian de acera para evitar cruzarse conmigo. Tengo la tentación de preguntarles si se han cruzado con un galgo a la fuga. No lo hago, me digo que estoy perdiendo facultades. Tal vez por no parecer un simple borracho más, o tal vez como despedida, le grito a la Luna:

- ¡Saco de huesos, allá donde vayas, toda la suerte de este cochino mundo!

No todo está mal, todavía soy un personaje.

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No todo está mal, todavía soy un personaje. La gente dice: sigue tu intuición y acertarás. Y se equivocan. La gente dice: desea muy fuerte y lo conseguirás. Y se equivocan. La gente dice: todo ocurre por algo. Y se equivocan. La gente es gilipollas y yo tengo cerca una casa de dios. Cerrada, por supuesto. Camino hasta Nuestra Señora de Nomeacuerdo y me siento en su escalinata. Apoyo la espalda contra la enorme puerta de madera de la iglesia y siento un calor reconfortante en la cercana agonía de la noche. Recurro de nuevo a las armas de mi mochila y me pertrecho con mi boli y mi cuaderno. El calor me hace sentir magnánimo y escribo: «Quizá la gente no sea gilipollas, quizá solo sea ilusa. Y es comprensible. La verdad es un laberinto kilométrico y a nosotros nos fabrican cada vez más vagos y menos despiertos. Los hijos de puta van ganando. Otra vez. Como siempre. Como para no querer ser un personaje. Elegí ser histrión como escudo ante la realidad». Dejo de escribir y me recuesto contra la puerta cerrada de madera. El cuaderno y el boli quedan sobre mi regazo. Alguna Virgen María de las muchas que hay debe acariciarme porque mi insomnio se muere por unos minutos. Cierro los ojos y sueño. Sueño con un escritor de tres al cuarto que me escribe. Sueño con un bar perdido en el infierno donde corren ríos de cocaína y las mujeres y los hombres que lo pueblan querrían vivir, pero se pudren. Sueño con el galgo que me siguió y que seguí y que me abandonó, y sueño que vuelve a mis pies y que mientras duermo me babea la cara con su lengua suave en señal de respeto, en señal de perdón, en señal de amistad. Y sueño que sueño otros sueños que olvido, hasta que una ráfaga de risas me despierta. Una parejita de enamorados se ríe de mí desde la otra acera. Tal vez lo hacen porque un ateo irredento como yo se quedó dormido bajo la protección de la Santa Madre Iglesia. Tal vez, porque un personajillo como yo todavía garrapatea líneas en su cuaderno como si creyese que puede escribir algo con mérito, valor o sentido. O tal vez, se ríen de mí porque una sombra que se aleja de mí a la velocidad del rayo, pero con cierta cojera, es la causante de que me encuentre la cara llena de babas ajenas que me obligan a plantearme los límites entre la vigilia y el sueño. Sin embargo, todo lo anterior no excluye que la parejita que tengo enfrente y que todavía me mira sea gilipollas. ¿Qué saben acaso ellos de mí? O tal vez tan solo son ilusos, porque por ejemplo todavía creen en el amor. O inocentes, pues allá yo con mis mierdas. O quién sabe si no son las tres cosas juntas. O ninguna. En todo caso, y a pesar del tamaño que presenta él, actúo para ellos, que para eso soy un personaje. Y les muestro mi dedo corazón como saludo en una peineta perfecta. Que amanezca por donde tenga que amanecer.

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Que amanezca por donde tenga que amanecer, aunque sea mal. El tipo es de los que quieren impresionar a su chica, o de los que se quieren impresionar a sí mismos. El caso es que no le gusta mi peineta. Y cruza la carretera. Y sube la escalinata de la iglesia. Y su novia de fondo que grita:

- ¡Para, Cora, no le pegues!

Frente a frente, quedamos a los pies de la Casa de Dios. Una Casa de Dios que sigue cerrada. El tipo me mira con saña. El tipo me saca una cabeza. El tipo no tiene claro qué hacer. Le ayudo a decidirse:

- Cora, ¿no irás a hacer caso a Cari?

Ahora sí. El tipo me calza una hostia en toda la cara y termino en el suelo. Sin embargo, le digo que tuvo poca fuerza para mi gusto. Él se propone repetir, claro, cuando Cari desde la otra acera grita histérica y le llama animal, le dice que está harta, que si me vuelve a tocar le deja. Y él que frena su puño en alto. Y yo que sigo espatarrado, contra la puerta cerrada. Y le sonrío. Pero ya perdí su atención. Ella gana. La historia de mi vida. Cora se va y le digo «suerte». Cora se va y le digo «gracias». Ser cívico, ser educado, ser idiota. ¿No nos educan así? Yo soy el número uno de mi promoción. «... ¿A qué hora abren las iglesias? ¿No debería Dios trabajar las veinticuatro horas del día? O quizá no, mejor que no trabaje ninguna visto lo que hizo con nosotros. ¿Será Dios el becario de otro Dios? ¿Acudirá Dios al psiquiatra por el fracaso de su imagen y semejanza? ¿A cuánto se cobra la blasfemia? Y la pregunta más importante de todas, ¿tendrá Dios sentido del humor? Porque está claro que yo no lo tengo...». Ahí dejo un resumen las dudas que quedan escritas en mi cuaderno casi tan a fuego como la mejilla que me arde después de la hostia de mi amigo Cora. El dolor nos hace reales, ¿qué más puedo pedir? Llevo una eternidad a las puertas ¿de qué? Pero todavía espero. En fin, que miro el móvil por si algo, por si cualquier cosa. ¡Y bingo! Por una vez la puerta se abre. Leo en el periódico:

«La NASA acaba de confirmar la existencia de vida extraterrestre inteligente. La observación a través del programa SETI ha permitido detectar la presencia de una civilización en el planeta Kepler-442b...».

La noticia sigue, pero yo ya no. Me pongo a pensar. Luego pensaré que podría haber pensado en primer lugar en las consecuencias científicas, políticas, religiosas, pero que lo hice en literatura y eso me demuestra una vez más cuál es mi lugar en el mundo (más me vale que la moneda nazi que tengo pendiente en una alcantarilla haya caído por el lado de los libros y no del alcohol). El caso es que lo primero que pienso es en Kafka y en una de sus más famosas entradas a su diario: «Hoy Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar». Y yo, que no soy precisamente Kafka, le plagio sin reparos. Abro de nuevo mi cuaderno y anoto: «Hoy los humanos hemos descubierto vida inteligente en otro planeta. Tengo hambre, tengo sueño, tengo la cara hinchada. Hace tiempo que no veo amanecer».

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Hace tiempo que no veo amanecer. Hace tiempo que no me partían la cara. Hace tiempo que el mundo no se ponía patas arriba. Ya que no puedo dormir, que al menos merezca la pena estar despierto. Todavía pasan un buen puñado de minutos hasta que abandono la escalinata de la iglesia sin rumbo alguno. Debería regresar a casa de una maldita vez; debería volver a la alcantarilla en busca del resultado de la moneda; debería emborracharme para celebrar que no estamos solos en el universo. Debería tantas cosas y hago tan pocas. O mejor, me esfuerzo tanto, pero en una dirección tan equivocada. No he terminado de pensar lo anterior cuando unos versos de Lorca se presentan sin pedir permiso. Es lo que tiene la poesía, que no llama a la puerta, la derriba. Esos versos los conocí hace años y sentí que explicaban el sentido de la vida, normal que pidan paso cuando se les antoja. Pero todo verso, para que sea realmente verso, debe ser recitado, así que me busco una víctima. Localizo enseguida un barrendero municipal equipado con soplador de hojas en su cubeto y con cepillo al ristre, que deja de barrer cuando cruzo la calle para dirigirme hacia él. Supongo que piensa que le voy a preguntar algo, pero suponer siempre fue un ejercicio de riesgo. En cuanto llego a su lado le suelto:

¡QUÉ esfuerzo!

¡Qué esfuerzo del caballo por ser perro!

¡Qué esfuerzo del perro por ser golondrina!

¡Qué esfuerzo de la golondrina por ser abeja!

¡Qué esfuerzo de la abeja por ser caballo!

El barrendero me escucha. Abre la boca. No dice nada. Mientras mastica su silencio regreso a mi vieja idea de que así nos va, insatisfechos, desorientados, queriendo ser lo que no somos y lo que no podemos ser. Y acabamos ornitorrincos perdidos, morfológica, sintáctica, esencialmente confusos. Al momento me llamo pedante y echo el freno. El barrendero mientras logra cerrar la boca, pero la vuelve a abrir al momento, esta vez para decirme que me vaya al carajo, para decirme que nos vayamos todos al carajo, porque desde que se ha descubierto vida en el Kepler ese, somos demasiados los locos que andamos sueltos. Me dice que ya había tenido bastante con un pirado de túnica granate que le habló de no sabía qué de agujeros dimensionales, me dice que ya había tenido bastante cuando se cruzó con un lunático en minifalda que iba mencionando no sabía qué de Jesucristo, me repite que ya había tenido bastante, como para que también yo fuera a tocarle las narices con pollas de esfuerzo y animales. Y yo que le contesto que no se equivoque, que no se trata de tocarle las narices, que le he recitado a Federico García Lorca. Y el barrendero que levanta el cepillo en plan amenazador. Y yo que levanto las manos en plan, tranquilo, amigo, es poesía y ya no está cargada de futuro, soy inofensivo. Y tras unos segundos tensos, dejamos de decirnos nada; el barrendero vuelve a su trabajo y yo vuelvo al mío, divagar para no morirme.

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Tras unos segundos tensos, dejamos de decirnos nada; el barrendero vuelve a su trabajo y yo vuelvo al mío, divagar para no morirme. ¿He dicho ya que tengo hambre? Entro en una cafetería de viejos y me pido una tortilla del siglo pasado. ¿He dicho ya que tengo frío? Acompaño la piedra de huevos con un carajillo. Bueno, al final caen dos. ¿He dicho ya que estoy sin rumbo? Sí, eso seguro que ya lo dije. Y entonces, eureka. Pago con prisa y salgo a la mañana recién vestida de sábado con la intuición tamborileando en mi cabeza. Cuando era adolescente, cuando estar perdido comenzó a ser mi pan de cada día, el río y el cementerio fueron mis santuarios. El cementerio queda lejos de donde estoy (espacialmente quiero decir, porque temporalmente creo que me acerco a buen ritmo), pero el río apenas queda a veinte minutos con mi paso apresurado. Por fin tengo algo de rumbo. Caminar siempre me ha dado mucho: mis mejores relatos; las pocas ideas buenas que aparecen en mis novelas, también las muchas malas, por supuesto; la poca salud que me queda; e incluso un par de polvos. Cuando camino, me atrevo a vivir sin miedo. Curioso. Solo así se explica que no me asuste y hasta sonría por dentro a causa de la sombra que creo me sigue. Si tuviera dos dedos de frente, si tuviera siquiera uno, no habría girado hacia el camino de tierra, no me estaría alejando de la ciudad. Pero como soy un capullo inconsciente, de perdidos al río. Minutos más tarde, algo decepcionado, pero sobre todo con alivio (soy todo un personaje, pero lo suficientemente real como para tener miedo), me digo que juraría que me seguían. Me digo que juraría que llevaba una túnica granate y unas botas negras, por lo que sería miembro de la secta recién parida del lunático de turno. Me digo que juraría que era mujer. Pero la forma verbal incondicional marca que estaba equivocado (una vez más). La he perdido y eso que era ¿ella? la que me seguía a mí. La cobertura del móvil también se pierde, en este caso poco a poco. La batería ya no es gran cosa y no dará para mucho. Mi santuario, el lecho del río donde acudía de adolescente, sigue en pie. Ha aguantado el paso del tiempo más o menos como yo. Estar está, pero lleno de basura. Entre la mierda que contemplo se desata mi misantropía. Al final consigo sentarme cerca de lo orilla y lo suficientemente lejos del asco. El agua nunca bajó muy limpia que yo recuerde, pero este color verdoso da un exceso de grima. Sin embargo, estoy convencido de que los barbos y las carpas resisten. Se parecen a nosotros en ese punto, somos capaces de tragarnos toda la basura que nos echen y tenemos la memoria muy corta. Algo me ronda por la cabeza y tengo que sacar mis armas de nuevo, el boli y el cuaderno no tardan en estar empuñados. «Corta indica distancia; mi distancia favorita son los años luz; los años luz me llevan a Kepler 442... Y 442 fueron las páginas a Word de mi penúltima novela fallida». La asociación libre de ideas me lleva a comprobar que el móvil tiene una barra de cobertura, lo suficiente para informarme pacientemente sobre el planeta que acaba de saltar a todas las palestras. Otro dato me da un radio de 1,34 y al momento caigo que 134 fueron las páginas de mi última novela fallida. ¿Qué cojones pasa aquí? Recuerdo mis dos últimos proyectos literarios desastrosos. Desastre número 442, un tipo consciente de su mediocridad, enamorado de la literatura, nacido en una capital de provincias, cree que puede luchar contra el mundo editorial a través de su mucho esfuerzo y de su poco talento. No acabó bien. Desastre 134, un ejercicio de descomposición del personaje, una deconstrucción en sentido clásico, un viaje genealógico hacia atrás... que no entendió nadie. Me quedó tan confuso que llegué a pensar que paradójicamente le había dotado de vida. Al fin y al cabo, todos nosotros, solo hemos podido llegar a donde estamos gracias a la máxima confusión, gracias a un craso error. Aunque para craso error el que cometí cuando pensé que me había equivocado al pensar que me seguían; ella se acerca a mí.

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Aunque para craso error el que cometí cuando pensé que me había equivocado al pensar que me seguían; ella se acerca a mí. Tiene el pelo muy corto y sobre la túnica granate un colgante jodidamente feo con la forma de un sol de tres a al cuarto. Es menuda y calculo que tendrá más o menos mi edad. A saber sobre cuántos traumas cabalga para disfrazarse así, para seguirme a mí.

¿Te has perdido? ‒le pregunto mientras pienso si debo asustarme.

Te buscaba a ti ‒me contesta mientras se para a un metro de distancia.

Nariz pequeña, boca fina, ojos grandes y marrones. Tiene su morbo. Desde luego mucho más que yo. ¿Cómo va a acabar esto? Seguro que no cómo me gustaría, aunque ni idea de cómo me gustaría que acabara esto.

Para buscarme a mí hay que estar un poco tocado del ala. No sé, por ejemplo, habría que pertenecer a una secta cutre o algo parecido.

Mi indirecta la descoloca un tanto o eso quiero pensar. Se rehace pronto, pero mal.

Te subestimas. Si quisieras y desearas lo suficiente el mundo podría ser tuyo...

Abro los ojos desmesuradamente mientras la escucho. No doy crédito, creo que incluso echo humo. La interrumpo.

No me jodas que Paulo Coelho es vuestro líder. Lo que le faltaba al Mundo. Déjate de rollos o te vomito encima. Déjate de autoayuda barata y suéltame por qué me has seguido hasta aquí.

Ahora sí que está descolocada.

Bueno, yo, verás, nuestro líder, Haz de Luz, quiere que cada acólito convierta a la nueva fe a dos infieles. Y cuando me crucé contigo pensé que parecías, que estabas, que eras...

¿Débil, predispuesto, una víctima fácil? No te cortes, sincerémonos el uno con el otro. Al fin y al cabo, qué nos puede pasar. Solo estamos alejados de cualquier testigo, solo es un día donde la humanidad echó a andar de nuevo con pies de loco, solo cabe disfrutar de la basura que nos rodea. ¿Sabes qué he pensado al verte? Que a pesar de tus pintas estás buena, que a pesar de que has debido de venir a matarme me revolcaría contigo encantado. Y si lo que quieres es salvarme, mejor ni lo intentes.

Mi brutalidad espontánea tiene el propósito de alejar a la mujer. En este río solo cabe un desequilibrado y yo llegué primero. Que se largue es su mejor opción y la mía. Mi santuario está lleno de basura, no necesito más. No creo en las viejas sectas como para creer en las nuevas. Ella me ha mirado en silencio e intensidad mientras yo hablaba y del mismo modo me mira cuando termino. Pasa un minuto y sigue con los ojos en mí. Me pregunto si al final me escupirá, si me dará un bofetón o si me bendecirá. Como siempre, yerro el tiro. Sin decir una sola palabra se deshace de las botas. Sin decir una sola palabra y con mucha ceremonia se quita el colgante que deja sobre una piedra. Sin decir una sola palabra y sin ningún pudor se saca por el cuello la túnica. No lleva ropa interior. Completamente desnuda, me sonríe.

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Completamente desnuda me sonríe. Tiene el coño rasurado. ¡Qué bien me vendría una cerveza! La realidad supera mis tristes ficciones ¿Qué hacer? Toda la vida con la pregunta a cuestas para temas grandilocuentes, sirva de ejemplo ¿Cómo salvar el mundo? Y resulta que ni siquiera sé qué hacer ante una loca que se me desnuda.

Soy todo tuya ¡Tómame! Haz de Luz conoce el futuro. El futuro somos nosotros. Yo soy tu puerta hacia ese futuro ¡Ábreme! ¡Ábrete! ¡Ven y entra en mí!

Ni siquiera sé tu nombre ‒le digo.

¿Me he oído bien? Sí y me doy pena. Yo, que siempre dije que gracias a la literatura se folla mejor y resulta que estoy sin palabras. Yo, que siempre imaginé situaciones morbosas para mis personajes y ni me acerqué a esta. Yo, que siempre defendí la teoría de que si me daban un punto de excitación sería capaz de mover el mundo y aquí estoy plantado como un pasmarote. Solo encuentro una excusa: no se me ha puesto dura.

‒ ¿Acaso importa mi nombre? ‒me dice ella‒. Lo que importa es la misión y mi misión es hacerte venir a la luz. ¿Y sabes por qué? Porque quien se quede en la sombra se quemará. El nuevo mundo, el Nuevo Sol, salvará a quienes se abracen a la luz, pero no a quienes la rechacen.

Apenas presto atención a su perorata sectaria de tres al cuarto y caigo en la cuenta de que de habérseme puesto dura, primero habría aceptado la invitación de Coñorasurado y luego hubiera reflexionado lo que hubiera tenido que reflexionar. Esto de pensar primero es un asco, tanto que solo sé decirle.

Envejecer es un asco.

Mi conversación no tiene nada que ver con su conversación; somos un buen reflejo de la mayoría de las conversaciones. Entenderse es una quimera. Me pregunto cuál de los dos está más loco. O más solo. Ella quiere llevar el peso del despropósito y anula la distancia que nos separa.

‒Tómame. Tú, yo, todos los que sigan a Nuevo Sol formaremos parte de algo muy grande. Los números lo saben, Haz de Luz lo sabe, nosotros lo sabremos.

Lleva su mano a mi polla y compruebo que hay vida ahí abajo. Tal vez ella tenga razón, después de todo Kepler ha establecido relaciones raras conmigo y debería dejarme llevar. No poner trabas al misterio. Aparcar la racionalidad. La crítica. ¡A la mierda mi escepticismo! La beso y tiembla.

Eso es, continúa ‒me dice.

Sin embargo, compruebo que sus palabras dicen una cosa, pero su rostro otra. Otra completamente distinta. Tiene miedo. Miedo de mí, miedo de ella, miedo del mundo. Y no me extraña. No está loca, sencillamente es frágil. Como todos.

Ven ‒le digo.

Tomo su mano y la retiro de mi polla. Le acaricio la cara. Tiembla. Está claro que no ha sido una chica con suerte. Quiero que se vista, pero no con esa túnica. Me quito mi camiseta y se la pongo. Apenas ofrece resistencia. Casi le llega hasta las rodillas. Los dos estamos medio desnudos en mitad de un río lleno de basura, en medio de un mundo que definitivamente perdió el control. Recuerdo que siempre anhelé esto, el caos global para que se pudiera renacer desde las raíces... Pero ahora que ha ocurrido no sé qué hacer con esta mierda.

Me llamo Gema ‒me dice.

Me llamo Romero ‒le digo.

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Me llamo Gema ‒me dice.

Me llamo Romero ‒le digo.

Y por un momento que se dilata hasta doler, no sé qué pensar, no sé qué hacer, no sé qué decir. Pero estamos cogidos de la mano, semidesnudos, perdidos y me resulta más que suficiente. Es ridículo y cursi, pero es, ¿qué más se puede pedir?

Llévame lejos ‒me dice.

Y echamos a andar en dirección contraria a la ciudad. La túnica granate no viene con nosotros a pesar de que ambos vestimos piel de gallina por la poca ropa que nos acompaña. Con el frío galopándome logro pensar que si los años no se lo ha llevado por delante, a unos cien metros y tras un par de recodos de donde estamos, debería haber un viejo puente donde la corriente hace un remanso. Hasta llegar allí superamos pequeñas paredes de tierra, juncos, maleza, ortigas y barro. Pero al llegar hay premio, el remanso sigue y también el viejo puente que lo corona. La basura en cambio no ha llegado hasta aquí. La escena incluso es idílica y el sol de la mañana comienza a calentarnos.

‒Llévame lejos y estaremos cerca ‒me dice de manera críptica.

Yo en cambio no estoy para acertijos sectarios y con la magia algo rota pienso que deberíamos follar para luego volver a nuestras miserias particulares. Pienso que al correrme seguro se me pasará la vena romántica que se me despertó. Y sin embargo, su cuerpo menudo, su piel blanquecina y su andar descompuesto le otorgan una sensación de fragilidad que me lleva a decir:

No me importa ser un capullo, pero no quiero hacerte daño.

Ahora es ella la que dirige nuestros pasos y acabamos tumbados sobre un lecho de hierba en la orilla, con el rumor del río perfectamente audible.

Está bien, seré yo quien te lleve lejos, casi, casi, cerca del final ‒me dice.

Y para mi propia sorpresa me dejo hacer. Estamos tumbados uno al lado del otro. Ella suelta que cierre los ojos y me centre en mis pulmones. ¿No era ella la frágil? Tal vez saque una daga y me abra el pecho, pero es un riesgo que estoy dispuesto a asumir. No todos los días se descubre un nuevo planeta, se desata una secta mundial y se topa uno con una loca frágil y fuerte al tiempo que te puede llevar cerca del final. Gema no dice nada más y tampoco me saca el corazón. Yo me centro en respirar. Un minuto más tarde todo se vuelve borroso. De pronto mi mundo parece querer rebelarse, todas las ramas de mi árbol se agitan, las ficciones que forjé a lo largo de los años quieren tomar el control. Veo pasar todos los personajes de mis novelas, todos los bocetos de barro que moldeé en mi mente pero no llegué a cocer, todos a los que sí insuflé vida y luego perdí de vista... ¿qué fue de aquella experiencia que hice pura espiritualidad; que de Carlos, el escritor que pretendía escribirme a mí en lugar de yo a él? ¿Acaso los seres que imaginamos son menos reales que nosotros? Dudamos más de la existencia de Shakespeare que de Hamlet; sabemos más de don Quijote que de Cervantes; y todos sufrimos las consecuencias de los dioses. El poder de la imaginación se torna tal realidad mientras el río sigue su curso a un escaso metro de mí, que siento convertirme en papel, en el tecleo de un ordenador, en la tinta de un bolígrafo, en las conexiones neuronales de cualquier otro. ¿Dónde está mi cuerpo? ¿Dónde huye mi conciencia? ¿Qué va a quedar de mí después de...?

Vuelve ‒me ordena Gema‒. Ya es suficiente.

Y vuelvo, abro los ojos y al hacerlo recobro los sentidos. Ella sigue tumbada junto a mí y me sonríe maliciosa. El frágil soy yo y le ruego:

Quiero entrar en ti, ábreme las puertas como querías, llévame al principio, al final, a tu secta, a Kepler, a dónde quieras, pero llévame contigo.

Se pone encima de mí y nos besamos. A la mierda el frío y las dudas.

12:00-12:59

Se pone encima y nos besamos. A la mierda el frío y las dudas. A la mierda la ropa que nos queda. A la mierda la racionalidad y el control. Follamos como si en cada embestida acabáramos con nuestros demonios, como si al mismo tiempo fuese el primer y el último polvo de la humanidad, como si fuésemos a salvarnos. Qué bonito es el amor, que intenso el sexo, que dura la realidad. Pocos minutos más tarde del clímax paradisiaco me encuentro con los pies metidos en el río, mi mano izquierda liada con estas líneas y mi cabeza en plena encrucijada. Y solo. ¿Qué ha pasado? El orgasmo es la frontera. Justo antes de llegar, otro mundo mejor es posible, justo después, el nuestro se impone. La única solución es volver a follar, o mentirse fuerte. Pero no siempre se encuentra con quien, o la suficiente credulidad. ¿Qué ha pasado? Habíamos cambiado la guerra, yo estaba encima de Gema y cerca de correrme. Y por sus jadeos y su rostro desencajado ella también lo estaba. Sin embargo, algo de sensatez se coló por entre las grietas del polvo. ¿Qué sabía yo de ella y qué sabía ella de mí? Lo que ella supiera lo desconocía, pero lo que yo sabía, su pertenencia a una secta de reciente cuño pero viejos principios, era más que suficiente como para no hacer lo que había hecho, meter la polla sin preguntar y sin protección. Mi ritmo y mi ansia se redujeron considerablemente, una sombra de duda anidó en mis ojos. Gema pareció darse cuenta y decidió tomar el guion por los cuernos. Aceleró su ritmo y contrarrestó la bajada del mío. Me mordió furiosa el cuello, me arañó sin piedad la espalda. Le confesé la verdad: si seguía así me correría. Justo lo que ella buscaba. Quise sacarla al menos, pero Gema enlazó sus piernas a mi cintura y me susurró que adelante, que lo hiciese, que no había ningún problema. Ya se sabe que una mentira agradable es muy fácil de creer. Lo hice y quiero pensar que ella también llegó. En cualquier caso desperté de la Arcadia feliz cuando me dijo, todavía uno dentro del otro, todavía con alguna convulsión de por medio:

- Ya está, ya llegaste cerca del final cómo te prometí. Si eres uno de los elegidos me habrás fecundado y nuestro hijo nacerá en el Nuevo Mundo.

Abrí la boca por respuesta. ¿Dónde estaba la Gema frágil que creí conocer en un primer momento, dónde la chica a la que no quería dañar aprovechándome de ella, dónde la mujer apasionada que me acompañaría en nuestra evasión, no solo de la vieja Tierra, sino del nuevo Kepler?

- Puedes quedarte aquí ‒me dijo con una seguridad que se fundía poco a poco en su cuerpo menudo‒, alejado de todo si quieres, puedes volver a tu rutina de palabras pretenciosas, o puedes unirte a nosotros. Pero no esperes privilegio alguno. Si no me dejaste embarazada serás poco más que un zángano en nuestra colmena del Nuevo Sol, si lo hiciste, también. Haz de Luz no tolera a los fracasados, aunque nos haya encargado a algunas elegidas tener hijos vuestros.

Por fin pude articular palabra y decir como un idiota:

- ¿Qué ha pasado?

- Sencillamente algo que no puedes entender ‒fue su respuesta.

Y se marchó, desnuda, con su cuerpo blanquecino al viento, supongo que en busca de la túnica granate que habíamos abandonado hacía una vida o dos, apenas una hora antes, cuando todo era tan distinto a unos cien metros de aquí. Mientras Gema se alejaba no miró ni una sola vez atrás. Fue entonces cuando recabé en la posibilidad de que podía convertirme en padre. La hubiera seguido, pero decidí escribir, o pensar, que ya empieza a ser lo mismo y que son mi defensa contra este mundo. Así es como acabé con los pies en el río y el ánimo revuelto. «Sencillamente algo que no puedes entender», me había dicho. Y entonces lo entendí. La vida entera es algo que nunca he podido entender y no por ello he dejado de intentarlo. Eso sin tener en cuenta el hecho de que nunca se puso tan interesante, ni yo fui tan estúpido. Y mira que he sido estúpido.

13:00 - 13:59

Y mira que he sido estúpido. Y ahora encima puedo ser padre. ¿Quién querría sacar los pies del río? Más bien dan ganas de ahogarse, pero en cambio los saco fuera del agua, no vaya a olvidar que estoy hecho de contradicciones. Y dejo de escribir. Y me pongo en pie. Y me voy a enfundar los calcetines decidido a... cuando lo veo y lo siento. Una mancha morada se extiende por el dedo gordo de mi pie derecho. Y duele. Y recuerdo; la piedra que me golpeó frente al escaparate de televisores cuando aquel periodista pasado de todo daba su espectáculo. ¿Qué habrá sido de él? Pero mejor será que me preocupe de mí, porque si un golpe de mierda me ha dejado esta marca, ¿qué no habrán hecho conmigo los impactos que he recibido en las últimas horas? Por ejemplo, la hostia que recibí en pleno rostro a las puertas de la iglesia. Gema no me ha dicho nada, pero visto lo visto, eso no significa demasiado y es posible que un espejo sí me diga mucho. Por ejemplo, el golpe de saber que el nuevo planeta descubierto guarda relaciones matemáticas con inexplicables con los libros que he escrito. Por ejemplo, que he sido burlado y humillado por una... No termino la frase. De repente sé lo que tengo que hacer. Volver a casa de una puta vez. Meterme en la cama, dormir, olvidarme de todo. Empezaré por renunciar a la moneda perdida en la alcantarilla y que debía decidir mi presente de alcohol o escritura, ¿acaso no está todo eso ya a años luz? Seguiré por mandar al carajo al planeta Kepler y a la secta de Haz de Luz y a la madre que los parió a todos. Ya estoy de camino a la ciudad, a contracorriente del río, el pie duele pero decido que no. La basura vuelve a mis ojos, me acostumbraré a ella. Me prometo dejar de pensar, será mi único propósito, será mi alivio, será mi lecho. Treinta minutos más tarde llego a la civilización en forma de bar. Sigo mi camino y en mi convicción de llegar a casa. Miro el móvil y está muerto, veo mi reflejo en un escaparate y el muerto parezco ser yo. Mi reino por una ducha. Llego al portal y el dolor del pie se rebela, y la cara también, y me tiemblan las manos. Pero logro abrir, y subir las escaleras, y enfilo hasta la puerta de mi hogar... y ahí está. Sobre el felpudo viejo, recostado sobre su lomo. Y yo que no tengo fuerzas ni para sorprenderme. El galgo se levanta y me deja hueco para que me meta la llave en la cerradura. Y yo que obedezco. Y el perro que pasa primero cuando abro. Y yo que me echo a reír como un idiota. Y nada más entrar entiendo que no puedo ir a dormir porque primero tendré que dar de comer a mi nueva mascota, aunque dada la situación, ¿no seré yo acaso la mascota? Por si fuera poco me fui de casa sin haber apagado la televisión, o eso debo suponer, ya que está encendida, porque solo faltaría que la hubiera puesto el señor perro cuando he ido a la cocina a ver si encontraba algo para él. El caso es que está frente a la pantalla, mientras esta habla de Kepler 442-b, y como quien no quiere la cosa suelta por medio de un periodista barbudo, que gracias a una fórmula matemática, a los nuevos avances en mecánica cuántica y al acelerador de partículas de Suiza, es posible crear un agujero de gusano para viajar hasta allí. Y yo que me pongo a reír, no ya como un idiota, sino como un loco. Y me tiro al suelo o me caigo, qué más da. Y sigo con mi risa convulsa mientras también comienzo a llorar. Y mi perro que apoya su cabeza contra mi pecho. Y me duermo.

14:00 - 14:59

Y mi perro que apoya su cabeza contra mi pecho. Y me duermo. Mi particular cancerbero velará mi sueño. Un sueño que recuerdo al despertar. Un despertar donde estaré aturdido porque me siento incapaz de discernir lo real de lo onírico. La TV sigue encendida, el galgo la observa mientras menea el rabo. El telediario muestra a muchedumbres en las calles, se manifiestan y festejan la aparición de Nuevo Sol. En Madrid o Barcelona, en París, Berlín o Londres, en Nueva York o Sidney, en Tokio, Pekín o Johannesburgo, en todas ellas ha irrumpido la secta, en todas ellas hay un particular Haz de Luz. De la noche a la mañana, nunca mejor dicho, el mundo ha cambiado. De los ídolos de barro envueltos en papel de oro, a los viejos profetas. Pon un Haz de Luz en tu vida. Fusiona a Moisés (el guía), con Jesús (el maestro), con Mahoma (el líder), sazónalo con Einstein (la ciencia) y cuécelo al fuego lento de la promesa de un mundo mejor, no en el más allá de la vida, sino en el más acá de otro planeta... La humanidad merece definitivamente la extinción. Creo que esta vez lo vamos a conseguir y los gobiernos no podrán hacer nada. Los gobiernos apostaron durante décadas por fabricar idiotas y los idiotas se van a zampar ahora a sus gobiernos. Sin embargo, debo reconocerme que yo también quiero ser idiota, y lo que es peor, que no me faltan argumentos para serlo. Yo también de la noche a la mañana, desde que lancé la moneda nazi al aire en busca de mi paz o de mi furia, he tenido argumentos más que de sobra. Y a esos argumentos (por ejemplo, las relaciones matemáticas entre mi novela y Kepler, o por ejemplo, las relaciones carnales entre Gema, miembro de la secta, y yo, tal vez futuro padre de uno de los primeros niños en colonizar el nuevo planeta), debo sumarle el sueño tan vívido que acabo de tener y que le cuento al galgo mientras le acaricio su flaco lomo. Amigo, le digo, acabo de soñar con el Profeta Haz de Luz empolvando la cara de una mujer, que estornuda y trata de liberarse del polvo blanco que acaba de cubrirla. Será el propio Haz de Luz quien ayude a quitárselo, quien la sostenga de las manos y quien la conduzca ante una multitud congregada, que espera ansiosa instrucciones para abrir el agujero de gusano que conduzca a Kepler. La mujer no tardará en observar atónita gracias al espejo de su móvil, que su frente está marcada por el número áureo. Al terminar de contarle mi sueño al galgo me levanto del sofá y voy a la cocina. El perro me sigue. Él también es otra prueba de que algo sucede. Tanta evidencia me lleva al baño. Tras tirar de la cadena me lavo las manos y es cuando lo veo. Mi frente también está marcada. Y me río, ¿qué más puedo hacer? El destino es lo contrario a la libertad y siempre he querido que mi libertad lo fuese todo. Al menos en los días buenos, en los que no lo eran lanzaba monedas al aire para que decidieran por mí. Pero parece que esos días están muertos y que la moneda cayó en la alcantarilla para que me olvidara de ese método para siempre. Así las cosas, ¿me revelaré contra el destino si es que acaso eso es posible, o lo abrazaré con todas sus consecuencias? Frente al espejo compruebo que no he guardado mi estúpida sonrisa, que el número áureo sigue brillante en mi frente y que para mi propia sorpresa sé lo que tengo que hacer.

15:00 - 15:59

Frente al espejo compruebo que no he guardado mi estúpida sonrisa, que el número áureo sigue brillante en mi frente y que para mi propia sorpresa sé lo que tengo que hacer. Lo primero es tapar o al menos disimular la cifra. Agarro el maquillaje olvidado de un neceser olvidado de una exnovia casi olvidada y me aplico sobre la frente una especie de crema con la intención de tapar la ristra de números pequeños y dorados que la decoran por arte de puro misterio. El resultado es penoso, de chiste, pero con el caos reinante que hay en las calles tal vez pueda pasar desapercibido. Lo segundo es salir de casa y propiciar un encuentro con Haz de Luz. De adolescente hubiera matado por ser su mano derecha. Recuerdo noches de borrachera en las que salí a las afueras de la ciudad en busca de un ovni que me abdujese; recuerdo las múltiples tardes que pasé practicando espiritismo; recuerdo los día felices de mis lecturas del Apocalipsis, del Necronomicón, de libros sobre magia egipcia. Fue una época en la que quería, anhelaba, necesitaba, que ocurriera un hecho que lo cambiara todo, y no solo en mi vida. No soportaba la mediocridad de la Historia, no formar parte de algo más grande, espectacular, definitivo de alguna manera. Y ahora, más de veinte años más tarde, por fin llega ese momento. Y sin embargo. Y sin embargo lo tercero que haré será matar a Haz de Luz. O al menos intentarlo. O al menos eso quiero. O eso quería hace apenas un momento con total seguridad, cuando tuve la epifanía junto al galgo. ¿Acaso se evaporará ahora? Apenas habré dormido dos horas de mis últimas treinta, el insomnio es crónico y cada vez desvarío más, pero el mundo desvaría conmigo y no quiero dejarme amilanar por la duda. Algo dentro de mí me dice que debo hacer lo que he dicho que tengo que hacer y lo mínimo que haré será acercarme al tipejo ese de Haz de Luz para ver qué ocurre. Las cosas llegan cuando llegan, no cuando uno quiere que lleguen. Ahora que ya solo quería ser un escritor pausado, de escritorio, con mis historias reverberando en la cabeza más que en la piel o el en estómago... y resulta que en la frente me crece el destino de la Tierra y quizá de otros mundos. Salgo del baño. Galgo me espera. La televisión está apagada, ¿habrá sido el perro? Sospecho que sí, porque yo no recuerdo haberlo hecho igual que no recuerdo haberla encendido. Antes de salir me digo que lo único que queda del Romero de toda la vida es la mochila con mi cuaderno. Me la cuelgo a la espalda y salimos de casa los tres. Galgo, sonriente; el cuaderno, mudo; y yo, al borde de perder la cabeza, metafórica y tal vez literalmente. Dicen que una historia no es historia si tras vivirla no te ha cambiado. Bajo ese criterio, esta es mi historia definitiva.

16:00 - 16:59

Dicen que una historia no es historia si tras vivirla no te cambia. Bajo ese criterio, esta es mi historia definitiva. Tal vez incluso la última. Abro la puerta y Galgo se me escurre entre las piernas. ¿Cómo un perro puede ser tan hermoso y tan feo a la vez? Pero supongo que es lo mismo que se puede decir de nosotros. ¿Cómo es posible que la raza humana pueda ser tan capaz de lo peor y tan capaz de lo mejor? Y maldita sea, hacia qué extremo vamos, porque está claro que el descubrimiento del nuevo planeta, de la secta, de sus seguidores, de todo lo extraño que está bailando la razón, nos lleva a un extremo. El ascensor me deja en la planta del portal, pero ni Galgo ni yo salimos; yo estoy paralizado y el perro parece en su propio mundo. Mi intención es llegar hasta la secta y enfrentarme a su líder, aunque sin tener demasiado claro qué entiendo por «enfrentarme». Pero cambio de planes, antes tengo algo que hacer y sé cómo hacerlo. Presiono el botón que me lleva a los trasteros. El trastero de una persona te dice mucho más de esa persona que su casa. En un trastero no hay trastos viejos, hay verdaderas pistas sobre su forma de ser, sin censura ni paliativos. Estoy en el mío por la barra de hierro de más de un metro de largo que todavía conservo de una vieja historia que no tiene cabida aquí. La barra de hierro pesa lo suyo, casi tanto como algunas de las decisiones erróneas que he tomado. La alcantarilla está cerca, para eso quiero la barra. O eso me digo. Evito mirarme la frente en el espejo de cuerpo entero del portal. Sé que el número áureo o lo que diablos sea sigue ahí, no sé si bien o si mal disimulado gracias al maquillaje que me apliqué, pero ahí. La calle está plagada de gente nerviosa; se ve en sus andares, en sus miradas, se respira la llegada de algo trascendente y esto hace saltar muchas máscaras por los aires. O quién sabe, a lo mejor solo es la reacción típica de quien se cruza con un tipo que a las cuatro y pico de la tarde agarra con cierto deleite una gruesa barra de hierro. Evito el transporte público, el paseo no es demasiado largo. Sin embargo, Galgo no comulga con mi cambio de planes y decide tumbarse en la acera. ¿Quién soy yo para obligarle a nada? No es la primera vez que nos separamos, no será la última vez que nos volvamos a ver; hay cosas que sencillamente se saben, especialmente en estos tiempos de locura. Llego hasta la alcantarilla después de haber tomado una decisión firme, la misma firme decisión que tomé antes de lanzar la moneda nazi que se me escurrió de las manos y se coló por la alcantarilla para que no pudiera saber qué hacer con mi vida. Si ahí abajo la moneda ha salido con el aguilucho por delante, iré a emborracharme hasta caer rendido; si ahí abajo la moneda dice la cara de Paul von Hindenburg, me iré a casa y leeré hasta caer igualmente rendido. En cualquier caso, se acabó Haz de Luz, Nuevo Sol, Kepler 422 y todos sus malditos imposibles. Y seré leal a mi decisión, tozudo, firme, consecuente y contumaz. La barra de hierro cumple su cometido y me sirve de palanca. Coge perfectamente entre las rejas de la alcantarilla. Un par de viejos me miran preguntándose por mis intenciones. Ser viejo es un lujo del que empiezo a pensar que no gozaré. La jodida alcantarilla se resiste y la insulto sin censuras, pero al final la consigo levantar y queda la vía libre hacia mi futuro. Introduzco un brazo en el gran sumidero, pero no llego al fondo. Introduzco medio cuerpo, de cintura para arriba usando las piernas y la pelvis para no caerme, y aunque no hay una sola gota de luz, sí consigo tocar el viscoso suelo. ¿Habrá ratas? ¿Y si las ratas se llevaron mi moneda?

Joven, ¿pero qué haces?

Un viejo se aventura a preguntarme. Sigo la búsqueda sin contestar. Palpo y palpo y palpo a ciegas hasta que logro una respuesta. Un poco a la izquierda, en un montículo esponjoso que despide un olor vomitivo. Ahí está y aunque no veo un carajo caigo en la cuenta de la suerte que me ha tocado. ¿Cómo no, cómo iba a ser de otra manera? La moneda está clavada en el montículo, la moneda cayó de canto. Ni la literatura ni el alcohol, eso dice bien claro la dichosa moneda. La aferro en mi puño y subo con ella a la superficie.

Gracias por lo de joven, viejo ‒le digo sin tapujos al viejo.

Parece que no le hizo gracia mi respuesta. Agarro de nuevo con la mano libre la barra de hierro. El viejo se traga sus malditas palabras. Yo me trago mis malditas promesas. Con la mano me borro el maquillaje de la frente. Que resplandezca el número, que ocurra lo que tenga que ocurrir. Ya no hay alternativa.

17:00 - 17:59

Con la mano me borro el maquillaje de la frente. Que resplandezca el número, que ocurra lo que tenga que ocurrir. Ya no hay alternativa. Ya no hay alternativa, pero todavía hay tiempo, después de todo, si esta mierda áurea que me brilla significa por fin algo, lo que diablos signifique sabrá esperarme. El bar de Ramón, ese bar de viejos donde puede decirse que empecé esta aventura hace un puñado de horas, llevará abierto un rato, lo tengo a medio kilómetro y yo necesito un buen trago. Ramón es un buen tipo y sobre todo es un profesional. El mundo se desmorona, pero él sirve a sus clientes su ración de olvido en forma de alcohol; en su bar entra un tipo como yo, con una barra de hierro en una mano y un número resplandeciente sobre la frente, pero me sirve tres Jägermeister de un tirón y sin preguntar. Al despedirme tuve que besarle la calva y desearle suerte. Le dije incluso un «hasta siempre, sospecho que no volveremos a vernos». Él me contestó que eso mismo le había dicho ya en otras ocasiones. Cuando hablamos unos con otros no solemos entendernos una mierda. He oído que la nave industrial no queda lejos de donde estoy. A estas alturas del desvarío no me cabe la menor duda de que está ahí para que llegue a tiempo, signifique lo que signifique llegar a tiempo. Y mi barra de hierro opina exactamente lo mismo que yo. Haz de Luz me espera, de una forma o de otra, esta idea me nace de demasiado adentro como para ser mentira. Mierda de vida, donde al final solo la muerte te espera siempre. Unos pasos más y de nuevo me encuentro a Galgo. El perro está donde lo dejé, su lomo sobre la misma acera; está claro que nos toca recorrer juntos el tramo final del camino. No es poco, la realidad se ha vuelto loca y da algo menos de miedo en compañía. Nada más verme se pone en pie sobre sus cuatro patas, me mira y lo sabe, ahora voy en la dirección adecuada y me sigue de cerca. Ahora sí hay comunicación, y yo no necesito dar un ladrido, y el perro no necesita decir una sola palabra. Unos minutos más tarde compruebo que esta ciudad es circular. Paso frente a la tienda de electrodomésticos donde hace unas horas estuve a punto de romper su escaparate con una piedra que finalmente me hirió el pie. Una tienda repleta de televisores donde un periodista famoso daba la nota en su propio programa. Entonces era de noche, no había nadie y no me atreví a hacerlo. Ahora es muy distinto, a plena luz y con gente que va y viene, pero con la diferencia de que no temo nada. Tengo una marca en la frente y toda la incomprensión del mundo. Uno, dos, tres, cuatro estampidas contra el cristal. Logro con la última arremetida que el cristal estalle por los aires. Quizá los alaridos de Galgo animándome a hacerlo ayudan a que nadie se me acerque, con seguridad provocan que algunos se alejen de mí con estrépito; ya no queda civismo sobre la Tierra. Nadie me ha seguido tras mi acto vandálico y a la policía ni se la ve ni se la espera. Tiempos extraños desde ayer. Tan extraños que minutos más tarde y con la nave industrial a tiro de piedra, se confirma lo que siempre sospeché: el mundo es un pañuelo, pero un pañuelo de mocos. Debería pararme a escribir estas reflexiones, pero sencillamente es más divertido hacer. Él me mira y me reconoce, yo le miro y le reconozco. Pero las tornas han cambiado. Como hace unas horas cuando nos cruzamos al pie de la iglesia, nos encontramos en aceras contrarias, él esta vez está solo. Se llamaba Cari, o Cora, no lo recuerdo. Sigue siendo un castillo y va como yo camino de la nave industrial. Forma parte de la secta, su túnica granate que a duras penas le sirve le delata. Me acerco y se acerca. Nos encontramos en mitad de la calle. Me mira y sé que puedo elegir, hacerle mi amigo o mi enemigo, ha visto mi marca en la frente y puedo convencerle de lo que quiera. Galgo le ladra y me decido. La impunidad es tan peligrosa. No tengo que atizarle, solo levantar la barra. La torre, con sus músculos y su ego a flor de piel, se derrumba ante mí y me pide clemencia. Hago lo peor que se me ocurre, le destierro de la secta, le recalco que yo soy un elegido y que él no lo será nunca, que se largue, que se quite la túnica, que no es digno. Le dejo allí tirado entre lágrimas, le he arrebatado su sentido, él no sabe que le he salvado. Siento que ambas cosas son ciertas. Sin más percances llegamos Galgo y yo a las inmediaciones de la nave industrial. En los alrededores hay una marabunta de personas, o de chiflados. Ambas cosas son ya lo mismo. Cuando nos acercamos todavía más la gente se abre a nuestro alrededor como se abrieron las aguas del Mar Rojo ante Moisés. No creo que sea por el hierro, la fuerza no está en el metal, sino en el símbolo. Y gracias a mi frente yo soy un símbolo con patas. Nada más entrar en la nave por una puerta lateral pierdo a Galgo, o mejor, este decide escabullirse a su libre albedrío, como siempre hace. Continuo y al momento pienso, como si alguien lo pensara desde algún lado por mí, como si no fuera yo, que se trata de una nave enorme, oscura como la boca de un lobo salvo por las pantallas parpadeantes de un montón de monitores colocados a izquierda y derecha. No tarde en ver unas escaleras mecánicas y me acerco a ellas. No tardeo en contemplar una especie de embudo gigante vuelto del revés. No tardo en distinguir, entre los miembros de la secta que por aquí pululan y que esta vez no me prestan atención, a Gema, tal vez la madre de mi hijo después de nuestro escarceo sexual en el río, reproductivo más bien por lo que ella misma me dijo. Gema no me ha visto y yo todavía no he visto a Haz de Luz, ¿acaso hay todavía esperanza? ¿No debería acercarme a ella y convencerla para huir juntos, más allá del inminente Kepler, más acá de esta gastada Tierra?

18:00 - 18:59

Gema no me ha visto y yo todavía no he visto a Haz de Luz, ¿acaso hay todavía esperanza? ¿No debería acercarme a ella y convencerla para huir juntos, más allá del inminente Kepler, más acá de esta gastada Tierra? Escucho varios golpes que me sacan de mis preguntas, miro en la dirección del ruido y siento de pronto que todo es confuso tanto en mi campo de visión como en mi sentido del tiempo. A pesar del caos registro en mi cabeza cuanto puedo y todo lo claro que puedo. Mi frente literalmente comienza a arder; los golpes que escucho provienen de varias personas encerradas en tubos de cristal cuyas frentes también brillan y cuyos rostros estoy seguro de conocer de una forma o de otra, e incluso me atrevería a jurar que uno de ellos es precisamente el periodista desfasado que se hace llamar el Lobo; el embudo gigante invertido que hay dentro de la nave industrial funciona y por tanto cabe pensar que el agujero de gusano se podrá abrir; Gema se da la vuelta y me reconoce; yo me doy cuenta de que cuatro esbirros y el propio Haz de Luz me miran con caras de mal augurio para mi integridad física. Todo hace que apriete la barra de hierro en mi mano, pero nadie más que yo se siente amenazado. Gema parece sorprendida de volverme a ver, también enfadada. Me grita «IDIOTA», se vuelve y me olvida, elige contemplar cómo gira el embudo, cómo se abre el gusano. Pienso que la esperanza es mi animal mitológico favorito. Pienso que la jodan y que se pudra, la esperanza... y Gema también. Los esbirros y Haz de Luz no me ignoran precisamente y los primeros acortan distancias a grandes pasos. No me muevo y clavo la mirada en su jefe, es calvo, de tez morena y está hecho una mole que mide al menos dos metros. Solo si le golpeara con la barra de hierro en mitad del cráneo podría acabar con él, pero parece una quimera tan lejana como cualquier otra quimera. De repente no sé si un giro en la suerte, pero con seguridad un golpe. El agujero de gusano se abre, pero el embudo que lo propicia apesta a inestabilidad y comienza a petardear de una manera ensordecedora. Un haz de energía se desencabalga y atraviesa un lateral de la nave. La confusión reina al momento; gritos de los miembros de la secta se escuchan por aquí y por allá. Su fiesta se ha tornado en tragedia y entre el humo y la algarabía creciente veo a Gema que pretende huir. ¿Lo conseguirá? ¿Me gustaría que fuese pulverizada por uno de los rayos que la máquina comienza a soltar? ¿Me gustaría ser pulverizado junto a ella? No, esto último ni de coña. Quizá ya nada importe, pero el instinto de supervivencia me trae de vuelta a los esbirros que cagados de miedo, muestran sin embargo su profesionalidad y me cercan. No parece haber forma de escapar y más allá del caos, Haz de Luz sonríe. Con toda la decisión que da una situación desesperada y, con toda la fuerza de la que soy capaz, me golpeo con la barra de hierro. Me atizo justo sobre el maldito número áureo. Caigo al suelo, sangro, todo se desquicia todavía más. Desde algún punto que no sé situar espacialmente, escucho ladrar a mi perro.

19:00 - 19:59

Con toda la decisión que da una situación desesperada y, con toda la fuerza de la que soy capaz, me golpeo con la barra de hierro. Me atizo justo sobre el maldito número áureo. Caigo al suelo, sangro, todo se desquicia todavía más. Desde algún punto que no sé situar espacialmente, escucho ladrar a mi perro. Me desmayo.

Perder la conciencia es un fenómeno extraño, ¿quién te puede asegurar que mientras estuviste K.O, el tiempo no se dilató o se contrajo, que mientras estuviste más allá del sueño, pero más acá de la muerte, no se sucedieron universos enteros? La conciencia es un misterio, cuánto no lo será el estar inconsciente.

Lo único que sé a ciencia cierta es que cuando abro los ojos tengo ganas de volver a cerrarlos: estoy preso en uno de los tubos de cristal; la frente me chorrea abundante sangre; siento que con cada respiración estoy más cerca de quedarme sin oxígeno; y a través de mi celda lo que veo es horrible... y bello.

Porque el caos tiene su belleza, porque atrae y excita como bien se sabe. Con el sabor de mi sangre en los labios, con la frente pegada al cristal (desconozco si queda algo de mi número áureo o si me lo arranqué del golpe), con los ojos muy abiertos, contemplo el espectáculo de destrucción que se ha producido a mi alrededor. El embudo gigante invertido está descontrolado, en torno a él se ha abierto el supuesto agujero de gusano que a mí más bien me parece un agujero negro, y mejor todavía, más bien creo que se trata de una jodida bomba por explotar.

Si la máquina que no para de soltar electricidad y rayos a diestro y siniestro termina por explotar, doy por hecho que tanto yo, como mis compañeros de jaula en los otros tubos que tengo cerca de mí, seremos borrados de todos los mapas. Pero no nos iremos los primeros. El techo está agujereado y no parece que vaya a tardar en caernos encima, las paredes han dejado de serlo y veo a través del humo y el cristal que hay varios hermanos de la secta muertos, más bien reventados. Vinieron a por su sueño y se encontraron con esta pesadilla. ¿Ha sido ella una de las afortunadas?

A unos metros de mi jaula de cristal hay tirada lo que creo que es una mujer. Bajo la túnica granate de los sectarios uno no sabe a ciencia cierta el sexo de quien se esconde. El atuendo les indiferencia y el hecho de que tenga la cabeza arrancada complica todavía más mi respuesta. De inmediato me hago otra pregunta, ¿y si fuera Gema, me alegraría?

No sé qué me ahoga más, si la falta de oxígeno, si el sabor pastoso de la sangre, o si la negrura de mi conjetura. ¿Y si ahora que ya nada importa, afloran en mí los peores deseos; y sí la rutina, el qué dirán, el miedo al castigo, son la única represión que funcionan contra nuestros instintos más bajos? Yo no soy bueno, pero nunca creí ser un hijo de puta. ¿Estaba equivocado?

Será posible que me ponga a pensar en Sartre en estos momentos. Parece que sí. Él ya nos avisó de nuestro final: "El hombre es una pasión inútil." Lo de pasión no hace falta explicarlo, lo de inútil es porque al final morimos. ¿El destino de la humanidad comenzará a cumplirse aquí mismo? Si es así, si vamos directos a la extinción, solo pido llegar hasta el final. Será un final merecido y yo quiero estar ahí para verlo.

¿Qué diablos pensarán mis compañeros de tubos? ¿Cuántas mujeres y cuántos hombres hay encerrados como yo? ¿Quiénes son? ¿Qué han hecho para merecer esto? ¿Tendremos acaso un destino común más allá de una muerte que se presenta firme y segura?

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¿Qué diablos pensarán mis compañeros de aventura? ¿Cuántas mujeres y cuántos hombres hay encerrados en los tubos como yo? ¿Quiénes son? ¿Qué han hecho para merecer esto? ¿Tendremos acaso un destino común más allá de una muerte que se presenta firme y segura?

No hay pregunta que no me ronde, ni siquiera cuando todo está a punto de irse a la mierda. Mi prisión de cristal no soportará la explosión inminente y yo sin poder dejar de pensar, con el río de sangre que nace en mi frente y muere en la boca, con la falta de oxígeno aquí encerrado, con mi desconcierto, que un poco de calma me vendría bien, que morirse no es lo peor, que me he ganado la paz después de tanta guerra estúpida. Y entonces ocurre. Y entonces el agujero de gusano explota. Y entonces los restos de la nave industrial saltan por los aires y yo con ellos dentro del tubo. Y se acabó.

Sin embargo, debo estar vivo más allá de la muerte. Si no fuera así no me explico que la humedad recorra mi espíritu y que mi conciencia siga erre que erre, pensando más allá de todo límite. O tal vez..., la humedad no sea sino una lengua, el más allá esté bastante cerca y, la Guadaña todavía no acabara conmigo.

Conozco la lengua que me devuelve a la vida. Va a ser cierto eso que dicen de los perros y la fidelidad. Galgo me chupa la cara hasta que abro los ojos y doy una bocanada de aire que contiene todo el deseo de seguir vivo, a pesar de todo. Humo y desolación me envuelven, pero intento ponerme de pie y lo consigo. La casualidad hace milagros y de milagro estoy vivo. También podría pensar que estoy destinado, pero ni siquiera en estas circunstancias quiero alardear de esa mentira que me niego a creer de nuevo.

Intento caminar y puedo, con una ligera cojera, pero no tengo nada roto. A mi alrededor restos de metal, restos del tubo que me salvó la vida contra pronóstico, y restos de cadáveres. La muerte se ha puesto las botas. No canto victoria, siempre habrá hueco para un postre tan pequeño como yo.

No veo a nadie vivo, pero a estas alturas no significa demasiado; lo imposible caducó hace ya bastantes horas. Además, tan solo puedo ver a unos pocos metros de distancia, más allá solo hay humo y confusión. Me pongo a temblar y no es de frío. ¿Será la soledad inconmensurable que me azota de golpe?

Solo quiero volver a mi apartamento, a casa de mis padres y a mis mejores recuerdos. Quiero salvar lo que pueda y quede de esos tesoros. Nada más, nada menos. ¿Demasiado tarde? El humo se disipa y Galgo, que me ha seguido tranquilo hasta aquí, comienza a ladrar no sé muy bien a qué. Mis ojos se hacen al destrozo y lo que veo lo he visto ya un millón de veces, pero en el cine o en documentales. La ciudad está arrasada, el apocalipsis, o algo que se lo parece mucho, se ha hecho realidad.

Si ahora tuviera de frente a Haz de Luz...el maldito lunático quería llevar a su secta a otro mundo y lo que ha conseguido es hacer del nuestro uno completamente distinto. Es entonces cuando caigo en la cuenta, ¿cuántas veces no he soñado con una posibilidad como esta? Me dejo caer en el suelo, no tardo en sentir que no muy lejos de mí hay sombras que acechan, o que tal vez buscan lo mismo que yo, consuelo. No tardaré en comprobar sus deseos o sus garras. Todavía no estoy solo.

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Me dejo caer en el suelo, no tardo en sentir que no muy lejos de mí hay sombras que acechan, o que tal vez buscan lo mismo que yo, consuelo. No tardaré en comprobar sus deseos o sus garras. Todavía no estoy solo. Comienzo a llorar, mis lágrimas atraen la lengua de Galgo junto a mi rostro. Me dejo hacer, un bálsamo es un bálsamo.

Moverse o morir, me digo al poco. Me levanto y camino. Galgo me sigue o yo sigo a Galgo, no me queda claro. Al menos no tengo dudas en que todas las brújulas han saltado por los aires, las propias y las ajenas; mi biografía y la Historia, el progreso y mi ética, la ciencia y mi fe. Ya ni siquiera creo en los libros, al fin y al cabo un apocalipsis es una tabula rasa.

« ¿Qué tarado mental no querría vivir la experiencia del fin del mundo?» Esta pregunta, que escribí hace años para un heterónimo llamado Carlos, se ha convertido en profética. Incluso superé las expectativas porque el apocalipsis que he vivido ha sido en primera línea de fuego, y sin embargo, ahora que ha llegado, ahora que paseo entre las ruinas de lo que conocí, entre los cadáveres que no tuvieron mi suerte... o mi desgracia, el tarado soy yo. Ojalá la rutina.

El sabor a sangre se me funde con el sabor a lágrimas. Tristeza y cansancio, esa mezcla soy. El fin no es como me lo había prometido, ¿y si cometí el mayor de los pecados? Se dice que Borges escribió que no había sido feliz y que era de lo que más se arrepentía. Yo, que sí alcancé cotas importantes de felicidad (hace ya bastantes años, eso sí), me pregunto si no la cagué hasta el fondo al confundir por entero literatura y vida. ¿Acaso, me pregunto ahora, no son opuestos? En su día aposté por la literatura porque pensaba que era la realidad misma, ¿no ha resultado al final ser otra cosa muy distinta?

Ya no quedarán lectores ni escritores. Si ha sobrevivido algún poeta, ¿qué falta hará en este nuevo mundo devastado? La tristeza gana a la literatura, olvidaremos a Cervantes, a Dostoievski, a Vila-Matas... ¿quién anda detrás de esos escombros? Galgo se tensa, a unos metros, hay una incógnita agazapada. Solo pueden ser las garras.

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La tristeza gana a la literatura, olvidaremos a Cervantes, a Dostoievski, a Vila-Matas... ¿quién anda detrás de esos escombros? Galgo se tensa, a unos metros hay una incógnita agazapada. Solo pueden ser las garras. Y lo son, son el futuro que tanto hemos imaginado.

Un crío que no llega a quince años se planta frente a mí, tiene casi tan mal aspecto como yo y una barra de hierro como la que tuve para intentar matar a Haz de Luz. ¿Dónde estará, por cierto, cuál será el nombre real del imbécil que nos ha traído hasta este estercolero? Si me hubiera cargado a esa mole calva y fanática ahora este adolescente no me amenazaría a mí, tendría a sus padres, a su novia, una juventud que malgastar. Pero fracasé y pago las consecuencias. Me merezco que me amenace, no tengo nada mejor que ofrecerle. Si acaso, calmar a Galgo con una caricia, si acaso:

- Lo siento, chaval, no tengo nada que darte, salvo la satisfacción de matarme con esa barra.

Y sin decirme una sola palabra (pintan en decadencia para este nuevo mundo) se cobra mi modesta oferta y me golpea la cabeza con el hierro. Caigo derrumbado, pero no inconsciente, al tiempo que Galgo, todo saco de huesos, se abalanza contra el crío, tan alto como yo a pesar de su edad, y más fornido. A Galgo le da igual su tamaño y la barra de hierro y le muerde con saña el brazo y le hace soltar la barra y le ataca con saña una pierna y le hace huir. Mi perro me consuela con su cabeza en mi cabeza. Es lo mejor que me queda, por no decir lo único. Lo único junto a una brecha importante en la coronilla, que unida a mi frente, de donde todavía mana sangre, me asemejan ciertamente a la figura del Ecce Homo.

Para mi propia sorpresa todavía puedo ponerme en pie y seguir a Galgo, el perro sí parece saber dónde tiene que ir. Me tambaleo entre las ruinas de la ciudad durante una eternidad o dos. El dolor apenas me deja pensar, pero algún resquicio encuentro. Por ejemplo, para mandar mis mejores deseos a mi familia allá donde esté, era escasa, apenas me hablaba con ellos, pero nunca lo puse fácil con mi obsesión por la literatura en un mundo tan antiliterario. Por ejemplo, para sentir curiosidad por aquellos que junto a mí parecían tener algo que decir en este escenario apocalíptico, ¿qué habrá sido de mis compañeros encerrados en los tubos de cristal? ¿Habrán sobrevivido? Y por ejemplo y hablando de supervivencia, ¿me sobrevivirán de alguna manera los personajes que puse en pie a través de mi imaginación?

Galgo insiste en que siga un poco más y un poco más, incluso me muerde el pantalón y tira de mí con un cariño que me conmueve, pero la sangre es mucha y mis fuerzas pocas, estoy a punto de rendirme y busco argumentos. Saboreo la frase que dijera Kant antes de morir: «ya es suficiente». Pienso al momento que Kierkegaard y Unamuno estaban en el otro extremo, anhelaban vivir eternamente, incluso aceptaron la premisa de Dios para que tal cosa fuese posible, yo a estas alturas no tengo ganas ni de aceptar un minuto más. La variedad humana no tiene límite, o sí: la extinción.

Levanto la vista tras unos cientos de metros más donde la ruina lo anega todo. Me digo que estoy en mi último esfuerzo, pero esta vez merece la pena. ¡Qué diablos! ¿La última de mis sorpresas? Galgo me ha traído hasta lo que parece una plataforma de lanzamiento espacial. Sobre ella se divisa un cohete enorme, una nave donde están subiendo en hilera los que supongo cabe llamar elegidos. Entonces lo entiendo, yo soy uno de ellos, el sello de mi frente áurea, si es que todavía queda algo que rascar allí y no se trata ya de una mera costra, me da derecho a escapar de esta ruina. ¿Haz de Luz era entonces un mero engranaje de una maquinaria mucho más grande?

Galgo me mira y me pregunto cómo es posible que un perro sepa mucho más que yo. Acepto el misterio, hay cosas que es mejor no saber. Deseo que los lunáticos de ahí abajo tengan éxito, pero que no cuenten conmigo. Me siento, me rindo. Estoy agotado. Galgo me mira, veo esperanza en sus ojos, pero ya no la hay en los míos.

Renuncio a salvarme, elijo este mundo. Este mundo que no sé si será peor o mejor que la promesa del nuevo que se abre ante mis ojos, pero sencillamente este es mi mundo y no estoy con fuerzas ni ganas para emprender tamaño reto. Me da por pensar que Moisés y yo compartimos destino: hicimos un largo viaje para quedarnos a las puertas. En realidad, mi caso no fue para tanto, pero no me fustigo por desvariar un poco, qué mal me va a hacer ya, incluso fue divertido mientras duró.

Siempre pensé que el valor estaba en el camino, no en la meta, así que puedo sentir cierta satisfacción, caminé bastante. Mi cuerpo se rinde por completo, me despido de mi corazón, de mi estómago, de mis pulmones...

¿Pueden los perros llorar? Eso es lo que veo en los ojos de Galgo. Cierro los ojos mientras me pregunto, ¿yo, Romero, despertaré algún día en otro cuento?

FIN