El álbum de las fotos desenfocadas

27.10.2019

O soy un pésimo fotógrafo o hay una magia natural encargada de desenfocar algunas fotografías. Apuesto por la segunda opción. No, existe otra posibilidad, y es que mi vista y mi memoria estén confabulando para que, algunas imágenes del pasado (desde el instante en que se toma, una foto pasa a ser pasado) se difuminen y así no tener acceso a recuerdos tristes o desagradables o, sobre todo, inútiles. Sí, creo que tenemos recuerdos que no se guardan porque no aportaban nada. No obstante, de bien seguro todas las personas tenemos algunos que no sabemos exactamente porque aparecen de vez en cuando. Estoy convencido que la psicología, que yo estudié pero apenas recuerdo nada, en su intento de ser ciencia tiene una explicación para ello, relacionada con la atención, la percepción y la selección natural de aquello que nos ha marcado.

Así que haré un álbum solo con aquellas fotos que estén desenfocadas y quizá, al pie de foto, escriba lo que imagino o supongo que es. Quién sale, dónde era, cuándo fue. Será aproximado y en algunos casos será exacto y en otros casos, tremendamente erróneo. Las fotos borrosas de aquel viaje con paisajes llenos de ríos, las de la escuela, el instituto y la universidad. Las de aquella chica de la que creí estar tan enamorado y ahora no sé si solamente fue un capricho o una necesidad de autotorturarme en una época en que eso iba mucho conmigo. Tengo a patadas. Me sorprendo, al repasarlas todas, de ver cómo de claras son algunas y no entiendo por qué otras no son igual de nítidas. Lo que me hace dar peso a la teoría conspiracioncita de memoria y vista es el hecho de que algunas fotos están desenfocadas en secuencia, es decir, toda una escena en la que tomé muchas fotos, todas salen mal. Las de aquella playa de arena grisácea y rocas agujereadas, esas en las que aquella chica estaba siempre de espaldas.

Puedo ordenarlas por sensaciones: una primera parte constará de fotografías que están borrosas ya que, creo, son una señal de algo que se acababa (razón por la cual las primeras salen bien y solo las últimas salen mal); una segunda parte será la de las cosas que nunca estuvieron claras, siempre acompañadas por sombras de dudas sobre lo que sentía o lo que pensaba que estaba viendo; la tercera parte será la de acertijos y laberintos, aquellas que no puedo ni entender el motivo de su desenfoque ni acabo de dilucidar el quién, el cuándo o el dónde. Habrá una cuarta parte en el álbum, una que quizá cierre con candado para no caer en la tentación de volver a mirar (sí, lo mejor sería quemar esas fotos, pero creo que tienen un fin que no he descubierto todavía), una parte compuesta por las fotografías que salen desenfocadas ya que tenían un propósito oscuro o desenfocado. Y este propósito tenebroso u opaco (que suena menos dramático) puede ser tanto de quien sale en la imagen como de quien la toma. El quid de la cuestión será dilucidar en cada cual, de quién se trata. O no, igual el quid es que no haya quid. Porque sí, porque todos y todas hemos hecho fotos esperando un propósito de ellas y a todos nos las han tomado porque nosotros teníamos ese propósito cuestionable. Iba a poner ejemplos pero no lo haré.

La quinta parte será aquella en la que pondré, sin demasiado esmero, todas esas en las que soy yo el que sale borroso, desenfocado, turbio, velado, nebuloso, oscuro, opaco y/o impreciso. Esas sí quiero mirarlas de vez en cuando, recordar que siempre hubo tiempos peores y momentos en los que todo parecía confuso e ininteligible, en los que no sabía cuál era mi quién, mi dónde, mi cuándo. Porque cualquier tiempo pasado no fue mejor. Porque no es necesario acordarse de todo, pero tampoco olvidar. Podría terminar con una frase al estilo: yo no quiero olvidar (respondiendo a alguien que ha dicho que mejor nos olvidamos de eso), cada uno de los pasos que he dado me han llevado hasta dónde estoy ahora y, aunque no es el mejor lugar del mundo, es el lugar en el que quiero estar.