El alma en celo

09.10.2018

Envueltos por la calidez de la noche, en un marco casi hecho a medida, ambos permanecen en silencio con la mirada falsamente perdida. En realidad, está fija en un punto y, de vez en cuando, se gira para encontrar la del otro. Saben que solo es necesario un paso, un acercamiento, un gesto o una palabra y desencadenarán un suceso que se intuía desde, exactamente, el primer momento. O eso es lo que él quiere creer, mientras la mira. La situación le parece tan perfecta que suena a prefabricada, a mentira. Y quizá eso le retiene, le mantiene en posición estática, de quien establece un supuesto control reprimiendo sus deseos. Imagina a Claudia viéndoles en aquel momento, y un sentimiento de culpa enorme le invade ocupando cualquier otro pensamiento. No han hecho nada, solo se han encontrado -otra mentira, se han buscado- en el jardín de la casa, a solas, y han hablado un poco, muy poco. No han hecho nada.

Ella, finalmente, debe darse por vencida o por aburrida o por nada, pues quizá no tiene la misma percepción que él, y hace un movimiento con la cabeza para indicar que se marcha, que vuelve dentro. Y él, por enésima vez en una incontable fugacidad de tiempo, vuelve a decirse que no puede, que no debe tirar esto para adelante. Ella es su cuñada, política al menos. Mujer del hermano de su mujer. Eso lo agrava, cree él, pero le da al mismo tiempo un plus de morbosidad. La mira de reojo volver hacia la sala donde el resto de gente celebra la fiesta. Una fiesta como cualquier otra, en la que se conoce a la mitad de la gente y de esta mitad solo la mitad te cae bien. La diferencia radica en que se han quedado solos, los dos, en que no están los respectivos y eso convierte el evento en algo especial, lleno de una especie de contenido de trasfondo. Quizá puedan marcharse juntos, quizá la intimidad de un taxi y después, frente a la puerta, la petición del que se queda hecha al otro, diciéndole que le acompañe, un último vaso de whisky o de ron. Ella bebe únicamente ron, viejo, del que se toma solo o acompañado de un par de cubitos de hielo. Pensar en aquella bebida le lleva invariablemente a la imagen de John Silver y su pata de palo, cantando borracho, camino a la isla del tesoro.

Apura su vaso de whisky con lima y entra. Suena una música tranquila, de aquellos grupos que tanto gustan al anfitrión y a sus amigos, entre los cuales él se cuenta, y que no gusta a nadie más que conozcan. El núcleo de la fiesta son amigos desde la adolescencia, forman un grupo bastante homogéneo. Abel, temiendo perder demasiado pronto el control de sí mismo, decide no ir a buscar otra bebida, no fuera que se diese la situación que ahora imagina (el taxi, el que se queda proponiendo continuar...) y sea incapaz de razonar o pensar lo que hace. Claro que aquello, en cierta manera, podría resultar ventajoso, suponiendo que en algún momento tuviera que dar explicaciones (a la mujer que se entera del adulterio, a la amante si la cosa no tira). La fiesta pasa entre animadas conversaciones, debates que cobran trascendentalismo durante unos minutos, vasos llenos de alcohol, cigarrillos, marihuana y música tranquila, de grupos que nadie más conoce.

Y a pesar de que superadas las cuatro de la madrugada el sueño, acumulado a lo largo de la semana laboral, le vence y ya no participa de las conversaciones como una hora antes, él espera. Porque ella sigue animada y piensa que, si le dice que se va y ella no le sigue, toda la fantasía de ahora se convertirá en fantasía para siempre y la principal gracia de las fantasías es que algún día puedan dejar de serlo. Espera a que sea ella quien dé el paso, quien le comunica que quiere irse y entonces será más fácil, dirá que la acompaña y cogerán juntos un taxi. Si ella alega que mejor coger dos, pues no viven demasiado cerca el uno de la otra, no nos engañemos, y no viene de paso, y lo dice de forma decidida, él sabrá que podía haberse marchado antes y no quedarse en la silla, luchando contra sus párpados cada vez más pesados. Si, por el contrario, ella no pone inconveniente e incluso propone pasar primero por su casa (el marido, hermano de la mujer de Abel, no está, pero la mujer de Abel, cuñada de ella, sí, está de guardia y podría volver antes de lo previsto), sabrá que se lleva el gato al agua, qué expresión más fea, y la fantasía se volverá más fuerte, más posible.

Mientras asiente a lo que dicen los demás y ríe las gracias que ya empiezan a resultarle complicadas de captar, la mira y la ve muy animada, a Raquel, de charla con otro, no hace falta saber su nombre, uno que no le cae precisamente bien, y se pone estúpidamente celoso. Estúpidamente porque él no es el novio ni el amante ni el cónyuge ni el prometido ni nada, solo es el marido de la hermana de su pareja. Una combinación de parentesco difícil, si más no, pero parentesco. Sin sangre, eso sí, hecho que lo convierte en una vinculación más superficial. Como si por el hecho de no existir genética compartida el delito o la falta fuera más leve. El acto, que no delito, pues a uno no lo envían a la cárcel por irse a la cama con la mujer del hermano de la pareja de uno. Falta, quizá sí, de respeto, de consideración. Falta de amor no, ya que él ama a Claudia y siempre que imagina la posibilidad de que a ella le pase cualquier cosa le entra una angustia, una ansiedad y un sufrimiento que necesita unos segundos para volver a serenarse. No podría vivir sin Claudia y no solamente por el profundo amor que siente por ella, sino por la costumbre, por los años que llevan viviendo juntos y por todas las cosas que han hecho, los lugares donde han estado, las conversaciones, el sexo... El sexo es el que ahora hace que siga tolerando la vigilia con un esfuerzo encomiable en lugar de irse a dormir y abrazarse con la ausencia de Claudia bajo las sábanas, o la sábana, ya que en verano solo usan una, esperando a que ella llegue de su guardia, cansada. Quizá antes de ese abrazo de ausencia y de dormirse una paja pensando en Raquel. Nada más.

El cuerpo es vulnerable, convierte al ser humano en débil. O es el alma, aquel "algo" indefinible, o definible de demasiadas maneras, tantas que en realidad deviene indefinible, pues si una palabra puede explicarse de muchas formas diferentes es que en realidad no tiene una definición clara, no es algo evidente. Es pues el alma y no el cuerpo que es vulnerable, como principio de todos los seres vivos y especialmente el ser humano, es un "algo" intangible que provoca las dudas y las pesadillas, los miedos y el placer de recordar con melancolía mientras se llora. El alma provoca los dolores de cabeza y las risas, de las que hacen que te duelan las abdominales cuando uno no puede parar de reír. Y el hecho que sea todas esas cosas y muchas, muchísimas más, la convierte en vulnerable. Como quien conoce muchas personas, pero no tiene amigos, como quien sabe un poco de todo, pero no domina de nada. El alma es tantas cosas que no es nada al mismo tiempo. Es vulnerable. El alma ha recibido una educación en que el adulterio es malo, heredándolo desde la tradición católica que tanto daño ha causado a la humanidad, y a la animalidad también. Si alguien quiere al otro no tiene por qué hacerle daño. Pero el alma es vulnerable y, en estos momentos, la de Abel, está en celo.

Y entonces Raquel, mujer del hermano de su mujer, interrumpe la conversación donde está Abel, con una suave caricia en el antebrazo y él ve su reloj de pulsera que marca las 4:49 y ella dice en voz baja, pero sin susurrar y así lo oye más gente, que se va. A él el sueño se le pasa de golpe, la fantasía se acerca como un rinoceronte envistiéndole y no sabe si echar a correr o dejarlo pasar para agarrarle la cola. Ella se despide de los conocidos de siempre y de los que eran desconocidos hasta hace unas horas, dos besos a los anfitriones y promesas de volverse a llamar pronto. Se va sola. El tipo que le ha hecho ponerse estúpidamente celoso ahora habla, animado, con otra chica. Animar viene de ánima, sinónimo de alma. La gente está animada o no, en tanto su alma quiere e inicia una actividad, en tanto el alma no quiere y no inicia nada. El alma quiere, el alma no quiere. Abel se levanta con presteza y dice estar muerto de sueño, se despide primero de los que seguían la conversación con él allí sin estar, después de los anfitriones. Ella ya debe de estar en la portería, buscando taxi. Una fiesta magnífica, a ver si lo repetimos. Después le toca decir hasta otra a las amistades prometiéndose llamadas próximas, que no cercanas, recordando aquello que se han dicho que harían juntos pronto y deseando que aquello que han comentado que está a medias acabe bien. Ella ya debe haber visto el taxi.

Baja las escaleras de aquel segundo piso muy rápido. Si la encuentra notará que ha corrido y sospechará. Mejor, quizá, ya que si sospecha podrá posicionarse rápidamente y dependiendo de la actitud que ella tome él sabrá si sí o si no y entonces podrá tener la verdadera duda moral, ética y de alma que hasta entonces solo estaba en gestación. Porque tener fantasías es fácil e imaginar qué hacer si una cosa pasa, si una sospecha se confirma o si una potencia se convierte en acto, eso es fácil, ya que no hace daño, no causa remordimientos, no afecta al alma. Pero saciar una fantasía, decidir cuándo aquella cosa ha de pasar, cuándo la sospecha se confirma y la potencia ya no es potencia, sino acto, eso es mucho más difícil. La cuestión es que, en medio minuto después de haber cerrado la puerta del piso, se encuentra plantado en la acera en una noche de principios de verano y Raquel sigue allí, de pie, seguramente estaba mirando a la calle buscando un taxi, pero ahora le mira a él, resoplando. No sonríe, no corre a abrazarle como en las películas donde todo parece tan sencillo y se saltan las situaciones realmente incómodas, o solamente se muestra un fragmento del todo, por ejemplo el principio del acto sexual, nunca entero, ahorrándose los movimientos torpes o los comentarios idiotas. Raquel se queda mirándole y él quiere ver un bosquejo de sonrisa, de calidez en los ojos azul marino, y lo ve, no sabe si porque él quiere y lo necesita o porque está. La sospecha continúa siendo sospecha.

En aquel momento de incomodidad a la intemperie, él asegura que hace rato que quería irse, que el sueño le vence y que ya le estaba costando seguir pendiente de la conversación y, lo piensa, pero no lo dice, cuando ha visto que ella se iba, el alma vulnerable se ha revuelto de forma demoníaca o que sería demoníaca si él creyera en esas cosas, y ha bajado corriendo para ver si la encontraba y, mira, la ha encontrado. Eso no lo dice y están un rato en silencio, quizá unas milésimas de segundo, de un segundo mezclado entre los otros dentro de un minuto. Y Abel hace un plano mental rápido de la ciudad y se da cuenta de la vuelta absurda que debería dar el taxi si lo cogieran juntos, pues ambas parejas viven distantes en el mismo núcleo urbano. Parejas, dos parejas, él tiene una pareja en otro lado de la ciudad y ella tiene una lejos de allí, y ambas parejas de cada uno de ellos resulta que son hermanos. Abel y Raquel permanecen ahora bajo el cielo que no tiene estrellas porque la ciudad, con el aura que emite, las tapa, mientras el compañero de ella debe estar durmiendo en el hotel de Madrid, entreacto de conferencias sobre Derecho Laboral, y la compañera de él, hermana del primero, debe de estar ordenando medicinas o hablando con algún paciente o familiar del paciente en el hospital donde le toca guardia.

Entonces Raquel pregunta si le apetece una última copa, conoce un bar cercano que baja la persiana, pero sigue abierto para conocidos y amigos y solo está a tres o cuatro manzanas, claro que si él está muy cansado... Él responde con demasiada celeridad que el aire de la ciudad le ha despejado un poco y que una última copa estaría bien y el alma se restriega contra la pared de los intestinos y del estómago como lo hace una gata en celo, que se restriega contra el suelo y las paredes y las patas de las mesas. Y el alma vulnerable se torna banal, vacua y vacía, como se torna el animal en celo que pierde aquello que le caracteriza como individuo para ser un deseo, una plegaria de complacencia del deseo. De idéntica manera que la bestia, el alma se convierte en totalmente voluble y ahoga en su duda y en su lucha interna las culpas y los malos presagios de futuro, que afloran, pero de forma tímida y casi sin atreverse.

Caminan primero en un silencio culpable, porque las culpas aparecen tímidamente, pero aparecen. Y Abel piensa que no le quiere mal a Claudia y la ama, piensa que todo es cuestión de voluntad y de dar un paso atrás, pues luego no habrá paso atrás. Piensa que no sabrá cómo confrontar la situación mañana, almorzando con Claudia cansada después de una guardia de treinta y seis horas, que no sabrá cómo confrontar la situación de aquí a unos días almorzando con la familia de ella. No, no la culpa entendida por el alma que sube o baja según si va al cielo o al infierno, sino por Claudia. Y, si no hace nada, si da un paso atrás, se arrepentirá también, esta vez por la oportunidad dejada escapar como un tren que solamente pasa esa vez.

Avanzan después hablando de la coincidencia de tener amigos coincidentes y de coincidir en haberse juntado con dos hermanos. Hasta resulta que se habían visto antes, en alguna fiesta o encuentro o evento como el de hoy, y que puede que alguien les presentara y no lo recuerden, incluso quizá habían intercambiado algunas palabras, un hola qué tal o un beso en la mejilla al ser presentados o al despedirse o ambas cosas o ninguna, pues Abel piensa, pero no lo dice, que si fuera así se acordaría. No sabe si ella no lo dice a pesar de pensarlo o no lo dice, ya que no lo piensa. No sabe qué piensa ella. Claudia no piensa porque no está y cuando alguien no está se produce un fenómeno curioso cuando todo el mundo sabe que ese alguien existe, pero en aquel momento no existe, porque no está y por tanto resulta como si existiera, pero en otra dimensión, intangible como el alma e invisible como el alma y, en cierta manera, inexistente, como el alma.

Cuando llegan frente a la persiana bajada ella aprieta un timbre escondido en la pared gris, como la persiana, y al cabo de poco se abre un lateral de esta en el que él no había reparado y saca la cabeza, una cabeza de pelo rizado y negro, un chico delgado y pálido. Raquel sonríe, sincera y abierta, el alma en celo se revuelve con fuerza dentro del estómago o el vientre o donde esté ahora. El chico responde a la sonrisa y saluda y ella le presenta como Abel, no dice que es la pareja de la hermana de su pareja ni nada, solamente Abel, cosa que puede querer decir muchas cosas y puede no querer decir ninguna. El chico no pregunta ni comenta, les hace pasar y vuelve a cerrar la puerta después de ojear la calle por si viene algún urbano de los que controla que los bares cierren a su hora. Se sientan en una mesa para dos, elevada, sobre taburetes de diseño y piden un ron (ron, ron, ron, la botella de ron) añejo con hielo, ella, y un whisky con lima él que, por un momento, de seguro a modo de escapatoria y de respiro para el alma inquieta, imagina qué sucedería y qué cómico resultaría si en vez de whisky con zumo de lima le trajeran un whisky con una barra de acero con surcos o un pez lima. Y aquella ocurrencia absurda consigue que el alma se aligere durante unos instantes y todo él, cuerpo y mente, se relajan ligeramente. Al fondo del local, un grupo de dos parejas existentes y presentes en el momento juegan a billar y se oye también el sonido metálico de una pelota de futbolín golpeada por jugadores estáticos. El cabello de ella es liso y fino, largo hasta la espalda de piel poco acariciada por el sol de verano aún, pues el verano acaba de iniciarse y no debe haber tenido tiempo de ir a la playa, o sí que ha tenido y no ha hecho tiempo para ir.

Inicialmente, la conversación es entrecortada, miradas que se desvían hacia el suelo cada vez más mugriento, hacia las paredes llenas de fotografías de algún paraje marítimo, el techo con luces de diseño o la barra donde un chico delgado y pálido con pelo rizado y negro sirve ahora una caña de cerveza a otro chico. De vez en cuando un comentario y una sonrisa y otra mirada que huye de la incomodidad cuando, piensa él, quizá lo más sencillo sería que se enfrentaran los dos pares de ojos y así se vería qué quieren, si es que quieren algo porque quizá están allí solo para tragar más ron con hielo o whisky con lima, la lima fruta y no la lima herramienta o la lima pescado.

Y como quien no quiere la cosa, qué expresión más estúpida, pasa el rato y la charla se anima, se anima el alma, sea por el alcohol o por la necesidad de romper la situación incómoda o por naturalidad. Ella ríe cada vez más y él cada vez ve la fantasía más próxima, tanto que decide no mirársela mucho, ya que le aterra. Le aterra saberla tan grande y cercana, o tan crecida en una mentira, ya que Abel mira la hora como si el momento en que deberá tomar la decisión estuviera marcado en algún punto de la esfera, y se acercase inevitablemente. O por miedo a que el momento, señalado por un punto rojo, pase de largo y él no sea puntual. Está disfrutando de la velada, mucho, y eso alimenta el miedo.

Entonces ella también mira el reloj, por mimetismo, ligado a la muñeca blanca y delgada, y hace un gesto con las cejas al ver cómo ha corrido el tiempo cuando en realidad no corre, sino que transcurre estáticamente dentro de una jaula redonda de vidrio y metal. Abel siente cómo el corazón da un vuelco, cómo el alma se agita dentro del estómago porque, ahora sí, después de tanto rato, la fantasía dejará de ser fantasía o seguirá siéndolo para siempre. Raquel dice que son ya las 6:30 y que qué hacen, se van o se quedan, pasando la pelota a Abel, que suda por dentro para no sudar por fuera. Si dice que no, que se quiere quedar, estará diciendo que no quiere enfrentarse a la posibilidad que viene después y dejará claro que no hay fantasía, cuando ella no lo sabe seguro todavía, o si lo sabe lo disimula o lo lleva muy bien. Si dice que sí que se marchan, quizá está cerrando el último rato que le quedaa solas con ella, el último lapso para deshacer algo que haya estropeado las posibilidades, si es que hay alguna cosa por arreglar. Pero en un pensamiento complejo de poco más de unos segundos, Abel llega a la conclusión de que tiene que decir que sí, y lo dice con una sonrisa nerviosa y sacando la cartera para pagar y dándose cuenta de que aún le queda un tercio del whisky con lima cuando ella lo apunta con los ojos y él dice que no quiere más. Abel se siente como cuando de adolescente quedaba con una chica y esperaba toda la tarde un beso que no llegaba, nervioso y descentrado, pensando tanto en el beso que no estaba realmente en la conversación ni en el sitio. Paga y ella dice adiós al chico de pelo negro rizado que les abre el lateral de la persiana y sale a la calle, donde el aire de principios de verano acaricia la cara y los brazos desnudos de Raquel. Ya es de día, todavía opaco y de sombras inclinadas. Ella le ha pasado la pelota diciendo de marchar, de manera que ahora es él quien debe decir alguna cosa, y le pasa por la cabeza la idea del taxi, recordando toda la escena que se había imaginado durante la fiesta y no había resultado para nada, pero les ha llevado hasta el bar, hasta pasadas las seis y media de una madrugada de inicios de verano. Podría simplemente pasar a la acción, como si la acción fuese una sala que necesita de una puerta que debe ser abierta, y él tuviera suficiente con asir el pomo y girarlo, y al entrar en la habitación habría pasado, ya, a la acción, saliendo de la sala de las fantasías y los pensamientos.

Raquel debe de pensar lo mismo, ya que permanecen un rato ambos en la acera, cerca de donde casi no pasa ningún coche, en silencio. Él va mirando las paredes de los edificios cercanos, buscando a poder ser un agujero donde esconderse, donde amagar el alma que sigue posesa entre las paredes del cuerpo que la oprime; y ella se mira los zapatos o mira el suelo buscando a poder ser una rendija. Los ojos se entrecruzan y las miradas conectan, de tanto en tanto, en un juego peligroso, peligroso por las dos posibilidades, que la cosa avance o que se detenga, entre sonrisas incómodas. Y toda esa escena transcurre seguramente en fragmentos de tiempo tan pequeños que no pueden contarse. Y como siempre, piensa él, es la chica quien toma la iniciativa y rompe el silencio, qué frase más bonita, con un suspiro y deja ir, claro, como solo podría hacerlo ella, que le encantaría que la conversación, que la situación, que el bienestar de toda la noche continuara en otra parte, en su casa o en casa de él, por poner dos ejemplos, y lo dice mirándole con ciertas intermitencias y él sabe que esta es la señal que necesitaba, es lo que marca claramente que sí y se siente lerdo por necesitar una señal tan clara y tan grande y tan llena de luces de neón anunciándola. La señal afirmativa de que el alma de ella también ha estado en celo toda la noche, sabiendo que no habrá otra noche igual de oportuna, igual de peligrosa. Las piernas de Abel están entre acercarse a ella o flaquear. La ciudad parece ponerse en modo pausa, todo se detiene como si en el mar hubiera una ola vacía que permite a la playa un instante de reposo. Además, añade ella, será difícil encontrar dos taxis a estas horas, y a él el corazón le pega un brinco al tiempo que el alma emite un grito de animal salvaje que sabe que la presa está a un solo movimiento, a un mordisco, a un salto rápido y audaz. Y aquella comparación con animales y presas le hace sentirse burdo y basto, pero no deja de ser eso, con más o menos romanticismo. Responde que sí, que será difícil, pero que viven en dos puntas opuestas de la misma ciudad y al acto se da cuenta, no sabiendo si aquello es malo o bueno, que se corta las alas a sí mismo, que aprisiona al alma, que da una última oportunidad a la presa antes de... ¿A la presa? No, él no es de esos individuos que salen de noche buscando presas, y Raquel no puede ser considerada de tal manera, es una mujer bella, tanto en el sentido estético como en el humano y él no es un depredador. No se trata de una cacería de nadie hacia nadie, es una atracción mutua existente desde el minuto cero, latiendo, que tiene enfrente una oportunidad, la oportunidad.

Después del comentario de Abel, si ella quiere, si la fantasía es común tal y como parece, quizá haga otro intento, un intento final con tal de dar otra opción para valorarlo, volver a pasarle la pelota; pero si ella no quiere, dirá que tiene razón y que lo mejor es mirar de buscar dos taxis y cada uno a su casa y Dios en la de todos, que diría alguien, a pesar de que Dios no suele estar en ningún sitio o si está no mira, se hace el sueco. Abel sopesa si su actitud, su comentario de que viven demasiado lejos el uno de la otra, no es cobardía en mayúsculas, y un mensaje dentro de sí le dice que al revés, que aquello cobarde sería ceder a la fantasía, aplacar el celo del alma. Pero sabe que esta versión, este mensaje, es mentira y se pone a rebuscar en su conciencia para no sentirse mal y apela a que hasta hoy nunca ha engañado a Claudia, a pesar de tener la opción y de ese beso con una chica a quien conoció trabajando y que esa vez tuvo la decencia... no, la decencia no, la prudencia (otra vez la cobardía) de decirle a la chica de la cual recuerda perfectamente el nombre, el aroma y el sabor, que no podía seguir y que mejor dejarlo. Ahora es diferente, delante no tiene la chica de una fiesta a quien no verá nunca más, tiene a Raquel con todo lo que ella supone, con lo que la desea, con lo que le gusta, con lo que la sueña; y tiene a la pareja del hermano de Claudia, a su cuñada política o como se llame ese vínculo sin sangre.

Pasa un taxi y Raquel levanta el brazo haciendo parar el automóvil un par de metros más allá. Siempre nos quedará París, piensa él estúpidamente mientras la imagen de Humphrey Bogart abrazado a Ingrid Bergman entre la niebla del aeropuerto de Casablanca se le pasea por delante como una mosca cojonera y encuentra cierta analogía con lo que está a punto de pasar. Si él toma otro taxi, cada uno a su corral, ambos sabrán que siempre hay una segunda oportunidad, que existe lo que existe entre ellos, que las dos almas se revuelven por igual dentro de sus jaulas, exaltándose más cuanto más cerca esté la posibilidad, dentro de sus jaulas, sea jaula de costillas, de carne o de moral impuesta. Si tuviera tiempo, Abel haría una lista rápida de ventajas e inconvenientes de coger el mismo taxi que sin duda llevaría a una última copa en el piso de ella o en el de él, el de ella porque Claudia puede volver antes, en cambio su hermano está en Madrid y, finalmente, a la consumación de la fantasía que lleva horas, días, semanas y meses, de hecho, desde que se conocieron, gestándose. Raquel da un paso, le ha leído el pensamiento o se limita al suyo, pues piensan exactamente lo mismo, y es ella de nuevo quien habla claro, que hay la opción de irse juntos, pero no sabe si deben hacerlo, cosa que en parte es volver a pasarle la pelota, pues ha dicho que no sabe si deben en vez de decir que no deben, pero de forma implícita es como decir que no. Sí, responde él, y expresa de forma torpe que piensa lo mismo, que hay alguna cosa y que esta estará aunque tomen taxis distintos y, en ese preciso instante, como llamado por el alma que se arrepiente de toda su lucha, aparece una luz verde de un transporte público desocupado y Abel levanta la mano. Antes de que se detenga, sin embargo, Abel se acerca a Raquel y Raquel se acerca a Abel y se besan, un beso largo, no demasiado, entre tierno y pasional, medio preludio de lo que podría ser y media conclusión de lo que quizá no sea nunca. Acto seguido, Raquel entra sonriendo en el taxi y Abel sigue unos segundos en la acera, convencido de que ha hecho lo que debía.

El coche transita por las calles de la ciudad cuando la mañana que empezó hace ya rato deja de dudar y lo llena todo. Dentro, Abel piensa que quizá así se engaña a él mismo. Se dice a sí mismo que Raquel seguirá allí durante más tiempo, salvando sorpresas, y podrá volver a dejar ir la fantasía, puede que incluso llegue a alcanzarla o a finalizarla pues ya la ha rozado ahora que sabe que es compartida. Piensa entonces en Claudia y sabe que la quiere, que es un amor seguro y recíproco, una jugada firme. O eso es lo que prueba a decirse mientras el alma se calma se pone a dormitar entre las costillas, la carne o la moral impuesta que la retiene, esperando a la siguiente vez que coincidan.