El clavo que saca otro clavo

26.10.2020

[Basado en una idea de @VarjakMr]

No puede dejar de mirarla. Y que se lo haya prohibido, no, que se lo haya pedido de forma tajante, añaden todavía un plus más a la tentación de apartar la vista de la pantalla y dejarla reposar en ella. En toda la mañana sus ojos solo han coincidido una vez y al castaño de su iris se la ha añadido una chispa de reproche. La escena en la office se repite en su memoria con una constancia perversa y le impide apenas trabajar: primero el juego de "vienes o te lo pierdes", luego esperar a quedarse solos, después el acercamiento similar a extraños pájaros que quieren aparearse, roces, olerse, los labios que prácticamente se tocan, después el "aquí no, ahora no".

De eso hace una semana y no ha vuelto a pasar nada. Ella lleva meses diciendo que está a punto de separarse, su vida ahora es ese impasse entre la libertad del vuelo y estar aun en la jaula, cuando ya sabes cómo abrirla desde dentro. Y él es como un depredador al acecho, pasándose la lengua por los dientes afilados mientras contempla la jaula y espera, la paciencia a punto de reventar y si no se controla espantará al pájaro que ya no querrá salir. Y la memoria, en esa insistencia malévola, le lleva también el recuerdo, como la marea devuelve siempre a la orilla las botellas tiradas por el náufrago, su experiencia cercana. Otra vez no, se dice.

De eso hace ya dos años y ha pasado de todo. La historia es tan parecida que en parte le asusta. Una mujer casada, una espera intensa y larga, la separación, el duelo, luego por fin el pájaro liberado y el depredador saciando su hambre. El goce de tenerla en exclusiva para él por fin, la pasión del inicio, la consumación de un amor que acumulaba bocetos en una carpeta, las promesas de futuro y, al cabo de no demasiado, el cambio. Todo va demasiado rápido, dijo ella, menudo tópico, hace muy poco que... Soy un clavo que saca otro clavo, se dijo a sí mismo tras la marcha de ella. Y ahora igual.

Ante sus ojos el cursor parpadea esperando instrucciones. Dos historias iguales, dos mujeres diferentes y él tropezando con la misma piedra. Podría formar parte de un conjunto de personajes trágicos de Lawrence Durrell, saliendo de Justine para caer en Clea en un entorno ideal para una obra de teatro clásico. Ella se separará, y entonces eufórica con el fervor de la libertad que lleva tiempo ansiando se dejará llevar y él estará allí, formando parte del proceso errático e incoherente del duelo voluntario, hasta que ella se dé cuenta de que todo va demasiado rápido, de que hace muy poco que. Y él se habrá convertido de nuevo en el clavo que saca otro clavo, y permanecerá incrustado en una pared tan blanca que se confunde con el abismo. Se friega los ojos con los dedos apartando las gafas y quizá con ella no pase lo mismo, quizá la historia no se repita, está prejuzgando, está etiquetando para justificarse. Y no puede evitar volver a mirarla, pero su mirada topa con una silla vacía, con un ordenador apagado. Casi desesperado la busca. ¿Cuándo se ha ido? ¿Por qué no le ha dicho nada? Mírate, se dice, estás obsesionado, es normal que se alejen de ti, no quieren a un gato al acecho de la libertad de un pájaro. Tienes que dejar de hacer eso, participar del juego, divertirte hasta que deje de ser divertido... Pero a la vez que se da estas instrucciones que caen en un saco roto, sus ojos recorren toda la oficina, la buscan, siente el miedo de haber perdido algo que, en realidad, nunca ha sido suyo.