El día de los perros

21.10.2015

El golpe es certero, duro, seco, es terrible. Entre la oreja izquierda y la sien, justo debajo del lóbulo parietal. Al instante sé que algo va mal, que ha golpeado una parte de mí que será irreparable. Todo mi cuerpo se gira para que la cabeza no salga disparada y luego me desplomo. La caída pasa a cámara lenta. Veo los focos. Veo al público chillando excitado al tiempo que una densa niebla entra en mi campo de visión y mis funciones empiezan a fallar. Veo a mi entrenador con cara de pánico que confirma que sí, que ha sido fatal. La niebla se decora con un reguero rojo oscuro. Las piernas flaquean, el equilibrio se pierde, mi cuerpo envía señales de emergencia. Y veo la lona, que se acerca a mí a ráfagas. Y después nada. Oscuridad.

1...

Mi mente analítica se ha desconectado. La mente reactiva actúa. Graba la oscuridad, recoge el sonido de fondo, amortiguado. Es un instante, un fragmento de segundo que en la mente golpeada queda memorizado como un espacio de vida largo y completo. Hasta que algo me chilla y abro los ojos. Veo el color crema sucio del suelo y algunas manchas de sangre, babas y mocos. Noto el frío en todo mi cuerpo magullado. Me siento incapaz de levantarme. He llegado al último combate y pierdo, y perder significa que no habrá un mañana. Tantos hoy para nada.

...2...

"¡Levántate, perro!". Soy el perro, un perro en lucha. Me apunté al programa por la promesa de que cada victoria reduciría mi pena, y que ganar el torneo me devolvería la libertad. Ya me acuerdo. El camino recorrido es como el relato contado por un padre a su hijo. Y aquí estoy, tumbado en la lona a los pies del último sueño que me queda. He ganado tantos combates, todos hasta hoy. En el fondo, reducir algunos años no es nada comparado con la pena que me inflijo a mí mismo a diario, y es simbólico respecto a la que me impusieron.

...3...

La visión, entre borrosa y llorosa mejora ligeramente. El sonido se vuelve más nítido. Mi rival lanza gritos de victoria mientras mi representante no para de gritar que me levante, que no voy a joderle ahora. Yo ya estoy jodido. Algo falla en mi cerebro, el golpe me ha dejado vacío. Lo que hice estuvo mal y la condena fue justa. Ganarme la libertad por golpear a otros perros más débiles o menos hábiles que yo no lo es. He planeado tantas cosas para esa libertad que ahora imaginar su marcha sin mí se me hace insoportable. Pero ahora, aquí, todo me parece relativo e insustancial, todo menos la victoria y la derrota.

...4...

El árbitro que lo permite absolutamente todo menos rematar al herido golpea la lona a cada segundo y ésta vibra sobre mí oído derecho. Me acuerdo de ellas en el momento en que supieron lo que había hecho. Cada día veo sus lágrimas cayendo lentamente, sin parar, como yo he caído desde aquél día. Lentamente, sin parar. Después de una pelea en el patio, mi representante, agente de la cárcel, vino a buscarme. Me llevó por unos largos pasillos mientras yo pensaba que estaba muerto o que volverían a violarme. En lugar de esto, me sentó en una silla y me explicó lo que ellos llamaban el Día de los Perros.

...5...

"¡Vamos, perro, he apostado una fortuna por ti, levántate!". Hasta ese día lo pretendía una leyenda. Resultó que no. El agente me explicó el sistema, pactado con policías, alcaides, jueces y fiscales. Apuestas altísimas. Una victoria en una eliminatoria era un año menos de condena, una derrota no era nada, tres derrotas fuera. "Necesitaré muchas victorias para que me sirva de algo", dije. Y me contó el final: "32 combates. Ganar el torneo es quedar libre. En un solo día se hacen todos los combates de cada ronda, un combate cada 15 días. No preguntes", respondió. "Yo peleo bien", pensé, "no soy demasiado fuerte ni demasiado grande, pero sé cómo golpear". De pequeño recibía palizas sin saber por qué, hasta que uno de mis agresores se enamoró de mi hermana mayor, se compadeció de mí y me adiestró, como a un perro, para morder los puntos débiles. No hace falta ser el más fuerte, es suficiente con ser el más rápido y el más certero. Acepté.

...6...

Mi hija dejó de venir a verme al poco, con la adolescencia. Al principio venía triste, después enfadada, la tercera etapa fue la indiferencia y finalmente dejó de venir. Mi mujer dejó de hacerlo bastante después, tras demasiados viajes en balde, pues me negué a recibirla cuando le dije que no viniera más y no me hizo caso. Las ganas que tengo de verlas son tan grandes que siento que el pecho va a explotar cada vez que lo pienso. Pero no lo haré más que en la distancia, no las merezco.

...7...

"¡Deja de lamer la lona y muerde!". El dinero pasa de mano en mano entre los poderosos mientras yo noto un sabor amargo en la boca. Nos llaman Perros porque vivimos atados y no mordemos a quien nos da de comer. Noto que mis músculos vuelven a tensarse otra vez. He movido los brazos y sólo eso ha provocado una exaltación enorme entre el público. Dos hombres luchando por su libertad, pero en realidad esclavos de ella. No está permitido rendirse, ni aquí ni en ninguna parte, eso lo aprendí a golpes, como cualquier aprendizaje imborrable. La rendición es la derrota final.

...8...

Cuando consigo ponerme de rodillas los vítores me ensordecen. Me duele cada una de las articulaciones de mi cuerpo y sigo notando que me falta algo. Quizá la dignidad, quizá el orgullo. El golpe certero ha matado dentro de mí lo que quedaba de persona, o puede que haga mucho tiempo que no soy más que un animal que va enloqueciendo dentro de una jaula en la que él mismo se ha encerrado. Si pierdo estoy muerto, si gano, también.

...9

Ya de pie todo parece confuso. Mi rival me mira con ira, él también está cansado, destrozado por golpes anteriores a mi caída, golpes más débiles pero que siempre dan en el clavo. Sonrío como un estúpido. Seguramente he perdido recuerdos y la poca cordura que me quedaba y una parte de la inútil inteligencia que me ha llevado hasta aquí. ¿Qué me queda si poco a poco he ido dejando de lado todo lo que importaba? Morí el día en que cometí mi crimen, el día en qué dejé todo lo que tenía por perseguir un sueño y me equivoqué en cada paso, morí por primera vez en un día de perros y moriré por segunda vez aquí, en otro Día de los Perros.

Pero moriré como un perro. Moriré mordiendo.